Emilio Vaschetto: Viajeros, locos, errantes

La vida del hombre sobre la tierra no es aquella del viajero que no satisface ningún oasis, sino aquella del viajero que no encuentra oasis alguno.
J. C. Milner

En este artículo se explora la noción de «errancia» mediante el uso de algunos fenómenos inscriptos en los albores de la mo­dernidad tales como: la dromomanía del filósofo y escritor Rousseau, el origen del primer fugador (Albert Dadas), las epidemias de locos viajeros en Europa y el turismo romántico (con la significación renovada que adquiere en la llamada «beat generation» del Siglo XX).

Estos hechos históricos forman un montaje como modo de lectura de manifestaciones contemporáneas tales como el extravío, la desorientación, el descarrío y la errancia sin tener que reducir éstos únicamente a la clínica de la psicosis.

Lecturas de psiquiatras clásicos tales como: Régis, Foville, Sérieux y Capgras, Tissié, irán de la mano con las lecturas actuales del filósofo Ian Hacking y críticos de la cultura pop como S. Reynolds y D. Diederichsen, ilustrando cómo el fenómeno del viaje puede tomar diferentes configuraciones subjetivas dependiendo de los tiempos históricos.

Para concluir se señala que no sólo la psicosis deja al descubierto el alma errante del sufriente sino que también existen posi­ciones subjetivas (como se ejemplificará en un recorte clínico) y sin ir más lejos la errancia que anida en la misma existencia humana.


 

Introducción

Las novelas de viaje (Mark Twain, Julio Verne, Mel­ville, Stevenson) localizan ese tiempo de la modernidad en donde el hombre salía para perderse (y por qué no, volver para encontrarse). Se inaugura todo un periodo en donde se producen situaciones diversas pero con­fluentes: el vagabundeo, el turismo romántico, las epi­demias de fugas impulsivas, la errancia psicótica. Tales fenómenos nos permiten calibrar la incidencia de la cultura en las configuraciones subjetivas, y mediante un uso «anacrónico» del tiempo histórico, ubicar su perti­nencia actual. La errancia de Rousseau, el caso Albert y la epidemia de locos viajeros, el movimiento romántico, la beat generation y la cultura del loop, formarán parte de nuestro itinerario.

En virtud de este amplio arco temporal hacíamos refe­rencia al anacronismo, pero en el sentido que lo plantea Georges Didi-Huberman, no como la «parte maldita» del historiador (que en términos clásicos tiende hacia la ilu­sión del «eucronismo» de la ciencia histórica) sino como la manifestación de tiempos dislocados y paradojales que irrumpen en la «vida histórica» (expresión de Buckhar­dt). Vale decir, de qué manera un fenómeno sobreviene e interrumpe el curso normal de las cosas para hacerse visible, habida cuenta de que cuando aparece nunca lo hace en el momento correcto (síntoma).

No es necesario decir que hay objetos históricos mostran­do tal o cual duración: es necesario comprender que en cada objeto histórico todos los tiempos se encuentran, entran en colisión o bien se funden plásticamente en los otros, se bifur­can o bien se enredan los unos en los otros [1].

La inquietud moderna por la errancia, nos conduci­rá retrospectivamente a leer algunos de los fenómenos sin temor a las dislocaciones temporales. Nos valemos de una suerte de montaje para la interpretación de las nuevas modalidades del extravío contemporáneo, sin reducir tener que reducir éste al patrimonio exclusivo de una estructura psicopatológica como lo es la psicosis.

Comencemos nuestro viaje.

La dromomanía de Rousseau

No en pocas ocasiones se puede reconocer que, en cuanto a la producción de cultura y a las modalidades sintomáticas, la locura siempre llevó la delantera. Es así que viene a nuestro auxilio el trabajo monográfico del psiquiatra francés Régis, realizado en los albores del pasa­do siglo a propósito de las conductas de fuga de Rous­seau [2]. El mismo quien un año antes había advertido la importancia de las fugas militares en su aspecto legal [3].

Jean Jacques Rousseau, uno de los íconos de la modernidad, autor del famoso Contrato social, resultó ser hijo de un padre errante (Isaac Rousseau) quien al poco tiempo de haberse casado y nacido su primer hijo, partió intempestivamente a Constantinopla en busca de mejor suerte para volver seis años después. Fruto de ese retorno será el nacimiento de Jean-Jacques1 [4]. Su hermano, siete años mayor, practicaría iguales conduc­tas, haciendo de polizón, siendo libertino o escapándose desde temprana edad de su casa en reiteradas ocasiones. Ya de grande, sus ausencias prolongadas delatarán sus desplazamientos migrantes hacia otros lugares, incluso hacia países tales como Alemania, ausentándose final­mente para siempre2 [4].

El examen familiar de Rousseau será exhaustivamen­te detallado por Régis en su texto y no viene al caso abundar en él3 , empero conviene sensibilizamos con la atmósfera que recubre el contexto de época. Más allá del temperamento genovés caracterizado por el ánimo via­jero, la «impulsividad migratoria» impresa en la familia Rousseau delataba elementos de inhabitual singulari­dad. La propia existencia de Rousseau comportará toda una larga nómina de desplazamientos, cambios, viajes y migraciones, lo que le merecerá el nombre puesto por Thévenin de «viajero perpetuo» [2]. El personaje en cues­tión, en sus Confesiones, calificará ese estado como: «furor de viajar» o «manía ambulante». Ciertamente una dromo­manía impulsada por una «vida tormentosa» sin «paz inte­rior, ni reposo exterior»:

Jamás estaba totalmente contento ni de otros ni de mí mismo. El tumulto del mundo me aturdía, la soledad me hastiaba, tenía sin cesar necesidad de cambiar de sitio, y no estaba a gusto en parte alguna [5].

Las fugas del autor del Contrato social son considera­das por Régis bajo dos categorías distintas: unas «pura­mente impulsivas» —producto de su «inestabilidad consti­tucional»— y las otras, de origen ideativo derivadas de un «determinismo delirante».

Ahora bien, es menester subrayar a propósito del exa­men del alienista que «impulsiva» no quiere decir sans motif. «El motivo, advierte Régis parafraseándose a sí mismo, no excluye la impulsión; él no la crea sino que la provoca y la desencadena» [2].

La inestabilidad constitucional que Régis denuncia en Rousseau, traduce la satisfacción dada por la necesi­dad imperiosa e instintiva de acción, de desplazamiento o de marcha. Necesidad que para él se impone de mane­ra irresistible, aunque coexistiendo también con cierta idea de independencia, de evitación de las obligaciones o de sumisión al trabajo o al orden cotidiano. Pese a ser formalmente un antisocial o un vagabundo, aún un delincuente, en el fondo no dejará de ser «un poeta más o menos frustrado y más o menos consciente, subsistiendo irre­sistiblemente a las encantadoras maravillas del mundo» [2]. Todo lo que un amante de la naturaleza pudiera experi­mentar está enunciado por él. Errar sin un plan previo, sin un programa, sin tener en cuenta donde comer, don­de dormir, pero siempre viajar a pie experimentando un «gusto muy vivo por los cursos pedestres». La consciencia y el recuerdo, añade Régis, están conservados enteramente en la fuga impulsiva (lo que no sucede en la fuga epilép­tica).

El segundo aspecto, mencionado como fuga producida por un «determinismo delirante», se sitúa de lleno en el plano psicopatológico, en una ligera tensión entre la defi­nición propia del alienista (seguramente en sintonía con Laségue) como «perseguido melancólico» y la novedosa denominación —del entonces naciente— «delirio de inter­pretación» por parte de Sérieux y Capgras. Ambas pers­pectivas acentúan, en la lectura del determinismo deliran­te de Rousseau, un elemento de «resignación». Veamos qué arguyen los autores de Les folies raisonnantes.

«[Su delirio]… jamás se acompañó de reacciones agresi­vas: la huída, la búsqueda de la soledad fueron sus medios habituales de defensa; sólo protestaba mediante cartas, a veces muy mordaces, o también con ‘circulares breves’ contra las acusaciones de las que se creía objeto» [6]

Sin embargo, es menester resaltar que no todas las fugas fueron patológicas, sino que muchas «han podido en cierta manera, volver [a Rousseau] legítimamente perse­guido» [4]. Veamos cómo Régis intenta deslindar el deli­rio de persecución de las fugas, y al mismo tiempo, el delirio de lo que considera una persecución genuina:

Ciertamente, el autor de las Confesiones fue un enfermo, un delirante. Pero fue también el ser más realmente persegui­do que existió jamás [4].

Para el autor, Rousseau es el típico ejemplo de aque­llos individuos que poseen «la fuga en la sangre», puesto que:

  1. sus fugas revisten un estado de euforia y son moti­vadas por el amor pasional, la vida libre y las bondades de la naturaleza;
  2. cuando las complicaciones delirantes surgen, la impul­sividad migratoria se adapta naturalmente y el delirio adquiere una forma adecuada; y por último
  3. es un tipo de «dromomanía constitucional» [4].

En suma, las fugas de Rousseau abren el debate puer­tas adentro de la disciplina psiquiátrica que empieza, hacia fines del Siglo IX y principios del XX, su época de esplendor; aunque también se entreteje con la pasión contemplativa y la reflexión (veremos hacia el final el estatuto que tomarán las ensoñaciones en el filósofo).

La locura de viajar

Albert Dadas

Antes del escrito de Régis, una tesis acerca de los locos viajeros se había dado a conocer en el medio psi­quiátrico. «Les aliénés voyageurs» se intitulaba la tesis de grado de Philippe Tissié, datada en el año 1887 [7]. Allí describía el caso de un empleado de un nativo de la ciudad de Bordeaux, llamado Jean-Albert Dadas (apoda­ do Albert) quien se fugó durante días, meses y años sin recordar su nombre ni su origen. Albert es reconocido como el primer fugado de la historia a quien un médico consagrara una monografía específica. Punto de partida desde el cual se iniciaría un estudio sistemático de los locos viajeros en Europa. Sin embargo, no debemos dejar de mencionar que Achille Foville (1831-1887) ya había publicado en 1875 un artículo acerca de la existencia de una nueva entidad médica acerca de «un grupo de aliena­dos viajeros o migrantes» demostrando que «un acto que es habitualmente tan reflejo como racionalmente motivado como lo son los grandes viajes, puede, en ciertas circunstan­cias, ser el resultado mórbido de una concepción delirante».

Foville se ocupa del análisis clínico de catorce casos con el objetivo de hallar características comunes dentro del cortejo sintomático que permitan diferenciar una especie nueva de locura. Localizado en la ciudad de Le Havre (El Refugio), gran villa marítima y comercial cuya población superaba las 60.000 almas, los enfermos que eran allí recibidos poseían la particularidad de ser itine­rantes. Esto llevará afirmar al psiquiatra que dicho sitio poseía una elevada influencia para producir estados de alienación mental [8]. Muchos de los que se encontra­ban accidentalmente en Le Havre eran ingresados al asilo de Quatre-Mares y diagnosticados como alienados. Al ser éstos evaluados detalladamente se encontraban rasgos semiológicos similares, lo que llevó al alienista a preguntarse si esa similitud obedecía a un puro azar o bien a una «regla patológica común». Discriminando otros estados clínicos ya conocidos tales como: imbéci­les (afectos al vagabundeo), locuras instintivas (inclui­dos los dipsómanos), epilépticos (cuyas fugas implican la pérdida de conciencia) y los dementes, se ocupará de los que llamará «locos viajeros». Los mismos son producto de «un acto reflejo y perfectamente consciente; ellos emprenden largos viajes como consecuencia de ideas claras y lógicamente sistematizadas» [8], lo que los diferencia también de los alucinados perseguidos (Laségue) o los megalómanos. Se trata, al fin y al cabo, de cuadros de lipemanía que com­portan —de acuerdo al análisis de los casos observados—dos variedades de locura muy cercanas entre sí: unas con ideas de persecución (los que quieren expatriarse para escapar de sus enemigos) y otras, con ideas de grandeza sistematizadas (los que quieren viajar al extranjero para cumplir sus ambiciones quiméricas) [8]. Finalmente, estos alienados podrían corresponder, al decir de Fovi­lle, a un tipo especial de locura que podría denominarse «monomanía de los viajeros».

Pero volviendo al inicio de este apartado, otra lectu­ra muy distinta es la que realiza P. Tissié en su tesis, al resaltar que en el caso Albert la perturbación principal es una fuga intempestiva e irreflexiva, acompañada de una incapacidad para recordar su pasado o su identi­dad. Dicho estado no se debía a ninguno de los cuatro tipos descriptos anteriormente (fugas en imbéciles, dip­sómanos, epilépticos o dementes), no era producto de un delirio ni de un automatismo; su manifestación era un modo de sufrimiento específico el cual se dispone a detallar mediante un examen clínico y biográfico verda­deramente exhaustivo.

Una mañana del mes de julio del pasado año, habiendo entrado al servicio de clínico de nuestro maestro el profesor Pitres, advertimos un joven de alrededor de unos veintiséis años, llorando y lamentándose sobre su lecho en el hospital. Llegaba de un largo viaje a pie, estaba fatigado, pero la fatiga no era la causa de sus lágrimas. Él no podía evitar partir cuando la necesidad lo empujaba; de tal manera que, cautivo de un deseo imperioso, dejaba familia, trabajo acti­vidades cotidianas y de repente todo lo que estaba delante de él, marchando rápido, haciendo 70 kilómetros a pie en el día, hasta que ser detenido como vagabundo y puesto en prisión [6].

Así es como comienza la historia del caso Albert D. registrado como el primer diagnóstico de loco viajero, o fuguen.

Empleado de una empresa local de gas en Bordeaux, Albert sufría de una extraña compulsión que lo llevó a viajar de manera intempestiva, a menudo sin identifica­ción, sin saber quién era o por qué erraba. De hecho se convirtió en famoso por sus extraordinarias expedicio­nes a lugares exóticos tales como Argelia, Moscú y Cons­tantinopla.

—«¿Por qué se encuentra en Moscú?», le preguntó el comi­sario.

—Me daría vergüenza decírselo. Vea cómo sucede. Tengo un gran dolor de cabeza, estoy aburrido, siento la necesidad de caminar, y me voy, siempre me voy todo derecho y cuando vuelvo en sí, estoy lejos, la evidencia es que salí de Valencien­nes hace unos meses y ahora estoy aquí [7].

Los informes médicos de Dadas se suman al momen­to en que una pequeña epidemia de viajeros compul­sivos, tenía su epicentro en la ciudad francesa, aunque prontamente se extenderían por toda Francia, luego a Italia, Alemania y Rusia.

La historia de Albert tuvo en esa época la fascinación que produce toda novedad, pero fascinación asentada sobre un fondo profundamente confuso acerca del esta­tuto de los síntomas: naturales y sobrenaturales, morales y neurológicos cada uno y todos a la vez.

La tesis de Philippe Tissié permite colegir, mediante el estudio de casos, que la fuga no constituye una enfer­medad per se sino un síntoma, y en consecuencia se pro­pone a diferenciar los determinismos delirantes, aluci­natorios, impulsivos y demenciales de las «Fugas y viajes realizados por los cautivos kaptivésr4.

Precisamente, este término «cautivo» no es menos interesante en el curso de su desarrollo, ya que responde a «toda una categoría de enfermos que realizan actos pato­lógicos bajo la influencia de un deseo imperioso y consciente que se impone a su voluntad y la domina». Dicho estado es comparado con la hipnosis, método experimental que estaba muy en boga hacia la segunda mitad del siglo IX, y que lograba una disociación de la consciencia muy similar. Tissié, quien había sido alumno de Charcot en La Salpétriére, conocía los trucos de sugestión, al igual que su maestro y director de tesis Pitres. Señala así que el determinismo del acto poshipnótico en el sujeto dor­mido (vale decir, la acción realizada en ese estado artifi­cial) no se distingue prácticamente del estado cautivo, en el sentido de que estos últimos han quedado captu­rados por una idea. Idea que, en el caso de la hipnosis, es sobrepuesta por la sugestión (una voluntad sobre la otra, dirá el autor), mientras que en la fuga de los cau­tivos, «la idea surge de la nada, se acumula poco a poco, se refuerza hasta que volverse poderosa y fuerza a nuestro sujeto a partir» [7].

Lo más curioso es que en el estado de fuguer la cons­ciencia del acto está conservada, la persona sabe que quiere partir… pero no sabe por qué debe partir.

Enfermedades transitorias

¿De qué manera la fuga estuvo en aquél momento caracterizada como enfermedad mental?

Primeramente, ella misma fue convenientemente ilustrada con algunas facetas de la enfermedad mental que hoy conocemos y que tipificaríamos como «fuga disociativa». Ésta era género específica, clase específica y directamente implicada con el sistema de control social, la policía y los militares. A su vez, la fuga estuvo conectada hacia fines del XIX con la enfermedad que cultu­ralmente más atrajo la atención de los historiadores: la histeria.

Wandertrieb

Las fugas, es decir, los viajes extraños e inesperados, frecuentemente en estados de oscurecimiento de la conciencia, han sido conocidos desde siempre, pero sólo en 1887, con la publicación Les alienées voyageurs la locura de viajar devino un tipo de alienación diagnosticable y específica. Se convirtió en un trastorno médico por derecho propio, con etiquetas tales como Wandertrieb, automatismo ambulatorio, determinismo ambulatorio, dromomanía y poiromanía. Por otra parte, el título de la tesis de Philippe Tissié tiene un aire incuestionable­mente romántico: «Los alienados viajeros» (es interesan­te mencionar en el contexto de la época el sentido que poseía todo viaje; aquello que redundaba, por ejemplo, en los discursos médicos de Charcot acerca de la leyenda del judío errante o la vida misma del ya entonces famoso poeta, Arthur Rimbaud). La investigación de Tissié, será el producto de un encuentro fundante entre Albert, el primer fugador dentro de lo que sería una serie, y un médico entusiasmado por el hipnotismo y formado en la clínica de charcotiana.

Ian Hacking, en su libro acerca de los «Alienados via­jeros» [9] agrega que tanto Albert como su médico, esta­blecieron en una vía hiperbólica la posibilidad de fuga como un diagnóstico en su justo derecho, de tal manera que la locura de viajar comenzaría a inaugurar una ver­dadera epidemia.

Algo notable es que en el famoso libro de Albert Pitres, donde figuran cuatro fotografías de Dadas Albert en cuatro estados (los dos primeros normal (f/p), lue­ go hipnotizado y por último fugado), es evidente que Albert fue invitado a posar para mostrar estos estados de tal manera que pueda demostrarse la objetividad y la verdad científicas. El caso «Albert Dad…» es catalogado por Pitres como «automatismo ambulatorio por sonambu­lismo»; no se trata de un simulador, de un excéntrico ni de un alienado, sino que su errancia es tomada como un «equivalente histérico» dentro de una «variedad particular de sonambulismo espontáneo» [10]. Bien sabemos lo que la clínica de la mirada producía en esa época y en particular la invención de la histeria con Charcot y sus alumnos, de los cuales Pitrés y Tissié eran algunos de los herederos de su transmisión (sabemos que hubieron otros: Freud, G. Ballet, etc.).

Curiosamente, al igual que un histérico, Albert pre­sentaba zonas del cuerpo con anestesia e hiperestesias y era fácilmente hipnotizable. Con lo cual es indudable que estuvo influenciado por la terapia de sugestión hip­nótica de Tissié, heredada del maestro de la Salpétriére. Clínico y paciente, experimentador y sujeto, compartían la enfermedad y formaron parte durante un tiempo de una interacción.

Viene a nuestros propósitos utilizar las preguntas que se formula Ian Hacking en el libro citado en virtud de este caso: ¿Albert fue el iniciador de una epidemia de fugas, o bien fue Tissié quien inició una epidemia de diagnósticos de fuga?

Para encontrar alguna de estas respuestas, Hacking utiliza el concepto de «enfermedad mental transitoria» (transient mental illnesses). Esto es: una enfermedad que, en su carácter de transitoria, requiere de un tiempo y un lugar. A su vez, para que curse y se desarrolle es condición necesaria que exista lo que él llama un «nicho ecológico» [9] y cuatro vectores: la taxonomía médica, la polaridad cultural, la observabilidad y la liberación (release). Lo que hace posible al diagnóstico de la enfermedad transitoria es el juego producido entre los cuatro vectores.

El término vector posee un origen mecánico y es uti­lizado, como se sabe, en epidemiología. Posee una fuer­za de acción y una dirección. Cuando hay varias fuerzas actuando en diferentes direcciones, el resultado es el producto de la interacción de todas ellas. La metáfora del vector posee la virtud de sugerir diferentes tipos de fenómenos actuando en diferentes vías, cuyos resultados pueden ser la producción de un posible nicho en donde una enfermedad mental pueda prosperar.

En el ejemplo de la epidemia de fugas impulsivas, el autor expone el intercambio de vectores que hacen al nicho ecológico de la siguiente manera:

  1. Taxonomía médica: la fuga instalada en una taxono­mía, como la histeria, como la epilepsia o ambas cosas. Esto no desaloja los sistemas de clasificación preexisten­tes, pero invita a una controversia: ¿en qué parte de la taxonomía establecida la fuga debería ser encajada? La fuga se convierte así en un objeto de interés teórico para los médicos y los alienistas de la época.
  2. Polaridad cultural: la fuga encastra perfectamen­te entre dos fenómenos sociales que aparecieron muy extendidos en la conciencia contemporánea: el turismo romántico y la vagancia criminal: uno virtuoso el otro Ambos profundamente importantes para las clases medias, pues mientras uno alimentaba el ocio, el placer y la fantasía de escape; el otro generaba el temor al extravío, al infierno errante. Así la fuga no era intere­sante para la gente común, asevera Hacking, quienes no emprendían viajes sinsentido y compulsivos, gente que podía controlar sus fantasías o participar en ellas. Era una opción que para los pocos afortunados se ubicaba entre la opulencia y la delincuencia.
  3. Observabilidad: un cuidadoso sistema de vigilancia y detección estaba en el lugar. Los fugadores franceses habían de tener papeles, si ellos deseaban ir más allá de las fronteras. Estaban sistemáticamente sujetos a escru­tinio como desertores, no era viable viajar simplemente por el continente europeo sin ser notado por las autori­dades. El vector de observabilidad indica que, para que una forma de comportamiento se considere un trastorno mental, éste debe ser extraño, inquietante y fácilmente
  4. Liberacións5 [11]: la fuga era una invitación al esca­pe dentro de una clase particular, hombres que habían trabajado constantemente y con cierto monto de inde­ Un nuevo espacio en el cual individuos dis­funcionales, en el borde de la libertad aún atrapados, podrían escapar.

Postular un nicho para una enfermedad requiere de dos tipos de rasgos, uno positivo y otro negativo. En pre­sencia de vectores relevantes, la enfermedad florece; en su ausencia, no. En América y el Reino Unido, a falta de vectores de polaridad cultural y de observabilidad, no tuvieron fugas epidémicas. La vagancia no era un proble­ma social central, y el turismo dentro de América no se había vuelto aún una industria. Asimismo los viajeros no eran sistemáticamente inspeccionados por sus papeles; de hecho, no tenían la necesidad siquiera de un docu­mento de identificación personal.

Si bien la fuga disociativa figura hoy en el manual de clasificaciones norteamericano y en la clasificación inter­nacional, ensamblando tal conducta con la taxonomía médica presente, la fuga como tal ya no se diagnostica con frecuencia. Cuando el comité de trastornos disocia­tivos de la American Psychiatric Asociation (APA) bajo la presidencia de David Spiegel buscó publicar casos médi­cos recientes, éste no encontró puntualmente ninguno. Ahora bien, ¿por qué entonces figura este trastorno en el manual y no en las carreteras y caminos?

La respuesta poco amable dice que la sección de tras­tornos disociativos fue introducida en 1980, a partir de la oficialización del DSM III después de que una gran can­tidad de defensores de la personalidad múltiple toma­ran una relevancia inusitada. La «…forma democrática y lobbista en que hoy los comités de expertos internacionales en clasificaciones legitiman nombres con que se identifican problemas psiquiátricos» [12] empezaba a mostrar su cara más política.

En 1994 Spiegel, contribuyó a relacionar fuertemen­te el trauma con la disociación. El trastorno disociativo podría ser pensado como causado por un trauma. En el caso de la fuga, él y sus colegas alentaron una búsqueda de víctimas del trauma y en particular los en las historias de los soldados y víctimas de la posguerra con repetición traumática y fugas. No encontró mucho, aunque la polí­tica de generalización del trauma siguió extendiéndose hasta nuestros días [13].

Sturm und Drang, turismo romántico y la cultura del loop6

Les dieux s’en vont.
Goethe está muerto.
Heinrich Heine [14]

El programa burgués e ilustrado debió aceptar su fra­caso trágico con movimientos tales como el Sturm und Drang (Tormenta e impulso) y el romanticismo que eran toda una cultura de partidas. El mundo ilustrado, que hasta entonces se sostenía «sobre la cabeza» (Hegel), vio claudicar sus propósitos finalistas y racionales en pos del ocio y el afán por la incertidumbre. Por supuesto que no quiere decir que antes no hubiera figuras relacionadas con los viajes. Los viajes erráticos de Ulises’ podrían ser un ejemplo. El hijo de Laertes y esposo de Penélope parte hacia la aventura, obstinado en volver a casa allende al mar y sus misterios. Odiseo sale de Ítaca, regresa y en él se opera una transformación, retorna no siendo el mismo.

La situación se presenta diferente en el movimiento romántico, tal como lo señala H. Heine: «… allí los viajes errá­ticos del caballero tienen, además, otro significado esotérico; alu­den, tal vez a los viajes erráticos de la vida en general…» [14].

La generación que protagonizó dicho movimiento (entre otros Fichte, Schlegel, Novalis, Tieck), afirmaba el «sí mismo» como culto a la libertad, pero existía en ellos el temor de que el ego se les escape por la borda. Los relatos, las novelas, están pletóricos de todos aquellos fantasmas que finalmente encontrarán su coyuntura en la posmodernidad; las ciudades aparecen allí como acele­ración vacía del tiempo y el tedio programado. A medida que el aburrimiento empieza a conquistar nuestra existencia, más central empieza a ser la exigencia de senti­do en las trivialidades diarias. Al escapar a las ataduras del tiempo, del universo centrado de la inacción, dicha estética logra «romantizar» la vida [5]. Por medio de la cultura de los viajes, del irse para no volver, sus mentores encubren toda una fascinación oscura: el miedo a lo des­conocido (Hoffmann), el horror vacui, el desamparo.

En sintonía con esta tendencia aparecerán, en la segunda mitad del siglo veinte, Deleuze y Guattari con su Anti-Edipo describiendo el movimiento propio del esquizo: pirarse, pirarse, pirarse. En la tradición román­tica alemana ese «pirarse» era representado, como diji­mos, con el bosque; así algunos poetas se encontraban en caminos circulares o pueblos que ya conocían pero esto mismo era lo que lo sumía en la desesperación. Este efecto bucle no generaba ninguna posibilidad de regreso al hogar; su impedimento era el leitmotiv del texto, pues­to que se trataba de un volver a ninguna parte. Un retor­no que se encuentra cortado en relación con la partida, con la casa paterna.

Todos viajan. Lo hizo Odiseo, el holandés errante, los locos en la Edad Media, y de todos ellos, nuestros román­ticos extrajeron la fórmula del viaje, pero sin llegada ni meta, el viaje sin fin. En esta tesitura continuará Rim­baud con su Barco ebrio.

Los años sesenta del pasado siglo serán resonantes, pues la cultura del trip, del viaje, entablará vínculos estrechos con esa literatura apologética de la generación beat (Burroughs, Cassady, Ginsberg, Kerouac).

Y seguimos hacia aquel triste y repugnante concierto al que no me apetecía nada ir y todo el tiempo estuve pensando en Dean y en cómo se subiría al tren y recorrería una vez más cinco mil kilómetros sobre este terrible país y nunca llegué a saber por qué se había presentado en Nueva York, excepto para verme […]

Así, en esta América, […] nadie sabe lo que le va a pasar a nadie excepto que todos seguirán desamparados y haciéndose viejos, pienso en Dean Moriarty, y hasta pienso en el viejo Dean Moriarty, ese padre al que nunca encontramos, sí, pien­so en Dean Moriarty».

On the road, Jack Kerouac.

Algunas reflexiones como éstas son las que llevaron a un talentoso crítico de la cultura pop, Diedrich Die­derichsen (Personas en loop. Ensayos sobre cultura pop, 2004), relacionar unas y otras culturas de las partidas con lo que él llama el loop. En virtud de ello podrían articularse conceptos tales como la «compulsión a la repe­tición» en Freud, el «eterno retorno» en Nietzsche y sobre todo el «mal infinito» en Hegel, con aquello que marcha en círculo. «Pero ya sea, asevera el autor, que esta relación se conciba como una fundamentación antropológica contra el concepto de historia, o como un mecanismo psíquico fatal que de todos modos puede ser corregido a favor de una sub­jetivación exitosa, o bien como el fracaso de una idea origi­nalmente correcta de historia y desarrollo, los tres conceptos coinciden en que, en el loop, la cuestión es siempre la nega­ción del progreso». Asimismo, el dar vueltas en círculos, el mismo loop (del cual se nutre la música tecno, el trans o el jungle) no es lo que el común de los sentidos indica, la vuelta a lo mismo: «¿No sabemos acaso —y no sólo gra­cias al minimalismo y al tecno— que eso que escuchamos en un loop no es nunca lo mismo, porque al escuchar nos obser­vamos a nosotros que siempre estamos cambiando?» [16].

Interpelamos aquí a aquellos quienes quieren hacer de la poshumanidad una «nostalgia restauradora». ¿Es posi­ble resucitar la edad dorada del padre? El peligro que con­lleva la nostalgia restauradora radica en la creencia de que habría una «totalidad», la totalidad mutilada del cuerpo político que podría ser reparada [17], mientras nosotros preferimos la posición, del llamado por Simon Reynolds (crítico de música), «nostálgico reflexivo» sabe que la pérdida es irrecuperable, lejos de querer volver al paraíso perdido «se complace en la neblinosa lejanía del pasado y cultiva las agridulces punzadas de lo conmovedor» [17]. Evi­dentemente, cuando se conmueve, el pasado ya no es el mismo… el nostálgico reflexivo sabe que él tampoco.

En el mismo sentido recordemos en la estética román­tica esas novelas en donde el protagonista parte de su casa y, atravesando un bosque, recorre senderos que una y otra vez lo llevan a la casa del mismo pastor; final­mente resulta ser siempre el mismo camino, la misma circularidad, donde si bien tiene momentos de continuo reconocimiento, una y otra vez se percibe a sí mismo como alguien distintos [18].

La carretera principal

Hemos hablado más arriba del programa burgués e ilustrado. Esta sociedad se hizo acreedora de la idea de progreso, de cierto vector lineal, en donde los hijos par­tían de su casa en contra del padre y de la propia educa­ción y luego de algún tiempo, en el polo antagónico del padre y del hogar, se producía el regreso afirmado como camino hacia sí mismo. Este funcionamiento es compati­ble con aquello que Jacques Lacan denominó el Nombre del Padre, que para decirlo sencillamente, es una función cuya operatoria es una metáfora. Esta metáfora lo que permite es una ley como modo de ordenar el lenguaje, la libido e imprimir una dirección y un fundamento en la vida. «Blumberger, —escribe Germán García— habla de las dos metáforas que orientaron nuestra cultura: el camino y el todo. Las versiones patéticas de la modernidad, donde los más extraviados parecen ser los que buscan una explicación, insisten en la desaparición de estas metáforas: el camino que antaño habría estado asegurado por la metáfora del padre y la totalidad lograda por la exclusión de las mujeres en tanto deseantes y convertidas en sede de oscuras preguntas» [19].

En los tiempos que corren, el lugar degradado del padre que presagiaba Jacques Lacan se hace evidente. Estas «cir­cunstancias sociales especiales» [20] hoy, hacen a la decaden­cia de su operación y dejan a los ciudadanos al costado del camino, perdidos, circulando sin brújula, sin más carteles de orientación que los modos imperativos de gozar ofreci­dos por los lifestyles. Dios no hará nada por ellos.

Ahora bien, lo que hacemos no es más que una semblanza del problema clínico de la época actual, que no azarosamente se ha calificado como la época de la errancia [21]. Entiendo que el doctor Lacan debe haber vislumbrado este horizonte al equivocar el título de su veintiún seminario Les non-dupes errent (1973-74)9.

Al hablar de un extravío, de una desorientación, debemos mencionar cuál sería el funcionamiento de ese camino principal: aquí es donde establecemos el funcio­namiento del Nombre del Padre. Lacan sugiere que no son lo mismo aquellas carreteras secundarias con des­víos, con significaciones diversificadas, bifurcaciones, vagabundeos, que la carretera principal:

No sólo porque los demora en la práctica, sino porque cambia por completa la significación de sus comportamien­tos ante lo que sucede entre el punto de partida y el punto de llegada. A fortiori, se imaginan una comarca entera cubierta por una red de caminos sin que en ninguna parte exista la carretera principal.

La carretera principal es algo que existe en sí y se reconoce de inmediato. Cuando salen de un sendero, de un matorral, de una vereda, de una pequeña vía rural, saben de inmediato que han dado con la carretera principal. La carretera prin­cipal no es algo que se extiende de un punto a otro, es una dimensión desarrollada en el espacio, la presentificación de una realidad original [22].

Volviendo a aquellos movimientos circulares, al via­jar como loop, es interesante destacar la diferencia con Les réveries du promeneur solitaire (Las ensoñaciones de un paseante solitario) o Les Con fessions de Jean Jacques Rousseau quien toma aquellos esos paseos como un fin tanto contemplativo o místico como de rigurosa reflexi­vidad (tal es el carácter descrito de las réveries) [5]. Una escritura que porta el patetismo propio de ése que decla­ra a todas luces su inocencia, y arroja el manto de una prosa incuestionable.

Heme aquí pues, solo en la tierra, sin más hermano, pró­jimo, amigo ni compañía que yo mismo. El más sociable y más amante de los humanos ha sido proscrito por un acuerdo unánime. Han buscado, en los refinamientos de su odio, el tormento que sería más cruel para mi alma sensible, y violen­tamente han cortado todos los lazos que me ataban a ellos. Habría amado a los hombres a pesar de ellos mismos. Sólo cesando de serlo han podido sustraerse a mi afecto. Helos ahí ahora, extraños, desconocidos, nulos al fin para mí puesto que lo han querido. Pero yo, desligado de ellos y de todo ¿qué soy yo? He ahí lo que me queda por averiguar. Por desgracia, tal búsqueda debe ir precedida de una ojeada sobre mi posi­ción. Es ésta la idea por la que necesariamente debo pasar para llegar de ellos a mí [15].

El tono reflexivo que utiliza en su relato, como bien puede colegirse, se inclina hacia una retórica tendiente más a persuadir que a informar. De esta manera Rousseau ha pasado de la utopía del lazo social (el momento del Contrato social), de la invención de un Otro consistente, a la soledad errante.

Modalidades errantes

Nuestro breve y salpicado recorrido nos impuso explorar cierto tipo de «subjetividad marginal» [23], sin­gularizada en un relato histórico que opera como montaje para la lectura de hechos clínicos cotidianos10. El térmi­no subjetividad marginal, tan enigmático como corrosi­vo, habla de esos sujetos cuyas expresiones atópicas han atrapado el interés clínico y terapéutico de aquellos que han intentado captar la estructura del fenómeno mór­bido, más allá de las apariencias. Unos lo han logrado, como hemos desarrollado, al precio de quedar atrapados en él (la pareja Albert-Tissié); otros subyugados por la herencia y la dégénérescence exhibieron la tensión entre vida, obra y psicopatología sin hacer de esto último un lecho de Procusto (Rousseau-Régis). La discusión psico­patología y cultura en muchas ocasiones ha circulado por el sendero de la construcción social de las enferme­dades. Con la noción de «enfermedades transitorias» (Hac­king) hemos querido ir más allá de eso, en función de que es el mismo mentor del concepto quien dedicó todo un escrito a desmitificar la fórmula «natural-construida» en pos de las «clases interactivas» [24].

Estos desarrollos nos ayudan a verificar el movimien­to de las configuraciones subjetivas en virtud no sólo de su valor histórico sino también de sus mutaciones en el presente. No nos preocupan hoy los viajes intempestivos, las fugas impulsivas o la dromomanía sino el extravío, la desorientación y la pérdida del rumbo de muchos de los que nos consultan. Son esas expresiones atópicas hacia las que el psicoanálisis de Freud ha orientado su «con­quista» (25] y la aventura original de su experiencia. De allí que no hemos reducido nuestra elaboración a hablar solamente de estructuras psicopatológicas conocidas.

Hace algunos años dedicamos un ensayo a explorar aquellos casos —cada vez más frecuentes— que acuden a nuestros consultorios y cuya impresión es que no quieren nada [26]. Sujetos que van de aquí para allá y su posición es una nada. Su destino parece ser el extravío y del mismo modo, erran de tratamiento en tratamiento, de psiquiatra en psicólogo, de psicólogo en psiquiatra, de lo público a lo privado, etc… Los que salen con su balsa a naufragar.

Pude asistir yo mismo el caso de una jovencita, quien concurría a un dispensario, en una zona de esas que son radiografías de las desigualdades que existen en nuestro continente. Un centro de salud frente a una villa mise­ria, lindante a una de las zonas más ricas del conurbano bonaerense.

Esta joven fue llevada por su madre (clase media, profesional de la salud). Su presentación no era un dato menor a la hora de situar la demanda. Pocas palabras. En su mayoría argot de las villas; en fin, demostraba una afinidad contrastante con el mundo al que ella, en reali­dad, no había pertenecido.

Su problema, su síntoma —en sentido amplio—, era el «pirarse». Término que condensaba en su relato tanto el hecho de emborracharse, de quedar dura con la cocaína, como el acto de irse. Irse de su casa y dejar al hijo al cui­dado de su madre, irse del hogar para «bardear», salirse de la escena.

Hasta la adolescencia su vida había transitado por los carriles habituales, sin sobresaltos. La separación de sus padres y el hecho de haber asumido el papel de tener que ir a negociar con su padre el dinero para los gastos familia­res, la había dejado un tanto descolocada. Siempre había detentado un lugar de privilegio para con su padre, pero él finalmente había elegido otra vida con otras prioridades.

Un buen día, al concurrir a la casa de este hombre, fue atendida por su mujer y así fue que ella misma sor­prendió a la joven cortando por lo sano ese trámite. Su padre, amedrentado por la firmeza de la voz de su pareja, quedó paralizado, no intervino. Nuestra joven vio des­barrancarse el mundo que la sostenía hasta entonces y empezó a consumir grandes cantidades de alcohol e irse, no pudo dejar de irse. Quedó al margen de todo lo que podía alojarla en el deseo del Otro, quedando librada a la devastación materna. La convivencia con su madre se tornó un verdadero infierno y como si esto fuera poco, se embarazó de un muchacho «drogón», se «enganchó» en «curtir esa onda».

El tiempo que duraron las entrevistas fue posible situar una serie de desplazamientos: del acto de «pirarse» a hablar de «pirarse»; de salir a «bardear» a ser «bardera»; de «barde­ra» a «loca linda» (vale destacar, se sabía portadora una belleza inusual). Este último sintagma fue desplegado en acto en la transferencia seduciendo y a la vez mostrando una procacidad absolutamente desproporcionada.

Para concluir, diremos que hay una errancia en el fundamento mismo del ser humano, pues se orienta como puede en el río agitado de las palabras, del sentido y de los ideales que pueden servirle como anda. Pero es menester verificar las consecuencias de tal o cual tipo de errancia, vale decir, cómo una elección subjetiva pone en juego el ser mismo del sujeto. No es lo mismo la errancia que convive con la estructura psicótica, de la que puede adquirir alguien como posición, como tampoco lo es —como ya enunciamos— la errancia que anida en nuestra propia existencia.


 

Notas

1. Yo fui el triste fruto de aquel retorno, pues diez meses más tarde nací enfermo y delicado. Mi nacimiento, que fue la primera de mis desgracias, costó la vida a mi madre». Rousseau J.J. Confesiones. México: Ed. Porrúa; 1985. p. 4.
2. «Mi hermano fue de mal en peor y terminó por escaparse, desapareciendo por completo. Algún tiempo después se supo que estaba en Alemania. No escribió una sola vez. Desde entonces no han vuelto a tenerse noticias suyas y de esa manera me convertí en hijo único». Ibíd. p. 6.
3. Quizás en virtud de la exégesis patobiográfica, las palabras de Régis nunca serían más pertinentes como cuando se sorprende de ver un marco fa­miliar tan inestable: «On conviendra qu’il est bien difficile de rencontrer, dans une famille, plus d’instabilité, de migrations, d’expatriations, de disparitions». Régis E. La dromomanie… p. 4.
4. En francés el término captif/ive posee una acepción similar que en el castellano. Su uso responde a la idea de ser tomado como prisionero (por ejemplo, en el curso de una guerra), privado de la libertad, sometido por la fuerza. También se puede decir que alguien está «cautivo de sus pasiones», al modo en que lo afirma Michelet «il yaura touyours des captifs, ceusx de la misére, cux de l’ age, cux des préjugés, des passions». El verbo captiver, provee una significación similar: controlar, someter, esclavizar. Aunque también puede ser utilizado como en nuestra lengua, para alguien que puede captar la atención, seducir o encantar. Huelgan otras acepciones para nuestros propósitos, quizás baste con decir que estar cautivo es un modo de pérdida de la libertad. Ver: Le Petit Robert, Diccionnaire de la Langue Francaise. 9a Ed. 2000.
5. Rafael Huertas en su artículo sobre Ian Hacking propone llamar a este vector «liberación-agregación», dado que el comportamiento patológico «debe permitir alcanzar objetivos vitales que sería imposible alcanzar de alguna manera normalizada, lo que ayudaría […] al reclutamiento social de los indi­viduos que padecen la enfermedad». Huertas, R. «En torno a la construcción social de la locura. Ian Hacking y la historia cultural de la psiquiatría». Rev Asoc Esp Neurop 2011; 31 (11): 440.
6. Parte de lo que sigue lo hemos desarrollado en profundidad en nuestro libro Los descarriados. Clínica del extravío mental: entre la enrancia y el yerro. Buenos Aires: Grama; 2010.
7. Al comienzo del Canto I leemos el espíritu del viajero: «Musa, dime del hábil varón que en su largo extravío, / tras haber arrasado el alcázar sagrado de Troya, / conoció las ciudades y el genio de innúmeras gentes. / Muchos males pasó por las rutas marinas luchando / por sí mismo y su vida y la vuelta al hogar de sus hombres, /pero a éstos no pudo salvarlos con todo su empeño, / que en las propias locuras hallaron la muerte. ¡Insensatos! / Devoraron las vacas del Sol Hiperión e, irritada / la deidadm los privó de la luz del regreso. Principio / da a contar donde quieras, ¡oh diosa nacida de Zeus!». Homero, Odisea. España: Ed. Gredos; 2000, p. 1.
8. Recomendamos consultar la articulación lúcida que realiza Daniel Matusevich, entre la errancia, la postpsicopatología, la literatura de viajes y la novela Los detectives salvajes de Roberto Bolaños. FRENIA 2011; XI: 223-225. ISSN: 1577-7200
9. Juego homofónico entre «Los no incautos yerran» o «Los desengañados se engañan» y «Los nombres del padre» (Les noms-du-pére). El seminario de Jacques Lacan titulado «Los nombres del padre» (1963) debió interrumpirse intempestivamente cuando se decidió de facto retirar a Lacan de la lista de didactas de la Sociedad Francesa de Psicoanálisis. Aquella circunstancia él denominaría al año siguiente «Excomunión», en su seminario «Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis» de los años 1964-65. Tal como lo recuerda Jacques-Alain Miller en su nota introductoria a De los Nombres del Padre, Lacan no volvería a retomar ese seminario quedando el mismo en estado de introducción, si bien mencionaría en varias ocasiones los efectos de la pluralización del Nombre del Padre, fundamentalmente en los registros real, simbólico e imaginario. A pesar de esto Lacan retornará, fiel a su estilo, con un chiste transformado en enseñanza diez años después de aquel acontecimiento: «Les non-dupes errent […] suena estrictamente de la misma manera que les noms du pére. Es decir, aquello de lo que prometí no hablar nunca más. Y bien. Esto en función de ciertas personas que ya no quiero calificar y que, en nombre de Freud, precisamente me hicieron suspender lo que proyectaba enunciar acerca de los nombre del padre».
10. Hacia una dirección similar apunta Reinhardt Koselleck cuando afirma categóricamente que «en cada presente las dimensiones históricas del pasado y del futuro [son] puestos en relación». Citado por Didi-Huberman G. Ante el tiempo. Op. cit., p. 45.


 

Referencias bibliográficas

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  24. Hacking I., ¿La construcción social de qué? Buenos Aires: Paidós; 2000.
  25. Freud S., «Yo no soy un verdadero hombre de ciencia ni un experimentador, ni un pensador, yo no soy más que un con­quistador, un explorador…». Carta a Wilheim Fliess, del 1° de febrero de 1900.
  26. Vaschetto E., Los descarriados. Clínica del extravío mental: entre la errancia y el yerro. Buenos Aires: Grama; 2010.

Por Emilio Vaschetto
Psicoanalista Miembro de la Eol Amp y Centro Descartes
Presidente honorario del capítulo de Epistemologia e Historia de la psiquiatría de Apsa
Profesor universitario

Fuente: VERTEX, Rev. Arg. de Psiquiat. 2014, Vol. XXV, Nº 114, Marzo/Abril 2014

2017-09-15T13:44:07+00:00 30/04/2014|Categorías: Artículos, Noticias|Etiquetas: |