Mutatis Mutandis

Aprovechando un receso en mis líos de estas horas, os mando, chavalines, la segunda parte del texto que envié para subir al blog de la Otra psiquiatría. Espero vuestra opinión sincera, no política, y que si consideráis que es una escoria o que me meto —para variar— en un problemilla con todo Dios, o no lo consideráis adecuado, pues que hagáis lo que estiméis oportuno. Abrazos.


Como soy persona que respeta sus compromisos, incluso aquellos que establezco conmigo mismo, aquí van los serios inconvenientes que tiene, a mi modo de ver, para todos los actores implicados, el explicar una realidad tan compleja como la locura, desde un nivel de análisis tan básico y desresponsabilizador como el bioquímico y/o médico.

Hablaba hace poco con uno de los mejores psicólogos que conozco, D. Fernando Fuentes, sobre la importancia de la honestidad en la relación con los otros significativos, y que habría que alejar el modo de hacer político y a los políticos de esto que hemos llamado salud mental, y/o enfermedad mental. Estábamos de acuerdo en que seguramente es en y por la política en la vida familiar, que se desencadena la locura. A un hijo o hija, se le falta el respeto desde que se le trata políticamente.

Acabo de caer en la cuenta de que no les he explicado eso que D. Fernando y yo llamamos política o actuar políticamente, así que tampoco, probablemente, puedan entender a que le llamo faltar el respeto. Actuar de forma política, lo entendemos como decir las cosas de forma que las intenciones no queden expuestas. Es un modo de hablar siempre con una intencionalidad oculta, y claramente estratégico. Es una falta de respeto desde el momento en que se trata al otro como un medio para un fin, sea este fin más o menos concreto, desde puntuar lo más alto posible en una carrera imaginaria hacia el premio al mejor padre o la mejor madre del mundo, hasta el beneficio económico. En el trato político no se piden las cosas de forma directa y clara, de tal forma que el que hace la política además se queda con la impresión de que controla el mundo y de que es capaz de modificarlo a su antojo, sin contar con que posiblemente hubiera conseguido lo mismo en el mismo o menor tiempo, simplemente pidiéndolo. Haley en “Las tácticas de poder de Jesucristo” afirmaba que un buen esquizofrénico conseguía que sus padres dejaran de discutir en un instante, manifestando síntomas, puesto que entonces los dos se ponían a cuidarlo (1). De forma intencional o no, este es un modo estratégico de actuar sobre el mundo, que seguramente es aprendido en el ámbito doméstico, en la cotidianidad.

A mi modo de ver, sobra la política en la psiquiatría y en la psicología. Se trata con los intereses familiares, en vez de tratar con los del paciente, sin caer en la cuenta de que en teoría deben de ser los mismos. El miedo a caer mal, a que se hable mal de la intervención, el corporativismo, el temor a convertirse en un paria dentro de un gremio con mas o menos prestigio, hace que las intervenciones se encaminen en muchos casos a preservar el propio estatus y a perpetuar situaciones y estatus ajenos, contrarios al interés del paciente.

La política es importante, fundamental en muchísimos ámbitos de la vida, pero desde luego, cuando se trata de las distancias cortas, del tu a tu con las personas cercanas, hay que dejarla, siempre bajo mi punto de vista, al margen, puesto que se falta el respeto al otro, al tratarle como un objeto a manipular para conseguir un fin. Y el otro, de una forma o de otra lo nota, y precisamente el problema es en que forma lo nota, y como lo manifiesta.

No puedo dejar de ver continuamente una maniobra política en el discurso biologicista, puesto que ya saben todos ustedes que ese discurso nada tiene que ver con los hechos o con la ciencia. Por tanto, al daño causado al paciente o usuario por la política familiar, se suma el daño de la política profesional. El fin del discurso biologicista, que ya hemos dicho que no se basa en la ciencia, es vender su producto lo mejor posible. Y este fin se coordina de forma ideal con el de los profesionales que no quieren lidiar con un nivel de complejidad para el que no han sido preparados y que les llevaría a tener que bajar del pedestal de sabiduría, poder y conocimiento en el que les sitúa el dominio de la ciencia médica y/o psicológica. En definitiva, los profesionales que han sido formados exclusivamente en el discurso biológico/bioquímico/neurológico, no tienen que enfrentarse al brutal reciclaje que les aguardaría de tomar otra senda ideológica.

¿Es o no una maniobra política el discurso de que nadie es responsable de nada y todo ha sido resultado del padecimiento de una desgraciada afección física que además puede “tocarle” a cualquiera?. ¿Es o no es una maniobra política absolutamente magistral el conseguir desconectar los problemas de salud mental (que vaya usted a saber que es eso) de los problemas económicos, de los abusos, de las miserias y en suma de la vulnerabilidad social? (como explicaré mas adelante hay una variable mediadora en todas estas circunstancia que acabo de enumerar: uno mismo y sus decisiones).

Con anterioridad ya hablé de los beneficios para todos los actores implicados que tiene este modo de entender las cosas, de explicar y de conducirse. Me tocaba aquí hablar de los perjuicios y a ello voy.

El perjuicio para el profesional de la salud mental (q.v.u.a.s.q.e.e.) es la sensación continua y continuada de inutilidad. Una tensión que lo impregna todo, un malestar justo detrás de la nariz, en el fondo de la cara. Esa tensión, que en psicología llamamos disonancia, le llevará en el peor de los casos, a conducirse de forma dogmática, en ocasiones violenta. Atacará a los elementos perturbadores en su base, en su nombre, y en su naturaleza. Nunca a sus argumentos, puesto que sabe que no son mas que subterfugios. Apelará al bien del paciente o el usuario. Por supuesto al bien común, a la ciencia, prescindiendo de ella, y al orden. Esgrimirá su autoridad, su nivel de estudios, y su experiencia. Todo para tratar de sostener un edificio que a la mínima, se cae. Así pues utilizará un lenguaje opaco, incomprensible y utilizará los casos que supuestamente ha sanado como muestra de su razón y sus razones. El perjuicio es que vivirá con esa sensación perpetua, en posición defensiva para siempre. No se entenderá nunca mínimamente a si mismo, y por supuesto aún menos a los demás, puesto que esto no es posible a través de la química (un nivel de análisis totalmente distinto). Y eso es mucho perjuicio. Con suerte caerá en la cuenta de lo absurdo de pedirle responsabilidad a alguien (ya que se apelará a ella para según que cosas, como por ejemplo la adhesión al tratamiento) a quien previamente se ha desresponsabilizado de toda su vida pasada y futura. En esto, los hechos parecen darme la razón. No hay mas que estudiar las estadísticas de adicciones, trastornos psicológicos, y suicidios en las profesiones “psi”(2).

Los perjuicios para la familia del paciente o usuario tampoco son baladíes. Van a tener que ser responsables de lo que hace otra persona que en cualquier momento puede hacer cualquier cosa sin querer. Y esa persona además se hará responsable de unas cosas si y otras no, puesto que puede estar loco, pero en absoluto es tonto (a no ser que exista comorbilidad). Se hará responsable, por supuesto, de las cosas que le interesen (esto es absolutamente legítimo). Ya se ha ocupado el profesional de turno de dejarle claro que lo puede hacer. Por activa o por pasiva. Así que el sufrimiento familiar se incrementa a niveles insoportables, no solo por el estado del padeciente, sino por eso que tanto nos afecta a los humanos: el caos, lo impredecible. Una terrible sensación de que la vida propia ya no está en manos de uno, sino de alguien externo, que por mucho que se le quiera, no por eso, resulta menos insoportable. Se ha cambiado posible responsabilidad en el problema, por sufrimiento puro, duro, y eterno, con el agravante de que esa sensación de ser responsable en alguna medida del problema del padeciente no va a desaparecer por mucho que los profesionales lo intenten con su discurso (3).

He de reconocer, que los perjuicios menos graves son precisamente para aquellos que mas se lucran del discurso biologicista: las farmacéuticas. Claro, son entes abstractos, corporaciones donde la responsabilidad y también el sufrimiento, se diluye. El aumento de su falta de credibilidad se ve ampliamente compensada por su capacidad para la política. Peccata minuta. Además ya es sabido que el humano cuando siente desesperación se salta a la torera y con una facilidad pasmosa cualquier atisbo de razón. En eso radica su miseria y su grandeza.

Y por último, los perjuicios para el paciente o usuario son devastadores. Arrebatar la esperanza a una persona es muy complicado, ya que en el fondo sabe que es lo único que realmente tiene. Los argumentos biologicistas y su proceder tienen como resultado una lucha, en el mejor de los casos, por no perderla. Se trata de inculcarle a la persona que padece un defecto en la química cerebral que le lleva a hacer, sentir, ver, y oír cosas que le perturbarán durante el resto de su vida, y que le impedirán llevar una vida autónoma. Tendrá que renunciar a sus objetivos, puesto que el tratar de conseguirlos pueden llevar a mas tensión y por tanto a un nuevo desequilibrio. Tendrá que resignarse a los efectos secundarios del remedio administrado, que no podrá dejar de consumir, bajo la amenaza de un empeoramiento en su estado.

Es paradójico el que a una persona que no tiene o ha tenido ninguna responsabilidad sobre sus actos, de forma intermitente, se le exija responsabilidad. Por ejemplo a la hora de adherirse a los tratamientos. ¿Como se negocia con alguien no responsable que además recibe un subsidio por ello?. En ocasiones se realizan incluso pequeños chantajes del tipo “tienes que venir por aquí cada cierto tiempo y tomarte la medicación si quieres seguir en el piso tutelado….” o disfrutando de tal o cual prebenda. ¿Como se chantajea de esta forma a alguien que no tiene responsabilidad sobre lo que hace?. Esta es una realidad en nuestro país, cada día.

La ventaja del perdón porque se asume que nada de lo ocurrido es responsabilidad del protagonista de los hechos, será ámpliamente superada por los perjuicios, puesto que los otros ya no darán crédito a casi nada de lo que diga o haga la persona diagnosticada, y se dará por sentado el hecho de que tiene que adaptarse y asumir lo que ciertas personas juzguen como adecuado para su vida, durante el resto de ella. Como ven, se le va a pedir responsabilidad sobre algo, que se adapte y asuma, así que de una forma o de otra, nunca se puede prescindir del usuario o paciente, aunque en ocasiones se pretenda. Perdón, si es posible: cuando el ingreso es involuntario. He de decir llegado este punto, que el ingreso involuntario puede hacerse de forma honesta, o con absoluta deshonestidad. La forma honesta, a mi modo de ver consiste en, una vez mas, no hacer política, es decir, se informa a la persona que ingresa a la fuerza que se le ha forzado a ello para que deje de hacer esto o aquello que a los demás les supone un perjuicio o una amenaza. Obviamente la deshonesta consiste en decirle que es únicamente por su bien, porque está enfermo, y pretendemos curar.

Si podemos estar de acuerdo en que a las personas les afecta el hecho de tomar una medicación o un tratamiento, ya que se promueven significados que incluyen aquellos que tienen que ver con la autoimagen, imagínense el peso de un diagnóstico y un pronóstico como el que difunde el discurso biologicista, o un ingreso involuntario. ¿Será necesario otro ingreso involuntario para superar las secuelas del anterior ingreso involuntario? Me acuerdo aquí de Hemingway cuando después de ser tratado con electrochoque afirmó que “era un buen remedio pero matamos al enfermo”.

Siempre me ha parecido que el paciente o usuario tiene el derecho o incluso, si me apuran, el deber de saltarse todas las expectativas de los profesionales, cuando discontinúan sus tratamientos, y tratan de seguir viviendo como la hacían hasta el momento del ingreso o del diagnóstico. La alternativa propuesta para sus vidas no resulta nada atractiva, y los efectos secundarios de todos los procedimientos aún menos. ¿Se puede afirmar con seguridad que el abandono del tratamiento supone un mayor deterioro físico cuando se vuelve a él?¿si la respuesta es afirmativa, pertenece a ese mismo tipo de afirmación que aseguraba que los psicofarmacos son neuroprotectores?. Cuando el paciente o usuario deja el tratamiento lo hace porque tiene mucho que ganar y muy poco que perder, por mucho que se le amenace. Además, haga lo que se haga, por mucha psicoeducación que se reciba, las personas siguen haciendo lo que quieren, y si sabemos que esto es así, me pregunto el motivo de que sabiendo que un altísimo porcentaje de pacientes van a abandonar la medicación, no se les explica la forma correcta de hacerlo llegado el caso (hay incluso una guía descargable en internet del proyecto Icarus (4)). Me recuerda cuando se pensaba que hablar con los hijos de los diferentes métodos anticonceptivos suponía hacer una apología del sexo. Como si de algunas cosas hubiera que hacer apología para que se produzcan. El delirio de control del humano es mayor aún que su estupidez (me incluyo puesto que creo ser miembro de la especie).

Y ya para terminar, la vuelta de tuerca final consistirá en construir un discurso personal donde la sociedad, los médicos, las empresas, la política, los padres y todo aquel que no sea él mismo, es responsable de lo que le ocurre. Esta victimización se producirá al calor de la huida, precisamente, del discurso biologicista, y siendo malo, desde luego, no es peor que la alternativa de quedarse anclado en él. Al menos, conducirá a la lucha, a la actividad, algo que será poco productivo a nivel personal, de no ir acompañado de una mayor conciencia de la propia responsabilidad en lo que sucede.

No he hablado aquí de los efectos indeseables de las pastillas psiquiatricas sobre la salud de los pacientes o usuarios, puesto que estoy convencido de que hay personas mucho mas preparadas que yo para hablar respecto a esto. Soy consciente de que todo lo que he dicho es en cierta forma arriesgado, por supuesto discutible y admite muchos matices en el mejor de los casos.  Me parece que no hay que ser profesional de este campo para rebatirlo ya que creo que son argumentos absolutamente llanos, simples y por tanto de fácil critica. A mi modo de ver, precisamente es lo que falla de forma escandalosa en el discurso biologicista (y por supuesto en otros), que saltándose un principio científico básico, como el de parsimonia (5), empieza por explicar un fenómeno de la forma mas compleja posible sin haber rebatido o falsado previamente explicaciones mucho mas sencillas, y por supuesto, de espaldas absolutamente, a los hechos.

NOTAS

  1. Las tácticas de poder de Jesucristo y otros ensayos. Jay Haley (1991). Paidós Terapia Familiar.
  2. Un buen libro sobre el tema: La vida personal del psicoterapeuta. El impacto de la práctica clínica en las emociones y vivencias del terapeuta, Guy, James D. (1995). Paidós.
  3. Doy por sentado que los que me leen, saben diferenciar perfectamente la diferencia entre culpa y responsabilidad.
  4. Se puede saber mas sobre el proyecto Ícarus en Discontinuación del Uso de Drogas Psiquiátricas: Una Guía Basada en la Reducción del Daño.
  5. El principio de parsimonia, tal vez más conocido como la “navaja de Ockham”, es una aseveración que traducida en términos sencillos dice que de varias explicaciones posibles a un fenómeno o problema dado, la más sencilla es la que con toda probabilidad sería la correcta.

Por Jesús Castro Rodríguez
Psicólogo Especialista en Psicología Clínica

2017-06-25T12:20:13+00:00 22/12/2012|Categorías: Artículos, Noticias|