La deriva de la psiquiatría hacia la nada: el naufragio de un saber

Hay reuniones, tertulias, congresos, simposiums, presentaciones, jornadas y seminarios. Desde otro punto de vista, todas ellas pueden corresponder a casualidades, premeditaciones, afinidades e intersecciones.

Y luego están las otras cosas. Por ejemplo, la coincidencia entre el consejero director de desarrollo de negocio y relaciones institucionales (largo nombre) de un laboratorio farmacéutico y un jefe de servicio de psiquiatría. Son, digamos, dos personas que pasaban por allí y que coinciden. Y, como si de una propiedad emergente se tratase, surgen dos ideas que también coinciden, es decir, el tratamiento ambulatorio involuntario y un novedosísimo tratamiento neuroléptico depot.

Lo primero es una coincidencia entre dos personas y Rof Carballo le llamaría un encuentro. Yo no me atrevo a tanto aunque sí creo que cuando uno busca, pues encuentra. Lo segundo es una coincidencia mix: entre tratamiento y sentencia judicial, de un lado, y entre un fármaco y una nalga (o un deltoides), de otro. Todo muy dispar, diría yo, a primera vista.

Bien, en todo caso hay encuentros y coincidencias. Desde ellos surge el mensaje, que viene a ser de tipo redondo porque todo cuadra (obsérvese la disparidad geométrica): los locos no quieren tomar tratamiento, les ponemos una inyección cada dos semanas y asunto resuelto. Luego, claro está, la cosa se adorna. No podía ser de otra manera ya que, de lo contrario, todo parecería demasiada casualidad y a la gente a veces le da por sospechar. Por ejemplo, a tomar la medicina le llamamos “adherencia”. A que el loco diga que no está loco le llamamos “conciencia de enfermedad”. A los locos les aplicamos la estadística y nos sale que entre el 50 y el 70% pasa de las pastillas, perdón, quiero decir, no tienen adherencia. A ponerle la inyección aunque no quiera le llamamos tratamiento ambulatorio involuntario y al tratamiento ambulatorio involuntario le ponemos unas siglas, TAI. Y, finalmente, nos queda que un consejero director de desarrollo de negocio y relaciones institucionales de un laboratorio farmacéutico y un jefe de servicio de psiquiatría han tenido un encuentro productivo lo cual no deja de ser una feliz coincidencia.

Se apagan las luces, se cierran los micrófonos, el acto de presentación de un fármaco llamado Xeplion termina y este final aspira a que nada pueda ser ya dicho porque es un final surgido de un encuentro (afortunado) y una coincidencia (feliz).

Y sin embargo, esa nada a la que aspira el final de este tipo de discursos es el naufragio de un saber.

Los pacientes psicóticos niegan con frecuencia estar enfermos. Es, de alguna manera, lo que los hace irreductibles, la esencia misma de la locura. Desde el nacimiento de la psiquiatría esta característica le ha obligado a transitar en el ejercicio de la clínica a través del conflicto, de la dificultad. Pronto aparecieron tensiones entre una tarea custodial el enfermo frente a una tarea terapéutica. O entre las aproximaciones más medicalizadas y aquellas más psicologizadoras. Tensiones entre la dimensión subjetiva de un enfermo y la pretensión objetivizadora de la enfermedad. En definitiva, si la esencia de la locura es que no se reconoce como tal, la esencia de la psiquiatría es la de un saber atravesado por la ética. Por eso, ante la disidencia que plantea el loco a una sociedad democrática, la respuesta que da tal sociedad es un marcador de sus valores. En el fondo lo que estoy afirmando es que una manera de conocer a una sociedad determinada es analizando cómo gestiona y cómo trata aquello que siempre ha sido a lo largo de la historia de ser susceptible del estigma, los prejuicios y la injusticia. La locura y los locos son un tipo de estos marcadores sociales, por mucho que el empeño vaya en sentido contrario, quiero decir, en encontrar un marcador de la locura. La locura es, en sí misma, un marcador.

El tratamiento ambulatorio involuntario es una exigencia que una sociedad hace amparada en el sistema judicial a los locos: que se mediquen. Es una exigencia planteada a personas de las que se dice que no tienen conciencia de enfermedad y razonada por el sufrimiento que las psicosis generan tanto a los pacientes como a sus familias. Y es una exigencia realizada argumentando que la medicación cura este tipo de enfermedades. Este tipo de mensajes pasan de puntillas por dos cuestiones de gran calado, la del sufrimiento y la de la cura y por ello parece permisible hablar de exigencia. Son dos aspectos problemáticos y supongo que opinables. Sin embargo, lo que no es opinable es el incumplimiento sistemático por parte de la administración sanitaria de los sucesivos planes y proyectos relacionados con la salud mental. Tampoco es opinable que la psiquiatría siempre ha estado en una situación de inferioridad respecto a otros problemas de salud y que, desgraciadamente, la dejadez y la desidia han sido demasiado frecuentes. Creo que no es opinable (porque forma parte del saber de la psiquiatría) que existen intervenciones de tipo psicosocial que son eficaces en la aproximación a la locura. Y que casi todos los libros, hasta los que firman los jefes de servicio de psiquiatría que tienen encuentros y coincidencias con los consejeros directores de desarrollo de negocio y relaciones institucionales, dedican un capítulo  o unos párrafos a las mismas. Este tipo de intervenciones alivian el sufrimiento y estabilizan la locura. En mi opinión, cuando se implementan de una manera adecuada, dicen también cosas de la sociedad y de sus gobernantes. Por ejemplo, dicen, que aunque sean costosas, los sistemas públicos de salud han estado dispuestos a cubrir las necesidades de las personas. También dicen que los atajos en este tipo de cuestiones no deben ser la norma y menos si hay aspectos éticos en juego. Por el contrario, si una sociedad gestiona la locura únicamente obligando a una medicación y otorgando una paga, mientras afirma que este es el remedio para curar a los pacientes y mitigar el sufrimiento, lo que inicia es un viaje hacia la nada.

O, en otras palabras, el tránsito a través de una gran mentira, aquella que estipula que entre la psicosis y la imposición judicial de un fármaco no existe ninguna alternativa. Y que, por ello, nada (excepto una jeringuilla y un algodón) se le puede exigir a la administración sanitaria en el trato con el loco.

Ramón Area. Psiquiatra en el Hospital de Conxo (Santiago)

Ver también:

La psiquiatría biológica se manifiesta a favor de los tratamientos ambulatorios involuntarios
¡Abra la boca, pero no diga nada!
Hay Otra Psiquiatría
Nota de prensa
Anota ahí… NO TAI
Jerónimo I de Jabugo
Respuesta de la Sección de psicoanálisis de la AEN al TAI
Otro artículo contra el TAI
Respuesta de la AEN frente al TAI

2017-06-24T09:50:25+00:00 10/12/2011|Categorías: Noticias|Etiquetas: |