Simposio sobre «Estudios de psicología patológica» en el Ateneo de Palencia

El pasado 30 de mayo de 2018, en el Ateneo de Palencia, se llevó a cabo un Simposio en torno a la presentación del libro de José María Álvarez, Estudios de psicología patológica. El evento fue presentado por Ángela González y Virginia Franco, en el marco de la Sección Psicoanálisi y Ciencias de la Salud, y contó con la participación de un público numeroso y entusiasta.

Es un placer poder ofrecer desde este espacio la reseña de este Simposio que constituye, sin duda, un excelente aporte al estudio del libro.


Si algo demuestran los distintos textos de este oportuno y laborioso compendio es que sin una teoría consistente no podemos desenvolvernos delante de los pacientes, y mucho menos tratar de ayudarlos a devolver a los síntomas su sentido biográfico.

Del Prólogo de Fernando Colina

Presentan: Ángela González Delgado y Virginia Franco Varas.
Apertura: Fernando Martín Aduriz. Psicoanalista Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Escritor. Presidente del Ateneo de Palencia. Coordinador del Seminario del Campo Freudiano en Castilla y León. Patrono de la Fundación Fundos.

Comentan y leen:

Carolina Parra González
José María López Laso
Ángela González Delgado
Amparo Pajares Velázquez
José Manuel Manuel de los Bueis
Sonia Torres Antolín
Virginia Franco Varas
Estela Redondo García

Paz Torres Martínez
Maria José Torres Antolín
Enrique Gómez Crespo
Carmen Calvo García
Virginia González Diez
Álvaro Valle Escalante
Jesús Pol Rodríguez
María Antonia González Toquero


Aforo completo en el Simposio y presentación del libro Estudios de psicología patológica escrito por el ateneísta José María Álvarez. El acto se organizó conjuntamente por la Sección de Ciencias de la salud (dirigida por Virginia Franco Varas), y la Sección de Psicoanálisis (dirigida por Ángela González Delgado).

El Ateneo Científico, Literario y Artístico de Palencia, refundado en el año 2016, presenta su estructura inicial en secciones que constituyen los pilares sobre los que se asienta la actividad de la institución. Concretamente, la Sección de Psicoanálisis, compuesta en la actualidad por 31 ateneístas, es un espacio en el que se debaten las relaciones del psicoanálisis de orientación lacaniana con la cultura: se realizan reuniones mensuales, se leen textos y se comenta cine. José María Álvarez, inauguró en marzo del año pasado la Sección de Psicoanálisis con la excelente conferencia “Locos de hoy”.

En esta ocasión para la preparación del Simposio se leyó el libro de José María Álvarez Estudios de psicología patológica en dos periodos de tiempo diferentes. A lo largo de 2017 la lectura se centró en el capítulo dos:«Elogio de la histeria», para lo que también se leyó a este propósito Carta de una desconocida de Stefan Zweig y el caso de la bella carnicera de Sigmund Freud. Bibliografía que se comentó y relacionó a propósito de la enseñanza de José María sobre la histeria. Durante los meses de abril y mayo de 2018, se leyó el libro en su conjunto, y de cada capítulo se comentaron los puntos esenciales y los que más llamaron la atención a los participantes de la sección sobre la psicología patológica.

Los trabajos previos en la sección de psicoanálisis aumentaron el deseo de los participantes por intervenir en el Simposio y escuchar las palabras de José María Álvarez. No fue sorpresa contar con el aforo completo, puesto que durante la distribución de las octavillas y carteles aumentó el entusiasmo de muchas personas que incluso vinieron al acto desde Valladolid.

Presentaron el Simposio Ángela González Delgado, psicoanalista miembro de la ELP y directora de la Sección de Psicoanálisis y Virginia Franco Varas, Doctora en Odontología. Práctica clínica privada en Palencia. Profesora de Odontología de la Universidad del País Vasco.

En la presentación nos recordaron que este libro puede parecer dirigido a profesionales de la salud mental, sin embrago la temática que alberga es de interés para todo aquel que se haga preguntas sobre el pathos humano y su esencia.

Rescato aquí algunas frases de la presentación:

José María tiene presente que la psicología está relacionada con la filosofía, disciplina donde no encajan ni dan respuestas las mediciones o repeticiones del método científico, aludiendo al valor del síntoma y de su interpretación.

Además, el autor nos recuerda también que la psicología patológica se fundamenta en la objetividad que aporta la semiología clínica y la subjetividad, con que cada sujeto vive su malestar, tratada por el psicoanálisis.

En un mundo donde cualquier disciplina de las ciencias de la salud, todos se vuelven histéricos, obsesivos o locos con encontrar evidencia científica y los últimos protocolos, y claro una que ya va pillando algo es que cada profesional, como sujeto que es tiene su estructura.

La apertura estuvo a cargo de Fernando Martín Aduriz, psicoanalista miembro de la ELP y presidente del Ateneo de Palencia quien, con su buena transmisión del deseo por el psicoanálisis, animó a los presentes en la lectura del libro, de mucha utilidad tanto para curiosos del alma humana, analizantes, y profesionales de la salud mental. Fernando Martín Aduriz afirmó que este es necesariamente uno de los libros de cabecera para el desarrollo profesional.

El Simposio finalizó con la brillante intervención de José María Álvarez, psicoanalista miembro de la ELP, quien nos habló de su libro, escrito a partir de su amplia experiencia profesional, su pasión por la psicopatología y el enriquecimiento que le aporta el contacto constante con residentes Pir/Mir en el Hospital Universitario Río Hortega de Valladolid.

En la presentación Virginia Franco recordó unas palabras de José María a este respecto: «Pocas cosas más satisfactorias conozco que escuchar o leer algo brillante de un alumno. En estos momentos uno cae en la cuenta de que su trabajo ha merecido la pena».

Como siempre generoso con la transmisión de su saber, el autor habló de manera sencilla sobre el por qué de este libro y dio algunas claves clínicas e históricas sobre la psicopatología actual. Finalmente hizo hincapié en que los profesionales no debemos olvidar ser siempre humildes, tener presente que trabajamos con personas que sufren subjetivamente y no debemos perder la curiosidad por la singularidad de cada paciente.

Para terminar, una anécdota mencionada por Virginia Franco:
Cuando José María se puso manos a la obra con estos ocho espectaculares capítulos eligió la siguiente frase trascrita de Lucrecio para ponerla en un adhesivo en su ordenador:
Los tontos se admiran y gustan más de todo lo que ven envuelto en palabras enrevesadas, y dan por verdadero aquello que acaso acaricia con donaire sus oídos o se acicala de graciosos sones.

Pasamos a los comentarios y lecturas del resto de participantes en la sección de psicoanálisis que intevino en el Simposio.
Esperamos que disfruten con la lectura.

Virginia González Diez


CAPÍTULO 1: Neurosis: historia, psicopatología y clínica

Carolina Parra González

En palabras de José María Álvarez, la neurosis representaba para Freud el retrato por excelencia de la condición humana. Este libro da testimonio de ese retrato al dedicar varios capítulos a la neurosis, estructura clínica inseparable del psicoanálisis.

Concretamente, el primer capítulo «Neurosis: historia, psicopatología y clínica» hace un recorrido por la concepción psicopatológica de esta estructura clínica formada por la histeria y la obsesión. La concepción unitaria de la neurosis: histeria y obsesión, es el marco dentro del cual el sujeto se desplaza en su continua búsqueda de equilibrio. Esto se asienta sobre los pilares epistemológico y clínico.

Partiendo de la base de que las primeras referencias a la histeria datan de hace 4000 años (cuando se vinculaba a las mujeres y al cuerpo), este libro logra que el lector reflexione sobre las neurosis actuales. El autor hace un rico recorrido psicopatológico que complementa con menciones a casos clínicos, algunos especialmente sencillos de entender como es el caso de la psicopatología freudiana.

A propósito de la neurosis señalaré algunas perlas del libro:

– La neurosis se define a partir del deseo.
– La estructura de una neurosis es esencial mente una pregunta. La pregunta en el caso de la histeria recae sobre el propio sexo ¿Soy un hombre o una mujer? En el caso de la obsesión sobre la existencia ¿Soy o no soy? Ninguna de estas preguntas encuentra solución en la palabra, pues como decía Freud no están inscritas en el inconsciente.

Y para que vean y juzguen ustedes mismos la evidente actualidad de la neurosis que he mencionado antes, en lo tocante al amor por ejemplo, José María nos recuerda lo siguiente:

El sujeto obsesivo suele amar en proporción inversa al deseo… mientras su objeto codiciado se sustrae, mientras no lo consigue refuerza la máxima del deseo imposible… porque si se diera el caso de que su dama por fin dijera sí, entonces chocaría frontalmente con el problema que trata de eludir… el obsesivo al igual que la histérica, tiene necesidad de un deseo insatisfecho.
Por su parte el sujeto histérico, enamorado del amor, padece sobre todo de desamor… pero también le aflige el exceso de amor… la mujer histérica pide de continuo alguna prueba fehaciente de amor, alguna confirmación de que su pareja la ama, porque a ella el sexo no le interesa tanto como el amor y las historias de amor.

Amor y desamor, inseparables del deseo y la neurosis, son motivo muchas veces de consulta al psicoanalista. ¿No hay nada más actual?

En lo referente a la clínica, la lectura entre otras cosas hace reflexionar a los profesionales sobre lo esencial de la escucha activa para detectar el síntoma de las personas. Este síntoma del que hablo, entendido como la manifestación perceptible de la neurosis, provoca a las personas un gran sufrimiento subjetivo que en el caso de ser reprimido inconscientemente sólo les aporta un alivio temporal. Lo reprimido siempre retorna en un nuevo síntoma, de ahí la expresión «cuando el síntoma sale por la puerta entra de nuevo por la ventana».
Es en este punto donde es esencial el trabajo analítico, puesto que solo el buen uso de la palabra logra deshacer el síntoma. Ya lo decía
Sigmund Freud: “El síntoma se puede deshacer como si fuera un nudo de palabras”.
Por este motivo, sólo con un análisis se llega a descubrir o a descifrar el síntoma singular de cada uno. ¿Se atreven ustedes a descifrar su querido síntoma?

Lector: José María López Laso

Es en el trato con los otros donde al obsesivo puede sorprenderle algo del deseo del Otro, y con él la angustia. De ahí que se refugie en el ensimismamiento, como si cerrando los ojos el mundo se detuviera, y extraviado en su laberinto pudiera engañar a la muerte con (mil astucias).

ÁLVAREZ, J.M.: Estudios de psicología patológica, Barcelona, Colección La Otra psiquiatría, Xoroi edicions, 2016. p. 83.


CAPÍTULO 2: Elogio de la histeria
Ángela González Delgado

Menelao y la desdicha del histérico

Ocuparse del otro, abandonar los oropeles que la ciencia inviste, dejarse enseñar al modo de saber-hacer-con, ofrecer una escucha inédita, son cuestiones que muestran con contundencia el genio de Sigmund Freud, un joven médico vienés que se hizo cargo de esas mujeres del siglo XIX que portaban un cuerpo enfermo, un cuerpo que si bien no paraba de hablar, no sabia lo que decía. Cuerpos que ponían en jaque todo el poder de la medicina y de la psiquiatría. Cuerpos que durante siglos fueron maltratados, agredidos, denostados.

La audacia freudiana de dejarse enseñar, consiguió arrancar de estas mujeres las buenas palabras e inauguró una relación potente y novedosa, única. La escucha freudiana establece una nueva era en la historia de la clínica mental. Así fue que quedaron ligados histeria y psicoanálisis.

Bien pronto se dio cuenta Freud de que ciertos afectos reprimidos hablaban a través del cuerpo. Este hecho ofrecía a su mirada de clínico una vinculación nunca antes pensada entre el ser y la lengua: si bien es cierto el poder destructor de las palabras, esas que emponzoñan el corazón según el decir de nuestro querido y laureado poeta, Antonio Gamoneda, no es menos veraz ese poder benéfico de las palabras bondadosas, poder que hace unos pocos días una buena amiga enunciaba al modo de las palabras curan. Así queda concernido el ser.

El discurso histérico, nombrado así por Jacques Lacan, nomina un vínculo particular de lazo social donde la insatisfacción del deseo se muestra de modo permanente y decidido. Un discurso éste, marcado por los desplazamientos, el desafío al saber y al poder, la constante referencia al cuerpo, la insatisfacción. El cuerpo hablante de la histeria, el poder de la palabra, el cuerpo del inconsciente conformado por palabras, todo esto queda articulado, vestido de insatisfacción para velar la falta esencial, constituyente de cada sujeto, que llamamos la falta-en-ser.

Así pertrechado, Freud ofrece al sujeto histérico una respuesta decisiva, una solución a sus malestares existenciales ubicándose de modo que el sujeto histérico queda concernido, dividido. Como psicoanalistas podemos animar a formularse la buena pregunta: qué parte de responsabilidad presenta como sujeto en los desastres de que se queja. Eso y el amor de transferencia, el especial y químicamente puro lazo y vínculo entre psicoanalista y paciente, permiten rectificar, dan una oportunidad al sujeto de sufrir menos.
La histeria nos muestra que se orienta por la insatisfacción. Nunca está de disfrute, lo que va a permitir también que todo el mundo se ponga las pilas y mejore su quehacer, es esto lo que pienso que lleva al autor del libro a elogiar a la histeria. Sin la histeria, que problematiza al sujeto satisfecho, se logra avanzar mejor.

Una última palabra sobre este capítulo y sobre su autor. He tenido diferentes oportunidades como colega y amiga a lo largo de los años, de ver cómo él sabe conducir muy bien el coche de la histeria. Jamás se enfrentará a un sujeto histérico, masculino, femenino o de otra identidad sexual, sino que se dejará enseñar. Muestra así una fineza clínica de la que muchos seguimos aprendiendo. Gracias.

Lectora: Amparo Pajares Velásquez

Que el psicoanálisis ha dignificado la histeria es cosa tan evidente como que la histeria ha posibilitado la invención del psicoanálisis. Tal es la razón que me ha dado pie para reivindicar la pertinencia actual de la histeria y desearle larga vida en compañía del psicoanálisis.

ÁLVAREZ, J.M.: Estudios de psicología patológica, Barcelona, Colección La Otra psiquiatría, Xoroi edicions, 2016. p. 115 y 117.


CAPÍTULO 3: Histeria y depresión. Confluencias
José Manuel Manuel de los Bueis

Muchas gracias al Ateneo por invitarme a participar de la lectura de este magnífico libro. No me he resistido a la invitación de esta obra y a participar en el comentario de uno de los capítulos a pesar de mi inhibición a escribir, y a la dificultad que supone comentar algo de quien es docto en la materia.

Tengo la satisfacción de seguir hace muchos años a José María Álvarez en muchos sitios diferentes, y muchas veces. Le he escuchado como profesor en distintas etapas de mi vida, como conferenciante, ponente y como lector de todo lo que publica. Le sigo con el respeto de quien ostenta una autoridad y un saber en su campo, pero también desde el afecto de quien te brinda su amistad y su generosidad. Son tantos años que se ha generado en mí un pensamiento ambivalente sobre su obra. De un lado, pienso que ya he escuchado todo de JMA, y sin embargo en cada obra te asombra con la frescura y evolución de quien lleva una vida dedicándose a la clínica, al estudio y al padecer psíquico del sujeto.

Histeria y depresión. Confluencias.

Puesto que se nos pedían para la presentación del capítulo un comentario, he querido dividir este en varias sorpresas

1º La Elección / 1º Sorpresa

Lo primero que sorprende es la elección de destinar a un libro de psicología patológica, cuya edición es de 2017, dos capítulos a la histeria, dos a la melancolía uno a la neurosis y otro a la obsesión. Sorprende porque no es un libro de psicopatología psicoanalítica, aunque este estrechamente ligado a este modelo y su autor sea psicoanalista; sin embargo, en su título no incluye ninguna mención al modelo del médico vienes. Cabe preguntarse si ha sido un capricho del editor o si la nominación está hecha con toda la intención. Me decanto por la segunda, como una declaración de intenciones, pues incluyendo a la histeria dentro de un libro sobre psicología patológica restituye un diagnóstico al que la mayoría han dado por eliminado y la dignidad de quien la padece, como en su día hiciera Sigmund Freud.

Binomio. Histeria depresión. 2º Sorpresa

¿Por qué sorpresa? No porque no quede debidamente fundamentado dentro del capítulo la estrecha relación entre ambos síntomas, ni tan siquiera porque dude de que la depresión sea el ropaje en la que se camufle la histeria, sino más bien por lo antagónico a priori de los términos. Y esta elección la leo como una declaración más de intenciones (llámenme paranoico) De todos mascaras que la histeria adopta en la actualidad: fibromialgia, anorexia, síndrome de sensibilidad química… ha ido a elegir ¡depresión!. Es decir, lo actual y en boga, frente a lo prehistórico. La psicología y psiquiatría actual frente a la psicología clásica y el psicoanálisis. La amplitud nosográfica de la depresión, frente a la carencia nosográfica de la histeria. Lo bio-medico frente a lo psíquico. La solución farmacéutica y en algunos casos quirúrgica frente a la palabra. La preocupación a nivel mundial (OMS) frente al olvido. Y sin embargo van y confluyen.
¿Y porque entonces no se diagnostica histeria? Lean el libro por favor; pero a modo de spoiler, les diré que para eso hace falta un buen modelo que pueda explicar los mecanismos del padecer psíquico con el fin de abordar la dirección de la cura. Hasta ahora, el único modelo existente que se ha hecho cargo de las histéricas ha sido el psicoanálisis, juzguen ustedes.
La elección quizá ahora les quede más clara.

Para finalizar decir que hay que estar muy seguro, amar mucho la clínica y haber visto muchos pacientes para escribir un libro como es el que esta tarde se presenta aquí e incluir en él a las histéricas y a la depresión, en un mismo capítulo.

Lectora: Sonia Torres Antolín

Lacan denominó (discurso histérico) a un tipo específico de vínculo social donde el deseo y su insatisfacción se presentan en primer plano… abanderado de la falta y experto en detectar la insufiencia de los otros y la trampa de los ideales, el histérico sabe muy bien a que puertas llamar para evidenciar la impostura de los que se arrogan al saber y al poder… la histeria, en mi opinión, coincide con el rechazo que hoy día encarna el depresivo con su (no puedo, no sé, no quiero).

ÁLVAREZ, J.M.: Estudios de psicología patológica, Barcelona, Colección La Otra psiquiatría, Xoroi edicions, 2016. p. 128.


CAPÍTULO 4: La tristeza y sus matices
Virginia Franco Varas

En el capítulo IV del libro, que por cierto tiene un título muy sugerente, «La tristeza y sus matices», nos encontramos quizás con el José María Álvarez más erudito, el más humano y culto, el más filósofo. La tristeza, uno de los afectos de la condición humana, y como tal, asunto también de interés de la psicopatología, es abordado insisto desde una perspectiva sobre todo humanística, especialmente porque cómo él dice «la tristeza es de fiar y revela una verdad del sujeto». Sin embargo, no siempre ha sido considerada de la misma forma y desde la misma perspectiva y lo de ahora, parece ser infinitamente más pobre que lo de antes. Si ya desde la época clásica la tristeza era considerada sobre todo como una falta moral, casi como una debilidad contra la que había que luchar para no dejarse domeñar por ella, en la actualidad, en la época de la desaparición del sujeto de sus conflictos psíquicos e incluso de sus estados de ánimo, la tristeza se ha transformado simplemente en una enfermedad mental, reduciéndose además enormemente, la complejidad de este afecto en relación con los distintos tonos y los matices que puede llegar a presentar la tristeza.

Y para ello, ya lo hemos señalado, agarra de la mano a Cicerón, a Ovidio, a Hipócrates, a Demócrito, a Aristóteles, a Sócrates, a Montaigne, etc., etc. Convencido de la estrechez de miras que en este asunto, como en otros tantos, hace gala la psicopatología moderna, opta en este capítulo por poner a la tristeza en relación con otros aspectos de la vida y del alma de los hombres que comparten con ella experiencias. Así empareja, marida como dicen ahora los de la nueva gastronomía, tristeza y duelo, este último relacionado con la pérdida y considerado como la mayor de las aflicciones. También tristeza y soledad, porque como dice Álvarez, hay algo de la tristeza que no se comparte, un gozo solitario y egoísta. Se pregunta igualmente si hay algo en la tristeza que mueva a la creación o si la tristeza, por el contrario, como asegura Homero en la Ilíada, es inútil, triste llanto que en nada aprovecha. Tampoco se olvida del goce y de su unión con la aflicción, porque como dice Lucrecio, del seno del placer nace siempre algo amargo. Y la tristeza también pudiera tener relación con el mal, incluso quizás como uno de los mayores males del hombre, y quien sabe si también pudiera tener alguna relación con la acedía y con la falta de valor y de entereza para dominarla. Extraordinario cuando toca la mentira. Los afectos, también la tristeza, y lo sabemos desde Freud, lo dice el autor, antes que portavoces de la verdad son voceros de la mentira, ya que se unen mediante un falso enlace con otras representaciones menos perturbadoras. Y por último y con mucha sutileza, relaciona la tristeza con el egoísmo y el amor propio. Y termino con unas bellas palabras de Cicerón que José María Álvarez cita: «Debemos soportar con paciencia nuestro dolor y el dolor que por nosotros se siente, para que no parezca que es a nosotros mismos a quienes amamos”»

Lectora: Estela Redondo García

La visión que tenemos de la tristeza y el juicio que nos merece resultaría chocante a nuestros antepasados. Que una falta moral se haya transformado en enfermedad mental o que los múltiples tonos de la tristeza se reduzcan a la aflicción y al dolor, sería cosa inaudita a los ojos de un antiguo.

ÁLVAREZ, J.M.: Estudios de psicología patológica, Barcelona, Colección La Otra psiquiatría, Xoroi edicions, 2016. p. 139.


CAPÍTULO 5: Retrato del melancólico
Paz Torres Martínez

El terrible marasmo del yo

Marasmo significa inmovilidad, consunción, extenuación, y en este caso concreto, el dramático estado de ese hombre abrumado, cito textualmente al Doctor José María Álvarez, al que ha abandonado el soplo del deseo. He querido otorgar puesto de honor en el título del presente comentario a dicha palabra que tan certeramente describe esta insondable cancelación del interés por el mundo exterior, esta pérdida de la capacidad de amar que caracteriza a la melancolía, tal como la define Freud, citado en el magistralmente documentado retrato del melancólico, del capítulo quinto de Estudios de psicología patológica.

Si bien es cierto que tras dos siglos de indagaciones psicopatológicas el polo melancólico sigue resultando enigmático y de difícil adscripción taxonómica, dado que puede aparecer como un fondo común compartido por todas las formas de psicosis, no parece haber dudas respecto a la problemática del deseo que se pone de manifiesto, y que será apasionante tema de elaboración para la clínica psicoanalítica.

¿Qué desea el no-deseante? Según la argumentación freudiana, el melancólico se hace autorreproches, se automartiriza por una pérdida irreparable, pero estas autoacusaciones, en última instancia, bien podrían no ser más que un heteroreproche encubierto, quejas que dirige a otra persona. Por otra parte, Fernando M. Aduriz, en su conferencia titulada «Dadme mi deseo», nos hablaba de la infatuación narcisista del melancólico, que no puede buscar en el mundo el objeto de su deseo, pues está dentro de sí mismo.

A mi modesto entender, ambas posiciones, la del hipócrita autoflagelado, y la del gozoso narcisista, son plenamente identificables tanto en célebres melancólicos de la literatura, como en melancólicos cotidianos que se cruzan por nuestras vidas.

Imposible ha sido para mí leer el retrato del melancólico sin pensar en el Werther de Goethe y en el Principito de Saint-Exupéry. Sobre ambos personajes se han vertido ríos de tinta, los dos han alcanzado singular y perdurable celebridad, lo cual debería atraer nuestra atención sobre un hecho muy significativo: el poder de seducción inherente a la melancolía. En ambos casos también, encuentro difícil determinar qué rasgo de la melancolía es el más definido y predominante.

En Los sufrimientos del joven Werther, trasunto del juvenil tormento amoroso de su creador, Johann Wolfgang von Goethe, se observan, según distintas opiniones, claros rasgos del maníaco depresivo o del trastorno bipolar, pero de lo que no cabe duda es de que Werther es «la viva estampa del melancólico» retratado por los clásicos de la psicopatología. Citando el texto de José María y, con la rotundidad acostumbrada de Jules Séglas, diríamos que si el melancólico es ingenioso en lo que concierne a atormentarse, el joven Werther, constantemente embadurnado en su desdicha de amante fatalmente malaventurado, más que ingenioso diríamos que es «campeón olímpico» del ominoso deporte de la autoflagelación. Y al mismo tiempo, no podemos dejar de percibir el inconfundible sello narcisista de su desdicha: Werther no está enamorado de Charlotte, sino que más bien está enamorado de no poder ser amado, Werther está enamorado de sí mismo.

Por último, si de acuerdo con Henry Ey, todos los melancólicos persiguen la raíz existencial de sus problemas vitales, topamos de bruces con El Principito, ese niño de rostro pálido y exasperante fragilidad, que aparece en el desierto exigiendo un cordero que nunca colma sus aspiraciones y que termina por, con palabras de José María, abandonar su cuerpo, que se ha convertido en un estorbo, en una pesada carga que hay que remolcar.

Lectora: María José Torres Antolín

Simple, deprimido, estuporoso o ansioso, el melancólico es en el fondo siempre el mismo enfermo, un desdichado que se acusa y que está asediado por el más penoso de los dolores morales.

ÁLVAREZ, J.M.: Estudios de psicología patológica, Barcelona, Colección La Otra psiquiatría, Xoroi edicions, 2016. p. 170.


CAPÍTULO 6: Melancolía y neurosis obsesiva. Clínica diferencial
Enrique Gómez Crespo

El magnetismo del pathos es similar al de la belleza. A veces me ha dado por pensar que el sufrimiento de los hombres pudiera no ser mucho más que la manifestación humana de la oscuridad, de la enorme soledad y del infinito silencio que reina en un universo sin palabras. José María Álvarez bucea como Joyce en este oscuro océano del sufrimiento humano, creo que con la pasión y con las herramientas del clínico que además es consciente de las dificultades y de los límites de las mismas.

«Melancolía y neurosis obsesiva: Clínica diferencial», es el capítulo más largo de este magnífico libro y para mí uno de los más redondos, complejos y brillantes. Su lectura produce además el placer que experimenta quien se acerca a un texto de altura intelectual y muy bien escrito. El autor demuestra desde luego en este capítulo, su talla en el campo de la clínica, pero también en el del estudio de un asunto que por cierto, es en muchas ocasiones muy peliagudo y en el que es frecuente la confusión diagnóstica. Él lo dice, a veces se aproximan tanto que llegan a fundirse, es decir, a confundirse. ¿Cuándo estamos ante un caso de neurosis obsesiva? ¿Cuándo ante uno de psicosis melancólica? El alma del hombre parece que, como el calamar, suelta la tinta para que el que intenta observar no consiga ver con claridad. En este capítulo, analiza las afinidades, las similitudes, que existen y son muchas, pero también las diferencias, tanto las más evidentes, las que tranquilizan al clínico, como las más sutiles, las que le hacen dudar y angustian. En efecto, si en ambas estructuras nos encontramos por ejemplo con el odio a si mismo, con el dolor del alma, con los terribles autorreproches, la lacerante culpa, la autocrítica feroz; si se pueden encontrar ideas delirantes en las neurosis obsesivas y fenómenos obsesivo-compulsivos en las psicosis, entonces, si existen tantos fenómenos comunes a ambas, ¿cómo podemos al final diferenciarlas? Y aquí el autor, si me permiten la expresión, se moja. Se moja en aguas conocidas, pero también en aguas siempre procelosas. Él opina y ya es un clásico, que en los asuntos del alma, el nuevo cientifismo no ayuda nada. Más bien lo contrario, cuando desalojamos al sujeto del síntoma, perdemos pie.

En efecto, existen los modelos, las teorías, las clasificaciones, podemos tener una visión continua o discontinua del pathos, podemos observar con atención y realizar análisis detallados de los fenómenos observados, pero para José María Álvarez, si no tenemos en cuenta la posición del sujeto y la función que este asigna a su síntoma, no entenderemos nada y será casi imposible discernir entre ambas estructuras. Y aquí aparece de nuevo como una especie de faro, la certeza de la psicosis, en este caso la de ser especialmente indigno, y como él dice, contraponiéndose, el acobardamiento ante el deseo y la posposición y el «por si acaso» en la neurosis obsesiva. Son palabras suyas no mías. Y termino: él dice que en relación con estos asuntos del alma, si algo hay que decir, prefiere que se lo cuenten los poetas antes que los científicos. Nosotros desde luego, preferimos que nos lo cuente José María Álvarez.

Lectora: Carmen Calvo García

El melancólico jamás hace el mínimo intento de justificar su culpa ni de explicar su imperdonable y odioso delito. Tampoco busca alivio con su declaración ni se las ingenia para granjearse algún tipo de consuelo o conmiseración.

ÁLVAREZ, J.M.: Estudios de psicología patológica, Barcelona, Colección La Otra psiquiatría, Xoroi edicions, 2016. p. 232.


CAPÍTULO 7: La locura normalizada.
Virginia González Diez

Son muchos los libros escritos por José María Álvarez en torno al tema de la locura, constituyendo este su espacio teórico principal. Psicoanalista incansable, con una dilatada experiencia clínica, dedica generosamente gran parte de su tiempo a compartir sus conocimientos en virtud de un trato humano con las personas que sufren y son atendidas por ello en salud mental. Muestra de ello es este libro, y concretamente el capítulo sobre la locura normalizada, en el que no solamente se da cuenta de los problemas históricos, conceptuales y clínicos de este tema, sino que nos permite interrogarnos sobre nuestros propios conocimientos teóricos a cerca de una rama del saber que lleva siglos evolucionando teóricamente, pero que sigue estando de máxima actualidad.

Cuando la frontera que dividía locura y razón se opuso frontalmente hace casi 200 años apareció un territorio intermedio que dio lugar a un rico compendio de estudios sobre la locura normalizada, denominada también psicosis ordinaria. En algunas personas era evidente que el loco y el cuerdo convivían al mismo tiempo, muestra de ello, es que todos los aquí presentes podemos tener en mente sujetos que viven con nosotros bajo la apariencia de gente sensata, pero que en algún punto de su experiencia vital se nos antojan como “raros”, siendo esto todavía más frecuente en la vida íntima.

Personas que intentando recomponer su identidad a veces se enganchan a la impostura patológica o al enganche sobre un prójimo. Conllevando esto grandes dosis de sufrimiento tanto al loco normalizado como a las personas que conviven diariamente con él, bien en la familia, el trabajo, el grupo de amigos…

El capítulo finaliza poniendo énfasis en cuatro signos clínicos que apuntan a la identificación de estos locos normalizados:

Psitacismo o lenguaje del loro: Personas que aunque hablan no dicen nada, poniendo de relieve su precariedad simbólica.

Discordancia: Desacuerdo entre lo que dicen y lo que hablan, dando a entender que el sujeto es sólo un simulacro.

Mimesis: Se sostienen en la identificación, hacen “como sí”, es decir como los otros y se vuelven como ellos, porque en la vida del deseo son inútiles. Esto les sirve mientras no se exponen a la seducción, las relaciones amorosas, la paternidad o ascender a nivel profesional.

Desvitalización: Personas desapegadas de la vida, que se muestran con frialdad y ausencia. Manifestación por excelencia del fracaso de su deseo.

La lectura de este libro, en un tiempo en el que priman los datos epidemiológicos y las taxonomías internacionales, nos da algunas claves para intervenir humanamente en la clínica, pues estamos en un momento en el que los trastornos y los diagnósticos se extienden como una plaga. Poderío incalculable el del diagnóstico, que marca el destino de cualquier persona e incluso a menudo le complica su existencia.

Les invito a ser curiosos, leer y sacar sus propias conclusiones. No olviden que la locura normalizada pese a estar camuflada bajo un «traje» neurótico, tarde o temprano puede salir a relucir.

Lector: Álvaro Valle Escalante

La oquedad de la experiencia del loco discreto es el pálido reflejo del agujero simbólico, tan evidente en su relación con el lenguaje y el cuerpo, con la vida y con los otros. Este vacío propio del psicótico discreto se opone al relleno delirante y alucinatorio del que echa mano el psicótico enloquecido para acometer el agujero originario.

ÁLVAREZ, J.M.: Estudios de psicología patológica, Barcelona, Colección La Otra psiquiatría, Xoroi edicions, 2016. p. 282.


CAPÍTULO 8: Diagnóstico para principiantes
Jesús Pol Rodríguez

No es difícil encontrar en algunos contextos pacientes resignados, incapacitados, tutelados y olvidados en algún pasillo, condenados a un tratamiento sin trato, enfermos de diagnóstico de los más graves, hay otros. ¿Qué serían en otro tiempo? ¿Estarían dentro de lo normal o lo patológico?

En este capítulo es posible rastrear el impulso que adquiere la maquinaria de las enfermedades mentales una vez la psicopatología y la psiquiatría moderna separan la locura de la cordura. Esta triquiñuela no cierra los debates que tienden a retornar periódicamente ¿Uno o múltiple? ¿Continuo o discontinuo? Pero esto poco importa porque la maquinaria avanza a golpe de talonario mientras los licenciados de Hogwarts muestran el origen biológico de sus enfermedades y la evidencia científica del tratamiento, los psicofármacos. El DSM III se erige Biblia de la psiquiatría y sus criterios laxos y flexibles propagan epidemias bajo el beneplácito de la práctica de entrevistas estructuradas, test objetivos y protocolos varios que evitan escuchar al paciente. Los trastornos se multiplican, las ventas crecen y el sujeto retrocede. Es el imperio de la homogeneización normativa. El punto álgido de la banalización del diagnóstico y sus consecuencias. ¿Pero son posibles otras prácticas del mismo?

El autor advierte de dificultades importantes. Nuestro objeto es caprichoso y no deja que las palabras lo acaben de nombrar, también es asustadizo, al acercarnos se desvanece y deja un rastro falso que atrapa al fantasma de los poco advertidos. Además el diagnóstico se apoya en clasificaciones y taxonomías. TODAS son arbitrarias y efímeras. Construcciones con puntos ciegos, agujeros de saber por los que asoman los inclasificables para cuestionar el arreglo mientras guiñan un ojo a modo de invitación a seguir pensando y a realizar un trabajo continuo de reajuste dirigido por la cambiante histeria, la singularidad subjetiva de la época y los puntos oscuros de la teoría. Construcción y deconstrucción para seguir de cerca un ser inaprensible.

Ante todo ello el texto invita a tocar tierra, volver a la patria común de la clínica y recuperar una herramienta esencial de la psicopatología y la terapéutica. Situarnos en una concepción de la psicología psicopatológica que conjugue la clínica clásica y el psicoanálisis. Aunque peligroso, un buen uso del mismo puede facilitar la construcción de una jerarquía coherente que nos oriente. El proceder pasa por la vuelta a las preguntas hipocráticas de siempre: qué, cómo, dónde, cuándo, por qué y para qué. Escuchar, observar y analizar en un tango entre el plano objetivo y el subjetivo iluminado por la semiología, la experiencia subjetiva y la función del síntoma.

Con pericia, seriedad y una buena teoría podemos llegar a un diagnóstico que toque con palabras que no aplasten como sentencias, un diagnóstico que vaya desde lo general de la estructura hasta a lo esencial de cada sujeto particular, uno que favorezca el diálogo y guíe en el trato y el tratamiento.

Lectora: María Antonia González Toquero

Conviene tener presente que el diagnóstico no es únicamente una etiqueta que aplicamos a nuestros pacientes. También es el tranquilizante que tomamos para hacer frente a la angustia de nuestro quehacer.
Un diagnóstico bien hecho es el que combina en un mismo sujeto numerosas características de la condición humana con algo suyo que le es exclusivo.

ÁLVAREZ, J.M.: Estudios de psicología patológica, Barcelona, Colección La Otra psiquiatría, Xoroi edicions, 2016. p. 324.