Fernando Martín Aduriz cumplió con las altas expectativas del aforo que acudió al symposium de su nuevo libro La ansiedad que no cesa. Participantes y público asistente quedaron muy contentos con los comentarios que allí se hicieron, pues al igual que el libro, la presentación fue muy amena y cercana a la ciudad.

El acto fue organizado por la Sección de Psicoanálisis (dirigida por la psicoanalista miembro de la Asociación Mundial de psicoanálisis Ángela González Delgado).

El Ateneo Científico, Literario y Artístico de Palencia, refundado en el año 2016, presenta su estructura inicial en secciones que constituyen los pilares sobre los que se asienta la actividad de la Institución.

Concretamente, la Sección de Psicoanálisis, compuesta en la actualidad por 30 ateneístas, es un espacio en el que se debaten las relaciones del Psicoanálisis deorientación lacaniana con la cultura. Para este tipo de actividades en extensión abiertas a la ciudad, los participantes en la sección realizamos previamente trabajo en intensión consistente en reuniones mensuales, lectura de textos y comentarios de cine. Concretamente para la organización del symposium hemos tenido un encuentro previo en el que conversamos sobre las diversas formas de presentar libros y la disparidad de libros que versan sobre psicoanálisis, aprovechando para organizar el formato symposium en la presentación de La ansiedad que no cesa.


La ansiedad que no cesa es un libro actual, sencillo, breve y a la vez lleno de enseñanzas de las que sólo se adquieren con la práctica. […] Es de destacar asimismo, en una primera visión de conjunto, la hechura y la vocación de esta obra. […]  de esas que giran en torno al título, se despliegan dentro de un perímetro bien definido y desarrollan los temas esenciales que el lector espera encontrar. Salta a la vista enseguida que es un libro elaborado, diferente a los refritos que abundan en nuestro medio y no merecen el papel que les da cuerpo.

Del Prólogo de José María Álvarez

Presentaron el symposium Enrique Gómez Crespo (Licenciado en Filosofía especialidad Geografía e Historia, funcionario en la Junta de Castilla y León), Virginia Franco Varas (Doctora en odontología, práctica privada en Palencia, profesora de odontología de la Universidad del País Vasco) y Luisa Fernanda Lobato de la Corte (Profesora de música en el conservatorio de Palencia). Cerró la participación Ángela González Delgado, comentando los efectos que está teniendo la lectura de este libro y que no deja indiferente a nadie.

Sus intervenciones se intercalaron con el resto de los participantes, y todas se pueden leer a continuación en la presente reseña.

En la presentación nos recordaron que este libro está dirigido tanto a curiosos del alma humana, analizantes y profesionales de la salud mental.

El Simposio finalizó con la brillante intervención de Fernando Martín Aduriz, participante de la sección de psicoanálisis desde el principio. Comenzó agradeciendo a Henry Odell la edición del libro, siendo este symposium el inicio de presentaciones que van a llevar a su escritor por la geografía nacional llegando incluso a Argentina el próximo año.

Realizó breves comentarios sobre las participaciones del resto de integrantes en la sección y finalizó con la firma de libros.

Pasamos a los comentarios y lecturas del resto de participantes en la sección de psicoanálisis que intervinimos en el symposium.

Esperamos que disfruten con la lectura.

¡Larga vida al Ateneo!

Por: Virginia González Diez

Comentan y leen:

Enrique Gómez Crespo
Virginia González Diez
Jesús Pol Rodríguez
Virginia Franco Varas
José Manuel Manuel de los Bueis
Paz Torres Martínez

Luisa Fernanda Lobato de la Corte

Sonia Torres Antolín
María José Torres Antolín
Estela Redondo García
Carmen Calvo García
Amparo Pajares Velázquez
María Antonia González Toquero

Ángela González Delgado


Enrique Gómez Crespo

Buenas tardes a todos y muchas gracias por acompañarnos esta tarde. La verdad es que en el Ateneo siempre estamos un poco con la ansiedad que no cesa por si vamos a ser capaces de atraer, de convocar a un número suficiente de personas a nuestros actos y también es verdad que con Fernando Martín Aduriz, esta ansiedad cesa, cesa siempre porque sabemos que siempre llena. No aparece el objeto incertidumbre que tanto nos angustia, a pesar de que Kenko, un monje budista y japonés del siglo XIV, dijera en sus Ensayos sobre la pereza, que el aspecto más precioso de la vida es su incertidumbre. Por algo será. En fin que lo dicho, que gracias por venir.

La ansiedad que no cesa, es el nuevo libro del psicoanalista y escritor Fernando Martín Aduriz (Aduriz sin acento en la u, mucho cuidado con esto), y que ya desde su Mejor no comprender ha dejado de ser únicamente compilador, y ha pasado a escritor con todas las letras; este libro es buena prueba de ello. Un libro que viene del mar, me interesa resaltarlo, porque se nota que se ha escrito mirando al mar, oliendo y sintiendo la mar, amaneciendo en el Atlántico, concretamente en la Isla de Arousa, con toda su luz, su amor y su misterio. Quizás porque como Philip Hoare, también Martín Aduriz se ha dado cuenta de que no habría poesía sin el mar. Por eso lo ha escrito allí. Un libro entonces que más que de psicoanálisis sobre la ansiedad, es un texto filosófico, humanístico y poético, porque quizás, no haya una disciplina, una parcela del saber que se lleve tan bien, que ame tanto a la poesía y a la literatura en general como el psicoanálisis. Lo dice José María Álvarez en el prólogo, que tratándose de la angustia, la ayuda de poetas y narradores es insustituible.

Esto es cierto y Fernando Martín Aduriz lo sabe. Un libro muy poético ya desde su título porque este proviene de ese magnífico poema de Miguel Hernández, El rayo que no cesa, que aparece completo en el libro, como también aparece Llegó con tres heridas, del mismo poeta de Orihuela, o Ítaca, bellísimo, de Constantino Cavafis. No se pierdan este poema de la página 97, porque también hay algo inquietante en el viajar, cuando traspasamos nuestras propias fronteras de las que a veces poco o nada tenemos que decir, o quizás sea que lo que preferimos es callar.

Un libro como ven decididamente distinto, no lo vamos a destripar, no se preocupen, un libro que se aproxima a esto de la angustia y la ansiedad desde la mirada del psicoanálisis, que es otra luz, yo creo que más humana, un discurso “otro” muy alejado de lo dominante, más ramplón por cierto, y que precisamente por ello, me parece a mí que es como el discurso amoroso de Roland Barthes, aun hoy de una extrema soledad. Un libro que no tiene nada que ver con los conocidos de autoayuda y desarrollo personal repletos de recetas ineficaces, libros del estilo de: Cómo superar la ansiedad, Dominar las crisis de ansiedad, Adiós ansiedad, o él último que acaba de salir, El sutil arte de que casi todo te importe una mierda (sublime el título que he encontrado en el Carrefour). Decididamente, con este libro de Aduriz estamos hablando de otro estilo, de otro enfoque. La ansiedad que no cesa nada tiene que ver con todo esto y si es posible decir algo, si es posible dar cuenta de algo sobre la ansiedad, y parece que sí y a las pruebas me remito, por una vez nos encontramos, ¡¡que pocas por cierto!!, con un libro sobre este tema que no nos cuenta bobadas y que no nos trata a los lectores como tontos de remate. Por eso digo lo de la inmensa soledad, quizás bendita soledad en este caso. Mejor un poco solo, aunque nunca del todo, que idiota coral.

Por todo esto no van a poder encontrar nunca este título que hoy presentamos en las estanterías de un supermercado.

Aduriz pone su fino ojo de lector, de estudioso y pensador, de clínico con muchos años de experiencia en su consulta, sobre todo en la angustia, ese afecto que según Lacan no miente, pero del que nunca sabes qué quiere decir. De la angustia Soren Kierkegaard, el filósofo danés, dijo que ningún gran inquisidor tiene preparadas torturas tan terribles, ni ningún espía sabe atacar con tanta astucia, ni ningún juez sabe interrogar y sondear al acusado como lo hace la angustia, que no lo deja escapar jamás. Porque es verdaderamente la angustia la que comanda toda la operación y la ansiedad aparece entonces como una respuesta en el cuerpo, como mera tarjeta de presentación de la primera que es la importante y la que está en el fondo del asunto. Aduriz en este libro no se aproxima a un trastorno, a una enfermedad, sino que se acerca al hombre, pero no como un simple organismo, no desde la universalidad biologicista que ahora domina la escena psi, sino como decía Clara Janés de Vladimír Holan, como el gran enigma que es, siempre amenazado y perdido en la vida. Porque algo de esto hay en la angustia y en su envoltorio que es la ansiedad, en los ataques de pánico, tan frecuentes ahora, la incertidumbre, lo que no se espera, «Eras lo no esperado que se impone», dijo Jaime Gil de Biedma en un lúcido verso en 1966. Ya ven, también hay algo de la espera en la ansiedad. Verán que muchísimas más cosas y todas en relación con el parlêtre y con su posición como sujeto ante la existencia, ante la impermanencia de las cosas. En definitiva lo que no va, lo que se aloja en nuestras oscuridades y por eso nos estremece e inquieta por las mejores razones. Por mí parte nada más, si les interesa el alma humana y la fragilidad de su existencia, compren y lean este hermoso libro. Y…

Además, no querría olvidarlo, tiene un prólogo, ya lo he citado antes, del gran psicólogo, psicoanalista y amigo del autor José María Álvarez. Y ya sabemos desde que lo dijo Claudio Magris en su magnífico El infinito viajar, autor y libro por cierto son citados por Aduriz, que los prólogos son siempre sospechosos, o por inútiles o por insuficientes, entre otras razones, porque no todos los libros los necesitan. Pues este prologo es de los necesarios, útiles y nada sospechosos. Léanlo también, merece la pena. Yo les dejo ya con mis compañeros y por supuesto con el autor para el que ya desde ahora mismo pido un fuerte aplauso. Muchas gracias.

Lectora: Sonia Torres Antolín 

La angustia aparece cuando falta la falta, cuando donde debiera haber un agujero, hay un tapón, lo que saben muy bien quienes presentan dificultades para permanecer en recintos cerrados o montar en un avión, allí donde no hay control sobre «abrir el tapón».
La ansiedad no cesa por si misma porque las fórmulas de atajo alimentan aún más el síntoma, lo hacen más consistente.”

MARTÍN ADURIZ, F.: La ansiedad que no cesa, Barcelona, Colección + Otra, Xoroi Edicions, 2018.


Síntoma y Fantasma
Virginia González Diez

Sobre estas dos dimensiones clínicas descansa el conocido axioma de Lacan «El inconsciente está estructurado como un lenguaje».

En psicoanálisis el síntoma habla de lo más singular de una persona. Todos tenemos síntomas, pero cuando estos nos suponen un sufrimiento importante, pueden ceder o desplazarse hacia otros más soportables en un análisis, ya que con el «Hábleme de usted» del psicoanalista, se propicia que sea el paciente quien se autoprescriba y cuestione el síntoma ¿de qué sufro? y el tratamiento ¿qué quiero hacer con esto? Por eso se dice que el síntoma es charlatán, habla y la práctica psicoanalítica permite desenvolver y descifrar las coordenadas del sufrimiento particular de cada uno de nosotros. En el capítulo II titulado «El envoltorio» se define muy bien lo que es el síntoma, y cómo el síntoma ansiedad ha de ser desenvuelto para saber qué lógica encierra en la subjetividad contemporánea de un sujeto concreto. Esto va en consonancia con la máxima psicoanalítica del Uno por Uno, es decir, la ansiedad no es un ente para todos por igual, sino que cada sujeto que sufre de ansiedad lo hace por su propio motivo particular.

Fernando Martín Aduriz ha hecho un esfuerzo de escritura que permite al lector entender lo que supone el síntoma ansiedad desde el psicoanálisis de orientación lacaniana. Como buen psicoanalista, nos acerca a la ansiedad ejemplificando el síntoma con viñetas clínicas, algunas de ellas literarias como el ataque de pánico contado por el escritor Paul Auster en el libro Diario de invierno.

Otro ejemplo de desciframiento del síntoma ansiedad en mi formación en psicoanálisis es el siguiente: «En las típicas neurosis traumáticas que se generan en escenarios bélicos se producen síntomas en los que el componente de ansiedad es muy intenso. En algunos casos esta ansiedad envuelve grandes sentimientos de culpabilidad por el hecho de haber escapado a una muerte o a heridas que otros compañeros han sufrido». Esto se ve muy bien en la terrible historia verídica que dio lugar a la película de Polansky El pianista, así como en los testimonios de multitud de supervivientes de los campos de exterminio nazis.

En contraposición al síntoma, el fantasma parece como el tesoro del sujeto, su propiedad más íntima. En palabras de Fernando en el capítulo XIV «La ansiedad que cesa», el modo fantasmático de goce es la rejilla desde la que se está atado a buscar siempre la misma escena repetida. Conocer a través del análisis nuestro tipo de goce fantasmático implica estar advertido de nuestra forma particular de estar en el mundo, lo que nos permite vivir con la ventaja de estar siempre bajo el resguardo de sus peores efectos.

Como ejemplo les traigo aquí el caso de un analizante de Lacan, Pierre Rey que fue periodista y autor de diversos best-seller entre los que destacó El griego (1973). En su libro Una temporada con Lacan (1989) nos da testimonio de su fantasma:

Cuando una situación me pesaba, inconscientemente me las ingeniaba para que me excluyeran de ella… Estuve a punto de ahogarme para que me sacaran del parvulario, caí enfermo para evitar ir a la escuela municipal, me metí en riñas para que me echaran del colegio y, cuando no copiaba descaradamente a mi vecino, iba a pasear por los muelles cuando había un examen para ser expulsado, y con qué alivio, de la Universidad.
Y lo mismo en el amor. Para librarme de culpa, la ruptura nunca debía parecer deberse a mi iniciativa, cuando, por mis palabras o mi actitud, era yo quien la había hecho inevitable. Incluso conseguí que me echaran de una prisión militar.
Por supuesto, mi vida profesional no constituía una excepción a ese sonriente furor de largarse. Desplegaba una inmensa energía por tomar plazas fuertes. Apenas conquistadas, algo dentro de mí me empujaba a huir de ellas. Todo lo que comprometía el futuro me estropeaba el presente.

El hilo conductor de esta viñeta clínica deja al descubierto el fantasma de Pierre Rey que se resume en lo siguiente: Ser expulsado.

Quiero finalizar mi intervención con una frase del libro de Fernando que relaciona estas dos dimensiones clínicas y que a muchos de los aquí presentes nos toca en lo personal: «Una travesía analítica acompañado de un buen barquero, que trate de ser útil sin necesidad de demostrarlo, permite desgranar lo esencial de ese modo de goce, y lo particular de ese modo de ver el mundo a través de los propios fantasmas y síntomas. Esa aventura, la del análisis, ese viaje cruzando fronteras como escribiera Magris, a muchos nos ha llevado un giro sustancial en nuestras vidas, y por ende a participar en ese mismo giro en la vida de otros».

Lectora: María José Torres Antolín

Es imposible una cura de la ansiedad sin desenvolver ese síntoma, sin estudiar sus conexiones con la historia del sujeto que manifiesta padecerla, sin indagar en su responsabilidad subjetiva, sin “leer” ese síntoma y conocer su lógica.

MARTÍN ADURIZ, F.: La ansiedad que no cesa, Barcelona, Colección + Otra, Xoroi Edicions, 2018. p. 33.


Pinceladas sobre la modernidad líquida
Jesús Pol Rodríguez

«A diferencia de los sólidos, los líquidos, no se fijan al espacio ni se atan al tiempo, no conservan la forma y se desplazan con facilidad». Zygmunt Bauman considera que la fluidez o la liquidez son metáforas adecuadas para aprehender la naturaleza de la fase actual de la historia de la modernidad. En dicha fase hay una disolución radical de las grandes estructuras ideológicas acusadas de limitar la libertad individual de elegir y actuar, produciéndose con ello la desregulación, la liberación, la flexibilización… No se libran de este proceso de licuado los vínculos entre las elecciones individuales y los proyectos y acciones colectivas, así lo líquido alcanza instituciones, mercado laboral, lazo social… paso a paso toma forma un mar de inseguridad, incertidumbre y desprotección donde el sujeto, orientado por las precarias identificaciones que le ofrecen las marcas, nada asediado por el discurso tecno-científico y la lógica de mercado. Y ahí es libre, totalmente libre para consumir veloz el siguiente objeto de la serie sin fin.

Líquida es la era de la revolución tecnológica de las comunicaciones donde el progreso, incapaz de cumplir su promesa de felicidad eterna, muestra de nuevo sus colmillos envenenados. En este fluir constante el tiempo permanece secuestrado por la instantaneidad del sonido de un WhatsApp, mientras, la ansiedad no cesa.

Lectora: Estela Redondo García

“¿Qué es la ansiedad entonces?

De entrada, un envoltorio. La tarjeta de visita con que se presenta la angustia que nos visita de vez en cuando, precisamente en el momento que perdemos nuestro GPS, nuestras certezas, las seguridades de que el Otro no desea nada pernicioso de nosotros y dudamos de sus intenciones, imaginándonos lo peor, o cuando perdemos el control de lo sabido, navegando en el mar de lo inquietante, de lo que no sabemos.

MARTÍN ADURIZ, F.: La ansiedad que no cesa, Barcelona, Colección + Otra, Xoroi Edicions, 2018. p. 28.


Virginia Franco Varas

No hay angustia sin objeto. El encuentro con el objeto angustiante es siempre enigmático y de distinta naturaleza, es escurridizo, aunque siempre tiene que ver con lo dicho por Freud, Unheimlich lo denominó,lo familiar en lo extraño.

«El huésped desconocido», lo denomina el autor en este libro, que irrumpe de pronto cuando nadie lo espera y a lo que, además, es difícil poner palabras porque es del orden de lo real, porque como dijo Freud y lo cita con acierto Fernando Martín Aduriz, nada tenemos que decir de la soledad, del silencio y de la oscuridad.

En realidad, solo los poetas lo intentan con la seguridad del fracaso.

Y en este contexto y estando Fernando Martín Aduriz por el medio, tenía que aparecer el amor, en concreto el mal de amores, o lo que le gusta más, los sustos del amor del gran Gabriel García Márquez.

También nuestro Miguel de Cervantes se refirió a esto, dijo: «puede haber amor sin celos pero no sin temores».

Así que los temores como ingrediente del amor, bueno realmente como ingrediente del existir.

Sabemos desde Lacan que no hay relación sexual, que no hay garantías de eternidad ni de armonía en el paisaje amoroso, que como dice Aduriz, a veces el encuentro es precisamente el no encuentro con el objeto amoroso y esto, todo esto nos angustia sin remedio.

Quizás porque como decía el poeta, le pedimos al amor más de lo que puede dar.

Quizás porque casi siempre es un encuentro con lo imposible del amor, con la imposibilidad de que nadie nos tape la falta que nos conforma, porque hace falta la falta y el deseo para que la angustia afloje el nudo.

Pero el amor, ya lo sabemos, viene muchas veces de la mano de la soledad y del dolor.

Y cómo no vamos a hablar también de la prisa estando el autor por aquí.

Él que dice que está habitado por la prisa, por la prisa buena, porque hay una buena y una mala.

Por la prisa buena que no paraliza, la que no bloquea porque no pierde el tiempo cuando ha comprendido que se trata ya de concluir y decide. Así exactamente lo expresa el autor.

Por otro lado, está la mala, la que no conlleva a actuar, la que bloquea; esta es a veces más una defensa imposible ante la angustia que un efecto de la misma, como si tener mucha prisa pudiera hacer las veces de guardia pretoriana frente al objeto angustiante, ya sea porque algo de la verdad, algo insoportable va a aparecer, ya sea porque tenemos prisa para tapar la falta del Otro que nos inquieta porque no sabemos qué desea.

La prisa nos hace creer inconscientemente que la angustia no puede enfocarnos con su mira telescópica, que no puede acertarnos.

Inútil afán, la ansiedad siempre nos alcanza a pesar de la prisa, cabalga con ella. También analiza la lógica de la prisa y sus diferencias en cuanto a su relación con la angustia en el caso de las estructuras histérica, obsesiva y psicótica. Realmente es muy interesante analizar la forma en la que Aduriz aborda este tema en el libro. Recomiendo una lectura atenta.

Y si hablamos de entrada en la ansiedad, de su debut, no se podía dejar pasar por alto un clásico: los viajes, el viajar. ¿Quién no ha conocido a alguien que le ha relatado la aparición del susto de la angustia y la ansiedad lejos de casa, en el transcurso de un viaje, más o menos lejano?

Y aquí Aduriz se deja acompañar y con acierto, de la mano de uno de sus autores favoritos y de un libro absolutamente necesario, El infinito viajar de Claudio Magris.

Nadie debería morirse sin leer su prefacio al menos una vez en la vida.

Es lo maravilloso de los libros buenos como este de Fernando Martín Aduriz, que citan otros muchos también muy buenos.

Pues eso, que el viaje tiene todos los ingredientes para la aparición de lo terrible de la angustia: la incertidumbre, la inseguridad y el descontrol.

Porque como dice el propio Magris, basta cruzar la calle o el descansillo para desmentir la orgullosa garantía de que no habrá sorpresas.

¿Que no podrá pasarnos entonces a lo largo de un viaje que se aleja de la puerta de nuestra casa, cuando la falta surge sin remedio y su imaginario taponamiento se nos escapa del control?

Mejor quedarse en casa entonces piensan algunos tras este encuentro, este mal encuentro.

Y aquí quiero citar literalmente un breve párrafo del autor que me ha fascinado. Dice:

La vida solo tiene una dirección, y no sirve de nada ni el arrepentimiento, ni la conversión en seres huidizos o escarmentados. La defensa del lazo social, de la búsqueda de nuevas ocasiones de viaje, de iniciativas, de emprender nuevas rutas, de dejarnos de nuevo seducir por nuevos objetivos es lo suyo. Es lo sano.

Por cosas como esta este libro debe ser leído, porque nos anima a vivir sin tantos recelos y prevenciones, porque nos dice que no hay otra que quitarnos la armadura.

Termino y dejo paso al resto de compañeros. La ansiedad surge a pesar de que pongamos en marcha todas las técnicas y formulas aconsejadas por la psicología al uso. Así no cesa.

Ni contando números de matrículas, ni haciendo punto de cruz, ni acudiendo a clases de relajación y yoga y por supuesto tampoco entrando en el club de la benzodiacepina. Con las pastillas de la felicidad tampoco cesa.

Muchas gracias.

Lectora: Carmen Calvo García

No somos un cuerpo, sino que tenemos un cuerpo, que se comporta como un objeto que va por libre demasiadas ocasiones a pesar de que seamos su propietario.

MARTÍN ADURIZ, F.: La ansiedad que no cesa, Barcelona, Colección + Otra, Xoroi Edicions, 2018. p. 31.


El chiste/ el humor
José Manuel Manuel de los Bueis

Cuando me invitaron a este simposium no lo dude. Varios motivos me llevaron a tomar la decisión de forma inmediata. Por un lado, los diferentes caminos que en mi vida he transitado a su lado, algunos de ellos impagables; sendas de muy diversas topologías, unas más fáciles que otras, donde lo importante no era llegar, sino el camino a recorrer.

En esta senda quería estar, acompañándole y participando como en los anteriores libros que inauguraron su particular Ítaca como escritor.

El otro motivo fue que no me iba a llevar mucho tiempo escribir estas líneas, pues a poco que conozcan al autor, sabrán que le gusta la agilidad, la brevedad, la vida. En este caso me comunicaron que disponía de tres maravillosos minutos, más…, me hubiese parecido una locura, estaba dentro de lo previsto.

Tampoco tuve dudas del tema a escoger, pues si había algo por lo que se puede definir al autor, eso es por el buen humor, y eso es precisamente de lo que trataré, del humor, del chiste tema que trato Freud con separado, pero que están íntimamente ligadas, si bien el chiste configura una de las cuatro formaciones del inconsciente.

El chiste dice Freud llama la atención de entrada por el sinsentido, nos deja pendientes y luego nos recompensa con la aparición en este mismo sinsentido de no sé qué sentido secreto, siempre tan difícil por otra parte.

El camino del sentido lo abre el sinsentido que en este intento nos deja estupefactos pasmados.

El chiste, el humor, la ocurrencia aguda, son juegos de palabras en donde un elemento está aludido en otro. Lo «no dicho» ha sido desplazado a otro elemento con el que guarda cierta similitud metafórica o metonímica.

Ejemplo:
—Paco, hoy sobras para cenar.
—Pues que sepas que tú tampoco me haces falta Puri.

—¿No has visto el eclipse?
—Estaba follando.
—Pero tío, que eso ocurre una vez cada muchos años.
—Por eso.

Un aplauso para el inventor del interruptor del sensor de movimiento que te obliga a cagar como si estuvieras dirigiendo la armónica de Viena.

El primer elemento es resignificado por el contraste y articulación con el segundo. Así como durante el análisis algo cobra sentido a partir de su contigüidad (asociación) con otros elementos que se van narrando.

El sinsentido nos atrapa por un instante, luego un sentido inadvertido nos sorprende, aunque apenas dura, es un mero instante. Es este poco de sentido lo que muestra, es que las palabras no alcanzan para sostener el sentido pleno y esto hace del mensaje un logro al mismo tiempo que un fracaso, necesario en toda formulación de la demanda. El mensaje interroga al Otro. La dimensión del Otro es esencial. No hay chiste solitario. Es necesario proponérselo al Otro, quien lo autentifica, lo sanciona, lo recoge para que haya agudeza se necesita que el Otro perciba lo que hay de demanda de sentido, de evocación de un sentido más allá. Lo que se trata de sugerir al Otro es la dimensión de poco sentido.

Si se fijan entenderán porque es una formación del inconsciente, como opera, nos recuerda su proceder a un análisis.

En el ámbito personal, agradezco rodearme de personas con buen humor.

Es más placentero; la vida se torna más amable y divertida. Mi análisis me enseñó lo serio del humor, lo importante de reírse, de tomarse las cosas con cierto humor. De lo inútil del enfado, y de que uno es responsable hasta de la cara que se le queda.

Cuantas sesiones me levanté del diván con una carcajada. No sé si fueron las mejores sesiones, pero siempre marcaron un antes y un después.

Incluso en alguna ocasión escuché a mi analista reírse compartiendo un momento de sinsentido o quizá tal vez, de sentido efímero.

Por eso no es difícil estar aquí, con el autor siempre se respira buen humor.

Muchas gracias.

Lectora: Amparo Pajares Velázquez

Elegir se ha convertido, pues, en fuente de alimentación de crisis de ansiedad, porque nunca antes en la historia hubo que elegir tanto, lo que conduce a muchos sujetos a elegir no elegir.

MARTÍN ADURIZ, F.: La ansiedad que no cesa, Barcelona, Colección + Otra, Xoroi Edicions, 2018. p. 75.


¿Quién es ese fastidioso «Otro» con mayúsculas?
Paz Torres Martínez

Puesto que intuyo que somos unos cuantos los que nos hemos sentido un tanto perplejos y desconcertados, cuando tras la lectura ávida y entusiasmada de las primeras páginas de esta excelente y valiosa obra de Martín Aduriz, nos hemos percatado de la insistente referencia al «Otro» con mayúsculas, creo que tal vez podría merecer la pena detenernos un poco a intentar comprender quién es este impertinente, pomposo, fastidioso e intrigante concepto, que ya hemos adivinado que tanto peso tiene en la azarosa vida de nuestra pobre psique.

Al comienzo de la página 29 leemos: «La ansiedad es nuestra respuesta a la pregunta ¿qué soy para el Otro?» …y te detienes un momento para decirte a ti mismo… «¡o sea, la madre del cordero!», y, pese a que podemos leer a pie de página que el Otro con mayúsculas es entendido por Jacques Lacan como distinto al otro de toda la vida, o sea, el vecino de enfrente… el quiosquero de la esquina… que no, ¡que ahora se trata de un Otro primordial! al cual atribuimos el saber, un saber sobre nosotros, sobre el mundo… ¡casi nada!

Investiguemos pues un poco más.

Recurriré a la información que nos proporciona Jean-Pierre Cléro, profesor de filosofía de la Universidad de Rouen y autor de interesantísimas y divertidas obras sobre Lacan.

Cléro nos invita a remontarnos a la distinción que encontramos en la obra de Sigmund Freud entre der Andere(la otra persona), y das Andere(la alteridad, el hecho de ser otro), aunque también nos indica que parece más bien que es en Hegel en quien se inspira Lacan, cuando establece en 1955 la distinción entre le petit autrey le grand Autre, distinción esta que permanecerá como una cuestión central a lo largo de su obra.

Esta distinción, como nos hace notar Martín Aduriz, toma un sentido fundamental en la práctica del psicoanálisis de orientación lacaniana, puesto que el analista debe saber discernir la diferencia, para ponerse él mismo en el lugar del gran Otro.

El «pequeño otro»no es realmente el otro, sino más bien una reflexión y una proyección del «ego», que se inscribe en el orden imaginario. Al contrario, el gran Otro designa la alteridad radical, que trasciende la alteridad ilusoria del imaginario, porque el sujeto no sabría asimilarse a ella por identificación. Lacan alinea esta alteridad radical del gran Otro junto con el lenguaje y la ley. Es en este sentido que el gran Otro se inscribe en el orden de lo simbólico.

Teniendo en consideración, no obstante, este «doble» estatuto del otro, es decir, estos dos distintos sentidos de la alteridad, el sentido del «pequeño otro»como otro sujeto, es secundario respecto al «gran Otro»como orden simbólico, pues es a partir de éste con mayúsculas que se constituye el discurso. Así pues, dado que el discurso tiene el origen, no en el sujeto, ni en el ego, sino en el Otro con mayúsculas, la relevancia del mismo se pone en evidencia. Lacan considera al gran Otro como una especie de lugar, otro lugar psíquico, retomando en parte el concepto freudiano, otro escenario, donde la palabra y el lenguaje están fuera del control del sujeto consciente.

Lectora: María Antonia González Toquero

Obtener la ansiedad que cesa como efecto de la cura analítica es más productivo que obtenerla desde la acción química que toma al sujeto no como responsable de su ansiedad, sino como víctima.

MARTÍN ADURIZ, F.: La ansiedad que no cesa, Barcelona, Colección + Otra, Xoroi Edicions, 2018. p. 120.


Luisa Fernanda Lobato de la Corte

Hemos visto a lo largo de todas las intervenciones, que la angustia y la ansiedad tienen distintos y diferentes objetos y que al final pueden resumirse en uno, lo Unheimlich. Que la entrada puede llegar a producirse por varias puertas, siguiendo distintas veredas y que las soluciones, las posibles salidas, aunque prometedoras, no suelen cumplir con lo prometido. Es más, algunas más que inútiles resultan perjudiciales, la ansiedad no cesa y además tenemos otro problema añadido. Al final del libro creo que nos encontramos con el Fernando Martín Aduriz más intelectual y profundo, también quizás el más complejo, porque quizás, y él es consciente, lo que puede entenderse a la primera no merece la pena ser entendido. Pero no se asusten, el libro no pretende confundirnos, son aguas profundas, pero bastante transparentes, lo cual es muy difícil de conseguir, y cuando se enturbian algo, lo hacen por las mejores razones, quizás para agitar nuestro deseo de pensar, de estudiar más, de amar el saber, de entender más que de comprender. Ya saben mejor no comprender, aunque tenga otras razones que no vienen al caso.

Aparece, siguiendo al psicoanalista catalán Miquel Bassols, un nuevo objeto angustiante, quizás el objeto angustiante por antonomasia: la página en blanco. Pero no con la literalidad por cierto no esperada, sino como experiencia decisiva de nuestro inconsciente. Una página en blanco que nos angustia siempre porque o algo pudo escribirse, simbolizarse, pero se borró, o porque algo nunca deja de no escribirse, y surge como ese real que nos desasosiega. Él cita a Bassols que a su vez dice: «La página en blanco encarna el enigma del sujeto mismo, que no encuentra su representación en la realidad, encarna la pregunta sobre su existencia».

Hermoso texto, hermosa reflexión de resonancias shopenhauerianas, sobre este objeto invisible y silencioso que nos obliga a la espera hasta que algo ocurra en relación con la escritura. Sin embargo, hay veces que no pasa nada y no hay otra que consentir, como dice Fernando Martín Aduriz aceptar que es en las páginas en blanco de nuestra vida, en cómo podemos aceptar y trasmitirlas, donde encontraremos lo más verdadero de nuestro ser, las mejores pistas, las más poderosas y auténticas, las huellas que nos llevarán a lo que importa. Seguramente tenga razón, y no nos quede más remedio que aceptar las páginas en blanco de nuestras vidas.

Y la angustia y el deseo, por el deseo del Otro, que siempre es una pregunta sin respuesta clara. Porque el deseo tiene que ver con el Otro y con la falta, y la angustia con la falta de la falta. La angustia es entonces lo real, lo que parece que no puede ser abordado por lo simbólico, aquí esta solución titubea; sobre la angustia no es posible ni siquiera la duda. Pero lo cierto, es que existe un camino posible, la ansiedad que cesa, quizás uno de los capítulos más bellos y emocionantes, el final, donde el autor apuesta y se moja definitivamente por la palabra, por las buenas palabras que desangustian, eso sí, en su orden correcto, con su enunciación adecuada y en el preciso instante en el que calculamos que es factible de ahuyentar la angustia y de aliviar el miedo. De contener la ansiedad para que cese. También hay otro camino para reducir la ansiedad, quizás el mejor y saludable, pero no es bueno contarlo todo de un libro que se presenta.

No quiero olvidar la bibliografía al final del libro. No parece relevante, pero lo es, créanme. Setenta y seis referencias, casi todas extraordinarias, entre las que aparecen: Mariana Alcaforado, Roland Barthes, Paul Auster, Bauman, Chejov, Freud y Lacan por supuesto, su querido Pessoa, Stendhal, Zweig. En fin, un libro sobre la ansiedad, de un escritor muy leído que además no cree en las fórmulas universales porque está convencido de que no hay más solución que el caso por caso, el uno por uno, cada uno con la singularidad de su síntoma. Muchas gracias.


Ángela González Delgado

Hoy conversamos en el Ateneo acerca de un buen libro. Un buen libro es aquel que transforma al lector, que lo eleva, que lo invita a viajar, a crecer. Dicen que un buen libro puede cambiarnos la vida y así es en mi opinión. Cada libro, cada buen libro que cae en las manos ávidas de un lector es una invitación, una herramienta que propicia la apertura de pensamiento, que genera nuevas y variadas expectativas y posibilidades. Del lado del escritor, supone un acto de voluntad y generosidad.

También de responsabilidad, aquella que supone sostener un discurso propio.

En torno a estos pensamientos me pareció oportuno reflexionar brevemente sobre los efectos que sobre algunos lectores ya esta teniendo La ansiedad que no cesa. Efectos muy variados que algunos lectores, amablemente, me han ido comentando según avanzaban en su lectura.

Algunas personas comentaron, perplejas: «¡Habla de mí!»; o sorprendidas: «¿Cómo es posible que hable de mi?» Interesante esta cuestión de reconocerse en el síntoma.

«Parece sencillo, pero tiene enjundia», dijo otro lector. «Hay una idea que no se va de mi cabeza, tengo que volver a leer esa frase». «Es un libro particular, se lee de un tirón, pero invita sutilmente a volver sobre él y deleitarse». De los últimos comentarios, uno precioso: «Un par de días después de terminar el libro, lo tomé con cierta prisa y fui derecho a la frase que buscaba. Cuando terminé de leerla mi sonrisa era pareja a aquella que tiene el gato cuando acaba de atrapar al ratón».

Lo cierto es que para cuando yo tome la palabra en esta conversación ustedes llevaran ya un buen rato escuchando precisamente eso, acerca de los efectos que produce este libro sobre aquellos lectores que se prestan a su lectura. Puesto que las personas que hoy han intervenido en esta conversación con sus reflexiones nos acercan precisamente a aquello que de este libro conmueve y apunta a lo más intimo de cada uno. Reflexiones que han tenido a bien compartir con nosotros, algo que, por cierto, agradecemos vivamente.

Espigando estos comentarios de entre todos observé que algunos significantes insisten, algunas palabras nos dirigen certeras al autor: prisa buena, gusto por lo pedagógico, agitar, conmover, esfuerzo de poesía, sencillez, miga, pasión por la clínica, lacaniano… y todas y cada una de ellas enmarcan una obra que invita a la conversación. A la conversación de la buena. Este libro es un instrumento valioso para clínicos y analizantes, y para todos aquellos que atendiendo a su razón intima como sujetos quieran desenvolver su síntoma.

Finalmente quiero reseñar que es como analista practicante que valoro y agradezco el esfuerzo. el arrojo y la generosidad que supone la escritura de La ansiedad que no cesa.

En ocasiones, al leer nos parece sentir la voz apasionada del autor desplegando sus argumentos. Ese es un efecto que solo producen los libros muy buenos. Esos libros que quisiéramos tener en nuestras bibliotecas, esas que Borges equiparaba al Paraíso, cuando afirmaba que «Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca». Es ahí donde ubicaremos La ansiedad que no cesa. No se lo pierdan.


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