III Conversaciones Siso-Villacián
Mesa redonda II

 

La charla que da base a este artículo, y este mismo, han gozado del apoyo del proyecto de investigación HUM2005-08221-CO2-01. Gracias especialmente a Chus Gómez y a los participantes en el seminario.

Lenguaje, lingüística y las disciplinas no lingüísticas

Para un lingüista, el énfasis del psicoanálisis, pero especialmente del trabajo de Jacques Lacan, en cuestiones del lenguaje, no puede menos que resultar atrayente y desafiante a la vez. Mi pregunta cen­tral ahora es hasta qué punto hay coincidencia entre la forma de ver el lenguaje que se manifiesta en Lacan y su escuela, y la manera de observarlo desde la lingüística actual. No podemos olvidar que la lin­güística ha cambiado radicalmente desde Saussure, cambio que incluye el planteamiento de muchas cosas nuevas pero, también, una visión muy diferente de cosas que resultaban esenciales para la lin­güística estructural y sus sucesoras directas. Saussure, o la visión estructuralista del lenguaje (incluyendo aquí el generativismo choms­kyano) no estableció apenas verdades definitivas, la ciencia del len­guaje ha dado vueltas y más vueltas y cosas que hace años parecían indudables —o que, al menos, así se lo podían parecer a algunos— pue­den haber desaparecido prácticamente de la lingüística que se practi­ca hoy. Esto afecta también, necesariamente, a los «reflejos» de la lingüística de entonces en otras disciplinas, incluido el psicoanálisis. Sin embargo, los lingüistas solemos quejamos de que fuera de nues­tro campo existe una marcada renuencia a aceptar la realidad, inclu­so la mera conveniencia, de esas profundas alteraciones.

Seguramente, buscan un punto firme e indudable al que anclar las investigaciones de su propio terreno que se relacionan con el lenguaje, y prefieren ver los logros del estructuralismo o el generativismo no como hipótesis —muchas veces plenamente desconfirmadas ya—sino como verdades definitivas.

Por ejemplo, desde los enfoques más recientes al lenguaje, la prima­cía del significante saussureano o, como preferiríamos definirlo los lingüistas, del elemento formal, o estructural, inmanente, ha dejado de ser tal, mientras que el significado, relegado a un segundo plano en casi todo el estructuralismo, pero analizado y comprendido ahora de una forma muy distinta, pasa a ocupar una posición central; hasta el punto de que buena parte de la famosa «arbitrariedad» del signo lingüístico, que tiene su razón de ser principalmente en el significan­te y en su relación con el significado (y no en éste, que parecería ser más o menos «natural» [¡pero el mismo Lacan alerta contra la falsa naturalidad del lenguaje !]), se desdibuja: en la visión de la gramática emergente, y en el estudio de los procesos de lexicalización (Leonard Talmy, sobre todo [1]), pero también en los procesos históricos de gramaticalización [2] , o en el estudio de la gramática de construcciones [3] , muchas cosas que antes habríamos analizado como arbitrarias resul­tan motivadas. Si añadimos —y enseguida entraré en este tema— el papel de la metáfora y la metonimia, o la integración conceptual, las cosas parecen aún menos arbitrarias, el significante queda más y más ligado de forma inteligible al significado, a la vez que éste se desliga más aún de la «realidad» (el concepto tarskiano de verdad deja de ser indiscutible… ¡pero también Lacan advertía del peligro de confundir el significado con la realidad!). El significado, tal como lo vemos ahora, está a mitad de camino entre la pura percepción y categoriza­ción y la expresión lingüística, como significado ligado a un signifi­cante. Dan Slobin lo explica con su propuesta de «pensar para hablar»: nuestra conceptualización adopta una forma especial, direc­tamente ligada al lenguaje —los significantes, pero también los signi­ficados posibles en una lengua— según la lengua concreta en que que­ramos expresar esa conceptualización [4].

Por otra parte, es sabido que los lingüistas no vieron con muy buenos ojos el concepto de lenguaje adoptado por Lacan; a esa desconfianza tradicional, yo añadiría que se trataba de un concepto de lenguaje etnocéntrico malgré lui. Diríamos que, siguiendo a sus lingüistas modelo, tomaba como Lenguaje Humano lo que, en realidad, no era sino un constructo fruto de la mente del lingüista y que sólo recogía una parte ínfima, y no necesariamente la más interesante, del fenó­meno real del lenguaje en su inmensa variabilidad.

Seguramente, una tradición lingüística que hubiera partido de las len­guas polisintéticas, como el inuit o el navajo, entre tantas otras nos habría hecho pensar muchas cosas de una manera muy diferente, y me aventuro a pensar que incluso la visión lingüística del inconsciente habría sido otra, al menos en algunos aspectos significativos [5]. O si hubiera partido del chino clásico o una lengua semejante (y Lacan se interesó directamente por el pensamiento chino) [6]. En el pri­mer caso, la palabra como tal no existe, se confunde con la frase cuando los sustantivos son en realidad frases complejas, o cuando el significado parece desviarse por derroteros que no resultan siempre «naturales» desde nuestro punto de vista occidental, como la casa que, en vez de un sustantivo simple con un significado «central» es al mismo tiempo la actividad a la que está destinada (el verbo «resi­dir»), el lugar donde se encuentra e incluso las personas asociadas a ella (la familia), y morfológicamente no puede existir por sí sola, sino siempre con una indicación de la persona a la que está ligada, o al espacio en que se halla. Respecto a las lenguas llamadas aislantes, la casi total falta de distinción, en la palabra misma, entre la referencia a la acción, el estado, el objeto, nos haría pensar las cosas de modo distinto a como hacemos en el marco morfológicamente muy bien definido de nuestras lenguas indoeuropeas; dao, por ejemplo, es a la vez, y de manera formalmente indistinguible, el camino, y también el lugar adonde nos conduce ese camino, así como las características de ese camino como conducente al objetivo, vistas metafóricamente en sentido moral, o la acción de «encaminar» a alguien moralmente, y también una forma específica de hacerlo: mediante la palabra.

Lacan, ciertamente, fue también consciente, si no tanto del carácter etnocéntrico de las ideas sobre el lenguaje que tomó de los lingüistas, sí al menos de los cambios en la lingüística cuando estableció la dis­tinción entre ésta y la lingüistería [linguisterie], o cuando prefirió hablar de lalangue en vez de lenguaje o langue para marcar distan­cias respecto a los lingüistas profesionales. La lingüística de enton­ces, en efecto, sólo aceptaba operar con conceptos abstractos y supraindividuales como los de langue, lenguaje o, con el primer Chomsky, competencia lingüística (del universal y atemporal, y por lo mismo inexistente e imposible, hablante-oyente ideal) y se recha­zaba todo cuanto tuviese que ver con la actividad lingüística. Sólo la lingüística textual y algunas versiones de la pragmática se atrevieron, más tarde, a plantearse el discurso concreto del hablante individual en la situación específica, de modo que LacIn difícilmente habría teni­do dónde agarrarse. La idea de idiolecto [7], muy usada sobre todo en el estructuralismo norteamericano, se refería a una realidad demasia­do externa y superficial, fenoménica, como para haberle quitado a Lacan la necesidad de postular su lalangue.

Hoy día pueden verse las cosas de otro modo, porque nuestra com­prensión de las estructuras del lenguaje como emergente a partir de la actividad, y de la mayor parte de los fenómenos del lenguaje en su relación directa con la cognición o, para usar un término más tradi­cional, la mente, nos lleva a dar un relieve muy especial a la indivi­dualidad última del lenguaje, por encima de constructos demasiado abstractos.

Una cosa es hablar del lenguaje desde los propios intereses y con las propias finalidades, y otra distinta practicar la lingüística «desde den­tro». Claro que ¿qué sucede si lo que decimos desde nuestro interés específico choca más o menos radicalmente con lo que piensan y dicen los «especialistas»? Porque se supone que los especialistas sabrán, si no mejor, al menos más —cuantitativa, si no cualitativa­mente— que nosotros sobre el campo de que se trate (un filósofo no sabrá de teoría de supercuerdas «tanto» como un físico especializado en supercuerdas). ¿Por qué no va a suceder lo mismo con el lengua­je? Puede parecer que todos utilizamos «el lenguaje»; pero en reali­dad lo que utilizamos es una lengua concreta, o un número de ellas… el LENGUAJE es un constructo del analista, una hipótesis, no una realidad; siguiendo a Bourdieu, diríamos que es «solo» algo propio de la razón teórica y académica, cuya «realidad» no es, ni mucho menos, evidente: lo testimonia la variedad de interpretaciones del tér­mino mismo lenguaje.

Pero todo esto, evidentemente, puede resultar problemático si deci­mos, con Lacan y tantos otros que la psicosis es una cuestión esen­cialmente «del lenguaje», un agujero en el significante. Hablamos del lenguaje como si fuera algo natural, indiscutible, evidente… pero ¿y si no es así? Naturalmente, se puede decir que para los efectos con­cretos del estudio de las psicosis y demás, esa visión del lenguaje es la que mejor nos viene, la que nos permite trabajar sin tener que estar pendientes de los cambios de opinión de los lingüistas. Claro que no diríamos lo mismo sobre los físicos y la naturaleza del átomo… o sobre la naturaleza de la vida, si nos quedamos en la biología, pese a los constantes «cambios de opinión» de biólogos y físicos; que en realidad no son tales cambios de opinión, sino consecuencias del avance en nuestro conocimiento (y de plantearnos preguntas nuevas). Quizá no tendría sentido decir que, pese a las investigaciones de la cosmología, con su big bang y su universo en expansión uniforme­mente distribuido, para nuestros fines es mejor un universo mucho más sencillo, con el sol en el centro, quizá.

Claro que también puede ser cierto, pues muchas veces importa más la «certeza de la realidad» que la «realidad» (sea ésta lo que sea), como nos recuerda el mismo Lacan. Y en el lenguaje sabemos bien ahora que muchas veces es más importante, para entender nuestro comportamiento en todo lo referente al lenguaje, lo que «creemos sobre el lenguaje», que la realidad de éste, sea cual sea (si es que es). Este es, en realidad, uno de los postulados centrales de la actual «lin­güística cognitiva»: los seres humanos tenemos nuestra propia idea (normalmente, inconsciente) del lenguaje y de su funcionamiento, y es esa idea la que determinará una buena parte de lo que «objetiva­mente» observará el lingüista, y habrá de tenerlo en cuenta para su explicación de los fenómenos lingüísticos. Como se ve, una idea que a mí, lego en el asunto, me parece bastante compatible con lo laca­niano, aunque no con las ideas sobre el lenguaje que tomó de los lin­güistas anteriores a él.

Recordemos que Lacan ve la lingüística como una auténtica ciencia, pero por el carácter formal, prácticamente combinatorio y asemánti­co, de lo que entonces, y todavía hoy algunos, veían como lingüísti­ca. Algo parecido sucedió a René Thom, quien hablaba de la lingüís­tica como «ciencia morfológica ejemplar». Thom —matemático, topó­logo (Lacan hace referencias a la topología, precisamente)— hizo propuestas para la lingüística y el estudio del lenguaje que están lejos de haber sido aprovechadas a fondo; lo mismo, me da la sensación, sucede con Lacan, precisamente porque, pese al énfasis en lo estruc­tural, lo formal, el significante, se da perfecta cuenta de todo lo que sucede en torno a ello.

Lacan y la lingüística actual, sobre metáfora y metonimia

Pero no voy a entrar más en estos temas. Me interesa echar un vista­zo a algunas observaciones suyas sobre metáfora y metonimia desde una de las teorías parciales más importantes, desarrolladas y extendi­das de la actual lingüística cognitiva: la teoría cognitiva de la metá­fora, precisamente [8]. Que no afecta solamente a ejemplos como el del poema de Victor Hugo que menciona en su Seminario 3, en el que Booz se reproduce metaforizado en una gavilla que no es ni avara ni odiosa. Pero también, y en esto radica buena parte de la novedad, en otras expresiones de las que habla algo antes en ese mismo semina­rio, y sobre las que hace observaciones muy interesantes, pero sin verlas como metáforas propiamente dichas.

No tendría sentido que yo intentara resumir aquí las ideas sobre metá­fora y metonimia de Jacques Lacan. Ni, ciertamente, me atrevería a decir nada sobre su papel en el lenguaje delirante, en la psicosis, en el psicoanálisis o en el inconsciente. Lo cierto es que, visto lo que dice en su Seminario III sobre La Psicosis, la presencia o ausencia de metáfora desempeña un papel de importancia, y más aún la referen­cia metonímica; y que metáfora y metonimia recogen dos conceptos fundamentales del pensamiento freudiano: la metáfora podría equi­pararse al concepto de condensación, y la metonimil,al de desplaza­miento, según le propuso a Lacan Roman Jakobson [9].

Pero veamos primero cuáles son esas otras expresiones que un lin­güista actual, pero no Lacan, vería cono metafóricas (o metonímicas, distinción a la que enseguida volveré) [10].

c’est la plus naturelle des femmes (es la más natural de las mujeres); il est brouillé avec Untel (está disgustado con Fulano); il a le sens droit (tiene el juicio recto); tour de visage (contorno del rostro); je me connais un peu en gens (entiendo bastante de gente); jouer á coup sûr (jugar sobre seguro); il agit saos façons (no hace aspavientos); il m’a fait mille amitiés (me hizo mil sonrisas); cela est assez de mon goût (esto es de mi agrado); il n’entre dans aucun détail (no entra en detalles); il s’est embarqué en une mauvaise affaire (se embarcó en un mal negocio); il pousse les gens á bout (saca de quicio a la gente); sacrifier ses amis (sacrificar a sus amigos); cela est fort (es un descaro); faire des avances (hacer avances); faire figure dans le monde (figurar en sociedad) (págs 169-170).

A lo que, naturalmente, hay que añadir ese «me falta la palabra» que tanto le llama la atención. Lacan hace referencia a estas expresiones para poner de relieve el carácter histórico del lenguaje: las cosas son así porque se han creado anteriormente, se han puesto a la disposición de los hablantes.

Esto les muestra cómo no hay que hacerse ilusiones con la idea de que el lenguaje está moldeado por una aprehensión simple y directa de lo real. Todos suponen una larga elaboración, impli­caciones, reducciones de lo real, que podríamos llamar un pro­greso metafísico. Que las personas actúen de determinada manera con ciertos significantes, entraña todo tipo de presu­puestos. Me falta la palabra, por ejemplo, supone, primero, que la palabra tiene que estar. (170).

Estos ejemplos me parecen una guía muy clara para entender —como lingüista— su concepto del significante y de la importancia de éste. También, claro está, su análisis de metáfora y metonimia; porque, desde su punto de vista al menos, los significados están por ahí, y lo que es nuevo —en expresiones como éstas— o «peculiar» —en la metá­fora— es el significante utilizado. En realidad, diríamos que es la uni­dad de significante y significado, porque al utilizar un significante «nuevo» el significado también es «nuevo» (el signo, pues). Esta sería, quizá, la definición más simple —o simplista— de la teoría actual de la metáfora, que se parece bastante poco a la que conoció Lacan. Es decir, mediante la metáfora cognitiva o conceptual, no sólo se crea una forma nueva de expresar algo, un significante nuevo, sino que se crea también un significado nuevo, distinto al que puede expresarse mediante los significantes antiguos.

Dicho de otro modo: Su gavilla no era ni avara ni odiosa es una metáfora para Booz, pero no significa lo mismo que el simple signi­ficante «Booz». Esto nos tiene que recordar a Wittgenstein, para quien estrella vespertina no «significa» lo mismo que estrella matu­tina, aunque s9,1rate en ambos casos de un mismo objeto, es decir, el planeta Venus [11]. Si es cierto que, como señala Milner [12] (2000, pág. 23), Lacan rechaza tanto al primer Wittgenstein como al segundo, se trata de un rechazo necesario por este motivo y por otros que señala este autor (claro que Wittgenstein tampoco era «demasiado» partida­rio de Freud y el psicoanálisis).

Lacan, Jakobson y sus contemporáneos veían la metáfora como un mecanismo retórico, propio de la poesía. Aunque tuvieran una gran importancia para muchos usos del lenguaje, la lingüística de entonces pensaba que el lenguaje «natural, normal» funcionaba básicamente con significados literales, y que los «sentidos figurados» ocupaban un lugar secundario. La semántica se centraba en analizar y describir esos significados literales, y la sensación que se obtenía era que el lenguaje era un mecanismo bien organizado y formalmente estructu­rado mediante nítidas reglas o principiois, donde solamente en formas «desviadas», como los estilos literarios [13], se pasaba a un predominio de los significados no literales, especialmente los metafóricos y metonímicos: aspectos que, precisamente, fueron sistemáticamente dejados de lado por la semántica «científica», por ser un alejamiento de la supuesta norma general del lenguaje. La metáfora, además, se veía sin más a la manera tradicional, como basada en la semejanza formal de los referentes. Esto no era tan claro como podía querer la teoría tradicional, sin embargo, y me parece que los esfuerzos de Lacan por explicar la metáfora de la gavilla reflejan esas dificultades. ¿La gavilla es el pene de Booz? Igualmente, bastantes casos de meto­nimia difícilmente encajan en la limitada casuística de esta «figura retórica», centrada casi únicamente en la relación entre las partes y el todo.

Pero nos encontramos aquí con un aspecto del estudio del lenguaje en el que la lingüística de hoy le resultaría difícilmente reconocible a los contemporáneos de Lacan en los años 50, 60 y 70 con muy pocas excepciones, siempre marginales. Hoy día, comprendemos que el sig­nificado suele ser difuso, impreciso, muchas veces con marcadas diferencias entre unos usuarios y otros. Son muy pocos los términos de significado literal, preciso y bien definible en términos de catego­rías tradicionales, «aristotélicas» (definidas por condiciones o rasgos necesarios y suficientes), y quedan limitados a áreas extraordinaria­mente marginales del lenguaje natural. Por ejemplo, la terminología especializada, aunque incluso en ese campo las cosas no son siempre como pueden aparentar. Hillary Putnam propuso hace una treintena de años su hipótesis de la especialización del trabajo lingüístico como una forma de solucionar el problema: los especialistas de un determinado campo conocen el significado literal, preciso, exacto, de las palabras, mientras los no especialistas se van alejando más y más de ese núcleo fundamental. Pero después él mismo se dio cuenta de que aquello no era sino una nueva ficción para defender lo que ya le resultaba claramente indefendible: el carácter preciso, bien definido de las palabras y demás unidades del lenguaje.

El significado «literal», que antes se consideraba la norma del len­guaje, resulta ahora más que dudoso, e incluso no está tan clara su existencia real. Podríamos decir que a lo mejor no es sino una espe­cie de factor común de los sentidos realmente utilizados por los hablantes en sus actividades verbales individuales y concretas: el espejismo de estabilidad y precisión serían principalmente conse­cuencia de la existencia de diccionarios…

Se desdibuja, por tanto, la quimera de un lenguaje, una lengua, de significados bien definidos utilizados principalmente en cuanto tales, y que sólo a veces, por el capricho de algún hablante, en especial si pertenece a la subespecie de los poetas, se desvía hacia lo figurado, que las más de las veces adopta la apariencia de metáfora y metoni­mia. Por los caprichos de la lengua (aún hay quienes le otorgan una especie de vida autónoma, y gustan hablar del «espíritu de la lengua española», por ejemplo), esas expresiones figuradas pueden pasar a institucionalizarse y entonces pasan a ser tan «literales» como (supuestamente) cualquier otra expresión. Es a esto a lo que hace referencia Lacan, si no me equivoco, con los ejemplos de esas expre­siones hoy corrientes pero que tienen un, paomento preciso de naci­miento en el lenguaje de las «preciosas» [14] del siglo XVII. Vamos a ellas.

Antes de esas expresiones, está ya claro que la palabra no puede «fal­tar» ni «estar»; porque ¿dónde tendría existencia o inexistencia «real» la palabra? A fin de cuentas, una palabra no es otra cosa que una serie de perturbaciones en el aire, unas ondas sonoras, o una serie de manchas sobre un papel, etc. No hay ningún sitio donde estén las palabras; hablamos, al decir le mot me manque [me falta la palabra], en términos que ahora llamamos metafóricos.

Tampoco, el juicio [le sens], tiene entidad física, de manera que difí­cilmente puede ser recto o retorcido. Pero aquí lo vemos como un camino, que sí puede tener esas propiedades. Además, un camino recto es más breve para ir de un sitio a otro, con lo que suele resultar preferible; de ahí, por extensión metafórica, lo (metafóricamente) recto pasaría a ser preferible a lo no recto, y al seguir un camino para llegar a un objetivo debemos evitar cualquier (metafórico) desvío de nuestro camino. Igualmente, los detalles no son objetos sólidos en los que podamos entrar o salir, pese a la expresión mencionada por Lacan [il n’entre dans aucun détail (no entra en detalles)]; tampoco lo es un negocio, pero en una expresión como [il s’est embarqué en une mauvaise affaire (se embarcó en un mal negocio)] no sólo es un objeto, sino uno con características muy especiales: un barco o seme­jante. Si un negocio es un barco, pueden pasarle más o menos las mis­mas cosas que a los reales; por ejemplo, puede naufragar (de modo que embarcarse es correr un riesgo), pero también llegar a buen puer­to. Con un poco que hagamos memoria, recordaremos que hay expre­siones de uso cotidiano que recogen, precisamente, esa forma de ver los negocios y otras muchas cosas. En la expresión española saca de quicio a la gente, aunque no en la francesa que traduce, las personas son como puertas «que tienen su sitio debido» y que se verán muy alteradas si las sacamos de ellos. Pero ¿qué es un quicio? El Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana, de Joan Corominas (Madrid, Gredos, 1967) nos cuenta lo siguiente al respecto:

h. 1405. Parece haberse sacado secundariamente de resquicio «abertura que hay entre el quicio y la, puerta», S. XIV, que anti­guamente era rescrieço, h. 1280. Este significaba «grieta», «rendija», y deriva de un verbo EXCREPITIARE «resquebrajar­se» (deriv. a su vez de CREPTUS, participio de CREPARE «estallar, reventar»). Como desquiciar aparece ya en el S. XIII, es posi­ble que este verbo también descienda directamente de EXCRE­PITIARE con el sentido de «abrir una hendidura entre la puerta y la pared», de donde «descuajarla, desquiciarla», y que quicio se extrajera de desquiciar.

De modo que tenemos por ahí más metáforas y metonimias, al ir más atrás en el tiempo, como sucede con las expresiones de las preciosas. El quicio es, en cierto modo, lo opuesto al desquicio. Ahora bien, si seguimos viajando en el tiempo, ese verbo latino crepare no tiene propiamente el sentido de «estallar», sino el del ruido que produce algo, por ejemplo una madera, al romperse, al estallar. De modo que si quicio procede de una metáfora, al final hay una metonimia: el ruido que acompaña a un proceso, por el proceso mismo.

Si queremos seguir el rastro de la raíz, ésta aparece en el alemán rufen, que viene a ser «llamar con voz fuerte, gritar». Pero más atrás aún, es la raíz indoeuropea *ker-, relacionada con sonidos más o menos crujientes o chasqueantes (inglés scream), pero también, metonímicamente (el ruido por quien lo produce), en nombres de pájaros, como el español cuervo, o el inglés raven o crow, etc. En ale­mán aparece otra metonimia curiosa, porque la misma raíz está en el origen de Ruhm, «fama, renombre», esto es, «lo que se grita con fuer­za (a los cuatro vientos)». Ni que decir tiene que en español, quicio y quebrar comparten raíz.

¿Dónde quedan los significados literales? ¿Podemos entender algo sin la actuación de la metáfora y la metonimia? ¿Es posible hacer abstracción del elemento histórico en las palabras del lenguaje? Lo cierto es que esos comentarios de Lacan en su Seminario III resultan perfectamente comprensibles a partir de algunas ideas centrales de la lingüística actual, aunque difícilmente podían serlo hace ahora (casi) exactamente cincuenta años.

Dice Lacan que el inconsciente está organizado como el lenguaje, por dos motivos: por su organización formal, que le llevó a matematizar cada vez más su visión de ese lenguaje/inconsciente (haciendo lin­güistería en vez de lingüística); y porque actúan dos principios bási­cos de raigambre freudiana que aparecen también en el lenguaje: condensación? metáfora; desplazamiento? metonimia.

Conclusión

Lacan pensaba sobre el lenguaje desde presupuestos muy distintos a los de la lingüística de entonces, aunque intentara aprovechar los «resultados científicos» de esta. Al tratarse de visiones bastante dis­tintas del mismo objeto, los lingüistas reprocharon a Lacan y éste hubo de inventarse una lingüistería y una lalengua para seguir ade­lante. Era una época en que se quería primar el aspecto puramente formal del lenguaje frente al contenido (el significado), y que la acti­vidad lingüística individual quedaba en un ultimísimo plano respecto a lo social: la langue saussureana es esencialmente un «factor común social», no el lenguaje tal como lo usan los seres individuales. Más tarde, lo individual se hizo rey absoluto con Chomsky, al mismo tiempo que se rechazaba toda clase de papel a la actividad: el len­guaje está inamovible, inalterable en la mente individual, no «se hace». Difícilmente podían casar estas formas de entender el lengua­je con la visión de Lacan, que podemos definir como: (1) histórica (ausente de la sincronía de la langue saussureana y más radicalmen­te aún de la competencia chomskyana), (2) centrada en la actividad, en lo que realmente hace el individuo con su lengua, (3) en precario equilibrio entre lo social y lo individual: el individuo se mueve con muchas dificultades entre sus propias necesidades y usos lingüísticos y lo esperado y propugnado por la comunidad lingüística.

La lingüística actual, buena parte de la lingüística, al menos, ha hecho suyas —a su manera, claro está? esas ideas centrales de la visión laca­niana del lenguaje. Sin acordarse de él, naturalmente, de modo com­pletamente independiente, y con sus propios fines e intereses. Las proximidades se ponen de manifiesto en puntos tan esenciales como el estudio lacaniano de la metáfora (y la metonimia), que se ve apo­yado —y completado? por el papel central de ambos conceptos en la lingüística actual… centrada en el contenido.

Lo que, a fin de cuentas, viene a confirmar una vez más la necesidad de mantener un constante diálogo interdisciplinario: los lingüistas tenemos mucho que aprender del pensamiento lacaniano sobre el len­guaje (y sobre el de Wundt, por ejemplo), y los desarrollos recientes de la lingüística pueden ser también útiles a los estudiosos (¿y los practicantes?) del psicoanálisis.

Notas

[1] Ver «Lexicalization patterns» y «Surveying lexicalization patterns» en L. Talmy, Toward a cognitive semantics, Vol. II, págs 21-145 y 147-211 respect. The MIT Press, 2000.

[2] La referencia esencial es aún P. Hopper y E. Traugott, Grammaticalization, Cambridge V.P., 1993.

[3] Para las versiones más recientes de la gramática de construcciones, ver A.E. Goldberg, Constructions at Work: The nature of generalization in language; Oxford U.P., 2006 y W. Croft, Radical construction grammar, Chicago U.P., 2001.

[4] D. I. Slobin, From «thought and language» to «thinking for speaking», en J.J. Gumperz y S.C. Levinson, eds., Rethinking linguistic relativity, págs. 70-96. Cambridge U.P., 1996.

[5] Un solo ejemplo, que nos atañe directamente. Españoles y navajos nos conocimos directamente en 1705; y éstos denominaron a aquellos con lo que parece un término simple: nakaii, que un diccionario traduciría como «español» (más tarde, también «mejicano»). Pero en realidad es una forma verbal que solo podemos entender como proposición completa. Sin entrar en los detalles, se trata de un derivado de un «verbo» kai que significa «caminar en grupo por una superficie extensa (=el desierto) sin objetivo concreto y sin volver al lugar de origen»; el conjunto es «los que (-i) caminan… en grupos separados (na-)», quizá refiriéndose a los desplazamientos, para ellos incomprensibles, de los pequeños grupos de soldados exploradores. Cualquier navajo conocedor de su lengua (desgraciadamente, ya no lo son todos) puede analizar este verbo-frase-nombre sin problema, cambiar tiempos, aspectos, etc.

[6] François Cheng: Lacan et la pensée chinoise. En L’école de la cause freudienne (sous la direction de —). Lacan, l’écrit, l’image. Textes de J. Aubert, F. Cheng, J.-C. Milner, F. Regnault et G. Wajcman. Préface par Rose-Paule Vinciguerra. Paris.: Flammarion, 2000, págs. 133-153.

[7] Se define como «el conjunto de hábitos lingüísticos de una persona en relación a la lengua estándar, es decir, el habla o forma característica de hablar de un individuo»; E. Alcaraz Varó y M.A. Martínez Linares, Diccionario de lingüística moderna, pág. 293. Barcelona, Ariel, 1997.

[8] La teoría se inició con el libro de G. Lakoff y M. Johnson Metaphors we live by, de 1980, traducido al español como Metáforas de la vida cotidiana, Madrid, Cátedra. Una versión más actualizada y que incluye los desarrollos teóricos y prácticos más significativos, puede verse en la primera parte del libro de los mismos autores, Philosophy in the flesh, New York, Basic Books, 1999.

[9] La condensación y el desplazamiento son las leyes que rigen el funcionamiento del inconsciente, siendo la primera una convergencia de dos o más representaciones sobre otra, a la que de este modo sobredeterminan… dicho de otra manera: se encuentran sustituidas por el contenido manifiesto. Recordamos que es ésta, precisamente, la fórmula de la metáfora: la sustitución de un significante por otro. Con respecto al desplazamiento, Freud lo define como la transferencia de la energía psíquica desde una representación importante (inconsciente) a una indiferente (prec.-cc.), siendo que la metonimia es definida como «la parte por el todo». De este modo, si las leyes del inconsciente son equiparables a las leyes del lenguaje, concluimos que entonces «El inconsciente está estructurado como un lenguaje», dado que obedece a sus leyes (metáfora y metonimia)». (Juan Camufla, 2005: Sobre el inconsciente y el lenguaje: una introducción a Lacan. Ficha de la cátedra «Psicoanálisis [Freud]»).

[10] En varios casos la traducción española no coincide literalmente con la expresión francesa; diríamos que se utilizan metáforas conceptuales distintas.

[11]  Investigaciones Filosóficas, §79

[12] Jean Claude Milner. De la linguistique á la linguisterie. 7-25. En: L’école de la cause freudienne. Lacan, l’écrit, l’image. Textes de J. Aubert, E Cheng, J.-C. Milner, E Regnault 9t,G. Wajcman. Préface par Rose-Paule Vinciguerra. Paris: Flammarion, 2000.

[13] Aún solemos ver el estilo como desviación de la norma, típica de un autor, un género, una época, etc. La moderna estilística, sin embargo, va más allá, a identificar la peculiaridad de una forma de hablar o escribir, sin necesidad de referirse a «norma» alguna.

[14] El término hacía referencia precisamente a la afectación en el uso del lenguaje.

Por Enrique Bernárdez

Fuente: SISO/SAÚDE, Nº 43 – Otoño 2006