Santiago Lamas – Trazos y trozos

III Conversaciones Siso-Villacián
Mesa redonda II

0. En los años 50 Kurt Schneider dijo: «No entiendo prácticamente nada de lo que ocurre en mi clínica, ni en lo práctico ni en lo cientí­fico… Por eso es hora ya de abandonar». Salvando tiempos, distan­cias y saberes, algunos colegas, o al menos yo, nos encontramos en una situación parecida. Este oficio, hoy me irrita por impotencia, (propia), tanto como me aburre por insolencia, (de muchos colegas), que parecen ignorar la frase de Borges: «Sólo hay borradores; los tex­tos definitivos pertenecen a la religión o al cansancio», de modo que preparo mi exilio explorando algunos márgenes del oficio más con­fortables. Lo que sigue son pues, trazos y trozos apenas esbozados de asuntos diversos con algún parentesco, al menos eso espero, con el oficio que deseo abandonar.

1. Escribe Elías Canetti en La Provincia del Hombre: «Liberar a la Psiquiatría de si misma; quinientas o más historias clínicas precisas y detalladas y ni una palabra sobre la explicación o clasificación de esas historias».

«Toda etiqueta diagnóstica implica el riesgo de introducir una zona silenciosa en la escucha» dice Maleval. ¿Una psiquiatría sin ninguna de estas etiquetas eliminaría las sombras? ¿Sería posible una Psi­quiatría así? ¿Podemos prescindir de cualquier pretensión nosológica tal como ahora la conocemos y ceñirnos simplemente a estas prolon­gadas narraciones o conversaciones? No estoy seguro pero sí lo estoy de que lo contrario, la reducción a un tipo, a un epígrafe, a una cate­goría nosológica no es ni suficiente ni conveniente para el oficio del terapeuta ni para el beneficio del paciente.

Canetti titula una parte de sus memorias El testigo escuchón. No es una mala definición terapéutica pero tendría que tener un añadido: el interventor escuchón

2. Don Juan Belmonte era un torero especial que siempre viajaba con una maleta llena de libros. Antes de Belmonte la tauromaquia tenía una ley básica que se atribuye, creo a Lagartijo: «que viene el toro; te quitas tú; que no te quitas… te quita el toro». Desde Belmonte, el torero no se quita. Es el toro el que pasa siguiendo el engaño mien­tras el torero se vuelve estatua. Belmonte lo explicaba así: «si quie­res torear olvídate de que tienes cuerpo». Valle-Inclán que lo admira­ba, le dijo una vez con su ceceo: «a usted solo le falta morir en la plaza». Belmonte, siempre melancólico respondió: «se hará lo que pueda Don Ramón…» No fue en la plaza. Se pegó un tiro en 1962 meses después de saber que su amigo Hemingway, lo había precedi­do en esa decisión.

De Belmonte decía El Gallo: «Amigos con quien se pueda hablar hay muchos; pero amigos con quienes se pueda estar callado, hay pocos». Si no se comprende esta frase, podemos caer en el equívoco de pen­sar que el exilio de la palabra, es estar fuera de ese parloteo, de esa cháchara vacua que rodea nuestras vidas diarias y a la que algunos, sobre todo esos estúpidos colegas tan habituales en los media, llaman «comunicarse». Hay palabras plenas, esenciales, que se dicen sin hablar, como las de El Gallo y Belmonte o se dicen de otro modo: en muchas ocasiones las cosas que verdaderamente cuentan se saben sin preguntar y se dicen sin hablar. Nada más elocuente que un silencio pleno porque también hay silencios plenos; sólo es preciso saberlos escuchar y eso no está al alcance de cualquiera.

Belmonte había sobrevivido a Joselito, muerto por Bailaor en Tala­vera en 1920; a Sanchez Mejías muerto en la plaza de Manzanares en 1934 y a Hemingway. Ya no tenía amigos con quienes estar callado. No había diálogo de silencios. Entró a matar por última vez en su vida…

Hablando de toros, cosa políticamente incorrecta al menos en Gali­cia, Ignacio Sánchez Mejías, el de El llanto de Lorca, escribió varias obras de teatro, alguna de ellas, Sinrazón, psicoanalítica, representa­da con éxito por María Guerrero. Sánchez Mejías decía: «hice una comedia freudiana porque yo leo y admiro al creador del Psicoanáli­sis desde hace años». Estamos en 1928 no lo olvidemos. Esta trilogía de toreros, el menor y mayor de los Gallos, Joselito, Belmonte y Sán­chez Mejías, los toreros intelectuales les llamaban, merecían un estu­dio detallado. Otra vez será…

3. La locura —escribe Louis A. Sass en la primera página de Parado­xes of Delusión— «se entiende generalmente como el hecho de perci­bir cosas que no existen o creer cosas que no son verdad». Definición sin duda poderosa, todavía hoy dominante no solo en las creencias populares sino en la misma psiquiatría y disciplinas afines. El añadi­do lógico, es que este ver o creer lo que no está ni es verdad, se debe a un fallo en la prueba de realidad. Esta prueba que no ha merecido hasta ahora la atención crítica que merece dice Sass, es una prueba inadecuada y equivocada, al menos cuando nos ocupamos de la esquizofrenia. De acuerdo con la interpretación tradicional, es decir vigente, los psicóticos fracasan a la hora de distinguir lo real de lo imaginario. Además, se asume que estos pacientes, creen en el conte­nido de sus delirios o al menos quieren creer, con el mismo senti­miento de objetividad con el que las personas normales se relacionan con los hechos del mundo real y consensuado, pero Bleuler ya advir­tió en su tiempo, que muchos de sus pacientes no se comportaban como si confundieran sus delirios con la realidad:

«Reyes y Emperadores, Papas y redentores se implican en su mayo­ría en trabajos banales probando que ellos tienen energía para cual­quier actividad… esto es verdad no sólo para los pacientes institu­cionalizados sino también para aquellos que están completamente libres… ninguno de nuestros generales ha intentado nunca actuar de acuerdo con su rango y posición…»

También Jaspers había hecho notar la peculiar inconsecuencia que estos pacientes muestran en ocasiones hacia sus delirios y alucina­ciones. La esquizofrenia en sus delirios difiere de las ideas sobreva­loradas de los paranoides que son mas proclives a ser actuadas. Los delirios de los esquzofrénicos, a diferencia de los de los pacientes con PMD (depresivos o maníacos) no van acompañados por un estado emocional apropiado a sus contenidos.

Por eso Sass afirma que ciertos aspectos de la experiencia y conduc­ta esquizofrénica no parecen encajar en la noción de una deficiente prueba de realidad:

  1. Muchos esquizofrénicos aparentemente preocupados por sus deli­rios tratan a estos con cierto distanciamiento e ironía. Bleuler habla­ba de la sonrisa del esquizofrénico.
  2. Otro aspecto relacionado es el de la doble contabilidad. Más que confundir la realidad y lo imaginario estos pacientes parecen vivir en dos mundos paralelos pero separados: el mundo real del consenso y el de las alucinaciones y delirios.

Los esquizofrénicos —dice Sass— parecen experimentar sus delirios y alucinaciones como si poseyeran una cualidad especial que los sitúa aparte de sus creencias y percepciones reales o de la realidad tal como la experimenta una persona normal. Tales pacientes a veces parecen tener un sorprendente y más bien desconcertante tipo de insigth sobre su propia condición. A veces se tiene la sospecha que de algún modo estos pacientes están haciendo teatro y las definiciones tradicionales de alucinación y delirio no ayudan a caracterizar estos pacientes. ¿Cómo comprender este insólito modo de existencia?

Necesita ser explicada la extraña tendencia de estos pacientes a con­cederle gran importancia s sus delirios al mismo tiempo que experi­mentan estos mismos delirios, en algún sentido, como irrelevantes o irreales. Para Sass estos pacientes no experimentan sus delirios como siendo literalmente verdaderos, sino más bien, como poseyendo una cierta cualidad subjetivizada, es decir, como siendo en algún sentido el producto de la propia conciencia más que poseyendo una existen­cia objetiva e independiente. Este modo de experiencia es muy seme­jante al solipsismo: sólo existe mi propia mente y las cosas, personas y sucesos existen sólo en mi mente [1]. Estas contradicciones delirantes que son inconsistentes con la prueba de realidad pueden ser com­prendida, a la luz del solipsismo, al menos desde la posición de Witt­genstein [Ver nota suplementaria 1]. Bien… en eso ando, intentando comprender estos razona­mientos de Sass. Todavía no los comprendo bien aunque hay que decir que muchas veces, uno tiene una la sensación, lo decía Lévi­-Strauss, que comprender significa para mi algo diferente a lo que sig­nifica para muchos colegas…

4. Otro trazo que me interesa es el de los llamados trastornos del Yo [self disorders]. Parnas uno de los representantes de la nueva feno­menología, ha descrito muchos de estos síntomas, todavía no psicóti­cos, que anteceden al episodio esquizofrénico y que los pacientes suelen relatar en sus primeros contactos con los médicos y los ha agrupado bajo algunas categorías: Mencionaré alguna, por ejemplo las alteraciones de la presencia.

Respirar es algo dado, pre-reflexivo de lo que no nos damos cuenta hasta que una disnea o un ahogo lo hacen presente. Sólo cuando nos falta aire nos volvemos conscientes de ese proceso y fijamos nuestra atención en él. Nuestro estar en el mundo es también en condiciones normales, tácito, dado, pre-reflexivo. Vivimos rodeados de cosas, de personas, de acontecimientos que también consideramos «dados», tácitos, sin que tengamos que reflexionar ni pensar conscientemente que están ahí, pero podemos hacernos conscientes y reflexionar sobre ellos con cierto esfuerzo intelectual. Damasio propone el ejemplo siguiente para intentar dar cuenta de esta presencia. «Imaginemos que estamos leyendo una página de un libro cualquiera. A medida que leemos vamos reconstruyendo el significado de las palabras y acti­vando los conocimientos a ellas asociados almacenados en nuestra memoria. Pero al mismo tiempo se despliega algo más: el sentimien­to de que soy yo, momento a momento, y no otra persona, la que está leyendo el texto así que en este proceso de lectura además de las imá­genes evocadas por el texto, hay esa presencia del yo como observa­dor de las cosas que provocan imágenes, un yo propietario de esas imágenes: existe una presencia de usted en una relación concreta con un determinado objeto. De no haber tal presencia en usted… ¿cómo podrían pertenecerle sus pensamientos?… esa presencia es callada y sutil y a veces es poco más que una insinuación a medias adivina­das…»

Normalmente tenemos el sentimiento de que nuestras acciones, pen­samientos y percepciones vienen de nuestro interior con un sentido implícito de intención y control y sentimos que nuestra conciencia nos pertenece a nosotros mismos y es privada y a menos que quera­mos comunicar a otros nuestra vida interior a través de gestos o pala­bras, permanece privada. Estos supuestos están tan arraigados que afirmarlos es una tautología. Sin embargo hay situaciones clínicas en las que este sentimiento se rompe.

Parnas y sus colegas, piensan que las alteraciones de este sentimien­to de presencia son los síntomas más precoces del periodo prodrómi­co en la esquizofrenia. Llaman ipseidad a este sentimiento no refle­xivo de presencia, a esta autoconciencia no reflexiva de nuestras per­cepciones, sentimientos, dolores o pensamientos en curso que sabe­mos nuestros sin necesidad de pensar sobre ello. Es esta ipseidad la que se altera en los momentos prepsicóticos a veces con años de anti­cipación al brote. Los pacientes vivencian esa alteración como una desconexión, un desapego de ese fundamento de su existencia: «No me siento yo mismo; No soy yo mismo; Me estoy volviendo un monstruo; no tengo conciencia de mi mismo; estoy medio despierto; mi Yo está desapareciendo para mí…» En el ejemplo de Damasio podrían decir: leo y tengo la sensación de que no soy yo el que leo.

El sentimiento dominante es la falta de inmersión en el mundo, el sentimiento de una desconexión, de un desanclaje impuesto, de una distancia que se va abriendo entre el sujeto y las cosas percibidas que ya no son sentidas en el propio cuerpo sino que aparecen como cosas en sí, carentes de la resonancia corporal y subjetiva que proporciona la ipseidad. Para estos pacientes nada es tácito, han perdido la evi­dencia natural, el sentido común que hace obvio sin necesidad de reflexión la vida cotidiana en muchas de sus facetas. La reflexividad es el proceso mediante el poseemos conciencia de nosotros mismos, especialmente de nuestra vida mental [3]. Los esquizofrénicos tienden a volverse hiperreflexivos, es decir, a tomar como objeto de atención su propia vida mental. La alteración de la ipseidad y la hipereflexivi­dad, son fenómenos complementarios ya que la carencia del senti­miento implícito de ipseidad hace que ese sentimiento solo pueda ser alcanzado de modo explícito a través de la reflexividad consciente: a veces mientras camino, soy consciente de cada paso que doy; a menudo me canso de hacer algunas cosas como vestirme o lavarme ya que debo siempre pensar lo que viene antes y lo que viene des­pués

En fases más avanzadas de la esquizofrenia se observa ya una altera­ción entre el sentimiento de agencia, o autoría [agency] y el de per­tenencia [ownnership]. Los trastornos del Yo han sido reconocidos desde hace mucho tiempo en la literatura psiquiátrica aunque pocas veces se les ha asignado un papel central. Sass y Parnas recuerdan que aunque implícita en algunos de los trastornos descritos, de modo explícito la noción de Yo [self], ni siquiera es mencionada en el DSM IV o en la CIE 10. Los trastornos del Yo los vamos a encontrar bajo la rubrica de delirios bizarros en el apartado de esquizofrenia pero no son (todavía) delirios sino, experiencias anómalas.

Esta distinción entre autoría [agency] y pertenencia [ownnership] se ha ido abriendo camino en los textos de la llamada Neurofenomeno­logía para explicar algunos de los síntomas fundamentales de la esquizofrenia. Por autoría se entiende el sentimiento de que yo soy el autor, la causa o el origen, del pensamiento o del movimiento. Por pertenencia, el sentimiento de que soy yo quien experimenta el pen­samiento o el movimiento (es mi cuerpo el que se está moviendo).

Normalmente autoría y pertenencia están unidas y nos proporcionan ese sentimiento unificado de ser un Yo único que piensa y actúa pero pueden disociarse en algunos casos. La provocación de un reflejo rotuliano, los movimientos coreicos o discinéticos, o los provocados mediante estimulación magnética transcraneal, son considerados como pertenecientes a él mismo por quien se ve afectado por ellos pero no causados por el mismo. Si alguien me empuja por detrás yo sé que el movimiento que afecta a mi cuerpo me pertenece pero sé también que no soy el autor del mismo.

La esquizofrenia, al menos en algunos de sus síntomas, parece reve­lar la pérdida del sentido de autora mientras se mantiene el de perte­nencia. En la inserción del pensamiento, por ejemplo, el paciente reconoce que en su mente, en el flujo de sus pensamientos, hay algu­nos pensamientos de los que no es autor. También intentamos com­prender estos fenómenos… [Ver nota suplementaria 2]

5. En su libro El Danubio, cuenta Claudio Magris la historia de Robert Flinker, psiquiatra judío que vivía en Bucovina en tiempos de la ocupación nazi. Flinker había escrito cuentos y novelas de influen­cia kakfkiana aunque originales a su modo. Había pasado los años de la ocupación alemana escondido como un topo en el sótano de la casa de unos amigos y justamente en 1945, después de la «liberación», se suicidó. Magris piensa que el suicidio de Flinker fue el de un hombre que fue capaz de soportar el nazismo como mal, pero no el estalinis­mo como liberación. Magris reconoce que la verdadera historia fue más trivial: un desengaño amoroso, pero se pregunta al mismo tiem­po, si en el fondo, no se trata de lo mismo: una mujer cualquiera fue quien le dio el último empujón que le faltaba para que fuese verda­dera la primera explicación.

Otro suicidio no menos sorprendente lo recoge Cioran en Ejercicios de Admiración. Un ruso exiliado en París, sufre en silencio durante 18 años lo que el supone infidelidad de su mujer. Un día reúne el valor suficiente para pedirle explicaciones a su mujer y descubre que todas sus sospechas no tenían fundamento alguno. Incapaz de asumir la idea de haber vivido atormentado por nada tanto tiempo, se encie­rra en la habitación y se pega un tiro.

Flinker miraba hacia el porvenir y sabía que estaba cerrado. El exi­liado ruso hacia el tiempo perdido, definitivamente perdido. Los dos reconocían su impotencia absoluta para modificar la flecha del tiem­po… Males del tiempo sin duda, los de estos suicidas.

También los que sobreviven a los suicidios de los seres queridos muestran en ocasiones aspectos escondidos de un dolor con pocos precedentes. El escritor José María de Pereda tenía un hijo tartamu­do que sentía una vergüenza aplastante por su defecto en presencia de las mujeres. Sin poder soportar más tiempo su tartamudeo, un día cogió una escopeta de caza y se pegó un tiro. Su padre hizo fundir los cañones de la escopeta y mandó hacer con ellos un crucifijo que desde entonces estuvo en la cabecera de su cama hasta su muerte.

Uno de los mayores expertos del mundo en suicidio, Shneidman [4], considera Moby Dick como una reflexión sobre el suicidio. Aunque pueda parecer estraña una afirmación tal, desde la primera página confirmamos la afirmación de Shneidman: «Llamadme Ismael. Hace unos pocos años… teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circula­ción… cada vez que en mi alma hay un noviembre húmedo y lluvio­so; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y en especial, cada vez que la hipocondría me domina… entonces entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pron­to como pueda… es mi sustitutivo de la bala y la pistola…». Curiosa terapia antimelancólica pero con defensores famosos entre escritores y marinos. Es Joseph Conrad en El espejo del mar quien escribe: «la rutina del barco es una medicina excelente para los corazones doli­dos… en ningún sitio se hunden en el pasado los días, las semanas y los meses más rápidamente que en el mar…» Los barcos de vela del XIX tenían a lo que parece, una función terapéutica, tal vez porque a la rutina ordenadora unían el viaje, la aventura. Eran dispositivos antimelancólicos, serotonérgicos, dopaminérgicos, noradrenérgicos, dirían nuestros colegas. Debe ser cierto esto de la vela. Hay colegas amigos que hace tiempo que no se sienten agobiados por el modo de trabajo que soportamos… desde que tienen barco… Llamémosle, Jose Luis…

6. «Abril es el mes más cruel…» Así comienza La tierra baldía que Elliot publica en 1922. Su fuente es la leyenda del Grial. Perceval llega al castillo del Rey Pescador, rey castrado por una herida de lanza, que lo reduce a la inmovilidad que sólo alivia pescando en el río transportado por sus criados. Desde hace siglos, la tierra que rodea el castillo es un erial pues sufre el mismo destino que el de su rey. Tierras baldías y rey esperan al caballero puro que deberá hacer las preguntas precisas para que todo vuelva a florecer. Perceval es agasajado. En el castillo se guarda el Grial y Perceval ve como duran­te la comida los criados transportan el grial a una sala. Vuelven a salir y de nuevo entran varias veces con la copa sagrada. Perceval no pre­gunta. Ningún qué, ningún por qué, para qué o para quién sale de sus labios. A la mañana siguiente despierta. No hay nadie en el castillo pero su caballo está enjaezado y listo. Monta, sale del castillo y entra en el bosque. Allí se encuentra una mujer guardando el cuerpo sin cabeza de un caballero. Ella le explica que con su silencio acaba de condenar al rey pescador y a sus tierras y súbditos, por toda la eter­nidad a seguir siendo tierra baldía. ¿Por qué no pregunta Perceval?…

Siglos después, un hombre, lo cuenta Kapucinsky, vuelve a casa des­pués de pasar diez años en uno de los lager siberianos del Gulag. La primera noche, se sienta a la mesa junto a su mujer, hijos y padres. Durante la cena, aunque mantienen una conversación, nadie pregun­ta al recién llegado dónde ha estado todos esos años, qué hacía, qué había tenido que soportar… Elkonon Goldberg, un neuropsicólogo discípulo de Luria, cuenta la misma escena que el tuvo que vivir con su padre. ¿Para qué preguntar? En los totalitarismos no se hacen pre­guntas. Si la situación dura, se pierde el hábito. En la antigua URSS había cada vez menos personas que hicieran preguntas y por tanto cada vez menos preguntas. Fue desapareciendo el arte de hacer pre­guntas. En su lugar apareció un sin fin de dichos, exclamaciones, fra­ses hechas que expresaban un sumiso dejar hacer. Las órdenes son concisas y breves; la súplica y la lamentación prolijas, dice Demetrio en su libro sobre el estilo. Nada dice sobre las preguntas, pero pre­guntar y sobre todo, preguntarse, es ejercer la fatigosa y humilde dis­ciplina del borrador.

Alguien acusó a Heidegger de ser responsable no sólo de todo lo que dijo bajo el nazismo sino también de todo lo que no dijo desde 1945. Tal vez la pregunta por el ser convoca silencios sobre los seres… No sé.

Nota suplementaria 1

Para Wittgenstein, el solipsismo es una enfermedad filosófica nacida no de la ignorancia sino de la abstracción, la autoconciencia y el desapegarse de las actividades sociales y prácticas. Comparar el solipsismo criticado pero analizado por Wittgenstein, con la locura es más que una metáfora impactante. Algunas de las tendencias patológicas de la mente, las enfermedades del intelecto que él diagnostica en sus ejemplos de ilusiones filosóficas, se corresponden con extraña precisión, con las experiencias patológicas de Schreber. Como los solipsistas, Schreber estaba convencido de la profundidad e inefabilidad de su propia visión especial de la realidad que derivaba según creía, de un insight especial no concedido al hombre corriente. Como los metafísicos criticados por Wittgenstein, la visión de Schreber se muestra menos como una revelación de su mayor realidad, que como una proyección de su propia enrevesada y desenganchada posición hacia la existencia.

Sass procura comprender más que explicar y no se ocupa de los fun­damentos neurobiológicos o de la etiología. Wittgenstein habló en alguna ocasión del paralelo entre filosofía y locura aunque sus obser­vaciones no fueron tomadas en serio ni fueron aplicadas a las sutili­dades de la experiencia psicótica. Se pensaba que la locura equipara­da a pasión o irracionalidad, no podía tener nada que ver con la filo­sofía, el ejercicio más puro de racionalidad.

La subjetivación esquizofrénica: proyectar significados subjetivos en el mundo objetivo sin que se tenga conciencia explícita de esos sig­nificados como objetivos. La subjetivización se ha comprendido casi siempre en términos de regresión psicoanalftica, regresión al ello dominado por la grandiosidad, fantasías de realización de deseos de la infancia, o formas inmaduras que preceden al desarrollo del self y a la metaconciencia o la diferenciación subjetivo/objetivo, interno/externo. La posición de los antipsiquiatras era sorprendente­mente similar a la psicoanalftica pues veían la psicosis como algo infantil o dionisíaco que valorizaron de modo romántico más que patológico. Aún hoy, la frontera normalidad/locura sigue basada en esa pobre prueba de realidad. La antipsiquiatría mantenía algo de la visión renacentista de respeto por la sabiduría y espontaneidad de la locura que desapareció en la época de la razón ilustrada.

El análisis del solipsismo por Wittgenstein sugiere otra perspectiva. Sass discute la observación de que los delirios esquizofrénicos reve­len una prueba de realidad deficiente y también discute que el modo de conciencia en el que aparecen estos delirios no es en esencia pri­mitivo. Los esquizofrénicos no están abrumados por un desapego de las formas normales de emoción y deseo sino por la exacerbación de varias formas de auto-conciencia. El mundo vivencial de los esqui­zofrénicos parece estar dominado por motivos y preocupaciones que son menos libidinales que cognitivas o epistemológicas. La locura según Sass no es:

  1. Un retorno a la condición primordial.
  2. Un mal funcionamiento de la razón
  3. Una inspirada alternativa a la razón humana.

Es una condición de auto-engaño (self-deception) que es generada desde dentro de la racionalidad misma más que por una pérdida de la racionalidad. Es el punto final de trayectoria que sigue la conciencia cuando se separa del cuerpo, las pasiones y el mundo práctico y se vuelve hacia si misma. Los términos que se suelen aplicar al delirio, falso, incorrecto, absurdo, son obviamente valores que implícitamen­te invocan un contexto particular o forma de vida (la que en los escri­tos hermenéuticos o fenomenológicos se llama horizonte de expe­riencia). Estos términos consideran las afirmaciones del paciente como intentos fallidos para referirse al tipo de realidad externa a las que los cánones normales de prueba evidencia o consenso se aplican. Esto implica que de algún modo los pacientes tienen la experiencia subjetiva de vivir en el mismo mundo del sentido común que los demás pero están en un error. Los delirios han sido también conside­rados como fantasías de realización de deseos normales pero inusual­mente intensos y son mantenidos por una disminución del juicio crí­tico.

Nota suplementaria 2

Hay que diferenciar el pensamiento intervenido en el que está afecta­do el propio proceso del pensar porque este proceso ha sido influen­ciado por algún otro de la inserción o imposición del pensamiento donde no es el proceso en sí el afectado, sino que algunos pensa­mientos han sido introducidos en su mente desde fuera ya elaborados. Mullins y Spence [6] propusieron una tabla aquí modificada parcial­mente para definir algunos de estos fenómenos:

* En las experiencias de actividad el paciente transmite sus pensamientos de mane­ra intencional y ejerce control sobre objetos y acontecimientos en el mundo exter­no. Es el caso por ejemplo, del paciente que afirma que «mis pensamientos pueden influir en las cosas» o «esto ocurrió porque yo lo pensé» o también: «Mantengo el mundo funcionando con mi pensamiento».

Notas

[1] Idealismo: sólo existe la mente; solipsismo: solo existe mi propia mente.

[2] Staghellini.G; Cutting.J. Auditory verbal hallucinations: breaking the silence of inner dialogue. Psychopathology. 2003. 36: 120-128.

[3] Schneidman.E. The definition of suicide John Wiley and Sons.1985.

[4] Mullins M; Spence.S.A; «Re-examining thouth insertion». British Journ Of Psychiatry. (2003). 182; 293-298.

Por Santiago Lamas

Fuente: SISO/SAÚDE, Nº 43 – Otoño 2006

2017-08-31T15:08:18+00:00 03/06/2006|Categorías: Artículos, Documentos Jornadas, Noticias|Etiquetas: , |