Rafael Huertas – Asilos para locos. ¿Laboratorios sociales o espacios de exclusión?

III Conversaciones Siso-Villacián
Mesa redonda II

Trabajo realizado en el marco del Proyecto de BHA 2003-01664 (Ministerio de Educación y Ciencia).

Psiquiatría y control social: Algunas reflexiones historiográficas

Uno de los más fecundos enfoques con que se ha abordado la histo­ria de la marginación es el que se ha centrado en los procesos de institucionalización y desarrollo de estrategias y técnicas de control social. Los estudios de corte foucaultiano han hecho hincapié en el papel de la cárcel, pero también del manicomio, el lazareto, el hospi­cio, etc., en dichos procesos; siendo la relación entre marginación y enfermedad mental la que, probablemente, haya hecho más fortuna a la hora de incorporar este tipo de enfoque a la historia de la Medici­na. Desde que Michel, Foucault publicara en 1961 su Histoire de la folie á l’áge classique [1], un especialísimo interés por los «espacios de la locura» vino a desarrollar toda una historiografía sobre la institu­cionalización de la marginación del enfermo mental, a la que no fue ajena el radicalismo cultural de los años sesenta y el propio movi­miento antipsiquiátrico Además de M. Foucault, autores como E. Goffman [2] o Th. Szasz [3], convergieron en la crítica a la Psiquiatría —como ciencia y como actividad asistencial—, subrayando los aspec­tos coercitivos, segregativos y marginalizadores del asilo para locos.

Ya en la década de los setenta, una serie de estudios ampliaron la perspectiva histórica de todo este proceso. Klaus Dörner [4], Robert Castel [5] o Andrew Scull [6], ofrecieron una «historia social» de la Psi­quiatría que siguió centrándose en las contradicciones del tratamien­to moral y en la dinámica y crecimiento de los manicomios, equipa­rados con otras «instituciones totales» [7]. Aunque con objetivos y resultados diferentes, los trabajos de José Luis Peset [8] y Fernando Alvarez-Uría [9], ya en los primeros años ochenta, pueden considerar­se pioneros de este tipo de estudios en nuestro país.

No puede negarse que todas estas aportaciones introdujeron elemen­tos de reflexión muy diferentes a los expuestos en los textos clásicos de Historia de la Psiquiatría, hasta el punto de llegar a distinguirse, de una manera artificial pero efectiva, una «historia de la locura», crí­tica y estructural, frente a una «historia de la psiquiatría», más tradi­cional y panegirista. Sin embargo, los trabajos de inspiración estric­tamente foucaultiana, a veces muy brillantes en sus planteamientos, suscitan problemas metodológicos que conviene tener en cuenta, no tanto para rechazar este tipo de enfoques que, pese a todo, me pare­cen de gran utilidad, sino para matizarlos y corregirlos de la mejor manera posible”). Tal crítica metodológica puede resumirse, a mi juicio, en los tres puntos siguientes:

1. Excesos interpretativos.

La hipervaloración de la locura como «problema político» ha llevado a consideraciones, al menos excesi­vas, en lo que se refiere al papel de la psiquiatría y del manicomio en los dispositivos generales de control social. En este sentido, a veces se llegan a formular afirmaciones como la siguiente:

«Sin duda también la católica España ha dado al mundo a lo largo de la historia sobrados ejemplos de crueldad dignos de figurar en la his­toria universal de la infamia; pero si exceptuamos el genocidio de la conquista de América, no existe minoría alguna —ni judíos, moros, moriscos, reos de la Inquisición o gitanos— que haya sido tan siste­máticamente perseguida y masacrada como los miles y miles de enfermos mentales que han sufrido en espantosos mausoleos mani­comiales, las más terribles situaciones de desesperación» [11].

El argumento es contundente pero no se ajusta a la realidad. El núme­ro de ingresados en los establecimientos españoles en el último tercio del siglo XVIII (censo de Floridablanca), como a lo largo del siglo XIX era más bien discreto y, desde luego, no eran «miles y miles» los locos censados.

Pienso que en España, la asistencia a los locos, como a los pobres, no respondió a una «nosopolítica», por utilizar el término empleado y aplicado por Foucault en otros contextos geográficos; no respondió, en definitiva, a una reflexión explícita de la enfermedad —o de la locura— como un problema político, económico y médico.

Sin llegar a tales excesos, las interpretaciones en clave de «control social» insisten en que la reconversión del pobre como elemento útil para la sociedad está basada en un método pedagógico y disciplina­rio que se aplicó por igual a los enfermos en los hospitales, a los niños en las escuelas o en el seno de sus familias, a los soldados en los carteles, a los obreros en las fábricas y a los locos en los manico­mios [12]. Se puso en marcha todo un código normativo que pretendía unificar comportamientos y que, conforme se fue consolidando la nueva sociedad burguesa, se hizo cada vez más estricto, ensanchán­dose el campo de la «conducta desviada» y disminuyendo el de la tolerancia social.

Los paralelismos entre manicomio y prisión son, en este sentido, los que con más insistencia se han argumentado. Dos espacios cerrados de segregación gracias a los cuales la burguesía de comienzos del siglo XIX puso en marcha toda una estrategia política, perfectamen­te definida, cuyo objetivo «moralizador» debía encuadrarse en, 11 intento de «disolución de toda forma espontánea de vida social» [13]. De hecho, la moralización del loco en el espacio nosocomial y la intervención en los espacios habitados por las clases populares for­marían parte de una misma estrategia de dominación y sometimien­to, que tendría como objetivo destruir sus formas de vida, aculturi­zarlas y reconstruirlas por medio de la interiorización de la salud y de la moral [14].

En definitiva, el alienismo, entendido como una parte fundamental de la higiene social, ejercería, según este enfoque, un papel decisivo en dicha estrategia burguesa de dominación, al convertir el manicomio en un gran «laboratorio social» en el que ensayar técnicas que, más tarde, podrían trasladarse al exterior y emplearse en disciplinar a las clases populares [15].

Frente a este disciplinamiento de las clases populares, frente a la teo­ría del «control social» cabría contraponer otro enfoque que, introdu­ciendo nuevos elementos, permite matizar y reconducir la «acción higiénica» sobre las «clases peligrosas». Me referimos al papel de «mediación social» que el sistema sanitario y de beneficencia, con sus muy diversas actuaciones sobre la población (educación sanitaria, previsión social, luchas sanitarias, etc.), jugó en la construcción del llamado homo hygienicus, esto es, en el proceso de adaptación e inte­gración de la clase trabajadora y de las clases populares a las nuevas necesidades que, 91 proceso de modernización y de industrialización iba imponiendo [16]. Ahora bien, es evidente que el desarrollo de un objetivo social claro, como el de la salud, hubiera resultado imposi­ble sin la aceptación y reproducción por parte de los individuos de una necesaria serie de comportamientos, para lo que fue preciso la tarea persuasiva y prolongada de profesionales de la salud y otros agentes sociales a través de los sistemas de salud nacionales.

Control social versus mediación social. Segregación versus integra­ción. Dos enfoques, contrapuestos o complementarios según los casos concretos, que nos acercan a una reflexión sobre el papel de las instituciones asistenciales y los sistemas de salud en sus actuaciones sobre la población.

2. Modelos descontextualizados.

Otro de los problemas historiográ­ficos que ha suscitado este tipo de acercamientos, es la excesiva fre­cuencia con que se tienden a repetir de manera mecánica y descon­textualizada. Un traslado de modelos interpretativos, válidos en determinados contextos geohistóricos, pero inútiles en otros con muy diferentes realidades sociales y políticas. Así, por ejemplo, en el Esta­do español decimonónico, resulta evidente que los deseos de los psi­quiatras y sus aportaciones teóricas, así como su innegable vocación higienista, no implicaron, ni mucho menos, un desarrollo asistencial acorde con sus aspiraciones y expectativas, que fueron sistemática­mente ignoradas por la Administración. La pretensión de analizar la asistencia psiquiátrica española con los mismos elementos interpreta­tivos que han servido para estudiar el alienismo francés, puede traer consigo una serie de inexactitudes que impiden, lógicamente, llegar a conclusiones coherentes.

Fernando Alvarez-Uría, en su contundente y brillante libro Misera­bles y locos, hizo hincapié, siguiendo de cerca a Robert Castel, en que el alienismo aportó a la nueva sociedad liberal la idea de tutela. A su juicio, aunque persistiera una situación caótica en la mayoría de los manicomios españoles, la situación jurídica del loco había cambiado y nuevos códigos se imponían, abriéndose, gracias a esta idea de tute­la, un inmenso campo de actuación social. Sin embargo, los hechos demuestran que lo que parece claro en el terreno teórico —el trata­miento moral y el manicomio como institución terapéutica—, no fue nunca articulado por el Estado español tal y como los alienistas pre­tendieron. Lejos de crearse un orden psiquiátrico, las intervenciones del poder político fueron fruto más de soluciones coyunturales sin coordinación alguna, destinadas a la defensa del orden social, que a erigirse en el eje sobre el que poner en marcha toda una estrategia de contención e higienización de las clases populares.

Un buen ejemplo del fracaso manicomial español que, en cierto modo, debería provocar un replanteamiento de esa idea de operati- vidad del asilo para actuar como laboratorio social, es su permanente custodialismo. En ningún momento, si exceptuamos algunas clíni­cas psiquiátricas privadas, se desterraron los malos tratos ni se llegó a aplicar el tratamiento moral, siendo espacios antihigiénicos y esca­samente medicalizados, cuya función no superó la de un lugar de encierro.

3. El problema de las fuentes.

Todo lo antedicho nos lleva inexora­blemente al problema de las fuentes, porque estas dos consideracio­nes anteriormente apuntadas: la medicina mental como gran aliada del poder y la aplicación de modelos hermenéuticos de manera des­contextualizada pueden ser causa de errores historiográficos debidos, unas veces, a un escaso trabajo heurístico y, otras, a la confusión entre la producción teórica de los alienistas y lo que en realidad fue la práctica cotidiana y la organización de la asistencia al loco. En general, hasta hace bien poco, los trabajos más críticos sobre asisten­cia psiquiátrica se han preocupado de analizar «marcos legislativos» o establecer «modelos nacionales», encuadrados en procesos sociales a gran escala. Estos trabajos, habituales en los años setenta y ochen­ta, están dejando paso a una serie de aportaciones más específicas, que estudian instituciones concretas y que acometen el estudio de nuevas fuentes (historias clínicas, libros de ingresos y altas, docu­mentos administrativos y económicos, correspondencia, etc.), que nos permiten obtener información concreta de lo que realmente se hacía en el interior de los manicomios y si tal praxis respondía, o no, a las estrategias diseñadas, sobre el papel, por los teóricos del alie­nismo y de la higiene social.

El manicomio como espacio de observación

Es precisamente, esta utilización de las fuentes clínicas encontradas en los archivos de las instituciones, así como los casos clínicos rela­tados en algunas obras psiquiátricas, la que nos introduce en la valo­ración del manicomio no tanto como espacio de exclusión o como «laboratorio social», sino como «espacio de observación». El aliena­do deja de ser un mero objeto de las estrategias de control social para constituirse, también, en objeto de saber. Consecuentemente, el asilo se convierte en lugar de formación de un cierto tipo de «verdad».

La construcción de nosologías y clasificaciones psiquiátricas, las eti­quetas diagnósticas o las prácticas clínicas: el interrogatorio, el ritual de la presentación clínica, las modalidades terapéuticas, etc., pueden aparecer como un producto directo del sistema disciplinario. La ver­dad se produciría —volvamos a Foucault sin complejos— gracias a múltiples coacciones, siendo un producto de la aplicación «racional» de normas, prescripciones, procedimientos, etc. La irracionalidad, la incompetencia, la desviación, el error, el sinsentido (lo «otro de la razón» en suma) quedan definidos por sus contrarios y, sobre estas bases, las personas y las prácticas son valoradas o estigmatizadas, premiadas o castigadas, rechazadas o revestidas de autoridad. Pero resulta interesante, y por demás significativo, cuando ese principio de verdad deja de relacionarse con el enfrentamiento entre la «razón» y la «sinrazón», entre el médico y el «enfermo», para pasar a plantear­se exclusivamente dentro de un poder psiquiátrico establecido e iden­tificado con la ciencia médica.

El concurso de la anatomía patológica en este proceso resulta crucial. Al convertirse la autopsia en la clave del diagnóstico, la palabra del loco o la «crisis», como el momento de la verdad de la locura, que­daba relegada en favor de los hallazgos necrópticos. No importaba lo que el loco pudiera decir o hacer, pues el análisis de su cuerpo —tras su muerte— ofrecería la verdad sobre su locura. Ya sabemos que, salvo en la Parálisis General Progresiva, las lesiones anatómicas de la locu­ra difícilmente serían demostradas en un estudio post-morten, pero ello no impedía que la anatomía patológica contribuyera a escatimar al loco su palabra y su discurso.

Todo ello responde a un proceso en el que la llamada mentalidad ana­tomoclínica desempeñó un importante papel en la elaboraci0 de una semiología psiquiátrica próxima a la de la medicina interna [17], dando lugar a una somatización de la locura, mediante la que las ideas tras­tornadas o las pasiones desbordadas dejaron de ser «enfermedades del alma» para considerarse la consecuencia de lesiones anatómicas concretas [18]. Esta somatización, o biologización, de la locura dio lugar, como se sabe, a consecuencias muy relevantes en el ámbito clí­nico, tanto terapéutico (el abandono del tratamiento moral), como diagnóstico y evolutivo, con la consideración de la degeneración, la demencia y el delirio crónico como la triada definitoria de la cronici­dad de la enfermedad mental [19].

Así pues, el loco queda desprovisto de la palabra, no es digno de ser escuchado. La clínica de la mirada (de la observación «objetiva» del experto) será la característica del saber psiquiátrico (y del modelo disciplinario impuesto por dicho saber), al menos hasta que el psico­análisis introduzca novedades importantes en la práctica clínica y, naturalmente, en las relaciones de poder.

Especialmente interesante resulta, en esta «política de verdad» ligada al conocimiento, la consideración de la histeria como un núcleo de rebeldía y resistencia. Con frecuencia se ha afirmado que la historio­grafía del control social de inspiración foucaultiana no tiene en cuen­ta las resistencias —o la capacidad negociadora— de las víctimas; que el «poder» aparece como algo impuesto por las élites científicas o políticas, desplegando sus estrategias y sus efectos sobre una pobla­ción pasivamente indefensa. Las histéricas de la Salpétriére cuestio­nan el papel del médico —nada menos que del gran Charcot— como el encargado de producir la verdad sobre la enfermedad en el espacio hospitalario. La histérica, seducida por la existencia de los síntomas, los hace suyos, los modifica, los altera; engaña al clínico que se ve obligado a construir forzada y erróneamente, como hizo Charcot, un modelo clínico de «verdad» que fue discutido y desautorizado por sus colegas de la escuela de Nxicy en un episodio bien conocido y estu­diado por la historiografía [20]. Foucault hizo una interpretación de esta situación al contraponer la demencia frente a la histeria. El demente sería el resultado del poder médico y de la disciplina asilar, una dis­ciplina que acaba puliendo los síntomas para construir una locura uniforme y aprehensible. Frente a la demencia, la histeria con su variedad de síntomas y de recursos. «La histeria» —afirma Foucault­«fue la manera concreta de defenderse de la demencia; la única manera de no ser demente en un hospital del siglo XIX consistía en ser histérico, esto es oponer a la presión que aniquilaba y borraba los síntomas, la constitución, la erección visible, plástica, de toda una panoplia de síntomas» [21] . Por esta razón, por no aceptar ni la disci­plina, ni el poder, ni la verdad, Foucault llega a definir a la histérica como «la primera militante de la antipsiquiatría». Tal afirmación, tan provocadora como exagerada, no deja de tener cierto atractivo a la hora de valorar cómo determinadas parcelas de la práctica médica (o científica escapan al principio de realidad y de verdad construido por la ciencia [22]. Atractivo que no invalida el hecho probado de que la histeria siempre bordeó la ortodoxia alienista y que no fueron los psi­quiatras de los asilos decimonónicos, sino los médicos generalistas y los neurólogos (como Charcot) los que se ocuparon del estudio y tra­tamiento de la histeria. Por eso la confrontación entre demencia e his­teria resulta equívoca, pues ambas «patologías» pertenecían, al menos en la época a la que nos estamos refiriendo, a jurisdicciones científicas diferentes. Foucault retomará la cuestión de las «resisten­cias» años más tarde, en relación con su Historia de la sexualidad, aunque tal concepto queda difuminado en una cierta reivindicación del placer (del cuerpo y sus placeres) que no acaba de establecer, a mi juicio, una categoría de análisis concreta.

La locura leída y escrita

Si con el psicoanálisis la clínica de la observación se tornó en clínica de la escucha, desde el punto de vista de la investigación histórica, resulta prometedor, a mi juicio, las posibilidades que el análisis del lenguaje de la locura puede ofrecer al historiador. Se trataría de cul­tivar «otra historia» prestando atención al discurso del loco, buscan­do su palabra a través de las fuentes disponibles.

Como defiende Roy Porter, «los escritos de los locos pueden leerse no sólo como síntomas de enfermedades o síndromes, sino como comunicaciones coherentes por derecho propio» [23]. Los testimonios de los locos aportan, a la historia de la psiquiatría, preciosos elemen­tos a la hora de valorar y analizar, junto con otro tipo de información médica y social, las características de un determinado «caso clínico» (el «caso Schreber» [24] o el «caso Wagner» [25], por poner dos ejemplos que, últimamente, han dado mucho juego a los psicoanalistas), pero también pueden reflejar, aunque sea con un lenguaje «diferente» poco convencional o incluso deformado—, las ideas, valores, esperan­zas o temores de sus contemporáneos. Las fuentes posibles para este tipo de exploraciones pueden ser diversas, pero tan solo destacaré dos: Por un lado, las Memorias de locos ilustres e ilustrados —como John Perceval [26] o Clifford Beers [27] que fueron capaces de escribir y publicar sus vivencias, tanto en relación con su propia locura como con el dispositivo asistencial al que estuvieron sometidos. Por otro lado, en los archivos de algunos establecimientos psiquiátricos pue­den encontrarse escritos de pacientes, como diarios, cartas no envia­das, etc., que, al contrario de los casos anteriormente reseñados, nunca llegaron a la opinión pública, pero que contienen información de gran interés sobre el funcionamiento o la vida cotidiana en el inte­rior de una institución desde la perspectiva del internado [28].

Algunos autores han hablado de la «polifonía de los expedientes clínicos», insistiendo en sus enormes posibilidades y en las claves que su estudio puede deparar a la historia de la psiquiatría [29]. Confron­tando este tipo de documentos con las fuentes médicas tradicionales nos encontramos ante un contraste de narrativas: la elaborada por el profesional que diagnostica y etiqueta y la elaborada por el paciente. Una divergencia cuyo análisis puede y debe ser tan enriquecedor como las posibilidades derivadas del estudio del lenguaje delirante. Un lenguaje susceptible de acercamientos diversos como, por ejem­plo, los efectuados desde una perspectiva clínica (como síntoma) o desde la metáfora de la lectura (como esfuerzo estabilizador) [30].

Se trataría, como digo, de «otra historia» que, en cierto modo, ofre­cería claves epistemológicas y críticas para la construcción de «otra psiquiatría»31, una psiquiatría que no considere al loco ni como un excluido social, ni como un exiliado de la palabra.

Notas

[1] FOUCAULT, M. (1961), Histoire de la folie á l’áge classique, Paris, Gallimard.

[2] GOFFMAN, E. (1961), Asylums. Essays on the Social of Mental Tatients and other Inmates, N. York, Doubleday.

[3] SZASZ, T. (1961), The Myth of Mental Illness: Foundations of a Theory of Personal Conduct, N. York, Hoeber-Harper.

[4] DÖRNER, K. (1969), Burger und Irre. Europaische Verlagsanstalt, Frankfurt, Existe una edición castellana en K. Dörner, Ciudadanos y locos. Historia social de la Psiquiatría, Madrid, Taurus, 1974.

[5] CASTEL, R. (1976), L’ordre psychiatrique, París, Existe una edición castellana en R. Castel, El orden psiquiátrico. La edad de oro del alienismo, Madrid, La Piqueta, 1980.

[6] A.T. SCULL, A.T. (1979), «Moral treatment reconsidered: some sociological comments on an episode in the history of British Psychiatry», Psychological Medicine, 9, 421-428. Véase también SCULL, A.T. (1979), Museums of Madness: The Social Organization of Insanity in Nineteenth Century England, Londres, Allen Lane.

[7] E1 concepto de «institución total» fue propuesto por E. Goffman como «un lugar de residencia y trabajo, donde un gran número de individuos en igual situación, aislados de la sociedad por un periodo de tiempo apreciable, comparten en su encierro una rutina diaria, administrada formalmente».

[8] PESET, J.L. (1983), Ciencia y marginación. Sobre negros, locos y criminales, Barcelona, Crítica.

[9] ALVAREZ-URÍA, E (1983), Miserables y locos. Medicina mental y orden social en la España del siglo XIX, Barcelona, Tusquet.

[10] Referido al campo específico de la Historia de la Psiquiatría, puede verse HUERTAS, R., CAMPOS, R. y ÁLVAREZ, R. (1997), «Entre la enfermedad y la exclusión. Reflexiones para el estudio de la locura en el siglo XIX», Historia Contemporánea, 16, 47-65. Sobre el particular, podrá verse HUERTAS, R., «Foucault, treinta años después. A propósito del poder psiuquiátrico», Asclepio.
(N. del Ed.) También ver HUERTAS, R., Otra historia para otra psiquiatría, Barcelona, Xoroi Edicions.

[11] VARELA, J. y ALVAREZ-URÍA, E (1989), Sujetos frágiles. Ensayos de sociología de la desviación, México, Fondo de Cultura Económica, p. 82.

[12] Véase ESPINOSA, J. (1987), «Ideología de la Ilustración en España y tratamiento moral», Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 7, 117-123.

[13] DONZELOT,J. (1979), «Espacio cerrado, trabajo y moralización. Génesis y transformaciones paralelas de la prisión y el manicomio», en Espacios de poder, Madrid, La Piqueta, pp. 27-52, p. 50. Publicado originariamente en Topiques, n1 3, 1979, pp. 125­151.

[14] Un análisis crítico de este tipo de enfoques puede encontrarse en CAMPOS, R. (1995), «Psiquiatría e higiene social en la España de la Restauración», En VV.AA., Un siglo de psiquiatría en España, Madrid, Extraeditorial, pp. 53-66.

[15] ALVAREZ-URÍA (1983), p. 150.

[16] LABISCH, A. (1985), «Doctors, Workers and Scientific Cosmology of the Industrial World: The Social Construction of Ilealth’ and the ‘Homo Hygienicus’», Journal of Contemporary History, 20, 599-615.

[17] HUERTAS, R. (2005), El siglo de la clínica. Para una teoría de la práctica psiquiátrica, Madrid, Frenia

[18] Véase SCULL, A. (ed.) (1981), Madhouses, Mad-doctors and Madmen. The History of Psychiatry in the Victorian Era, Philadelphie, University of Pennsylvania; BYNUM, W.F., PORTER, R. y SHEPHERD, M. (eds.) (1985), The Anatomy of Madness. Essays in the History of Psychiatry, Londres-N. York, Tavistock; JACYMA, J.S. (1982), «Somatic theories of the mind and the interest of medecine in Britain, 1850-1879», Medical History, 26: 233-358. Nuestro propio grupo también reflexionó sobre estas cuestiones en ÁLVAREZ, R., HUERTAS, R. y PESET, J.L. (1993), «Enfermedad mental y sociedad en la Europa de la segunda mitad del siglo XIX», Asclepio, 45 (2): 41-60.

[19] Sobre estos aspectos ha escrito páginas fundamentales LANTÉRI-LAURA, G. (1972), «Chronicité dans la psychiatrie frangaise moderne», Annales ESC, 27, 548-568.; También LANTÉRI-LAURA, G. (1997), La chronicité en Psychiatrie, Paris, Syntelabo.

[20] De obligada referencia, en nuestro medio es la aportación de LÓPEZ PIÑERO, J.M. y MORALES MESEGUER, J.M. (1970), Neurosis y psicoterapia. Un estudio histórico. Madrid, Espasa-Calpe.

[21] FOUCAULT, M. (2005), El poder psiquiátrico, Madrid, Akal, p. 261.

[22] Para una historia cultural de la histeria que reflexiona brillantemente sobre la múltiples caras de la misma, como un producto social, véase EDELMAN, N. (2003), Les métamorphoses de l’hysterique. Du debut du XIXe siécle á la Grande Guerre. París, La Découverte.

[23] PORTER, R. (1987). A Social History of Madness. Stories of the Insane, Londres, Weidenfeld and Nicolson. Se ha utilizado la traducción castellana titulada Historia social de la locura, Barcelona, Crítica, 1989, p. 12.

[24] Las memorias de jurista Paul Schreber, traducidas al castellano [Memorias de un neurópata, Barcelona, Argot, 1985] y a otros muchos idiomas, han hecho correr ríos de tinta. A pesar de ser uno de los casos de Freud más conocidos, siguen apareciendo análisis de interés sobre el que es considerado por algunos el «gran maestro de la psicosis». Véase en ÁLVAREZ, J.M. (1999), el capítulo dedicado a «La locura desde dentro: las enseñanzas inagotables de Paul Schreber», pp. 317-405.

[25] El dramaturgo, asesino y pirómano, Ernst Wagner también dejó constancia escrita de su locura —de su paranoia—, siendo estudiada por el psiquiatra Robert Gaupp a partir de 1913. Una reciente traducción castellana puede encontrarse en GAUPP, R., El caso Wagner, Valladolid, Asociación Española de Neuropsiquiatría, con introducción de J. Mª Alvarez y epílogo de F Colina.

[26] Las reflexiones del que fuera hijo del asesinado primer ministro tory en la Gran Bretaña de las primera décadas del siglo XIX, quedaron expuestas en PERCEVAL, J.T. (1838-­1840), A narrative of the treatment received by a gentleman, during a state of mental derangement, Londres, Effingham Wilson. Sus intentos para que los locos fueran «mejor comprendidos», tanto dentro como fuera de las instituciones, le llevó a desarrollar una intensa actividad en la Sociedad de Amigos de los Supuestos Locos. Sobre el particular, véase HUNTER, R. y MACALPINE, I. (1961). «John Thomas Perceval (1803-1876), patient and reformer», Medical History, 6, 391-395; HERVEY, N. (1986), «Advocacy or folly: The Alleged Lunatic’s Friend Society, 1845-63». Medical History, 30, 254-275.

[27] Su experiencia de internamiento fue recogida en BEERS, C. (1908). A mind that found itself. N. York, Doubleday. Tras ser dado de alta, Clifford Beers se convirtió en uno de los principales promotores del movimiento de Higiene Mental norteamericano. Véase DAIN, N. (1980). Clifford W Beers: advocate for the insane, Pittsburgh, University of Pittsburgh Press. También WINTERS, E. (1969), «Adolf Meyer and Clifford Beers, 1907-1910». Bulletin of the History of Medicine, 43, 414-443.

[28] La revista francesa Frénésie. Histoire Psychiatrie Psychanalyse publicó, entre 1986 y 1989, una sección fija titulada «L’écho des asiles» en la que se reproducía y analizaba este tipo de documentos. Otro buen ejemplo puede encontrarse en las cartas que el jurista Pascual Salazar y de la Riva escribió, en los años cincuenta y sesenta del siglo XIX, durante su ingreso en el manicomio de Leganés y que, al no ser cursadas por la dirección del establecimiento, se conservan junto a la historia clínica. Véase BALBO, E. (1998), «Medicina y sociedad en la casa de dementes de Santa Isabel de Leganés: una historia clínica de 1858-1869». En BALLESTER, R. (ed.), La medicina en España y en Francia y sus relaciones con la ciencia, la tradición y los saberes tradicionales (siglos XVIII a XX), Alicante, Instituto de Cultura «Juan Gil-Albert», pp. 265-275. Véase también BEVERIDGE, A. (1998). «Life in the Asylum: patients letters from Morningside, 1873­1908». History of Psychiatry, 9, 431-469.

[29] RIOS, A. (2004), «Locos letrados frente a la psiquiatría mexicana a inicios del siglo XX», Frenia, 4 (2), 17-35.

[30] Véase, al respecto, RIGOLI, J. (2001), Lire le délire. Aliénisme, rhétorique et littérature en France au XIX siécle, Paris, Fayard.

[31] Véase ÁLVAREZ, J.M., (2006).

Por Rafael Huertas

Fuente: SISO/SAÚDE, Nº 43 – Otoño 2006

2017-08-31T17:28:03+00:00 03/06/2006|Categorías: Artículos, Documentos Jornadas, Noticias|Etiquetas: , , |