Ángela González entrevista a José María Álvarez sobre la psicosis ordinaria

[Esta entrevista se realizó durante las navidades de 2017-18 para ser publicada en la web del Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis Las psicosis ordinarias y las otras bajo transferencia, que se celebró en Barcelona entre el 2 y el 6 de abril de 2018. Aunque es una entrevista de encargo, los directores del Congreso decidieron no publicarla. Desconozco las razones de su decisión. JMA.]


A.G.: Para comenzar, me gustaría que expusieras tu opinión sobre la psicosis ordinaria, tema sobre el que has escrito últimamente.

J.M.ªA.: De acuerdo, pero conviene que deje claro desde el principio que mi punto de vista está condicionado por mi puesto de trabajo. Además de en una consulta privada, por las mañanas trabajo en el sistema público de salud, en concreto en un Centro de Salud Mental. El CSM es un lugar privilegiado que permite tratar con sujetos muy variados, personas a las que podemos atender durante muchos años, a veces hasta nuestra jubilación.

En ese marco, el uso de términos como psicosis, esquizofrenia, paranoia y otros similares, hace que nos estremezcamos un poco. Creo que nos conmovemos con razón, porque el contacto con la locura stricto sensu, con la locura dramática y terrible, no deja indiferente a nadie. Aunque lleves muchos años en la trinchera y te hayas acostumbrado al delirio, sorprende aún tratar con gente tan lunática, a veces brillante, pero también patética.

Lo que acabo de decir explica, al menos en parte, mi reticencia a la hora de calificar, con cierta ligereza, determinada experiencia subjetiva de psicótica y de clasificar a tal o cual sujeto en el grupo de los psicóticos. Quizás por eso creo que muchos de los llamados hoy día psicóticos ordinarios están bastante más cerca del Hombre de las Ratas o de Dora que de Schreber o de Aimée. No acabo de entender por qué la frontera artificial que separa en la actualidad neurosis y psicosis se ha corrido recortando territorio a la neurosis y ampliando la psicosis.

Si pensamos que la neurosis es una buena suplencia de la locura, la frontera se podría haber corrido al revés o podría haberse mantenido en la divisoria que venía ocupando. Todas las clasificaciones son artificiales. De hecho, hubo un tiempo no muy lejano, cuando se puso de moda la locura histérica, que el territorio de la neurosis se expandió hasta el dislate y acogió a casos de esquizofrenia franca; había quien pensaba que Ellen West era una histérica. Y hubo otro tiempo en que de pronto menguó, cuando los fenómenos elementales se convirtieron en una obsesión generalizada y los veíamos florecer por todos los lados. A mi manera de ver, estos desplazamientos de la frontera hablan más de nuestro entusiasmo que de la realidad clínica. A estas alturas soy más partidario de concebir las fronteras como litorales, según la imagen apuntada por Lacan y retomada por Miller. En su escrito sobre la novela Gradiva, Freud había destacado la fluidez de las fronteras, pasos que cada uno de nosotros atravesamos varías veces al día.

A.G.: Pero la psicosis ordinaria es una realidad clínica…

J.M.ªA.: Sin duda. Existen, en mi opinión, algunos sujetos cuya locura es discreta, ordinaria o normalizada, como la queramos llamar; sujetos, en definitiva, que comparten con los psicóticos enloquecidos las características genuinas de la locura, aunque las experimenten de forma atenuada, de forma episódica y sin un quebranto radical a la hora de conducirse por la vida. Para decirlo con palabras del alienista J. M.ª Esquerdo: existen locos que no lo parecen. Ahora bien, toda la cuestión radica en establecer una definición de psicosis que incluya las formas más enloquecidas y las más normalizadas, una definición que perfile un perímetro que la separe de la neurosis con suficiente precisión. Lo cierto es que sabemos bastante sobre las formas más locas de la psicosis, esas formas con las que la clínica clásica construyó los tipos clínicos. Pero, debido a su dificultad intrínseca, sabemos muy poco de la locura discreta. Y sabemos muy poco aunque haya sido investigada sistemáticamente durante los dos últimos siglos. Se le ha dado más de un centenar de nombres y se ha escrito sobre ella miles de páginas. Esta opinión coincide con muchos pensadores de la psicopatología, como Bleuler, quien dejó escrito que la forma más habitual de esquizofrenia era la forma latente, pese a que no sabía cómo caracterizarla con precisión; era una intuición basada en su amplia experiencia que no se sustanció en una descripción minuciosa. A nosotros nos pasa algo parecido. Nos resulta sencillo describir la melancolía delirante, pero nos sentimos inseguros al detallar la melancolía simple o sin delirio. A medida que nos acercamos a la normalidad, la dificultad se multiplica exponencialmente, máxime si queremos ver ahí elementos genuinos de locura.

Estoy de acuerdo con el planteamiento inicial de Miller, cuando animó a indagar acerca de la psicosis ordinaria e hizo de ella un proyecto de investigación. Se trata, en efecto, de un proyecto de investigación noble y necesario. Pero creo que se le han acordado soluciones demasiado precipitadas y excesivamente entusiastas, soluciones a las que les falta el soporte esencial de cualquier proyecto psicopatológico. Esa base se llama semiología clínica o thesaurus semeiotucus. Se trata, como todo el mundo sabe, de un lenguaje inventado que traduce las experiencias subjetivas, les da un nombre y las diferencia de otras similares. En esto radica el primer paso de una psicología patológica bien hecha. La interpretación viene después. La interpretación es más cabal cuando se basa en los detalles de esas experiencias previamente nombradas y diferenciadas, no cuando se fundamenta en impresiones.

A mi manera de ver, la falta de esa semiología clínica y la exaltación propia de los grupos más bien cerrados ha contribuido a deslustrar el noble proyecto de investigar la psicosis ordinaria. A juzgar por lo que leo y hablo con los colegas, la psicosis ordinaria se ha convertido en una categoría ampliamente usada como diagnóstico, amplitud que contrasta con la imprecisión de su fundamento clínico. No basta con decir que tal sujeto presenta fenómenos discretos. Estamos obligados a decir cuáles son y por qué los consideramos de estirpe psicótica. Y si no estamos en condiciones de argumentarlo, mejor nos callamos y esperamos. Como decía antes, cuando estás a diario con locos, tiendes a ser parco en el uso de ciertos términos, sobre todo el de psicosis.

A.G.: Entonces, es una realidad clínica, pero en tu opinión se usa en exceso como diagnóstico…

J.M.ªA.: Así es. Creo que se abusa de ese diagnóstico, cosa que se puede ver en las conversaciones clínicas, presentaciones de enfermos, discusiones de casos, etc. Movidos por el frenesí de la novedad, algunos de nuestros colegas consideran que quien entra por la puerta de su consultorio es, hasta que se demuestre lo contrario, un psicótico ordinario, con lo cual interpretarán desde la óptica de la psicosis ciertas experiencias subjetivas un tanto raras. Otros sostienen que el primer psicótico ordinario de la historia fue el Hombre de los Lobos. Estas opiniones muestran la tendencia, arraigada en nuestro entorno, a considerar la psicosis ordinaria como la patología actual por excelencia, dando a entender, además, que es un trastorno de reciente aparición.

No comparto este punto de vista. Ni me parece que la psicosis ordinaria o locura discreta o normalizada sea una patología tan extendida, ni tampoco que sea tan reciente. De hecho, los comentarios de Lacan, en la presentación del caso Brigitte (abril de 1976), ponen en entredicho esa opinión generalizada. Por una parte, señala que es muy difícil establecer los límites de la enfermedad mental, a lo que se puede añadir que más aún cuando se trata de la locura discreta. Dice también que «Kraepelin ya ha identificado esos curiosos cuadros». Según esta afirmación, sesenta y cinco años antes, este tipo de enfermedades de la mentalidad —tal como Lacan las calificó— ya se describían y nombraban: Kraepelin las llamaba parafrenia confabulatoria (uno de los cuatro tipos de parafrenia que él describió); Dupré, en Francia, delirio de imaginación. Ahora bien, como todo el mundo sabe, Kraepelin inventó las parafrenias con los casos que no le cuadraban ni con la paranoia ni con la demencia precoz paranoide, casos que a lo largo del siglo XIX los autores alemanes llamaban formas fantásticas de la paranoia, casos que la gente corriente denominaba Wahnsinn. De acuerdo con estos comentarios, se pueden extraer dos consideraciones. Por una parte, esas enfermedades de la mentalidad (a las que se ha situado en los orígenes de la actual psicosis ordinaria) ya se conocían en la clínica clásica. Por otra parte, la clínica clásica y nuestra clínica de las estructuras se bastan para diagnosticarlas y reconocerlas. Con esto quiero decir que se trataría de mejorar esa clínica con una semiología más actual y precisa, pero no creo que se pueda prescindir de ella.

Con respecto a la locura normalizada u ordinaria, nosotros partimos de preguntas que nos surgen en la clínica diaria. Son preguntas simples, como si tal sujeto es psicótico o no, si tal alusión está dentro de la autorreferencia enfermiza o es una mera rivalidad imaginaria, etc. Para responderlas podemos echar mano de tres lámparas: la psicopatología clínica, la historia y la epistemología. La historia y la epistemología, a menudo dejadas en el olvido, muestran que este tipo de locuras discretas se originó en el momento mismo que se opuso frontalmente la locura y la cordura (la psicosis y la neurosis, en nuestros términos), oposición de la que surgió la psicopatología moderna, hace ya más de doscientos años. Sobre este binario se edificó la psicopatología actual. Todo modelo binario —de acuerdo con Lévi-Strauss, Barthes y otros— favorece la elaboración de un saber, pero un saber un tanto artificioso por el contraste especular que establece entre sus elementos. Pues bien, apenas se edificó la frontera entre ambos territorios saltó a escena el semialienado, por usar el término de Leuret. Este medioloco o loco lúcido o razonante está presente desde entonces y encarna a la figura tradicional del loco parcial, es decir, el loco antiguo. Basta con que hagamos una psicopatología categorial o estructural para que nos encontremos con esta presencia. Siempre ha sido así y será así. La psicosis ordinaria es un proyecto de investigación de un tema tradicional, aunque enfocado con los elementos de la nueva clínica nodal. De momento estamos en ello y no conviene precipitarse, menos aún con este asunto cuyas soluciones serán siempre provisionales.

Por Ángela González

2018-04-16T11:01:01+00:00 16/04/2018|Categorías: Entrevistas, Noticias|Etiquetas: , |