Jesús Morchón Sanjosé: semblanza de José María Álvarez y Fernando Colina

El pasado 20 de setiembre, tuvo lugar en la Fundación Sierra Pambley de León, una presentación del libro de José María Álvarez, Estudios de psicología patológica, organizada por la Asociación Castellana y Leonesa de Salud Mental (ACLSM).

El evento fue presentado por Jesús Morchón Sanjosé y contó con la presencia de José María Álvarez y de Fernando Colina.

 

Ante todo, agradecer a Roberto Martínez de Benito, colega y amigo, compañero de desazones y fatigas, que me propusiera participar en este acto de presentación del nuevo libro de José María «Estudios de psicología patológica.

Espero no se arrepienta porque no voy a hacer una presentación al uso. José María, Colina, su obra, se presentan solos, y por eso me voy a permitir unas palabras, no demasiadas, desde la nostalgia, la admiración, el afecto y, sobre todo, el agradecimiento que los dos me despiertan.

Como no quería repetir la traumática experiencia de hacer sustituciones de verano en pueblos perdidos de Tierra de Campos, ni volver a temblar de miedo cada vez que me llamaban al busca, ni tratar de adivinar qué le duele a un niño que berrea, me encerré unos meses en casa para preparar el temido MIR, con la buena fortuna de aprobar a la primera tentativa, lo que abría la puerta de mi destino como flamante médico especialista.
Me incliné por la Psiquiatría porque había leído con entusiasmo varios escritos de Freud en los atractivos libros de la colección de Alianza Editorial y, sobre todo, porque me mareaba al ver la sangre y me pasé la carrera ideando todo tipo de estrategias para evitar los quirófanos, ya que la única vez que no pude eludirlos caí rendido, a plomo, en medio de una autopsia, a los pies del Dr. Pelegrín, catedrático de Medicina Legal.

Como es comprensible huí del Hospital Clínico Universitario como de la peste y elegí para hacer la especialidad el Hospital Psiquiátrico Dr. José María Villacián, centro que solo conocía desde fuera pero donde enseguida me sentí como en casa, dentro.
Para alguien que, como yo por aquel entonces, inicia un camino en Psiquiatría con el escaso bagaje de una titulación médica que apenas aseguraba un conocimiento teórico básico, es fundamental toparse con un lugar de formación y con un tutor acogedores.
No me equivoqué.

Me formé en un Hospital Psiquiátrico. En un manicomio. Denostado. Merecedor de los infiernos y de la desaparición. Era, como mis compañeros, un residente de segunda, alejado de la cátedra, del saber reconocido, del prestigio del Hospital Universitario.
Pronto me di cuenta que mi recorrido no iba a ceñirse únicamente al conocimiento de los manuales diagnósticos ni a la frialdad científica de los neurotransmisores y me sentí orgulloso de poder estar cerca de un grupo de profesionales que tuvieron la suficiente valentía y entereza de desarrollaren tiempos oscuros, un modelo teórico y de asistencia del que mamamos sucesivas promociones de residentes.

Y tuve la suerte de que Fernando Colina fuera mi tutor.

El tutor es el punto de referencia, quien canaliza una formación basada en el aprendizaje activo. El que vela para que se adquiera una autonomía progresiva. El que dirige, sin que se note, un proceso cuya finalidad es favorecer el pensamiento crítico, la toma de iniciativas y de decisiones, la responsabilidad progresiva y la implicación personal del residente.
Fui afortunado al caer en un lugar imbuido por el psicoanálisis, arropado por un tutor que me inculcó el respeto por el sujeto y por su biografía.
Me enseñó a escuchar y a soportar el silencio.
Me ayudó a afrontar el miedo que concita la locura cuando se acerca a lo siniestro, a lo esencial.
El loco dice cosas que despiertan demonios personales que tocan lo más íntimo, lo más recóndito. Afloran entonces en el residente novato angustias que le convierten en frágil y vulnerable.
El tutor le guía por esos parajes desolados.

El suicidio es la más terrible de esas experiencias.
La incredulidad inicial.
El sentimiento de haber fallado, de ser juzgado por los otros.
La culpa por no haber actuado con presteza, por no haber adivinado lo que podía pasar.
Momento delicado para un residente todavía tierno.

Mi primer suicida fue María Eugenia.
Joven, atractiva, vital, voluble.
Dura y sensible.
Dulce y huraña.
Alegre y desesperada.
Recelosa y abierta.
Sola.

Me regalaba libros sobre Gandhi con dedicatorias que me hacían sentir en el paraíso de los terapeutas.
Se suicidó de una manera perversa, complicada, como ella misma.
Demasiado compleja para ser entendida por un residente de primer año que la había visto en consulta unos días antes.

La muerte de María Eugenia me confrontó de manera brutal, sin anestesia, con la parte más salvaje de la locura.
Colina me vio tan desvalido, tan roto, que no dudó en lanzarme un salvavidas paradójico revestido de socarronería. Durante días me saludó con la palabra asesino y esa palabra, que utilizada por cualquier otro hubiera resultado definitivamente dañina, me salvó.
Solo Colina es capaz de hacer cosas así.

José María apareció también el primer año de mi residencia. Fue una revelación. Venía de Barcelona con la brillante aureola de ser autor de una tesis sobre la paranoia, como Lacan.
Su figura afilada y lánguida, su melena lacia, recordaban a los juglares que recorrían los castillos medievales regalando sus versos y la música de sus laúdes.
Él nos regaló su sabiduría inabarcable, porque enseguida nos dimos cuenta que José María era un sabio. Lo había leído todo y, lo más importante para nosotros, transmitía ese saber con elocuencia, claridad y entusiasmo.
Sus conocimientos se posaron dulcemente sobre nuestros cerebros casi vírgenes, sembrando el anhelo por descubrir a los héroes de la psiquiatría de los que nos hablaba con una familiaridad asombrosa. Tal parecía que compartiera tertulia con Clerambault en el Café del Sol de la acera de Recoletos o paseos con Schreber en los tranquilos atardeceres de Las Moreras.
Sus seminarios alcanzaron la categoría de míticos y nos sirvieron también para empezar a mirar de frente, sin complejos, a nuestros petulantes colegas del Hospital Clínico Universitario. Si ellos proclamaban su cercanía a la cátedra, fuente de la sabiduría oficial y reconocida, nosotros empezamos a presumir de José María y sus seminarios.

Ya por entonces comenzaron a circular leyendas sobre sus hazañas que daban cuenta de una hiperactividad imposible: José María viajaba con una maleta repleta de libros que devoraba durante noches en vela. Lo único que podía alejarle de la lectura era un partido del Madrid. Su organismo titánico y desmedido no tenía necesidad de descansar ni dormir, lo mismo era capaz de resistir interminables partidos de frontón que de subir y bajar el Tourmalet en bicicleta, por las rampas más duras y sin ningún reposo.

Colina y José María eran maestros en los seminarios y en la supervisión, pero su magisterio continuaba en las cafeterías y en los pubs.

Colina, sobre todo, que es más cotilla, nos pedía con su reiteración habitual a residentes y alumnos internos, que le sacáramos de copas al Europa Delicias, al Maravillas o al Continental. Extremadamente moderado en sus hábitos siempre se fijaba un tope máximo que nunca sobrepasaba la una de la madrugada.
Nos dejaba continuando las rondas y siempre tenía información precisa de cómo había terminado la noche, indefectiblemente con algún alumno interno caminando a gatas por los jardines del Campo Grande.
En esas veladas inolvidables hablábamos de lo divino y de lo humano, pero había temas recurrentes a los que casi todos éramos aficionados: el cine, los toros, el boxeo,…
Destripábamos las películas que nos habían entusiasmado (recuerdo Las amistades peligrosas o El séptimo sello), no nos perdíamos los documentales de televisión sobre combates históricos comentados por Héctor del Mar y reverenciábamos a Joselito, a Roberto Domínguez y a Rafael de Paula, el inspirador de La muerte callada del toreo de Bergamín.
Se ocupaban de nuestro espíritu y también de nuestro cuerpo. Recuerdo con nostalgia alguna reunión en la casa de la Plaza Tenerías degustando pastelitos de Marina y zampando a dos carrillos los deliciosos bombones de Palacios mientras contemplábamos el perfil del Pisuerga.
Fue por aquel entonces cuando me convertí en «El Fino», pseudología fantástica trasunto de novillero pinturero que abandonó una prometedora carrera en los ruedos para probar suerte en la Psiquiatría y que todavía me creo, avalada por una montera manchada con auténtica sangre de toro obsequio de mis compañeros al abandonar aquella particular Arcadia.

Debo a Colina y a José María el entender la psiquiatría como una disciplina que hunde sus raíces en la filosofía, en el humanismo, en la ética. La historia de la psiquiatría comienza en Epicuro, en Séneca, en Aristóteles, en Platón, en Cicerón, filósofos que consuelan las penas del alma.

Debo a Colina y a José María el descubrimiento y la lectura de los clásicos (Pinel, Esquirol, Falret, Baillarger, Seglas, Clerambault, Freud,…) y de los auténticos maestros de la psicosis (Wagner, Schreber).

Debo a Colina y a José María utilizar sin reparo las palabras manicomio, loco, locura. Al contrario, las elijo como enseña, como bandera.

Debo a Colina y a José María el respeto por el loco, por su subjetividad irrenunciable, por la sinceridad de su discurso: el loco dice verdades como puños.

Debo a Colina y a José María el entender la locura como un intento de solución, de reequilibrio, que el sujeto necesita para no quedar desnudo, indefenso. Me enseñaron a ser cuidadoso, delicado con ella. A ver al loco como a alguien partícipe, responsable, no como a un títere manejado a voluntad.

A Colina y a José María, además de su magisterio, hay que agradecerles su papel como salvadores de textos fundamentales de psicopatología a los que dieron cobijo en la colección de Historia de la AEN, en la colección de Clásicos de la Psiquiatría o en la Biblioteca de los alienistas del Pisuerga, y hay que agradecerles que escriban tan bien. Manejan el lenguaje con precisión y belleza. Deseo sobre deseo, La invención de las enfermedades mentales, El saber delirante, Las voces de la locura, Estudios sobre la psicosis o los artículos de las «Crónicas del manicomio» reunidos luego en el volumen De locos, dioses, deseos y costumbres, son clara muestra de ello.

A Colina siempre le digo que tiene una novela dentro que deseo escriba alguna vez. Seguramente una novela de tesis, repleta de personajes perversos y atormentados por pasiones poderosas. Rusos trasladados a tierras castellanas.

Colina y José María han ido puliendo a la par su figura y sus teorizaciones. Compiten en la delgadez de un cuerpo cada vez más magro en búsqueda permanente del ascetismo y la espiritualidad, y van completando una obra ya clásica, erudita, brillante e innovadora de la que el libro que hoy nos convoca aquí es un eslabón más del que no podemos más que congratularnos.

Una gran parte de mi vida profesional se ha desarrollado en un manicomio. Soy carne de manicomio.
Llevo ya demasiados años de director de un manicomio, que, quiero pensar, he ayudado a transformar en un lugar donde se trata a la locura con dignidad y respeto. Donde se da a cada sujeto el espacio y el tiempo que necesita para seguir adelante.
En este tiempo he llevado conmigo a todas las personas de las que aprendí algo y he procurado ser fiel a sus enseñanzas. Especialmente a Colina y a José María.
Durante estos años, en los momentos difíciles y duros, todavía me sorprendo pensando ¿qué habría hecho Colina en este embrollo?, ¿cómo saldría José María de este lío?

Gracias maestros.

Imágenes del evento