Un Demócrito de nuestros días

A propósito de la doctora Kay Jamison, la experta en trastorno bipolar

I. Virtudes estabilizadoras de la ciencia

Hace un par de años leí Una mente inquieta. Testimonio sobre afectos y locura (1995), de K. Jamison. Me entusiasmó tanto que hice un resumen y lo envié a algunos amigos. Desde entonces le he dado muchas vueltas y he leído otras cosas de esta autora. Me admira la descripción de algunas experiencias de su locura y me hace pensar en las diferencias tan abultadas de la psicosis maniaco-depresiva y la paranoia-esquizofrenia, al menos según el enfoque de la autora. Pese a no gustarme nada lo que dice con respecto a las enfermedades mentales, he tenido muy presente este libro en mis cavilaciones sobre la locura. Tocante a la doctora Jamison podemos aplicar lo que Miller señalara en su intervención en el congreso celebrado en Ginebra el 4 de junio de 1988, después publicado con el título La psicosis en el texto: la locura en el texto implica tanto la psicosis como objeto de estudio en un texto, como la propia locura del autor de ese texto.

Hasta hace unos días no sabía de qué hablaría esta mañana. Y de pronto se me ocurrió la figura de este nuevo Demócrito, la doctora Jamison, la bipolar que se ha dedicado a la investigación de la enfermedad que padece. (En un apéndice del Tratado de la Risa (1579), Laurent Joubert incluyó una carta que ha dado mucho que hablar. Se trata de la epístola de Hipócrates a Damageto titulada «La causa moral de la risa del excelente y muy renombrado Demócrito». De acuerdo a lo que ahí se cuenta, alarmados los abderitas por la creciente risa del sabio Demócrito (que en ocasiones también se ponía triste), decidieron llamar al más famoso médico griego. Tantas y tan sonoras eran las carcajadas que profería el filósofo, que sus convecinos pensaron que se había trastornado. Tras conversar con él largo y tendido, Hipócrates determinó: «Es lo que sospechaba, Damageto, Demócrito no está loco, sino que es el más sabio de todos. Nos ha hecho más sabios, y a través de nosotros a todos los hombres del mundo»).

Lejos de lo que se dice de Demócrito en cuanto a que nos ha hecho más sabios, las obras científicas y las memorias de la Dra. Jamison están sujetas a las coordenadas de nuestro […] y a buen seguro caerán pronto en el olvido. Cientificismo, trastorno bipolar, origen biológico de las enfermedades mentales y tratamientos farmacológicos como primera o única elección son las consignas que transmite esta autora, en esto fiel representante de la corriente hegemónica de la psicología clínica y la psiquiatría actuales. Mientras algunos seguimos reivindicando la histeria, la melancolía y la paranoia, los de la verdadera psiquiatría han erigido al trastorno bipolar en su buque insignia, una enfermedad que no hace mucho sólo se diagnosticaba al 1 % de la población y que hoy día se ha multiplicado de forma espectacular, pues se estima que un 25% de estadounidenses padecen este mal.

Sea a través de sus libros científicos o de sus memorias, como decía, el mensaje que transmite Kay Jamison es el que la APA viene propalando desde hace casi cincuenta años, cuando a raíz de la publicación del DSM-III creó una agencia de marketing y publicidad destinada a erigir el mito de la enfermedades mentales naturales. El caso es que a la Dra. Jamison no le ha ido mal con este asunto: enferma de locura maniaco-depresiva, se ha hecho un nombre como experta científica en bipolaridad. En esto, su proyecto vital es un éxito admirable, aunque lo que promueve en sus obra sea muy criticable, tendencioso y contribuya a afianzar la creencia en las enfermedades mentales como hechos de la naturaleza.  

Sin embargo, no somos quien para juzgar, de acuerdo con nuestros gustos, lo que nos sirve a cada uno para estabilizarnos, incluido el delirio. Desde el punto de vista de su función, los delirios no son mejores por ser scherberianos, lacanianos, freudianos, kraepelinianos o desemetrianos; eso no importa: tanto da que alguien se estabilice con un delirio que contradiga nuestra teoría como con otro que la confirme. Lo que importa es el reequilibrio.

Aunque no somos quienes para valorar mediante nuestros gustos los estabilizadores de los otros, sí podemos discutir con ellos acerca de las teorías que exponen en la plaza de las ciencias o de las letras. Quiero decir que podríamos discutir con Joyce sobre literatura, pero no juzgar si su síntoma nos gusta más o menos. Y lo mismo podemos hacer con las teorías que defiende Jamison. 

Al final de su ensayo sobre el Paul Schreber, Freud se pregunta si su teoría es más o menos delirante que la del paranoico doctor Schreber. Tenía razón Freud, puesto que las ideas raras no definen al delirio; ni las ideas raras ni tampoco las más ajustadas a la realidad. Ni siquiera vale para definir un delirio que las ideas que se profesan sean contrarias a la ciencia, pues muchas ideas científicas son verdaderamente delirantes. Eso decía François Leuret, cuando, tras un amplio periplo por los principales hospitales de París, concluyó que le era imposible distinguir, por su sola naturaleza, una idea loca de una idea razonable.

Desconozco si la doctora Jamison delira con la ciencia tanto como yo deliro con lo contrario. Pero tanto a ella como a cualquiera de nosotros se nos pueden pedir argumentos sobre lo que hablamos en la plaza de las ciencias. De ello trataré brevemente tras mencionar algunas claves vitales de las que informa en sus memorias y entrevistas.

II. La doctora Kay Jamison

«Al mes de firmar el nombramiento como profesora asistente de psiquiatría en la Universidad de California en Los Ángeles, iba ya firmemente hacia la locura. Era 1974 y tenía 28 años. Tres meses después, mi estado

maníaco me hacía irreconocible mientras iniciaba una larga y costosa guerra contra la medicación que, años más tarde, yo misma recomendaría efusivamente a otros. Mi enfermedad, y mis luchas contra el fármaco que terminó por salvarme la vida devolviéndome la lucidez, habían ido forjándose a lo largo del tiempo». Estas palabras abren la patografía Una mente inquieta. Testimonio sobre afectos y locura, de la Dra. Kay Jamison (es el primero de sus libros de memorias; el segundo, Nada es como era, relata la relación con marido, el psiquiatra Richard Jed Wyatt, quien era Jefe de la Subdivisión de Neuropsiquiatría del Instituto Nacional de Salud Mental hasta su muerte en 2002). En Una mente inquieta, obra de lectura ágil y útil para acercarnos a las experiencias maniaco-depresivas, lo que llama la atención es la dificultad para seguir el hilo del sujeto. Da la impresión de que los sucesos están descoyuntados, que faltara el engrudo que los conjuntara, el engrudo de la subjetividad.

Kay Jamison es una conocida y reputada experta mundial en trastorno bipolar, la enfermedad mental que ella misma padece e investiga. Los estudiosos del tema conocerán o habrán leído algunas de sus publicaciones, sobre todo Manic-Depressive Illness: Bipolar Disorders and Recurrent Depression, 2.ª ed., Hardcover, 2007 (1288 pp.), del que es coautora con el psiquiatra Frederick K. Goodwin (un libro patrocinado por los más importantes laboratorios farmacéuticos), y sus estudios sobre el suicidio, y las relaciones entre la creación y la depresión, especialmente la monografía Marcados con fuego. La enfermedad maníaco-depresiva y el temperamento artístico, publicada en español por FCE en 1998.

Al menos entre los especialistas estadounidenses y muchos seguidores de la corriente psiquiátrica hoy día hegemónica, el nombre Kay Jamison se asocia a la investigación biomédica de la bipolaridad y a la lucha contra el estigma de esta enfermedad de «origen biológico que actúa en la esfera mental», como ella la define. «[…] la enfermedad maniaco-depresiva es hereditaria, impredecible y, con frecuencia, fatal» (Una mente inquieta, p. 146).

Jamison estudió Psicología clínica en la Universidad de California y se doctoró en UCLA. Fue una destacada investigadora en neurociencias y profesora de psiquiatría en diversas universidades americanas, especialmente en la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins. Es una fiel representante de la mentalidad cientificista, rotundamente convencida de la cualidad biológica (genética) del trastorno bipolar, del que, quizás lleva por algún exceso, afirmó en 2000 que las «las tasas de concordancia entre gemelos MZ para el trastorno bipolar era cercana al 100%», cosa que se le ha criticado por falta de prueba alguna. Más tarde se ha disculpado por esas declaraciones, alegando las complejidades propias de la neurogenética. Amiga de los datos y los números, en su obra Exuberance: The Passion for Life, sostiene que un 15 % de personas que podrían ser diagnosticados de maniaco-depresivos, es posible que jamás lleguen a deprimirse y que muestren siempre un perfil vital «alto», como el Presidente Theodore Roosevelt. Ella misma se define como una persona «exuberante», proveniente de una familia de bipolares (su padre, en especial).

Jamison ha contribuido con entusiasmo a divulgar las desgracias, peligros y atractivos de la enfermedad bipolar, de la que se ha convertido en, como un Demócrito moderno, en estudiosa y enferma. Preguntada acerca de si fue fácil para ella hablar de sus experiencias enfermizas al gran público, afirmó: «¿Cómo podré contar que quise matarme a mí misma? ¿Realmente podré hacerlo? Y, sin embargo, al final de la jornada tú sabes que lo hiciste porque a fin de cuentas suponías que podría ayudar a alguien. Será una parte, aunque sea una pequeña pieza en el propósito de ayudar a lograr que la gente se sienta mejor. Si la gente que ha tenido cáncer de mama puede hablar sobre su enfermedad, ¿porqué la gente que tiene enfermedades mentales no podría hablar sobre su enfermedad mental? Hasta que no seamos capaces de hacer eso, no seremos tratados con el mismo respeto que otras personas portadoras de sus respectivos padecimientos».

A Jamison le gusta vestir su ideas con números, estadísticas y gráficas. Como muchos otros, ella cree que echando unas cuentas, haciendo algunos estudios epidemiológicos y trazando unas gráficas, la verdad habla. Por ello se le ha criticado su cientificismo y su discurso monocorde. Se le ha criticado también la ramplona psicopatología (sin ningún rubor hace equivaler el DSM-III y el IV a la psicopatología) que da sustento a sus estudios, el desprecio por la historia (en su libro Marcados con fuego despacha en tres líneas el análisis histórico y escribe: «los excesos de la especulación psicoanalítica, junto con otros abusos de la psicobiografía, se han ganado un merecido ridículo») y el «provincianismo intelectual», según palabras de Enrique Escobar, autor de una excelente reseña de esa obra para la Revista chilena de neuro-psiquiatría. Por su brillantez y valor, vale la pena evocar las palabras de Escobar: «Kay Jamison sufre de provincialismo intelectual, tan propio de la psiquiatría americana de fin de siglo que se conduce como si esta ciencia fuera obra exclusiva del país del norte; este aldeanismo le provoca una ceguera absoluta para lo que se había avanzado y trabajado hasta esos instantes. Recuerda un conocido dicho español: «para un hijo que siempre ha almorzado en casa, no existe otra sopa de sabor distinto y mejor que la de mamá»».

Uno tiene que hacerse cargo de lo que propone y defiende. Nadie puede reprochar a la Dra. Jamison sus creencias. Sí le puede reprochar el uso que hace de ellas cuando afectan a los otros. Y puede asimismo rebatir con ella acerca de las contradicciones que se observan en sus obras, relativa, la más importante, a la cuestión de la creación y la bipolaridad. En Tocado con el fuego: Enfermedad Maniaco-Depresiva y el temperamento artístico (1993; véase también 1990), Jamison argumenta que hay una asociación significativa entre la creatividad y la bipolaridad. Así como destaca la capacidad creativa de la bipolaridad, Jamison también sugiere, de paso, que la esquizofrenia es de alguna manera incompatible con la capacidad o potencial creativo; ahora bien, téngase presente que ella describe la esquizofrenia como un trastorno demencial parecido a la enfermedad de Alzheimer. Contrario a su opinión, Louis Sass ha criticado esta perspectiva según la cual la esquizofrenia es improductiva y la bipolaridad es creativa, argumentando que hay muchos esquizofrénicos o esquizoafectivos o esquizotípoicos que han dejado importantes obras: «[…] probables esquizofrénicos (o posiblemente esquizoafectivos) como el poeta Friedrich Hölderlin, el escritor y hombre del teatro Antonin Artaud, y el bailarín Vaslav Nijinsky; por probables esquizoafectivos como August Strindberg y Gerard de Nerval; por personas claramente esquizotípicas (o posiblemente esquizofrénicas) como Alfred Jarry y Raymond Roussel; también como por muchos individuos que parecen ser de un temperamento marcadamente esquizoide o esquizotímico, incluyendo a Baudelaire, Kafka, Joyce, Beckett, Nietzsche, Wittgenstein, de Chirico, Salvador Dalí, Marcel Duchamp y Andy Warhol. Estos escritores, filósofos y artistas son (para bien o para mal) responsables de alentar algunas de las innovaciones más profundas del arte moderno y de la conciencia moderna». Más sea como sea, tanto la interpretación de Jamison como la de Sass defienden la existencia de enfermedades independientes. A ninguno de los dos se le ha ocurrido pensar que se trata más bien de construcciones discursivas que dan alojamiento a un sujeto, siempre atento a las posibilidades de estabilización que le ofrece el desplazarse de uno a otro polo de una locura única.

III. La creación, la bipolaridad y el sinthome

Pero más allá de esta perspectiva parcial, lo importante es el argumento y las implicaciones que conlleva: ¿si la enfermedad bipolar es biológica y está determinada genéticamente, a quién debemos atribuir la obra creada por el enfermo?

«El escritor –dice M. Yourcenar– es el secretario de sí mismo. Cuando escribo realizo una tarea, estoy bajo mi propio dictado». (M. Yourcenar, Les Yeux ouverts, entretien avec M. Galey, Le Centurion, París, 1980, p. 156). Como psicoanalistas y estudiosos de la psicología patológica, lo primero que tenemos que hacer ante el texto de un loco introducir en él un sujeto. Esto quiere decir que no podemos asimilar la locura a una enfermedad de la naturaleza ni hacer equivaler al loco a un ser deficitario, con sus facultades mermadas por la enfermedad. El sujeto es el que maniobra y conduce, para bien o para mal, el barco de su propia locura, el que decide y elige, el que trabaja en pos de un reequilibrio o se acomoda y baja los brazos. Estos hechos se aprecian con toda luminosidad en la lectura que hacemos de Schreber, a quien vemos enloquecer en una coyuntura muy precisa y a quien seguimos la pista de sus intentos de reequilibrio.

Como decía, es muy difícil seguir la pista de Jamison en sus propias memorias. Su padre era aviador de las fuerzas aéreas y científico, «la gustaba volar y, como buen metereólogo, su mente y su alma terminaban por estar en los cielos» (p. 21). Cuando era niña, Kay se emocionaba al oír el himno de las fuerza aéreas, en especial el verso: «Subiendo muy arriba, hasta el sol». Una tarde, mientras jugaba en la base, presenció una tragedia: uno de los aviones de la base se precipitó al vacío y se estrello a pocos metros de donde jugaban los niños. Podría haber sido su padre, pero fue otro el piloto que se mató, un héroe que eligió no saltar en el aire para que el avión se estrellara fuera del patio de juegos. «Después de aquella tarde –escribe Jamison–, ya no solamente vi grandiosidad y belleza en el cielo, pues en él había también un lugar para la muerte» (p. 23).

Recojo estas pinceladas de las memorias sin ánimo alguno de interpretar a la doctora Jamison como un caso clínico. Pero me llama la atención de su relato los detalles que da de los accesos maniacos y del subidón que le producen, y cómo ese subidón está ligado al cielo: «Mi mente volaba alto aquella mañana gracias a quién sabe qué brebaje brujeril de neurotransmisores había programado Dios en mis genes» (pp. 53-54). Y, en otro momento, escribe: «Era difícil para mí renunciar a los altos vuelos de la mente y de la afectividad, incluso si las depresiones que venían sin remedio a continuación pudiesen costarme la vida» […] «Pero cuando una ha tenido las estrellas a sus pies y los anillos de los planetas al alcance de la mano, cuando se ha acostumbrado a dormir cuatro o cinco horas y de pronto duerme ocho, cuando le ha sido posible permanecer en pie toda la noche durante días y semanas y de repente ya no puede, encuentra muy difícil adaptarse de nuevo a un horario de rutina que, si bien es bueno para la mayoría, resulta restrictivo, poco fructuoso en apariencia y mucho menos embriagador. Cuando me quejo de ser menos alegre, de tener menos energía, menos empuje, la gente suele responderme: «Bueno, pero ahora eres como todos mundo», y con eso pretenden, entre otras cosas, darme ánimos. Pero yo me comparo con quien fui, no con todo el mundo. No sólo eso, trato de equiparar la que soy en la actualidad con la mejor de mis momentos anteriores, bajo la influencia de una ligera manía. Cuando me siento normal como ahora, estoy muy lejos de aquella intensa, extravertida, productiva y efervescente vitalidad. En suma, no creo ser alguien envidiable.

«Y añoro mucho a Saturno». (pp. 96-97).

Es admirable en esta autobiografía el énfasis que la autora pone cuando trata del goce y la plenitud de los accesos maniacos: «Me había vuelto adicta a mis crisis maniacas, dependía de su intensidad, de su euforia, de su seguridad y de su infecciosa maestría para inducir el buen humor y el entusiasmo en otra gente». (p. 103). Y también: «Los estados maniacos producen una especie de adicción muy difícil de solucionar» (p. 132); en síntesis: «Existe una clase especial de dolor, de júbilo y de espanto dentro de este tipo de locura» (p. 73).

Al final del libro (p. 202 y ss.), Jamison se pregunta si su labor será vista, a partir de la publicación este libro, como una actividad influida por su problema (enfermedad). A mi manera de ver, en realidad, el hecho de dedicarse al estudio de los trastornos afectivos ha sido parte de su salvación o solución del problema. Dedicarse al estudio de lo bipolar, pero, sobre todo, hacerlo desde el punto de vista de la ciencia. Lo dice muy claro al final: «Salirse fuera del manto de la objetividad académica es una perspectiva aterradora» (p. 203). Claro, porque salirse fuera implica preguntarse por las cosas de cada uno, y en ese caso ya no resultarían tan tranquilizadoras las respuestas genéticas o de enfermedades. Por eso la ciencia, más allá de lo que aporte en el terreno del conocimiento, es, como lo fue Dios en los siglos pasados, uno de los más vigorosos apoyos a los que se agarra el psicótico para equilibrarse.

Se puede o no estar de acuerdo con las teorías que profesa Kay Jamison sobre la locura. Desde luego, más importante que la contribución realizada en este campo es, con toda seguridad, la estabilización que consiguió de su locura manico-depresiva. Esa es su auténtica creación, su invento más genuino. La Dra. Jamison ha conseguido hacerse un nombre en el firmamento la psicología clínica y la psiquiatría, un nombre vinculado precisamente con la locura maniaco-depresiva, la locura que ya padece.

Prefiero pensar que esta creación sinthomática es su propia obra, el resultado de su trabajo delirante para mantenerse a flote. Prefiero pensar esto que atribuir el éxito al litio, que supuestamente reequilibra los genes de un padre que le transmitió algo loco y celestial. También prefiero pensar que la locura melancólica no es ni más ni menos creativa que cualquier otro estado mental. Porque, en todo caso se necesita un sujeto capaz de hacer de la esterilidad de la locura algo verdaderamente «exuberante», significante en el que ella se reconocía.

José María Álvarez
Publicado en Siso•Saúde Nº 56-57 (invierno 2015)

2017-06-24T19:44:02+00:00 24/05/2015|Categorías: Artículos, Noticias|Etiquetas: , |