Elecciones del sexo – Entrevista a José María Álvarez

A propósito de las 13ª Jornadas de la ELP

Elecciones del sexo – De a norma a la invención

 

En materia sexual muchos de esos cambios se deben a Freud. Lo llamativo, en mi opinión, es que pese a mostrarse un tanto conservador con la cuestión del falo –el famoso falocentrismo freudiano–, en lo tocante a la sexualidad, buena parte de los cambios a los que asistimos hoy día derivan de los descubrimientos que él realizó: en ocasiones inspiran nuevas vías de conocimiento, y otras veces sirven de motivo de crítica, con lo que, se quiera o no, determinan también el rumbo de las investigaciones.

Contamos en esta ocasión en Tiresias, en la recta final hacia las próximas Jornadas de la ELP, con la palabra de José Mª Álvarez, miembro de la ELP y de la AMP.

Tiresias: En el marco de las próximas Jornadas de la ELP trabajaremos, como sabes, acerca de las elecciones de sexo, del registro que va de la norma a la invención. Es un tema que nos convoca ya que asistimos cada vez más a cambios y alternativas que sin duda afectan o afectarán a nuestra forma de abordar la clínica. ¿Qué puedes decirnos de estas nuevas alternativas, como escuchar por ejemplo el llamado -y la llamada de algunas comunidades- al tercer sexo?

JM Álvarez: No sé si el mundo ha cambiado tanto como dicen o si en él coexisten lo inédito y lo de siempre, coexistencia que de existir no debe ser nada fácil a juzgar por el ruido de fondo que produce. Pero sí creo que en materia sexual muchos de esos cambios se deben a Freud. Lo llamativo, en mi opinión, es que pese a mostrarse un tanto conservador con la cuestión del falo —el famoso falocentrismo freudiano—, en lo tocante a la sexualidad, buena parte de los cambios a los que asistimos hoy día derivan de los descubrimientos que él realizó: en ocasiones inspiran nuevas vías de conocimiento, y otras veces sirven de motivo de crítica, con lo que, se quiera o no, determinan también el rumbo de las investigaciones.

Como sabemos, los desarrollos lacanianos a propósito de la sexuación y del goce son tan actuales que incluso marcan tendencia, es decir, que lo que comprobamos a diario en las consultas u observamos en la gente de la calle, le da la razón a Lacan en un hecho sustancial: por lo que parece, cualquier intento de normativizar la cuestión del sexo resulta inaplicable por la sencilla razón de que el goce es autoerótico, y el hecho de que cada quien goce a su manera, hace imposible aplicarle el grillete de la norma. Como analistas, no contribuimos a pergeñar una normativa ni más progresista ni más retrógrada, sino que nos limitamos a respetar la invención de cada uno y tratamos de analizar esas respuestas en función de la inexistencia de un supuesto prototipo de la relación sexual.

Esta particularidad del goce determina además la proliferación de nombres con los que hoy día se pretende asignar una identidad a las formas de gozar, uno de cuyos últimos intentos corresponde a las siglas BDSM, con las que se intenta agrupar cierto tipo de prácticas y fantasías sexuales poco habituales. Con anterioridad a estos intentos de nominación e identificación, los estudios de género, mediante el énfasis puesto en la construcción social, contribuyeron a cuestionar la norma de las relaciones heterosexuales y el coito como fin por excelencia. En este contexto surge el llamado «tercer sexo» o «tercer género», cuyo ámbito semántico es amplio pues alude tanto a estado intermedio entre hombres y mujeres o un estado en el que se es ambos, como a un estado en el que no se es ninguno o se cambia de uno a otro, o se considera incluso una categoría aparte de lo masculino y lo femenino. Es ésta última acepción la que algunos consideran más apropiada para la denominación «tercer sexo».

Esta pléyade de nombres e intentos de identificación, esta proliferación de categorías y en su caso de diagnósticos, muestra a las claras de qué manera en materia sexual cunde el malestar y resalta hasta qué punto la opacidad del goce se escapa, como agua entre las manos, a cualquier norma o clasificación.

Por último, es necesario mencionar la contribución que aporta a las elecciones del sexo la endocrinología moderna y la actual cirugía, así como el acceso a ese tipo de prestaciones por cuenta de la Seguridad Social.

Pero la transformación mediante la castración no es algo reciente. Describe Luciano de Samóstata la historia de amor no correspondido y trágico entre Estratónice y Cambabo. Entre los elementos referidos en la narración de esa leyenda se puede leer la castración a la que fue sometido Cambabo para evitar su unión con Estratónice. Este hecho no es único, ni mucho menos. En la época de Imperio se pueden leer breves menciones a la práctica de la castración en hombres, un tipo de castración que no estaba motivada por algún castigo. Estos hombre mudados en mujeres se vestían con ropas femeninas y se ocupaban de actividades tradicionalmente asignadas a las mujeres.

Desde el punto de vista sanitario, por fortuna estamos muy lejos de la época de Luciano. Pero la diferencia más notoria no se refiere al progreso de la Medicina, sino que radica en el aumento de demandas de ese tipo de intervenciones, aspecto sobre la que volveré más adelante.

—«No es la duda lo que vuelve locos a los hombres, sino la certeza» es una frase de Nietzsche que resuena en la teoría de las psicosis de Lacan y que nos ubica, en rasgos generales, en la locura del lado de la certeza y en la neurosis con relación a la duda. Desde esta premisa, ¿qué podríamos pensar de los sujetos que se dicen absolutamente seguros, con certeza, que son mujeres atrapadas en un cuerpo de hombre, como ocurre con muchos sujetos transexuales? ¿Cómo abordar esto desde la clínica?

—La frase de Nietzsche pertenece a la autobiografía Ecce Homo, escrita en su periodo de locura álgida, de ahí que supiera bien lo que decía. Tendemos a pensar, sobre todo si el Seminario de Lacan dedicado a Schreber nos ha calado, que la certeza es lo más característico de la experiencia psicótica. Este elemento está presente en la mayoría de las caracterizaciones de la locura que realizaran los clásicos de la psicopatología. Pero Lacan en ese seminario asimila la neurosis a la pregunta —distinta en el caso del histérico y del obsesivo— y la psicosis a la respuesta, una respuesta que se da antes de que la pregunta se formule. Más allá del sustrato argumental que no viene ahora al caso, como imagen esta comparación es fabulosa.

Siempre que se la defina adecuadamente, la certeza, en mi opinión, es consustancial a la locura, por lo que no hay una sin la otra. Desde luego que los psicóticos también dudan. Eso nadie lo pone en cuestión. Dudan, como es natural, sobre cosas colaterales al corazón de su locura. Pero en lo tocante a su núcleo, la densidad de la verdad y del saber contenido en la certeza es distinta de la idea sobrevalorada, del fanatismo, de la estupidez o de raciocinio más acendrado. La certeza de la que hablan los psicóticos no sólo tiene un espesor especial que la distingue de las creencias o de las opiniones, sino que desempeña un papel crucial en el destino vital, organiza asimismo la forma de conducirse por el mundo y determina la mayor parte de las actividades cotidianas. Además de esa densidad tan llamativa que posee y del determinismo inexorable que impone, la certeza propia del loco suele apartarle del lazo social y condenarlo a una soledad radical. Pese a sus inconvenientes, como el pecio al que el náufrago se agarra en medio del océano, el loco se abraza a su certeza y la mantiene como el saber más auténtico e indeleble, como la verdad por excelencia de la que le daría vértigo dudar. Porque la certeza es necesaria para la locura, de ahí que cuando se pierde o se nubla, el sujeto cae en la perplejidad o en la melancolía. Y cuando se recupera y el sujeto vuelve a abrazarla, a veces dice entusiasmado: «Eureka, lo encontré».

Como decía, quizá la certeza sea la experiencia más genuina de la locura, siempre y cuando se añada que esa certeza le inhabilita para el lazo social y le conduce inexorablemente a la soledad más absoluta. Si la certeza pudiera llegar a compartirse y contribuyera a facilitar la amistad y las relaciones, entonces locura y certeza no serían términos equivalentes. En ese caso convendría revisar qué entendemos por certeza, no vayamos a equivocarla con creencias o ideas sobrevaloradas.

Tan loca es la certeza sobre el sexo, la identidad sexual o la discordancia con respecto al género, como lo es la certeza sobre Dios, la familia o el psicoanálisis. Porque en la experiencia de la certeza no importa cuál sea el objeto sobre el que se cierne, sino que importan tres aspectos característicos: en primer lugar, los relativos al saber incuestionable y a la verdad necesaria; en segundo lugar, los referidos al papel central que desempeña en la vida del loco; en tercer lugar, puesto que es una verdad incompartible, lo tocante a la exclusión de las relaciones a las que indefectiblemente aboca. Estas características pueden servirnos de guía en la clínica cotidiana, aunque el diagnóstico resulta a menudo bastante complejo y laborioso en aquellos casos en que la certeza coincide con la realidad, y aún más en aquellos otros que están cubiertos de una morralla de fenómenos obsesivos.

La locura puede ser ruidosa o silenciosa, común o estrambótica, discreta o llamativa, normalizada o enloquecida. Tan loca es una certeza que coincide con la realidad como otra que es extraña. Enfatizo esto para señalar la hipernormalidad con la que suelen presentarse muchos pacientes que solicitan informes para cambio de sexo. Desde luego, como más tarde mostraré, esa hipernormalidad es a veces cultivada, quiero decir que algunos solicitantes han aprendido muy bien el papel que deben representar para conseguir lo que vienen a buscar.

—El significante transexual es bastante joven, ¿cómo surge en la historia de la clínica psiquiátrica?

—Cualquier pregunta respecto a la historia de la locura o de las alteraciones psíquicas debe tener presente que el interés médico-psicológico por este tipo de perturbaciones es relativamente reciente, de ahí que a veces no sepamos muy bien si eso no existía o simplemente no se recogía en los documentos. Por otra parte, aun cuando la historiografía pudiera asegurar que tal o cual desarreglo se dio en determinado contexto y periodo histórico, caeríamos en el error si pensáramos que su valor clínico y su significación social es la misma que se le asigna hoy día. Por tanto, en esta materia debemos movernos con cierta cautela cuando franqueamos los límites del siglo XIX hacia atrás. Aunque la cuestión de la transexualidad se pierda, quizás, en la noche de los tiempos, en lo tocante a la historia de la psicopatología, las referencias al transexualismo y al travestismo fueron escasas durante el siglo XIX y primeras décadas del XX. Las menciono juntas, en principio, porque durante años se confundieron o no se diferenciaron. Citaré algunas de las más conocidas. La primera proviene de Esquirol y está publicada en su libro recopilatorio sobre las enfermedades mentales, titulado Des maladies mentales considérées sous les rapports, hygiénique et médico-légal y publicado en 1838. Se trata del caso de un hombre que se siente mujer y que padece, según Esquirol, una “inversion génitale”. Este autor lo considera un monomaniaco, lo que en su terminología quiere decir que razona perfectamente en todo lo que está fuera del epicentro de esa convicción.

Mucho más interesante son las dos descripciones que realizara Richard von Krafft-Ebing en su Psychopathia sexualis, obra amplísima que fue completada en los años veinte por el psiquiatra alemán Albert Moll. En esta obra se insiste en el «extraordinario deseo» que muestran algunos hombres por convertirse en mujeres, intenso deseo que les lleva a transformar no sólo las ideas y los sentimientos, sino también las sensaciones del cuerpo. La observación 354 presenta el caso de un hombre que se siente mujer. El valor documental de este texto, que por lo demás se nutre de un relato autobiográfico, no tiene parangón, en mi opinión, en esta materia. La observación 355 muestra el caso de una mujer que se siente hombre. Ambos tienen en común una “metamorfosis” (“una extraña transformación en todo su ser”, escribe Kraff-Ebing) que les sobrevienen durante una crisis típicamente psicótica. Abundante en manifestaciones locas, esta “metamorfosis sexual paranoica”, según califica el autor al primero de los dos casos, nos recuerda notablemente el «pousse-à-la-femme» de Paul Schreber: «Entonces sentí de pronto un cambio en mí —escribe el protagonista de la observación 354—, y me creí cercano a la muerte; salté con mis últimas fuerzas del baño, pero había sentido una libido exactamente de mujer (…) ¿Pero quién podría describir mi espanto, cuando a la mañana siguiente, al despertarme, me sentí completamente transformado en mujer y que al andar o estar de pie, tenía la sensación de tener vagina y senos?» Cito con cierta abundancia las palabras de este paciente porque esa experiencia psicótica de transmutación sexual, acompañada de alucinaciones auditivas y cenestésicas, contrasta con numerosos casos de transexualismo que atendemos hoy día, en muchos de los cuales apenas se perciben signos evidentes de psicosis.

Pero los casos de transexualismo eran muy escasos y apenas se hallan referencias en la literatura especializada. Uno de ellos puede encontrarse en The Sexual History of the World War (1930), de Magnus Hirschfeld, En ella, este médico berlinés informa de una joven que trató de alistarse en el ejército alemán para participar en la Gran Guerra. Después de algunos intentos infructuosos, Hirschfeld la examinó y la declaró “un hombre psicológico”, con lo que se le abrieron las puertas del ejército y sirvió como soldado masculino, convirtiéndose en un excelente combatiente. Hirschfeld, uno de los nombres ilustres de la historia de la sexología, desarrolló la teoría del tercer sexo, intermedio entre varón y mujer.

Seguramente el término ‘transexual’ proviene del artículo «Psychopathia Transexualis», que D. O. Cauldwell publicó en 1949 en la revista Sexology (vol. 16, pp. 274-280). En este texto se refiere a esos casos inusuales de personas que desean pertenecer al sexo que no es el suyo, como Earl, el caso que le da pie a su descripción. En ese momento, tal como anota Cauldwell, los casos de transexualismo eran muy escasos en la práctica y en la literatura especializada. En la década de los cincuenta, los términos «transexual» y «trasexualismo» se fueron paulatinamente extendiendo entre los especialistas, sobre todo gracias a las obras de Harry Benjamin (El fenómeno transexual, 1966) y de Robert Stoller (Sexo y género, 1968).

—¿Qué nos puedes decir de las posiciones de la psiquiatría, que resuelve estas certezas con la negación o directamente con la intervención quirúrgica eludiendo la mayoría de las veces al sujeto?

—Desde hace poco más de un año me ocupo, en el marco del trabajo hospitalario, de informar del estado psicopatológico de los solicitantes de cambio de sexo. En nuestra Comunidad, según el protocolo de atención sanitaria, las personas afectadas de «disforia de género”» —es la nueva categoría del DSM-V en la que se incluye a quienes experimentan una marcada incongruencia entre el género experimentado/expresado y el género asignado, incongruencia que debe darse durante al menos seis meses—, esas personas, decía, «necesitan un término diagnóstico que permita su acceso a la atención sanitaria y no sea usado para estigmatizar a la persona en el ámbito social, laboral o legal». Pues bien, quien solicita ese cambio debe pasar previamente por Salud Mental, de cuyo informe favorable depende el acceso al tratamiento hormonal y más tarde, si así lo confirma el sujeto, a la cirugía.

Este tipo de decisiones no son precisamente las más gratas de mi jornada laboral. Sabemos que algunos sujetos enloquecen en el proceso o después de haber culminado el cambio de sexo. Sabemos también que otros se intentan matar (algunos seguramente lo consiguen) cuando se les cierra las puertas al tratamiento hormonal y a la cirugía. Por otra parte, también sabemos que algunos sujetos que han culminado el cambio permanecen estables, sin crisis, sin contratiempos reseñables durante los años que podemos seguirles.

Mi experiencia en este asunto es escasa, por tanto todo lo que diga no tiene más valor que la mera opinión. Decir que todos los transexuales son psicóticos, cosa que se escucha a menudo en determinados lugares, no aporta gran cosa, ni siquiera aunque eso fuera cierto. Las afirmaciones tan categóricas me dan repelús, más aún cuando tienen vocación universalista. No sé si puede elevar al rango de signo patognomónico de psicosis el transexualismo. No estoy seguro.

Hasta donde sé, podría repartir, sin ánimo de hacer ninguna clasificación, entre varios tipos a los transexuales con los que trato habitualmente. En primer lugar, el sujeto «hipernormal», que de tan normal llama la atención. No se advierte en él ninguna discontinuidad, crisis, desencadenamiento, desanudamiento, llamémoslo como queramos, nada que indique una ruptura en su acontecer vital. Según dicen, desde siempre viven en un cuerpo que no se corresponde con ellos mismos. A uno de ellos sólo le he visto angustiado cuando se demoraba la posibilidad de iniciar el tratamiento hormonal. Cuando hablo con estos sujetos tengo la impresión de que en el transexualismo han encontrado un equilibrio mucho más potente que cualquier otro, sea delirante, fóbico, obsesivo o el que sea. Tengo curiosidad por saber cómo les irá dentro de diez años, por ejemplo.

Contrasta con este primer tipo el de los psicóticos fácilmente reconocibles. Por lo general han llevado una vida dura y marginal, con abuso de drogas y comercio sexual, etc. En estos casos, el empuje a la mujer no ha servido para reequilibrar la psicosis. Tampoco hay garantía alguna de que las hormonas o el bisturí les sirvan para algo; más bien al contrario.

Otro tipo bien caracterizado es el que presenta a sujetos que han sufrido un breve desencadenamiento, brevísimo, instantáneo a veces, e inmediatamente se ha rehecho con el proyecto de transformación en otro sexo. Se trata de sujetos más inestables, en esto distintos a los hipernormales, que han sufrido en la infancia algún tipo de abuso. Hace poco me decía alguien en la consulta que, cuando era niña, había sido violada y en ese momento pensó que si fuera chico, eso no le pasaría. Cuando el violador la dejó libre, fue a casa y lo primero que le dijo a su madre fue que quería tener «un pito». Estos casos son muy delicados a la hora de prever qué será de ellos cuando avance la transformación.

El último tipo incluye a algunos sujetos que, cuando rascas un poco, se revela una patología importante. A partir de cierto momento tuvieron una revelación o iluminación, o cayeron en la cuenta de pronto de que sus malestares anteriores estaban provocados porque viven en un cuerpo que no se corresponde con ellos mismos. La particularidad de este último tipo es que cuando, sea por lo que sea, se les niega la posibilidad de la realización transexual, entonces intentan matarse. A veces sólo ese hecho llama la atención y hay que dar muchos rodeos para averiguar a qué se debió tal intento de suicidio, cosa que no siempre se logra a la primera ni a la cuarta.

Desde luego que si con un tratamiento por la palabra se puede evitar el paso por el quirófano, siempre se opta la palabra. Pero la locura es muy brava y no siempre lo simbólico atempera esa furia autodestructiva y gozosa.

A mí la cuestión del transexualismo me hace ver la locura más como una solución que como una enfermedad. Es cierto que hay que estar bastante chiflado para acogerse a una solución de ese tipo, tan radical. Pero el caso es que a veces funciona. La cuestión es saber cuándo puede funcionar y cuándo no. Mejor dicho, a quién le puede funcionar y a quién no.

María Navarro

Funete: Tiresias – Publicación de las 13ª Jornadas de la ELP

2017-07-06T00:33:34+00:00 09/11/2014|Categorías: Entrevistas, Noticias|Etiquetas: |