Emilio Vaschetto: «Amor a muerte»

Reflexiones acerca de la agresividad y el extravío amoroso*

No a todo alcanza Amor, pues que no puede
romper el gajo con que Muerte toca.
Mas poco Muerte puede
si en corazón de Amor su miedo muere.
Mas poco Muerte puede, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte.
Creía yo, Macedonio Fernández

Siempre me llamó la atención el modo de concluir esta poesía de Macedonio: «Amor a Muerte». Ambas con mayúscula. Uno esperaría que allí se dijese: «el amor ha muerto» o «El amor es hasta la muerte», o «te amo hasta la muerte»… pero Amor a Muerte es una frase profundamente enigmática.

Vamos a tratar de ir desde esta perspectiva para tratar de desentrañar los lazos entre amor y agresividad en psicoanálisis.

Los que me conocen, saben que habitualmente dibujo en un pizarrón una línea divisoria e introduzco en dialéctica dos términos, dos conceptos o dos líneas de pensamiento contrastantes. Es un modo en el que me siento cómodo para transmitir lo que entiendo de psicoanálisis.

En la columna de la izquierda ubicaremos a Freud y en la de la derecha a Lacan; a su vez, escribiremos algunos conceptos de un lado y del otro. Una dialéctica, significa que en esta división los términos se mueven, o estarían en condiciones de desplazarse de un lado a otro.

FREUD

Amor

Vida

Narcisismo

Libido

Tragedia

Alienación

I-S

LACAN

Agresividad (odio)

Muerte

Estadio del Espejo

Goce

Extravío

Separación

I-R

Macedonio, el Amor a Muerte

Hace pocos días, releyendo el libro de Germán García acerca de Macedonio (Macedonio Fernández, la escritura en objeto], me encontré con lo siguiente:

La conversión del amor en odio es una ilusión, tendiente a proponer toda agresividad como reactiva, todo odio como el efecto de una frustración. Pero si el objeto de la frustración es real, el daño que produce es imaginario. El odio no es un amor negativo, tiene su propio origen. Freud ha mostrado que la matriz de las relaciones de odio no proviene de la vida sexual sino de la lucha del yo en la búsqueda de su afirmación y su reconocimiento. Se trata de esa lucha donde se pone en juego ‘el prestigio de las conciencias’, según la fórmula de Hegel. Que la agresión no aparezca en la ‘conducta’ de Macedonio, no dice nada sobre las tensiones agresivas que lo constituyen: la identificación del yo con los sufrimientos de la víctima introduce el dilema de la propia destrucción en la destrucción del otro. [1]

Es curioso, pero hace mucho tiempo cuando leí este poema, me parecía absolutamente amoroso y hoy —coincido con Germán García— me da la impresión de que es netamente agresivo.

García aclara en ese libro, que el caso de Macedonio no es el de aquél que ama intensamente, tampoco hay placer posible para su deseo. La escritura de Macedonio le permite soportar la agresividad, «escribe, dice García, para no matar».

Hay que señalar que la expresión más saliente que Lacan aisló de la tendencia suicida la encontró en el mito de Narciso. Trata menos de descifrar la estructura narcisística del amor y su desconocimiento que el irreductible factor letal que opera en la constitución del sujeto. Mientras que en el Freud de Introducción del narcisismo no vamos a encontrar referencia alguna a tendencias destructivas, para Lacan la tendencia suicida queda anudada a la función imaginaria. Es propio del narcisismo situarse inicialmente en el registro de la agresividad especular, en el campo erotizado de la relación del yo al semejante, cuando no en su separación mortal.

Precisamente, Freud llama a las mociones tiernas o positivas en la transferencia, «amor de transferencia», mientras que en ningún momento hablará de «odio de transferencia», pese a hacer mención a sentimientos hostiles por parte del analizante.

El germen de la agresión figura en el hecho de considerar que eso que es él mismo es adonde el sujeto apunta al golpear al otro en la ocasión; tal como Aimée, que buscando apuntar al objeto, ella golpea el kakon oscuro de su propio ser, el enemigo éxtimo en el cual su objetiva su tormento.

En «Posición del inconsciente» Jacques Lacan destaca que la operación de alienación, encarnada en la versión imaginaria de Narciso, es opuesta a la operación de separación que él rearticula a la pulsión de muerte freudiana (identificada al automatón de la cadena significante).

La tendencia suicida es susceptible de tomar dos valencias estrictamente opuestas: la de una irreductible alienación o la de un absoluto alejamiento. En la clínica estas dos valencias se articulan. Así, el recurso frecuente de la histérica al chantaje del suicidio no debe hacernos olvidar que, si la demanda de amor donde ella se aliena encuentra acá una traducción sintomática, reside en una dialéctica del deseo donde el sujeto repara primordialmente sobre el deseo del Otro. La pregunta qué quiere el Otro puede ser respondida —lo vemos no pocas veces— con el fantasma de su propia muerte. Manera de hacer función de la falta donde está causado el deseo.

Cuando Freud en el «codo de los años veinte», a partir de un texto titulado Más allá del principio del placer introduce la pulsión de muerte, apunta a otorgar un estatuto teórico definitivo a la agresión, al igual que a las tendencias agresivas, el odio, el sadismo. Pero no se resume la cuestión si se piensa que con la pulsión de muerte se puede nombrar el manojo de las tendencias destructivas. Aún en este texto de Freud no se llega a producir una apología de la muerte como sí lo es la doctrina del significante en Lacan (con eso de que la palabra mata la cosa).

Lo que está en juego en 1920 para Freud —repara Oscar Masotta—, en efecto, no es tanto el encasillamiento teórico de las tendencias agresivas, sino cómo explicar, al revés, la tendencia del sujeto al sufrimiento, el dolor, el autocastigo, el sadismo vuelto hacia la propia persona, el autodesprecio, la persistencia en el fracaso, el rechazo del éxito, la evocación melancólica de los desastres del pasado, el gusto por la decepción, la fascinación por el suicidio; en resumen, la insistencia de la repetición de lo displacentero. ¿Puede entenderse el suicidio del melancólico en los términos de una mera derrota de la pulsión de autoconservación?, ¿de un escaso amor propio? En todo caso, ¿no debiéramos postular entonces una tendencia de la vida psíquica anterior a las exigencias de la conservación, más radical que las sugerencias del placer? [2].

La agresividad y el mal que yace en el otro

Habíamos dicho la búsqueda del kakon. Esta es una expresión de Von Monakow de Mourgue que ha sido traducida como el mal, el vicio y la perversidad. Lacan toma esta expresión para referirse a Aimée en el sentido de que lo que ella busca en ese ataque a la actriz famosa es el kakon. En realidad este término Lacan no lo toma de Von Monakow sino de su maestro Paul Guiraud en Los homicidios inmotivados. De todos modos hay diferencias entre Guiraud y Lacan. Mientras que para Guiraud el paranoico fusiona el pesimismo individual con el mal social [3] (tesis por demás interesante), para Lacan se trata de los fenómenos de transitivismo propios del pasaje al acto criminal.

Amor muerto

«¿Qué diferencia a alguien que es psicótico de alguien que no lo es? —se pregunta Jacques Lacan en su tercer seminario—. La diferencia se debe a que es posible para el psicótico una relación amorosa que lo suprime como sujeto, en tanto admite una heterogeneidad radical del Otro. Pero ese amor es también un amor muerto.» [4]. El «también es un amor muerto» se refiere a que él viene trabajando el lugar del amor en la Edad Media en cuanto a la relación que el sujeto establece con un Otro absoluto, «… una relación amorosa con el Otro como radicalmente Otro, con la situación en espejo y todo lo que es del orden imaginario» [4].

Lacan enuncia entonces que es imposible concebir la naturaleza de la locura sin antes dar un rodeo por la teoría medieval del amor, entendemos, como articulación extática con ese Otro absoluto. Es notable que en el escrito La agresividad en psicoanálisis Lacan también hace referencia a los teóricos de la Edad Media «… que debatían el problema del amor entre los dos polos de una teoría ‘física’ y una teoría ‘extática’, que implicaban ambas la reabsorción del yo del hombre, ya sea por su reintegración en un bien universal, ya sea por la efusión del sujeto hacia un objeto sin alteridad». [5]

Denise de Rougemont en su clásico libro El amor y Occidente acentúa esa exaltación del amor propia de la poesía de los trovadores, pero se trata de un amor desgraciado, según dice. El lazo amoroso es hacia un «Eros supremo» en el sentido de que aplaza la unión de los cuerpos. Un ejemplo paradigmático podemos encontrarlos en la lírica amorosa de Dante.

Por si no lo saben, a los nueve años el niño Dante ve por primera vez a una muchachita de su misma edad. Nueve años después, esa muchachita, Beatriz, le otorga su saludo. Un buen día se lo niega. Casada con otro hombre, al fin muere. Es esa misma mujer que luego en la Divina Comedia hará de guía junto a Virgilio.

Borges propone una hipótesis interesante, que La Divina Comedia habría sido escrita con el único fin de suscitar algunos encuentros que no habían podido darse en la realidad con su irrecuperable bienamada. Beatriz pasa de ser una mediadora celeste a ser radicalmente Otro y fusionarse con una luz incandescente, fusionarse directamente en Dios. Ella se presentará como mirada incandescente al inicio de los versos: «Brillaban sus ojos más que la Estrella» y hará marchar a Dante hacia la confesión de su falta:

… volvió llorando hacia mí sus ojos brillantes con lo que me hizo partir más presuroso… ¡qué tienes?, ¿por qué te suspendes?, por qué abrigas tanta cobardía en tu corazón? [6]

El juego de miradas al que se somete la experiencia del autor queda revelado por tres referencias a la fábula de Narciso, donde Dante asume la imagen de su propio cuerpo o su rostro; y además las jerarquías en las miradas que terminan fundiéndose en una única fuente: Dios.

… vi a Beatrice vuelta hacia el lado izquierdo, mirando al Sol; jamás lo ha mirado un águila con tanta fijeza. Y así como un segundo rayo sale del primero se remonta a lo alto, semejante al peregrino que quiere volverse, así la acción de Beatrice penetrando por mis ojos en mi imaginación, originó la mía y fijé mis ojos en el Sol contra nuestra costumbre [7].

El amor loco

El síndrome erotomaníaco ha sido descripto detalladamente por Gaetan Gatian de Clérambault e incluido dentro de los delirios pasionales (erotomanía, celos, reivindicación). Su postulado fundamental, el «embrión lógico» del delirio erotomaníaco, traduce una sentencia incoercible y dialécticamente inerte con rasgos cualitativos diferenciales respecto de las otras formas pasionales, los delirios eróticos a lo Dide [8] y separadas a su vez, de los delirios interpretativos (paranoia vera). Esta misma separación dentro del tipo delirante (psicosis paranoicas y psicosis pasionales) fue destacada con toda pertinencia por Jacques Lacan en su seminario sobre las psicosis, estableciendo —a mi juicio— una clínica diferencial de enorme vigor en lo que respecta a sus consecuencias terapéuticas [9].

La erotomanía devela una lógica, dentro de su edificio delirante, que sostiene basalmente un postulado: «El Otro me ama o es quien más ama». Y su soporte, precisamente, está dado por la definición misma de lo que es un postulado, es decir, una proposición tomada como un «principio sin demostración», según lo advierte Jacques Lacan en su tesis de doctorado [10]. Por lo tanto, son tres los aspectos (mencionados austeramente en el seminario de las psicosis) que permiten distinguir un delirio: la economía del discurso, la relación de significación a significación y la relación de su discurso con el ordenamiento común del discurso [11].

El postulado fundamental plasma esa lógica implacable que condena al sujeto a ser un objeto del goce del Otro. Es por ello que mencionábamos más arriba lo que Lacan dijo del «amor muerto» en relación a la psicosis y en congruencia con la erotomanía divina de Schreber [12]. Dentro de la lógica que propone Clérambault describe una serie de pasos que van desde la esperanza, pasando por el despecho y concluyendo con el rencor que es ese odio visceral tendiente a atacar al objeto tratando de expiar el propio mal. Es significativo, en el psiquiatra francés, este pasaje del amor al odio.

Por otra parte, nos asombra encontrar en Freud que el problema general de la paranoia nunca estuvo eximido de la problemática amorosa. Recordemos aquella frase dirigida a Fliess (casi veinte años antes de Introducción del narcisismo) referida a que el psicótico ama el delirio como a sí mismo, frase que trasluce su cercanía al mandamiento conocido «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (para Lacan esta sentencia no deja de transmitir cierto misterio en el pensamiento freudiano). El espejismo que brota del amor al delirio, traduce más bien el misterio esencial bajo esta fórmula: «el delirante, el psicótico se aferra a su delirio como a algo que es él mismo» [13].

Las fórmulas gramaticales articuladas en la interpretación freudiana del caso Schreber acarrean los diferentes modos de negar la frase «Yo (un hombre) lo amo (a otro hombre)» [14]. Evidentemente, la impronta de la enseñanza de Jacques Lacan nos ha llevado a desestimar la hipótesis de la pulsión homosexual en la paranoia, pero no conviene soslayar los avatares a los que quedan libradas la pulsión y la libido, o —si se quiere— «… la función económica que adquiere la relación del lenguaje» [15] y que está en la intimidad de la estructura.

La proposición lacaniana de que el goce del cuerpo del Otro, que Schreber simboliza, no es signo de amor, debe tomarse en serio. Se trata de una pulsación entre vacío y voluptuosidad que la feminización —como respuesta regulada al goce del Otro— no logra evitar. «Hay» signo de amor cuando «no hay» relación sexual.

No hay relación sexual. Y entonces ¿qué hay? Hay fracaso sexual. El fracasex. «El amor que aborda al ser, expresa retóricamente Jacques Lacan, ¿no surge de allí lo que hace del ser aquello que sólo se sostiene por errarse?» [16]. Ni intrínsecamente placentero, ni intrínsecamente doloroso [17]; si más arriba nos referíamos levemente acerca del exilio, ahora estamos en condiciones de aseverar que el amor tan sólo evita el desarraigo que se padece por el simple hecho de ser hombre o mujer, por la angustia de vivir en esa patria.

Vayamos al film El marido de la peluquera (es solamente un recuerdo fragmentario e impreciso a modo de ilustración).

Él es un hombre mucho mayor que ella, va religiosamente a cortarse el cabello, hasta que un determinado día le propone a esta dulce y suave peluquera, casamiento.

Todo marcha sobre rieles, todo es amor, prácticamente no hay diálogos; sólo hay miradas cómplices, sin malentendidos. Un idilio perfecto: se miran, se tocan, se desean… Hasta que un buen día abren la boca, hay una pelea mínima y estúpida y luego de dormir separados esa noche, al otro día este buen hombre se encuentra con una carta donde ella —acerca de quien la película da entender que se arroja desde un puente— le dice algo así como que no soportaría perder ese amor. No soporta el hecho de que todo cruce con el Otro sexo es sintomático. Por lo tanto, para poder hacer existir el Amor puro, la belleza infinita de esa comunión, ella debe desaparecer, caer como objeto para hacer existir no la relación sintomática (del partenaire-síntoma) sino la relación sexual.

Clínica de la inestabilidad amorosa

Es evidente la dificultad contemporánea para el amor y en correspondencia con esto el extravío amoroso.

«La inestabilidad (branlage [18]) humana es más variada de lo que se cree» [19] —declama Jacques Lacan—, y es en esa variabilidad donde quizás hallemos una verdad. Ensayemos pues, una clínica de la vacilación, o mejor dicho, de la fragilidad, de la endeblez humana, a sabiendas de que eso tiene un límite, un dominio centrado en esa cáscara topológica que llamamos cuerpo. De allí que ustedes pueden apreciar en el cuadro que del lado Freud puse tragedia (la tragedia del amor y del deseo) y del lado Lacan el extravío, la errancia amorosa propia de esta época.

Para terminar: la agresividad

Para concluir, voy a articular el cuadro que les dibujé en la pizarra (ver más arriba), a el ya mencionado escrito de Lacan «La agresividad en psicoanálisis».

Como habrán podido notar puse del lado de Freud el amor y del lado de Lacan la agresividad. Podemos ubicar también allí el odio. Mientras el amor para Lacan transita sobre coordenadas imaginario-simbólicas (I-S), el odio se produce bajo la vertiente imaginario-real (I-R). El primero se dirige al ser del otro, al desarrollo del ser del otro, mientras que el segundo se conduce hacia la destrucción del ser del otro. La Tesis IV que figura en ese escrito tiene que ver con esto: la identificación narcisista y la relación existente entre la reacción agresiva y la construcción delirante. A su vez, pueden leer también que allí puse «Estadio del Espejo», lo que se condice con la Tesis I en el punto donde Lacan sitúa la agresividad como experiencia constitutiva del sujeto y la Tesis II donde van a encontrar la referencia al «cuerpo fragmentado» (modo de aprehensión de la imagen propia).

Por último pueden observar en la tesis III la relación existente entre agresividad y técnica analítica mediante esa invención formidable que Freud tituló «reacción terapéutica negativa».

He dejado deliberadamente la Tesis V, donde Lacan relaciona la noción de agresividad con la «neurosis moderna» y el «malestar de la civilización», puesto que es lo que voy a trabajar para las Jornadas Anuales de la EOL, tituladas —no casualmente— «El amor y los tiempos del goce».


Bibliografía

[1] García, Germán. Macedonia Fernández, la escritura en objeto. Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2006, p. 114.

[2] Masotta, Oscar. El modelo pulsional, Altazor, Buenos Aires, 1980, pp 99-100.

[3] Ver: Guiraud, Paul. «Les meurtres immotivés». En: L’Évolution Psychiatrique, marzo de 1931, N°2.

[4] Lacan, Jacques. El seminario Libro 3, Las psicosis. (1955-56) Ed. Paidós, Buenos Aires, 1995, p. 363.

[5] Íbid.

[6] Lacan, Jacques. «La agresividad en psicoanálisis». En: Escritos 1, Ed. Siglo XXI, Buenos Aires, 2008, p. 123.

[7] Alighieri, Dante. La Divina Comedia Centro editor de América Latina, Buenos Aires,1970, pp. 8-9.

[8] Íbid. p. 200.

[9] «Dans le cadre des psychoses passionnelles, il fallait montrer que les érotomanes ne sont ni des revendicateurs ,ni des idéalistes passionés». Justamente, se trata de la diferenciación introducida por G. G. de Clérambault que bien enuncia Paul Guiraud en el prefacio a las obras completas del maestro de la ‘Infirmerie’. Citado por: F. Leguill en el prefacio a L’Erotomanie, Le Seuil, Paris, 2002, p. 15.

[10] Lacan, Jacques. El Seminario Libro 3, Las psicosis. Paidós, Buenos Aires, 1995, p. 32.

[11] Lacan, Jacques. De la psychose paranoiaque dans ses rapports avec la personnalité. Seuil, París, 1975, p. 72.

[12] Lacan, Jacques. El Seminario Libro 3, Las Psicosis, Editorial Paidós, Barcelona, 1984, p. 53.

[13] «¿Qué diferencia a alguien que es psicótico de alguien que no lo es? La diferencia se debe a que es posible para el psicótico una relación amorosa que lo suprime como sujeto, en tanto admite una heterogeneidad radical del Otro. Pero ese amor es también un amor muerto.” Ibid. p. 363.

[14] Lacan, Jacques. Obra citada, p. 310.

[15] Ver: Freud, Sigmund. “Sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente (Schreber)” (1911); en Obras Completas, Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1996, pp. 55-73.

[16] Lacan, Jacques. Obra citada, p. 310.

[17] Lacan, Jacques. El Seminario Libro 20, Aun (1972-73). Ed. Paidós, Buenos Aires, 1995, p. 176.

[18] Milner, Jean Claude. Lo triple del placer. Ed. Del cifrado, Buenos Aires, 1999, p. 34.

[19] El término utilizado por Lacan es branlant, que significa algo que es inestable, que presenta una oscilación o una vacilación; una escalera o un taburete pueden ser branlantes; un niño que comienza a caminar se le llama château branlant, está inseguro. Le Petit Robert, Dictionaire de la langue française, París, 2000.

[20] Lacan, Jacques. “Les non-dupes errent” Clase 13-11-73, inédito.


* Clase dictada en el Instituto Oscar Masotta, San Fernando, setiembre de 2010. Corregida y establecida por Gastón Cottino (IOM Mendoza, ACEP).

Por Emilio Vaschetto
Psicoanalista Miembro de la Eol Amp y Centro Descartes
Presidente honorario del capítulo de Epistemologia e Historia de la psiquiatría de Apsa
Profesor universitario

Fuente: Revista Virtualia, #22, Mayo 2011.

2017-09-15T13:44:36+00:00 30/05/2011|Categorías: Artículos, Noticias|Etiquetas: |