Chus Gómez – El vicio absurdo

VI Jornadas «La Otra Psiquiatría» – La melancolía

Primera mesa

A propósito de una posible histeria  melancolizada
Virginia Woolf (1882-1941)

 

Escribir. El gran consuelo y la gran calamidad.
V. Woolf

No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la
libertad de mi mente.
V Woolf

La histeria puede constituir no sólo una rebeldía sino ser una fuerza
revolucionaria. Cuando renunciemos a los criterios peyorativos
tradicionales vinculados al diagnóstico de histeria podremos trazar la
historia de cuanto deben a la histeria la liberación de la mujer y la
conquista de los derechos femeninos.
Lucian Israél

Palabras. Las palabras inglesas en las casas, en las calles, en los
campos a lo largo de tantos siglos…Las palabras pertenecen a las otras
palabras. Pero sólo un poeta sabe que la palabra encarnadino
pertenece al océano de loInefable… para usar nuevas palabras habrá
que crear un nuevo lenguaje. Se llegará a ello, pero no es cosa nuestra.
Lo nuestro es unir viejas palabras en un orden nuevo para que
subsistan y creen la belleza, para que digan la verdad…
V. Woolf

En este ya VI año nos encontramos en Valladolid para man­tener un encuentro que propicie una conversación clínica; en este año el tema monográfico es la melancolía y yo he ele­gido un titulo: el vicio absurdo; palabras con las que Virginia Woolf se refería a las crisis depresivas y maniformes que padeció a lo largo de su vida y que finalizaron con su suici­dio en el Río Ouse en 1941; pero también es el nombre del libro del mismo título, de Viviane Forrester, que me atrapó en la feria del libro viejo en el 2005 en Vigo. Como siempre suele pasar fue un encuentro… que me llevó a desempolvar a una autora con la que mi historia se había cruzado litera­riamente en otro tiempo permaneciendo coagulada, petrifi­cada… ahora había llegado el momento de retomarla.

Pero antes de empezar mi reflexión a propósito de la autora y su tan traída y llevada enfermedad mental, la ubicaré en la coyuntura familiar, social y biográfica que tanta importancia tendrán en su obra, destacando algunos rasgos fundamenta­les de su narrativa que me ayudaran guiada por su vida y obra algo a propósito de lo que en materia diagnóstica a mi se me ocurre.

En este asunto partía de un prejuicio, derivado de los aná­lisis que sobre ella había leído; no cabía duda, era una PMD, diagnóstico políticamente mejor nombrado actualmente como trastorno bipolar que, con su apabullante éxito social y profesional, inunda casi todo… término que reproduce y acota la riqueza de lo afectivo en una cuestión del pensa­miento binario más pobre… sin matices, sin sombras, sin responsables… y suele ensombrecer y ocultar actualmente a la noble histeria.

Sin más preámbulo vamos… con Virginia.

Biografía

Virginia nació en Londres en 1882. De clase alta acomoda­da fue hija del escritor, filósofo y político Leslie Stephen, y de Julia Jackson, ambos habían estado casados anteriormente y aportaron sus respectivos hijos al matrimonio. Leslie Stephen: a Laura, y Julia a: Stella, George y Gerald. Del nuevo matrimonio nacerían: Vanessa, Thoby, Virginia y Adrian.

Virginia mantuvo toda su vida una relación muy cercana con Vanessa y con Thoby además de con su hermanastra Stella, que fue una segunda madre para ella. Su muerte tem­prana junto con la de Thoby, su favorito y protegido con el que hizo sus pinitos literarios infantiles supuso para ella un batacazo existencial.

Sin embargo la relación con sus hermanastros está marcada por acosos sexuales durante años, que ella recoge en su dia­rio y en Momentos de vida, donde Gerald se le aparece en sue­ños en forma de un animal espantoso, un terror que la hace sentirse impotente y del que solo se evade gracias a la crea­ción, en la que la sexualidad desplazada a Otra escena se hace inmaterial para encarnarse en ese puntillismo precio­sista para describir la gota de agua en una hoja, el sonido del roce del viento, o la espuma del mar y su fusión con el hori­zonte…

Persisto en creer que mi entereza para resistir esos choques es lo que han hecho de mí una escritora.

Recuerdo el contacto de su mano debajo de mis ropas, avanzando firme y decidida, cada vez más abajo. Recuerdo que yo esperaba que se detuviese de una vez, notaba que me iba poniendo tensa y me retorcía a medida que la mano iba aproximándose a mis partes más íntimas. Pero no se detuvo. Recuerdo que me sentí ofendida, que no me gustó.

Es probable que ocurriesen desde los seis años aunque sobre esto, y las circunstancias de los mismos, Virginia permanece un tanto imprecisa. Este encuentro traumático e incestuoso, fue no sin consecuencias, a juzgar por lo que fue luego su vida amorosa con los hombres y mujeres de su vida y por los accesos de culpa que la asaltaban con relativa frecuencia. Virginia y Vanessa por su condición de mujeres en esa época no fueron a la universidad; su formación fue casi autodidac­ta en el seno de una verdadera aristocracia intelectual; por suerte su padre abrió sin restricción su biblioteca de la cual Virginia se empapó empezando a escribir relatos, un peque­ño periódico, que fueron sus inicios en la relación con la escritura… pero antes de coger la pluma Virginia destaca por ser la narradora y cronista oficial de la familia, posición central de liderazgo que ocupó siempre en su vida y que se constata en el grupo de Bloomsbury.

La familia vivía en Kensington rico barrio Londinense. Desde niñas, se dio por seguro entre ellas que Vanessa sería pintora y Virginia escritora (¿mandato paterno?) y así fue. Su vida estuvo marcada por una serie de pérdidas importantes: su madre muere en 1894, después Stella y Toby y finalmen­te su padre en 1904.

A propósito de la muerte de la madre Virginia dice: «siem­pre me lamenté por no haber sufrido lo suficiente su muer­te». «Su muerte fue el peor desastre que podía ocurrir». Fallecido su padre, los hermanos Stephen se trasladan a Bloomsbury, un barrio menos elegante. Ahí, en su nueva casa, su hermano Thoby, estudiante en Cambridge, organi­zaba reuniones sociales los jueves por la tarde con los amigos del college a los que se añadieron sus hermanas; todos com­partían gustos culturales y afinidades vitales además de: buena posición social, tiempo disponible, algo de dinero y bonitas casas de campo en las que filosofar y divertirse ale­jados de una sociedad asfixiante a la que soñaban modifi­car…; Duncan Grant, Lytton Strachey, Roger Fry, Gerald Brennan, Bertrand Russell, Maynard Keynes, Katherine Mansfield, Dora Carrington, el crítico de arte Clive Bell, y Leonard ambos maridos futuros de las Stephen fueron entre otros, algunos de sus distinguidos miembros. Todos busca­ban aire, simplicidad, luz y una vecindad terapéutica que se retroalimentada por el elitismo, la sátira, el ateísmo y las relaciones triangulares. En sus veladas empapaban la con­versación de sexo con la misma franqueza con que hablaban de la naturaleza del bien.

El exceso de belleza en Florencia y el hartazgo de goce esté­tico pusieron malo a Stendhal por eso hay que andar con cuidado por Bloomsbury… en sus múltiples plazas las almas bellas aún pueden escuchar el eco de los pasos de algunos de sus ilustres inquilinos muertos: Dickens, Darwin, T. S. Eliot o Bob Marley.

Al casarse con Leonard, Virginia Stephen, adopta el apelli­do del marido y pasa a ser Virginia Woolf; se trasladan a Hogart House en Richmond. Quentin Bell, su sobrino y bió­grafo la describe con «aquella elegancia delgada, fina y angular que conservó toda su vida». Su relación con Leonard fue muy estimulante y estabilizadora y Virginia escribe su primera novela, Fin de viaje, ya con el apellido Woolf.

En Hogarth House, el matrimonio fundó una editorial llamada Hogarth Press que fue ampliándose; en ella publicaronademás de Virginia, Katherine Mansfield, T. S. Eliot y la obra completa de Freud, pero dejaron en el cajón de la imprenta el Ulises, libro para Virginia inquietante aunque reconocía había algo en él que le pareció genial si bien obs­ceno y zafio. Virginia y Joyce nunca se conocieron y si ella opinaba así de su libro él sencillamente la ignoró.

Por el contrario, los Woolf si conocieron a Freud al que visi­taron el 28 de enero de 1939, después de haber colaborado en su rescate de la Viena ocupada por los nazis desde marzo del 1938. Fue un encuentro más apacible para Leonard que para Virginia; Leonard cuenta: con ella fue extremadamente deli­cado, le regaló una flor, se mostró ceremonioso, extremadamente cortés pero anticuado.

La entrevista no fue fácil, Freud estaba muy afectado por su cáncer de mandíbula y se notaba abatido; ocho meses des­pués de ese encuentro fallecía. A Leonard le impresionó su halo de grandeza, que no de celebridad y le dio impresión de gran bondad. Pero ambos siempre se mantuvieron en una discreta distancia del psicoanálisis interesándose por su valor intelectual, pero con reticencias.

Desde el punto de vista teórico y a través de sus obras Virginia rivalizará y discrepará con Freud por ejemplo en la cuestión clave ¿qué quiere una mujer? sus obras interpelan de manera metafórica a Freud, 26 años mayor que ella, que en ese momento está desarrollando su teoría; en sus obras man­tiene un diálogo de fondo, con sordina, con la obra freudia­na, es su manera de denunciar la ideología patriarcal sobre la que asienta. Virginia por tanto conocía la obra tanto de Freud como de Melanie Klein pero siempre se negó a leer libros de psicoanálisis por miedo a que contaminaran su escritura… la literatura sin embargo debiera de ser para los clínicos materia obligada tal y como Freud recomendaba.

Freud solía decir: «los poetas y novelistas son nuestros maestros en el conocimiento del alma y se hallan muy por encima de nosotros los hombres vulgares, pues beben enfuen­tes que no hemos logrado aún hacer accesibles a la ciencia».

En 1919, los Woolf adquieren una casa en Rodmell-Sussex llamada Monk’s Housse, donde pasaban las Navidades y a donde se trasladaron de forma permanente durante la Segunda Guerra Mundial. Allí, obsesionada por el miedo a una locura invencible y con el deseo de no ser una carga para Leonard, Virginia se arrojó al río Ouse, el 28 de marzo de 1941. Acto que nunca podría relatar.

Leonard recoge en su diario: cuatro veces en su vida atravesó la frontera que la separa de la demencia. Cuando niña tuvo una depresión menor; después una crisis muy seria a los trece años al morir su madre en 1895, otra en 1914 y la cuarta en 1940.

Antes había realizado dos intentos suicidas previos constata­dos: uno intentando precipitarse por una ventana después de la muerte de la madre en 1895, en 1915 ingiriendo veronal. Su vida fue creativa intrínsecamente terapeútica… ahora entraremos en su obra, lo que nos suscita y lo que nos enseña.

Virginia Woolf es una de las grandes innovadoras del géne­ro novelesco, escritora de entreguerras, es una modernista y una de las más sugerentes y excepcionales personalidades y escritoras del siglo XX.

Melancólica como posición vital existencial, se identifica con los valores literarios de sus coetáneos en oposición al realis­mo de la gran novela decimonónica. Rompió con la tradi­ción de escritura femenina costumbrista de la época, única permitida por otra parte a las mujeres entonces, y con las convenciones literarias que dominaban la narrativa hasta ese momento. Acogió como técnica narrativa el uso del monó­logo interior y el fluir de la conciencia, señalándonos que lo único importante ocurre en el interior de los personajes. Sus novelas no precisan de la acción de los acontecimientos que normalmente dan movimiento e hilo discursivo a una histo­ria narrativa. Busca un método estilístico que deconstruya la historia que había erigido a los hombres en árbitros del des­tino de la humanidad.

El extraordinario manejo de la variedad de tiempos verba­les, las constantes entradas y salidas en los diferentes perso­najes a los que acompaña como narradora omnisciente, el gusto por la recreación del tiempo subjetivo, en el que se contiene lo efímero y lo eterno a la vez y la convergencia y divergencia de planos en un mismo instante, hacen de ella una narradora genial y posiblemente irrepetible. Ella, Joyce y Faulkner entre otros, harán discurrir la literatura por cami­nos impensables hasta ese momento

En Virginia confluyen multiplicidad de facetas que dan cuenta de su riqueza y de su genialidad. La genial Virginia supo combinar una intensa vida social con un trabajo infati­gable, llevaba un minucioso diario a la vez que trabajaba incansablemente en la escritura de sus obras, pese múltiples episodios donde la actividad quedaba interrumpida a veces incluso durante meses; normalmente estos estados se acom­pañaban de una anorexia intensa en la que sentía asco y des­precio por su cuerpo; las depresiones sobrevenían después de la culminación de un nuevo libro, siempre era un proble­ma la conclusión de sus novelas le producía una intensa angustia… finalizado el trabajo de escritura quedaba sumi­da en una nada que ahogaba todo deseo… así se podía pasar meses hasta que de nuevo era catapultada a un estado hipo-maníaco salpicado a veces por voces, que no se si alentaban o acallaban la escritura… en algunos momentos el mundo tomaba un colorido paranoide en el que su sensación de burla y ridículo la volvían insoportable.

Crítica literaria, editora, autodidacta, lectora infatigable, articulista, además de una mujer comprometida política­mente con el pacifismo, el feminismo, el antifascismo y el izquierdismo político, trazó una certera radiografía de alma humana y describió y combatió como nadie la sociedad vic­toriana de finales del XIX, de la que ella era una genuina representante, alzando su voz y comprometiendo su pluma para denunciar y reclamar los derechos de las mujeres en una época sin voz ni voto.

De múltiples maneras se hunde en la mente de los persona­jes para acabar embarrancando siempre directamente en la conciencia de los mismos, a la vez que expone el lenguaje poético de los sueños a la manera de una asociación libre tipicamente de diván, sus palabras parece brotan directa­mente del inconsciente abriendo un espacio para soñar… hay algo de lo imposible de atrapar pese a su preciosismo literario que da cuenta de lo imposible… no pretende hacer personajes a la manera de un historial clínico ni siquiera des­cribe emociones… las induce en el lector.

Sus obras cuentan las preocupaciones y preguntas existen­ciales que interesaban a Virginia: la liberación de la mujer, los convencionalismos morales, el devenir humano, el sexo, la existencia, la muerte, la locura, la identidad… Reduce a cenizas la linealidad cronológica de la narración y el tiempo pasa a ser objeto de experimentación. En sus textos en gene­ral poéticos y metafóricos no hay lugar para la certeza ni para la ruptura de la cadena significante, que nos ubicarían del lado de la escritura psicótica… y el horizonte se ensan­cha hacia la duda, la pregunta existencial, la ambigüedad y la permanente construcción del sujeto frente a un otro mor­tificado normalmente por la existencia vital y el sufrimiento que conlleva el trabajo de vivir.

La presencia y el manejo inigualable de la metáfora son otras de las características de su literatura… Virginia se sos­tuvo en la vida gracias a Leonard: marido, guardián fiel, pro­tector abnegado de los excesos y locuras de Virginia, entre­gado en cuerpo y alma a protegerla… a levantar casi acta notarial de su estado psíquico recogido en su diario. Del otro lado Vanessa: su hermana, pintora, sociable y mundana, rodeada de hijos para los que Virginia fue una tía divertida, siempre pronta a compartir sus locuras infantiles… entre ambos la escritura como manera de oponerse a un padre, idealizado, su favorito pero rival, que abrió una biblioteca sin restricciones, en la que Virginia se sumergió y empapó para construirse como intelectual.

Virginia y sus dudas respecto a su sexo, a sus amores, cons­truye de manera novelada al personaje que es.

En Al Faro zanja el trabajo de duelo de la muerte de su madre acaecida cuando ella cuenta con trece años y que la llevó a intentar precipitarse por la ventana, escrito el texto cerrada la herida; «El libro lo escribí a toda prisa y cuando lo acabé la obsesión de mi madre había desaparecido. Ya no oigo su voz. Ya no la veo».

En Tres Guineas intenta responder a la pregunta de cómo evitar la guerra y pone en relación el militarismo y el domi­nio masculino.

En Una habitación propia analiza la condición femeni­na y la alienación de la mujer. Es una metáfora de la necesi­dad de un espacio propio donde la mujer pueda hablar, escribir, ser libre y ser mujer.

En Las Olas los monólogos interiores de seis personajes a la vez, de los que ella se sitúa como narradora omnisciente, la llevan y la traen a lo largo de un día marcado por el ascen­so y el cénit solar a lo largo de las horas que enmarcan la subjetividad y las preguntas y avatares existenciales de cada uno de los protagonistas.

En La señora Dalloway, nos acerca a la melancolía de una mujer madura, perfectamente encajada en su ambiente, que se sorprende un día reflexionando sobre el eterno pro­blema de la elección —¿acertada o desacertada?— de su matrimonio con el señor Dalloway, hombre seguro, aburri­do, muy bien situado en el mundo social y político. La causa del desconcierto es la reaparición de un antiguo amor de juventud en su fiesta, de regreso de la India. Su duda se des­peja y se tapona en un momento y la represión y con él el sosiego coagula la brecha para regresar pronta a su apacible y aburrida vida… Su armonioso entorno, las flores, la por­celana, la plata, los trajes, la fiesta, todo está en orden, como ella ha querido y el fantasma irrecuperable del pasado regre­sa a su lejanía. En la novela hay un personaje fundamental, contrapunto del personaje femenino; Septimus, un joven ex combatiente de la Guerra del 14 que ha presenciado el horror de la muerte de su amigo Evans pero que no fue capaz de sentir. Esta ausencia de sentimiento le persigue y le conduce a la obsesión y la locura. El fantasma torturante de su amigo le hace desear la propia muerte, que finalmente consigue suicidándose. La acción de la novela transcurre en un solo día de julio de 1923 en Londres y es paralela. Septimus y la Sra Dalloway no se conocen ni se encuentran. La técnica novelesca es perfecta. La construcción, impeca­ble. Es en esta novela donde quizá se aprecie con mayor cla­ridad el deseo de Virginia Woolf de que la narración trans­curra con la misma fluidez y al mismo ritmo que el torrente del pensamiento. Por otra parte, la transcripción directa del proceso de la locura de Septimus, es un anticipo y trasunto del propio discurrir de la escritora hacia el suicidio.

En Orlando construye el antihéroe que no se queja de su destino y que recorre los siglos mutando a lo largo de la narración. Sus actos precipitados por el deseo, la angustia, el miedo, la necesidad o el amor le obligan a cambiar de cir­cunstancias… se adapta a las nuevas situaciones, olvida y recuerda de cuando en vez, zarandeado por un mundo que no controla y por un cuerpo que metamorfosea a su capri­cho unas veces pero que otras padece… Orlando es ella, es Virginia, es Vita, es Vanesssa, es su hermana, es su pregun­ta sobre la identidad sexual y el género… con él piensa el sujeto en la historia y medita sobre las categorias sexuales todo ello en un tono burlón ejemplificado en el famoso pasa­je en el que a Orlando, convertido en mujer después de una ajetreada noche, se le presentan tres Damas: Nuestra señora de la Castidad, Nuestra señora de La Modestia y nuestra señora de La Caridad… mientras él se mira en el espejo observado por la Curiosidad… Orlando pretende abolir las categorias convencionales adscritas a los géneros.

Sus obras buscan un estilo propio, diferente, en el que no hay tesis de partida; Virginia deja siempre una puerta abierta a la voz de alguno de sus personajes teñida de un sentimiento anticipador de muerte, metáfora del desasosiego que se iba apoderando de ella ante la conclusión de la obra.

Para ella lo personal es político, la vida y la obra son la misma cosa… para Virginia el feminismo era el camino más directo para la paz y contra el fascismo; alentó a las mujeres a luchar por sus derechos y a levantarse contra la violencia sobre los cuerpos y las voluntades, intentando subvertir el orden patriarcal tanto en lo privado como en lo público…

Como mujer no tengo país, como mujer no quiero un país, como mujer mi país es el mundo entero.

Hasta aquí y apoyada en la lectura de la biografía y de frag­mentos de su diario, diario que llevó paralelo a la construc­ción de sus obras, no encuentro motivos que me permitan afirmar que estamos ante una mujer psicótica en contra de los datos que incluso fenomenológicamente están exhausti­vamente relatados por su biógrafo y su marido; si, no hay dudas padeció episodios depresivos melancoliformes y episodios maniformes; nos relata y relatan que oía voces, pero dichos fenómenos no son exclusivos de la psicosis y es sabi­do, y la clínica así nos lo enseña, que el colorido afectivo de la vida incluso en sus extremos no son patrimonio de ningu­na entidad y ni siquiera obligatoriamente patológicos.

Más allá de estas impresiones iniciales es necesaria una apro­ximación a la voz de Virginia a través de una de sus obras más emblemáticas que permitan poner en valor los testimo­nios que nos llegan. Dedicaré unas cuantas líneas a una inmersión en su novela Las Olas:

La sensación —afirmaba— de que la primera hora de cada mañana es algo tan dulce y calmo como el suave golpe de una ola, unida al presentimiento casi permanente de que algo horroroso está siempre a punto de ocurrir.

1. El tiempo: Existe una única voz que irrumpe para orga­nizar, como si de un Demiurgo primigenio se tratara, la lenta y morosa reiteración de todos os tiempos posibles. Hay una ritualización del acto en tanto vertebración consciente del agostamiento vital. El sol, luz que con su haz singulariza lo invisible, lo efímero, generando en su paso, sombras de ver­dad en estado puro.

2. Los personajes: son el pretexto dinamizador de un espíri­tu esencial. Son personajes ausentes como tales: son sólo a través de la memoria, de la reconstrucción de una voluntad recreada por otros. No están de ningún modo salvo para ase­verar que existe un rastro. Son personajes sin rostro más allá de la imagen proyectada en el espejo del deseo de sus anta­gonistas. Son personajes en tanto que hablan, que narran un acontecer sin cronologías pero con biografías labradas y construidas por mediación e interpelaciones imaginarias constantes.

No existe la acción, sino las acciones, un tempo congelado que encuentra su expresión en el encuentro con el recuerdo a propósito de… No hay espacio salvo aquel marcado por la premura de la muerte. Un espacio plagado de absortos obje­tos sólo vivificados por la llama de la mirada.

¿Cuál es la propuesta de Virginia en Las Olas?

Ante la acción, la retroacción del relato de los personajes, a través de sucesivos monólogos interiores. No hay interpela­ción posible salvo la mediatizada por los objetos, la luz y una mirada omnímoda, panteísta y total, que pretende una visión integradora y multidimensional de la realidad.

Lo que en Joyce se antoja laberíntico, delirante y fragmenta­do, en Virginia nos llega deliberadamente puntillista, inso­portable a la aproximación, pero profundamente anclado en una suerte de rebeldía, con vocación de trasladarnos la tra­gedia de la vida. Todo fluye y nada permanece… El inso­bornable fluir de la conciencia como vicio insoportable.

3. Percival: El deseo siempre presente en la evocación nos­tálgica, muerto desde el inicio, desde el nacimiento, excusa para la reflexión y la queja. Correlato trágico imprescindible en la liturgia del devenir insoslayable. Pretexto, por ello, para reivindicar la vida sabiéndose abocados a la muerte.

4. Técnica narrativa: Virginia disuelve la linealidad cronoló­gica en aras de un constructo totalizador que intenta dar cuenta de un tiempo inexistente, por inventar, que articule el indicativo (la acción exterior) con el subjuntivo (lo subjetivo). Se esta manera, el tiempo, en tanto dimensión, es sólo un artefacto narrativo traducido en sucesivos tiempos con la única solución de continuidad del relato esencial, a saber: la carrera inexorable hacia el fin.

Hay un tiempo esencial el del sol y su recorrido y muchos tiempos subjetivos, todo estructurado con la cadencia de una melodía envolvente, milimétrica, pensada de antemano como estructura, como esqueleto de la obra.

Así pues, la escritura pierde su función en tanto articuladora de verdades, de perfiles reconocibles, de correlatos ideales, para convertirse en sinthôme. La condensación y el desplaza­miento (metáfora y metonimia) son la base de su técnica narrativa. Por tanto, es la escritura, en tanto habla particu­lar, la que configura a los personajes que no existen salvo por arte de sucesivas metamorfosis, de travestismos, de ideaciones y ensoñaciones y, sobre todo, de un acto de ingente voluntad creadora más allá de la tiranía de todos los tiempos.

Bibliografia

1. Forrester, V.: Virginia Woolf, El vicio absurdo, Ultramar, 1988.

2. Quentin, B.: Virginia Wolf, Lumen; 2008.

3. Mannoni, M.: Ellas no saben lo que dicen. Alianza Editorial, 2000.

4. Woolf, V.: Las Olas, Lumen, 2008.

5. Woolf,V.: Orlando, Pocket/Edhasa, 1983.

6. Figueroa, C.G.: «Virginia Woolf: enfermedad mental y creatividad artística». Rey. Méd. Chile [revista en Internet]. 2005 nov [citado 2009 Jul 02]; 133(11): 1381­1388.

7. Mayobre, E: Repensando la Feminidad.

8. H Puleo, Alicia: En torno a la polémica igualdad/diferencia, Cátedra de estudios de género; Universidad de Valladolid.

9. Gutiérrez López, A.: Virginia Woolf, el fluir de la conciencia; Fuster García, E: «Cerrando la puerta». Sobre la vigencia de Una habitación propia y el feminismo woolfiano. A Parte Rei, 48, noviembre 2006.

10.  Colina, E: «Locas letras (Variaciones sobre la locura de escribir)», Frenia• vol VII-2007.

11.  Salom, A.: Flaubert. «La escritura como aparato de goce», Freudiana 50,2007, pp 111-116.

12.  Ferrández, E: «La melancolía, una pasión inútil», Revista de la AEN, 2007,Vol. XXVII, núm. 99,pp. 169-184.

13.  Álvarez, J. M.: Pensar la locura. Conferencia de J. María Álvarez en el Hospital Provincial de Castellón; 2008. Por cortesía del autor.

14.  Las horas; comentarios de cine.

Agradecer a María Antonia Muñoz, la ayuda en la lectura no sólo de parte de su obra, sino también por las reflexiones que desde el terreno de la literatura, de la critica feminista y desde el análisis literario ayudaron a que no me perdiera en el mar ingente de estudios, libros y resellas en las que estaba garantizada la pérdida… cosa a la que soy proclive…

Por Chus Gómez

Fuente: SISO/SAтDE, NЉ 48-49 – Invierno 2009

2017-09-01T03:52:55+00:00 04/06/2009|Categorías: Artículos, Documentos Jornadas, Noticias|Etiquetas: , |