Fernando Colina – Elogio y defensa de la histeria

 


V Conversaciones – La Otra psiquiatría

– Texto leido en las V Conversaciones «La Otra Psiquiatría». San Clodio. Ourense. Junio 2008.

Venir a defender la histeria, y no solo a interpretarla, no es cegarse ante las trampas del deseo, ni identificarse comple­tamente con sus peculiares modos de defensa, y de ataque añadiría yo. Pues aquello de que el principio de que el ata­que es la mejor defensa lo ejemplifica como pocos la histe­ria. Conviene recordarlo, además, porque el psicoanálisis entiende principalmente de defensas.

No estoy hablando aquí de la histeria decimonónica, la his­teria de conversión, que sucedía en un ambiente de repre­sión social de la mujer que se transmitía a la represión fami­liar, personal y subjetiva de cada histérica. Aquella histeria charcotiana, fabuladora, falsa, mimética, plástica, mitomá­nica, rebelde.

Tampoco se limita a defender su diagnóstico, el uso del tér­mino «histeria», ante la prepotencia de una psiquiatría posi­tivista que lo ha desplazado sin consideración ni condescen­dencia, siendo como es el más significativo de todos, al menos para una clínica subjetiva. El mismo destino que comparte con la melancolía.

Se trata, más bien, de detenerse un rato a elogiar la parte más noble de esta estrategia, la estrategia histérica, que coin­cide sustancialmente con la estructura profunda del deseo. Defender el deseo como síntoma de la vida y garantía de la salud viene a ser lo mismo que reconocer el fondo histérico que le anima.

Por otra parte, si se admite también la existencia de una his­teria vil, bochornosa, recriminatoria y falsamente reivindi­cativa, cuyas manifestaciones coinciden con un estrago del afán de dominio, defender la histeria viene a coincidir con defender un buen uso del poder, del deseo de poder.

Recordemos que al igual que hay una melancolía natural y otra adusta, una noble y otra vulgar, una salutífera y otra mortífera, o una paranoia bajo los mismos contrastes, tam­bién hay una histeria natural y amable (seductora y quizá en el peor de los casos caprichosa) y otra adusta (resentida, cas­tradora, recriminadora). Hay que advertir que la reivindica­ción fálica de las formas clínicas o negativas de la histeria gira en torno al deseo de poder, tanto o más que sobre el sexual, sin necesidad por ello de desvirtuar o traicionar a Freud. Aquí es donde hay un exceso sexual freudiano, que es más que nada un olvido del deseo de poder, caso de que el deseo de poder sea el protagonista de la histeria con el mismo rango que el sexual, y caso de que estos dos deseos sean realmente distinguibles, que es mucho pedir, pues sue­len presentarse uno antes del otro o los dos a la vez.

La histeria, por lo tanto, es la gran defensora del deseo. Del D. Juan, héroe moderno del deseo, se ha dicho con razón que lo único que sabe es desear. Otra cosa es que aparezca enseguida la otra cara de la moneda y se convierta pronto en un stajanovista que no sabe descansar ni desayunar con nadie, ni saludar a las mañanas del mundo. Pues transforma la seducción en conquista, la sexualidad en penetración y la palabra en engaño. De este modo su deseo insaciable des­pierta el deseo del otro para usarlo con los fines de dominio, victoria y sumisión. Sabemos también que su victoria nece­sita obstáculos y que se recrea especialmente en el triunfo cuando se siente el primero, el iniciador, el vencedor origi­nal. Pero no por ello se desvirtúa su condición mítica de héroe deseante de la modernidad.

Saber extraer o drenar el deseo de los demás es la habilidad suprema de la histeria. Toda su dramaturgia está destinada en primer lugar a crear un deseo vivo y un placer prometi­do. Destinada a la tarea de mantener el deseo vivo a cual­quier precio aunque, efectivamente, el privilegio tiene un precio que pagar.

Nada podemos reprochar a la histeria por encarnar la insus­tituible necesidad de despertar el deseo de los demás, de avi­var la vida con su alegre disponibilidad. Ahora bien, otra cosa es que, por sus inclinaciones defensivas, convierta su ataque en el impulso recortado del eterno iniciador que no sabe prolongar la experiencia. De este modo se convierte en un adicto del deseo del otro, al que vampiriza y coloniza transformándose no en su amable compañía, pues no sabe proseguir, sino en la simple encarnación de lo que le falta, sin mayor satisfacción para el otro que tener ante sí, más que el partícipe de su placer, el testimonio de su insuficiencia y de su limitación. Curiosamente, nadie nos enseña a conocer mejor nuestros límites que el histérico que nos compromete. Cosa que no deja de ser de mucho valor y con frecuencia de bastante agradecer.

En vez de identificarse con el otro mientras despierta su deseo, en tanto le aviva, le hace renacer y le reanima cami­no de la amistad, se identifica solo con el deseo que despier­ta y no con el objeto que lo libra. Aquí se pierde en un vacia­miento del otro que muestra sus rasgos perversos y que coin­cide con el uso del otro para triunfar sobre el deseo. Como un ladrón que engatusa para quedarse con las joyas de los demás, en este caso las alhajas del deseo, que enseguida exhi­birá ante los demás. De este modo entendemos que ponga pronto en marcha el juego de ensalzar y humillar al otro, de obedecer y mandar, de idealizar y castrar. Bajo esta erotiza­ción inicial, que exige cierta idealización pero que concluye en dominio, entendemos la razón de sus caprichos y aspa­vientos, de sus giros y desplazamientos continuos.

El tropiezo descansa también en otro conocido fenómeno. En el hecho de que por su tesón para sostener vivo el deseo del otro, elige el camino de mantenerlo insatisfecho. De forma que cuando cree ya tenerlo bajo su dominio, comple­ta su posesión con las bajas mañas de la recriminación que le desautoriza y desilusiona. La acritud, la intransigencia histérica, la cabezonería narcisista, se hacen presentes, bajo el peligro, eso sí, de que el otro no se quede prendado en el juego de atracción y ofensa que propone sino de que senci­llamente se hastíe y se largue dejándola con su masoquismo a cuestas, camino de la oblación, la abnegación, la renuncia y la inmolación sacrificial ante algún poder, que como sabe­mos es otra de las grandes salidas de la histeria cuando pier­de la capacidad de seducción.

Y para el uso de esa llave, que abre y cierra el deseo del otro dejándole encerrado, ningún dispositivo le resulta más útil al histérico que la ganzúa de la culpa. La histeria es la gran cul­pabilizadora de la humanidad. La histeria, sin duda, es cris­tiana. Ningún otro sentimiento resulta tan favorable para su dialéctica constante de agradar y desagradar. Sabemos que muchas personas eligen como discurso preferente de poder aquel que engendra la incomodidad y la falta en los demás, procurando hostigarlos para que se sientan culpables. Todos tenemos experiencia de personas dotadas de esa rara habili­dad. Sujetos que en cuanto pueden dejan caer algunas alu­siones morales ante nuestros deseos. Hay gente realmente sutil en estas artes de dominar a los demás picoteando en su culpa. Artistas que aprovechan los momentos de mayor inti­midad, y casi hasta de ternura, para soltarte un comentario envenenado que abre tu vergüenza en canal y te deja a su disposición durante un buen rato, si no durante buena parte de tu vida.

Esta singular destreza tiene todo de histérica (ese sentimien­to de ser acreedor de continuo y de sentirse siempre inocen­te y víctima) y hasta ahora también tiene algo de femenina: la histeria es la afección femenina por excelencia, o, al menos, lo ha sido hasta ahora, pues el futuro es mucho menos prometedor. Y esto es así, no porque venga determi­nada en los genes, como ahora se pretende hacer con todo, ni porque responda a algo esencial que defina a las mujeres, sino porque consiste en una daga delicada que ha tenido que perfeccionarse con tiempo para defenderse de un mundo secularmente dominado por la canalla masculina. Frente a la tosca bofetada, o las exigencias autoritarias del macho padre de familia, quizá las mujeres no hayan tenido más remedio que perfeccionar esta argucia para sacudirse la infamia viril que las aprisiona. Lo cual no las exime de respon­sabilidad, si se les aplica su propia medicina y se las culpabi­liza un poco, ni justifica su uso indiscriminado ni su afán de poder y casi de hombría. Habrá que esperar a nuevos climas de igualdad para ver hasta qué punto este estilete de culpa­bilidad cambia de sexo y deja vislumbrar de forma más natural el resentimiento que esconde. Tiempos en que la his­teria no mantenga tanta diferencia sexual como sucede en la que aún predomina.

Por otra parte, la histeria, en tanto que encarna la invitación a un tercero, representa como pocas inclinaciones humanas la apertura a la constitución de la sociedad. La dialéctica social, que no es otra cosa que la dialéctica del deseo del otro, tiene una indudable raíz histérica con la que coincide. El deseo se abre a un tercero, por lo tanto, a una contabili­dad socializadora, gracias a que está más pendiente del deseo del otro que de la persona del otro como tal, y no sólo le interesa el deseo que el otro avanza hacia él, sino la mira­da que lanza hacia otro lugar, donde un tercero le reclama también a él en cuanto que le roba protagonismo con su valor, le amenaza con la indiferencia y le demuestra cuál es el objeto realmente deseable. De este modo, a fin de cuentas, consigue que todos queramos y disputemos por lo mismo, en una unanimidad que permite la formación de los grupos y la cohesión social. El fenómeno le encontramos expuesto de tácitamente en Ovidio, por citar un maestro de la Antigüedad, quien mucho antes que Freud (ese señor a quien Paco ya leía a los 15 años), destacó que «una mujer no atrae la atención por su bonito rostro, sino por el amor que su marido la tiene», y en esa coincidencia del amante con el marido se funda histéricamente la sociedad, y se consagra en el adulterio.

El componente negativo del proceso no deja naturalmente de comparecer con facilidad. Pues de este cruce de miradas el histérico consigue que el otro no solo quiera lo que única­mente a regañadientes se le va a conceder, sino que, al tiem­po, desplace su interés hacia otro objeto que se empeña en invitar a la función, más que nada para derrotarle en cuan­to tenga ocasión. Nada resulta más satisfactorio y triunfante para el histérico que conseguir que alguien se vaya con él bajo el precio de haber dejado a alguien. En este sentido cohesiona y desune a la vez.

Para esta capacidad agrupadora, que viene sostenida por el motor de la identificación, la histérica también posee alguna ventaja añadida: su mimetismo, su plasticidad, su facilidad dramática, aunque se trate de de una identificación aprove­chada y superficial, casi de contagio, frívola y tocada por el defecto de la imitación y el desplazamiento.

No olvidemos, además, que las manifestaciones de la histe­ria vienen determinadas por la recepción que reciben sus manifestaciones. La interpretación de la histeria exige una teoría de la recepción, como sucede en los estudios literarios, a la que generalmente concedemos poca importancia. Pero es tan importante la recepción (histérica) de los síntomas como su producción. Sin ella no es comprensible su signifi­cado ni adquiere rango suficiente su asombrosa plasticidad (Sydenham {1624-1689}: proteiforme y camaleónica). Por ese motivo la histeria diagnostica la sociedad, porque revela su debilidad y sus propios síntomas en el modo como la acoge. Este es el último elogio que la corresponde.

Si la histeria medieval desenmascara los abusos de poder de la cultura eclesial (las brujas y poseídos, el satanismo y la alianza con el diablo, los estigmatizados), la histeria moder­na y victoriana (la freudiana, la charcotiana) denuncia el abuso machista, la histeria postmoderna descubre un campo nuevo sin simbolizar. Espacios que ocupa y que, sin propo­nérselo, nos sirven para estudiar nuestro modo de vida e incitan a saber acerca del presente. Pues si el deseo de saber del hombre ocupa la primera frase del primer libro de meta­física en la historia de Occidente, algo hay que agradecerle a la histeria de que, como escribe Aristóteles, «todos los hombres tengan naturalmente el deseo de saber». Incluso muestra también su presencia en el párrafo siguiente, cuan­do el filósofo sostiene que «preferimos el conocimiento visi­ble a todos los demás conocimientos», pues el compromiso de la histeria con su cuerpo visual no rebaja su importancia aunque conozcamos el extraordinario valor de la dimensión visual en el pensamiento griego.

De este modo, la histeria, como la guerra, encarnan las dos grandes comadronas del conocimiento.

El territorio que hoy ocupa la histeria con predilección es doble: de un lado, el espacio donde habita la hipertrofia del consumo, y, por el otro, la falta de rigor y responsabilidad tan característicos de nuestro tiempo (esa mezcla de inocen­cia y frivolidad).

La histeria, en su sentido colectivo, es la gran animadora hoy del consumo que sostiene la economía. Logra coincidir con lo que le falta al mundo. Se muestra como el gran sostén del mercado: el deseo de comprar. Como un atractivo motor de consumo y a la vez como causa del consumismo estúpido y depredador, puramente imaginario, sin el cual, no obstante, el sistema se hunde. Las cosas son útiles porque se consumen y se compran, no por su utilidad intrínseca. En un dominio de moda, flujos, liquidez, movimiento y necesidad de creci­miento para mantener la tensión, la histeria muestra hoy su inigualable capacidad de desplazamiento, como una aplica­ción más de la célebre continuidad del movimiento uterino, del nomadismo y de la capacidad de estar siempre en otro lugar. Los objetos se han vuelto inconsistentes y huidizos, así que la astuta histeria ha abandonado con gusto la clínica para enseñorearse por todo el escenario social, demostrando una vez más su plasticidad y sus dotes para identificarse con todo lo que la ponen delante. El amor en ella es transporte, místico o físico, que eso da casi igual. Lo importante es que ame sin deseo o desee sin amor, pero que en cualquier caso nunca se entiendan Afrodita y Eros. Este es el fundamento actual del comercio.

Aquí la histeria se revela como lo que es: la ocasión para extraviar la palabra o su conversión en cuerpo alienado, mercantil y fetichista. En un mundo de cosas, reina la histe­ria por la magnitud de su cuerpo, donde la conversión ha sido sustituida por la exhibición en un desplazamiento mucho más conforme al gusto actual. Y también donde la represión va siendo sustituida poco a poco por la supresión, por la capacidad para mirar a otro lado y mostrarse ciegos e indiferentes con la realidad que no interesa o no conviene. Ese «prefiero no saber nada de eso», que es la otra cara del impulso a saber que encarna igualmente, y que a veces como «derecho a no saber» adquiere una legitimidad que se opone a lo más absurdo de la ciencia y el progreso.

Llegados a este lugar, es tentador concebir la verdad como un discurso necesariamente histérico. Entenderla como un objetivo que no termina de llegar, como un retroceso irre­ductible, como un desvelamiento que vela, según la parado­ja con que ha acabado identificándola la metafísica occiden­tal. La verdad, entonces, es ese paso atrás que da siempre la histeria cuando, curiosamente, llega la hora de la verdad. Histérico, entonces, es todo lo iniciador, lo que sólo seduce para darnos enseguida la espalda y dejarnos —por fortuna—con las ganas; con las ganas de seguir deseando, insatisfechos pero insistentes, en pos de lo verdadero.

Al tiempo, la tolerancia receptiva facilita también su soltura para hacerse con aquellos síntomas que, sin tener causa evi­dente, son juzgados benévolamente por la sociedad. Léase la depresión, la fibromialgia o cualquier nuevo síndrome que venga a ocupar los espacios sin simbolizar, a los que provee de sentido, de ocultación, de trampa y de una inocencia campal, elevándose de este modo a constituirse en testimo­nio de nuestros fracasos. Por si fuera poco le permite agru­parse en un grupo escogido de presuntos incomprendidos que le facilitan un suplemento de identidad. La histeria se muestra dispuesta a convertirse a un grupo como antes se con­vertía en el desplazamiento corporal. Una identidad que fácilmente se desplaza a la victimización y reivindicación de una inocencia a prueba de toda responsabilidad. La bella indiferencia se transforma dócilmente en acusación.

Convertir las quejas en acusaciones es el camino de la culpa a la acusación. Sufro luego acuso. «Sufro: indudablemente alguien tiene que ser causante, así razonan las ovejas enfer­mizas» (Nietzsche). Cultura de la inocencia que no quiere oír hablar de culpa y menos de responsabilidad, si no es de la del otro. La histeria ha ocupado pronto ese espacio recepti­vo de la inocencia que la tienta con facilidad.

Este es el fondo hístero-paranoico de la sociedad actual. E hístero-melancólico de sus ciudadanos en la medida en que el sufrimiento es hoy, antes que nada, depresivo.

La histeria nos enseña, por lo tanto, que culpa y responsabi­lidad no coinciden enteramente. Las diferencias entre moral y ética, o entre ética superyóica o subjetiva, o entre la ética de la convicción y de la responsabilidad, las señala la histe­ria con nitidez.

La culpa es la condición necesaria pero no suficiente de la responsabilidad. La culpa debe comparecer pare retirarse ante la responsabilidad naciente.

La culpa es vertical y no sale de uno mismo. La responsabi­lidad es horizontal, dialógica, interrelacional. Ser responsa­ble es ser dueño de la acción. La culpa, en cambio, inhibe la acción y se transforma en idea (inocente), en convicción.

La responsabilidad como garantía de ser dueño de los actos propios. El responsable inicia antes la reparación, el culpa­ble no, se paraliza y se recrea en ella.

La culpa responde ante Dios, la responsabilidad ante los demás.

Hacerse cargo del deseo es tarea de la responsabilidad, per­derlo de la culpa. Séneca le advierte a Lucilo en un mundo estoico, poco histérico (96): «Te he prohibido deprimirte y desfallecer».

Por Fernando Colina

Fuente: SISO/SAÚDE, NЉ 48-49 – Invierno 2009

2017-08-31T21:23:28+00:00 21/06/2008|Categorías: Artículos, Documentos Jornadas, Noticias|Etiquetas: , , |