Fernando Martín Aduriz: Fernando Colina, el inclasificable

De locos, dioses, deseos y costumbres
El pasaje de las letras, 2007
ISBN: 9788493540227

Este último libro de Colina demuestra que es un autor inclasificable.

Si ustedes tratan de ajustarle a una serie lógica perderán, como yo, el tiempo. No hay serie a la que encasillarle: no es un psiquiatra al uso, no es un escritor con sus tics, ni lleva las señas del intelectual común; no se puede decir que forme parte de ninguna escuela de psicoanálisis aunque lo conoce en profundidad, y ha ayudado siempre que ha podido al despliegue del psicoanálisis en nuestra tierra; ni es el típico infatuado que se sostiene en sí mismo, pagado de sí mismo, sino que hace lazo con los colegas y amigos y dirige revistas y hospitales, aunque sin sumergirse en el paisaje de esa serie tampoco.

Fernando Colina es un fuera de serie.

He tomado este punto de vista para presentarles su último libro y tratar de entender así la selección de los artículos periodísticos que constituyen este espécimen inclasificable que es De locos, dioses, héroes y costumbres. Por otro lado me es imposible leer este libro sin psicoanalizar texto y autor. Pido disculpas de antemano. Pero es lo que se espera de un psicoanalista cuando presenta un libro. Hoy voy a desvelar algunos secretos, pues citando a Simmel el sociólogo, citado por Colina en «El humo del secreto», el secreto constituye una de las grandes conquistas de la humanidad.

(…) En una ocasión, cuando le invité a una Presentación de Enfermos que realizaba el Instituto del Campo Freudiano en su Hospital, me dijo que no podía acudir porque el sábado a la mañana le dedicaba a escribir su columna semanal de El Norte de Castilla, «Crónicas del manicomio». Querido tocayo, me dijo, me gustaría mucho, pero no se puede estar en todo, y me he comprometido con el periódico. Traté de convencerle poniéndome como ejemplo, ‘escribo mi columna para el Diario Palentino en cualquier rato libre’, le argüí, pero su silencio me hizo ver que por su parte, él escribía con parsimonia y dedicación un tratado en cada artículo.

Ya vimos en sus libros anteriores, en especial, El saber delirante y en Deseo sobre deseo que comenzaba una etapa de autor. Es verdad que seguía acompañándose de autores, de los clásicos y de los grandes, pero cada vez más hablaba en nombre propio. Decía lo que su Otro, su turista interior, pensaba tras la alegre digestión de sus buenas lecturas y después de muchas horas de vuelo como psiquiatra de barrio y como director de manicomio, sin esconderse detrás de los dichos de otros, por muy clásicos que fueran.

(…) Manuel Rivas, el escritor y poeta gallego, dijo ayer en Palencia, en unas jornadas de poesía, que hay que estar vigilantes para que las palabras no se corrompan. ¿No es ese el esfuerzo de decir manicomio cuando ahora otros lo llaman «edificio», o locos haya donde otros quieren ver ‘enfermos mentales’? Por no mencionar el intento de llamar, en los colegios, segmento de ocio al recreo, y en los campamentos de verano, veladas a los fuegos de campamento, y en las guerras, daños colaterales a los asesinatos de inocentes. Por eso, en su artículo “Fatuo” recuerda que el positivismo ha hecho un gran daño negando literatura al diagnóstico, y que muchos sujetos, fatuos o necios, están mejor caracterizados así; dicho de otro modo, que un deprimido, puede ser un cobarde, y que la tristitia no debe confundirse con la cobardía moral.

En definitiva para presentarles el libro desde la vertiente del autor como inclasificable, concluyamos el argumento aclarando que si alguien piensa que el autor es un tipo frío, un intelectual gélido, un raro sin pasiones, yerra de plano. Pues él mismo acepta en «Palabras de amor», (pág. 100) que «nada impulsa tanto a escribir como la pasión». Lo dice justo después de haber afirmado que «La escritura es el resultado más genuino del trato de las palabras con el amor». Si en otra presentación de sus libros le recordé a María Zambrano, cuando afirmaba rotunda que no se escribe sino para defender la soledad en que se está, hoy, le tengo que decir al autor que a juzgar por lo que promueve su escritura en nosotros, sus lectores, que por favor que siga remando aún río arriba, que siga siendo nuestro Catarro, el personaje vallisoletano de uno de sus artículos. Sólo desde lo inclasificable de su posición se puede recibir lo imprevisto de sus escritos, la singularidad de su escritura.

Quiero finalizar recordando un artículo que tituló «Madariaga», un compañero de trabajo, donde se refiere a él diciendo que «le gustaba la vida, el placer y el trato con la locura. Detentaba la amistad universal. Era tierno, era uno de los nuestros y tenía aura. Hablo de Madariaga». Es un homenaje al amigo donde se refleja la hondura de nuestro autor de hoy. He querido recordar ese texto para decir, hoy, en Palencia, —creo que poniendo voz al sentimiento de muchos vecinos, a la opinión pública ilustrada, que valora los libros como el esfuerzo civilizador necesario—, que es porque Fernando Colina es un inclasificable, —le nombré médico friqui en un artículo en el Palentino—, es por eso que puede decirse, y aún un poco más después de escribir De locos, dioses, deseos y costumbres que, para muchos lectores, Fernando Colina es ‘uno de los nuestros’.

Por Fernando Martín Aduriz
14/05/2007

2017-08-26T12:23:08+00:00 14/05/2007|Categorías: Noticias, Reseñas y comentarios|Etiquetas: , |