Rubén Touriño – El caso C

III Conversaciones Siso-Villacián
Mesa redonda II

Antes de comenzar me gustaría recordar que este caso fue presenta­do durante un encuentro en Toén al que algunos de los que estamos aquí hemos asistido hace unos meses, por lo que es probable que experimentemos cierta ecolalia en cuanto a repeticiones de las últi­mas palabras escuchadas; esperemos que tras alguna nueva modifi­cación (las repeticiones) no sean necesariamente de lo escuchado entonces y que a través de ellas surja alguna consecuencia de este reencuentro.

Trataré de exponer un resumen de las notas clínicas sobre un chico diagnosticado de esquizofrenia paranoide, al que llamaré C.

Con él me había entrevistado por primera vez hace dos años durante su estancia en la unidad de agudos y también en urgencias pero es a partir de un 3° ingreso cuando da cuenta de su delirio saltando de lo que consideramos negativo en la clínica a manifestaciones de conte­nido parafrénico. Más allá del establecimiento de un diagnóstico, ha sido la actitud de escucha la que ha permitido hacer una aproxima­ción a su historia y pasar de una visión transversal de múltiples descompensaciones psicóticas, a otra longitudinal en la que se trata de comprender e inscribir su relato durante un seguimiento continuado. Es posible que yo buscara algo que pensaba encontrar sin que él me hablara, tratando de eliminar el ruído psicótico que me molestaba pensando así poder aliviarlo desconociendo, una vez abierto su acce­so a la psicosis, cualquier función reconstructiva y autocurativa que delirio mediante él trataba de conseguir, delirio que más que parási­to era simbiótico.

El caso C

C tiene 21 años. Su aspecto es el de un chico de su tiempo. De carácter muy dócil, nunca hubo conflictos en las relaciones con el resto de los pacientes ni con su entorno en general, si bien tampoco establece lazo social alguno. Es el segundo de tres hermanos, convive con sus padres y su hermana pequeña. Realiza estudios hasta 4° de ESO inte­rrumpiendo su actividad habitual coincidiendo posiblemente con su primer brote psicótico a los 18 años de edad. Desde entonces no tra­baja ni estudia; acompaña ocasionalmente a su padre en sus trabajos, quien ha sobrevivido a 6 infartos de miocardio. Consumidor de tóxi­cos (alcohol, cannabis, cocaína) esporádicamente desde los 13 años, no presenta otros antecedentes médicos relevantes.

En marzo de 2004 se produce su primer contacto con lo psiquiátrico; ingresa en la unidad de agudos tras ser remitido a urgencias por «cri­sis de agitación en medio familiar». Su familia relata que: coloca las fotos de su dormitorio hacia la pared, rompe un cuadro y muerde los cristales…

Se muestra inicialmente perplejo, inhibido, refiere que «quizás son sus padres quienes le provocan nervios para fastidiarlo» y habla de una «falta de armonía» en su familia, creyendo que hubo «un cambio radical» en ellos. Instaurado tratamiento neuroléptico se procedió al alta con seguimiento ambulatorio en CSM diagnosticado de brote psicótico sin especificar.

Cuatro meses después (julio 2004) reingresa tras nuevo episodio de heteroagresividad, fugas del domicilio y abandono de su cuidado coincidiendo los días previos con consumo de tóxicos (cannabis). Se vuelve a mostrar inicialmente perplejo y con escaso discurso, aunque posteriormente reconoce alucinaciones auditivas y fenómenos de lec­tura del pensamiento que atribuye a «una clavija instalada en el cere­bro por el marciano Saurum», ideación delirante no estructurada, fluctuante, pero con presencia ya de certeza.

Otras veces decía que él siempre tendría 18 años, como si el tiempo no avanzara, petrificado cual instante permanente. En esta ocasión se modificó el tratamiento neuroléptico por secundarismos motores y se procedió al alta.

Tras el alta clínica, permanece durante un mes en un centro de des­habituación de tóxicos (RETO) por iniciativa de la familia y de nuevo, cuatro meses después —noviembre 2004— tiene lugar el que ya es el tercer ingreso en menos de un año. En esta ocasión reingresa tras haber realizado un intento autolítico al ingerir psicofármacos. Los días previos el consumo de alcohol se había disparado. Justifica dicha acción por «estar harto de tomar medicación que le da sueño». Niega fenómenos alucinatorios o de lectura del pensamiento, pero verbaliza espontáneamente ideas delirantes poco estructuradas sobre «la reen­carnación»: «igual hubo otro C en Estoril antes que yo». Su trato como siempre, es cordial en todo momento.

En la evolución clínica se habla de un marcado «defecto psicótico» pese a su juventud y corta evolución hasta la fecha, manifestado sobre todo en el deterioro de las relaciones sociales y en el lenguaje, ya poco productivo. Se recomienda ingreso en unidad de media estancia para inicio de tratamiento rehabilitador / de reinserción social. Sus padres rechazan inicialmente esta opción, y proponen que C ayude en el negocio materno y como alternativa plantean otra estancia en un centro de deshabituación de tóxicos (Proyecto Hom­bre).

Desde el alta de finales del 2004, hasta mayo de 2005 las atenciones en urgencias se repiten continuadamente por clínica de descompen­sación psicótica. Será en uno de esos encuentros en el que me hace saber de una ideación delirante megalómana: me dice que me creó a mi, a su padre… cuando le comunica esto a su padre, éste se dirige a nosotros diciendo que a su hijo lo que le ocurre es que: «tiene mucha imaginación»… minimizando la clínica…De esta manera se hace patente una vez más lo insoportable que le resulta el padecimiento de su hijo.

En esta vorágine de consumo de consultas, deciden también llevarlo a una afamada clínica del país, donde realizan pruebas de imagen (TC craneal) y sugieren un diagnóstico de «deterioro cognitivo» a la vez que proponen una RM para completar el estudio. Señalar que todas las pruebas realizadas durantes los ingresos: TAC, RM, analíticas, incluidas serologías fueron estrictamente normales.

En junio de 2005 ingresa en el Hospital de Toén por primera vez, tras acudir a urgencias por «episodio de heteroagresividad hacia el padre en contexto de intoxicación etílica». En la entrevista él aclarará que la agresión se debió a «un malentendido» ante una indicación pater­na; el padre le dice que vaya ver a «Daniel» y él no sabe cual de los dos Daniel que conoce puede ser: si su primo o su vecino. Esta incer­tidumbre desencadena la agresión, si bien hay que señalar que es pro­bable que la descompensación se iniciara dos días antes coincidiendo con su cumpleaños según el de una manera algo confusa relata. Mes y medio después se procede al alta. Durante este tiempo de ingreso da cuenta de su identificación delirante:

–   «Soy C de Estoril gato negro de 2 piernas»

–   «Estoril» es un planeta.

–   Su objetivo es morirse y ocupar definitivamente su cuerpo de gato con el que será inmortal, por eso llevó a cabo el intento auto­lítico con psicofármacos y no porque estuviese deprimido, aclara al ser entrevistado. Su nombre: «es el mejor nombre que se puede tener». Recordar que su padre, cuyo nombre es casi igual al suyo, ha sobrevivido a 6 infartos de miocardio.

–  Decidió olvidar su infancia porque «podría haber sido una bar­barie».

–  «Antes de nacer yo ya sabía…y después también… sabía que iba a nacer ahí… en mis padres… ellos me daban la leche pero yo ya sabía»

–  Concentra todos los poderes del universo y ahora a posteriori se da cuenta de que todo en su vida ha ido encajando y encaja per­fectamente… Llegar a estas conclusiones le supone gran esfuerzo mental, dice.

–  Tiene poderes que le permiten controlar el mundo, él concentra «la in-te-li-gencia —la pronuncia estableciendo una separación entre las sílabas— y la magia»

–  No ha cumplido más de 18 años (aunque ahora tiene 21) porque esa es la edad a la que se alcanza el máximo de poderes.

–  A veces tiene la sensación de que los demás seres humanos son muñecos que él maneja a su antojo.

–  Él lee el pensamiento de los demás y ve haces de luz con formas geométricas que sigue con la mirada por el campo visual… delan­te de nosotros las señala haciéndonos una demostración.

–  Muestra un aspecto hierático, dice que sus palabras no pueden acompañarse de gestos ni emociones «porque no aprendí, porque no sé y porque no quiero… por eso muevo sólo el cuello como un gato…»

–  Referencias a Saurum, al que presentaba en los primeros ingre­sos como marciano y ahora como «caballo de 2 patas» que le acompaña y que

–  Le introdujo una clavija en el cerebro.

–  Sabía que él, C de Estoril, nacería «el 18 del 6 del 1985»… «el 5 número mágico».

–  «Saurum vive desde hace 50.000 años pero yo quiero pensar que lo creé a él y no al revés».

–  Saurum fue quien le hizo saber de los «trozos de real» que se originan en su mente y que proyecta hacia los demás.

– Tiene la intuición, no la certeza, de que él ha habitado ya todos los planetas posibles y que ahora está en «la Tierra», planeta que para él es el «número 0».

Está contento y tranquilo porque ahora sabe quién es y de dónde viene, pues antes lo desconocía. El crear un sistema delirante le ha permitido pasar de un estado de negatividad a la obtención de una respuesta sobre su posición que lo alivia y le permite soportar la cer­teza que lo abarca.

El diálogo con los padres no es fácil en cuanto que rechazan aceptar lo que le ocurre y rehúyen un diagnóstico de esquizofrenia, pero pro­ponen que lo que padece es «epilepsia» o «depresión» como si fuera algo sobrevenido, algo de familia (hay casos de epilépticos)y por tanto algo en lo que su hijo no está implicado y nada tiene que ver.

Durante este ingreso, como ha sido habitual en él, no hubo inciden­tes durante los permisos a domicilio, salvo algún consumo esporádi­co de tóxicos. Sigue centrado en su delirio, que verbaliza espontáne­amente y nos hace saber que quiere tatuarse el cuerpo sin dar expli­cación de por qué, la mitad de rojo y la otra mitad de negro, comen­zando por los pies y siguiendo hacia la cabeza, o bien tatuarse en el pecho 666 y una estrella de 6 puntas porque es el anticristo. «A Cris­to lo maté yo por eso me llaman el anticristo»; cuenta que siendo pequeño unos niños lo colgaron boca abajo de un árbol, comenzó a rezar y le dieron este apodo.

Unas semanas después dice que «aunque tenga la capacidad de mate­rializar su pensamiento (convertirse en gato) se le complicaría la vida y no debe hacerlo» tratando así de estabilizarse y pidiendo consejo antes de dar un paso al acto en lo referente a los tatuajes.

Se pacta que haga un dibujo, pero no algo definitivo… se muestra conforme inicialmente, pero meses después acaba grabándose en el cuerpo, la cifra «666» y una estrella de 6 puntas en el pecho.

Al alta de este primer ingreso en Toén (agosto 2005) se logró esta­blecer un lazo terapéutico, y aunque persisten alteraciones sensoper­ceptivas, su producción delirante parece estabilizada.

La fantasía de que el hijo vuelva a ser un deportista como había sido condiciona el proyecto que el padre plantea al alta: iniciarlo en un nuevo deporte y de esa manera lograr «su curación». Al alta se reali­za seguimiento en consultas desde el propio hospital por deseo expre­so de C.

En un primer tiempo ya de alta se mantiene relativamente compensa­do, su delirio no lo verbaliza en casa espontáneamente ni a sus ami­gos y lo deposita en la consulta que ahora es lugar de privacidad.

Poco tiempo después reinicia consumo de tóxicos; reaparecen nuevos episodios de agresividad hacia el padre, soliloquios y abandono de su cuidado. De nuevo ingresa en agudos donde verbaliza su clínica psicótica de abigarrado contenido parafrénico que, si bien se mantuvo inalterada, no tuvo repercusión en su participación en actividades comunes y relación con otros pacientes.

2° ingreso en Toén – noviembre 2005: Es trasladado a Toén una vez disminuida la psicopatología aguda para continuar un proyecto a largo plazo que favorezca la estabilización, disminuir el consumo de tóxicos y valorar un proyecto de vida con seguimiento ambulatorio. Es aquí cuando comienzo a ver a C, de modo continuado con su psi­quiatra habitual, previo su consentimiento, lo cual no será sin conse­cuencias en la transferencia y en la evolución del caso. Nos cuenta que:

–   Es el único.

–   Es inmortal y eterno.

–   Habita varios mundos a la vez.

–   Ve la energía que circula delante de él en forma de figuras geo­métricas pero no descarta que quizás puedan ser palabras en algún momento… le dan información.

–   «Es imposible razonar con él» porque «él hace que las cosas no cuadren», de hecho dice que «no acepta ‘la lógica’».

–   Es el dueño de los números porque es «dios» y «habita el plane­ta antes que nadie».

–   Consume drogas porque le despiertan y le hacen «el efecto nor­mal» esperable en cualquier otro… le dan risa y le permiten circu­lar por las calles que de otro modo serían aburridas y monótonas.

–   Comentarios paranoides respecto a sus padres: «si ellos me dicen que yo lo estropeo todo, ellos a mi me estropean la vida… me van a hartar un día y voy a matarles y ya está… como alguna gente hizo, ¿no? Se me cruzan los cables y ya está…».

–   Afirma encontrarse bien, rechaza ingresar en un centro de des­habituación y el que sus padres insistan lo paranoidiza mucho. Se habla con la familia para que lo dejen un poco en paz por el ries­go de acting.

Ve su piel blanca pero «la siente negra porque ahora se que mi cuer­po aunque con apariencia de persona es de gato.… le pasa con la gente también: «no se si son personas o animales ni si ellos lo saben, pero no quiero decírselo».

Dos días después de la admisión, sus padres deciden llevárselo a casa en contra del criterio médico por riesgo de paso al acto en la medida en que se siente perseguido por el padre; se les comunica que traten de ser menos invasores por este motivo. C les ha pedido expresa­mente que quiere volver a casa, ellos consideran su único problema es el consumo de drogas y que tiene mucha imaginación. Ante la negativa de los mismos a continuar el proyecto y el ingreso, se cursó alta clínica voluntaria dejando abierta la posibilidad de un nuevo reingreso si ellos cambian de opinión o C empeora.

Quince días después del alta voluntaria es traído por su familia de acuerdo con lo pactado; en esta ocasión el motivo es una fuga del domicilio y la sustracción de dinero al padre con el que se fue de copas por Ourense y Vigo. Cuando se queda sin dinero después llama a casa para que vayan a recogerlo. La explicación que da al pre­guntarle por ese episodio es: «estuve conociendo gente».

De nuevo muchas dificultades a la hora de establecer un proyecto en el que los padres no interfieran continuamente.

–   Cada uno plantea propuestas distintas y son incapaces de llegar a ningún acuerdo.

–   La relación entre ellos es conflictiva. Se desautorizan y se mues­tran ambivalentes, unas veces muy rígidos con respecto a C y otras excesivamente tolerantes sin encontrar un límite consensuado ni adecuado.

–   Por otro lado se culpan de haber exagerado los síntomas que motivaron el primer ingreso y minimizan la clínica.

— La madre no sabe qué decisión tomar respecto a C, incluso rela­taría en posteriores encuentros haber pegado su oreja a la de él «para oír las alucinaciones»; piensa que sería mejor que no toma­ra la medicación y afirma que después de estas fugas lo ve mejor que nunca. Según ella, dado que todo lo que le ocurre al hijo se debe al consumo de drogas, lo necesario sería suspender la medi­cación e ingresarlo en un centro de deshabituación. Parece que es posible que le resulte difícil de soportar la vergüenza social que el consumo le implica, así como estar en el psiquiátrico «mi hijo no es como estos»—. A todo esto, C contesta que consume desde los 13 años y no entiende porqué ahora que es mayor de edad se empeñan en ingresarlo si ya sabían que consumía desde entonces: «¿por qué ahora y no antes? si no se han enterado antes de que consumía es porque no querían verlo».

–   Sin avisar, el padre decide llevarlo a una entrevista para ingreso en un nuevo centro de deshabituación de tóxicos en el que no es admitido, haciendo una interpretación paranoide de dicha negati­va cuestionando si nosotros habríamos intervenido para que no lo aceptaran. Pese a aclararlo, no acaba de creérselo.

Nos comunica el motivo de su consumo: «ganar tiempo», lo que da cuenta de su no inclusión en las coordenadas temporales que nosotros manejamos y las dificultades que esto supone para establecer cual­quier proyecto, si bien manifiesta también que en el hospital no tiene necesidad de consumir, de hecho no lo hace, sin que esto le suponga mayores complicaciones, salvo algún consumo ocasional de alcohol en algún permiso, el consumo es algo que aparece fuera del hospital.

En días posteriores nos hace saber su deseo de ir al ejército y verba­liza que necesita ponerle límites a toda su locura «quiero parar esto» dice, pero no aclara más al respecto.

Finalmente, el proyecto que nuevamente su padre le propone es vol­ver a entrenar en un equipo de fútbol; dócilmente, una vez más, acep­ta. Se muestra contento e ilusionado inicialmente «tengo que hacer algo con mi vida… y encontrar una chica»… preocupado por su segui­miento si se va de alta. Se le explica que la consulta sería el lugar donde hablar y depositar esas cosas suyas particulares tratando que esto le permita estar en el mundo con menos conflicto con los demás y consigo mismo en la medida de lo posible.

Los entrenamientos se mantienen durante 1 semana hasta que deja de acudir. No da razones, su semblante se vuelve serio, «es difícil expli­carlo», dice. El padre se muestra exigente, pide razones que C no puede dar en este momento lo que acentúa lo paranoide de éste hacia él y si hace unos días el ingreso le había servido para «pensar en lo que no debe hacer» logrando poner límites a la cosmogonía que con­taba por un lado, y a lo que consumía por otro, ahora se refiere a este ingreso como «una mala jugada que me hicieron mis padres».

Sus padres oscilan como siempre entre el autoritarismo que refuerza la ideación paranoide y la pasividad que impide poner límites que él mismo llega a pedir.

Aquí termina mi encuentro continuado con C durante los dos meses de mi rotación como residente en Toén, encuentro aceptado por él (que desde su posición de saber me permitió estar presente) y mante­nido en la gran mayoría de las ocasiones junto con Chús Gómez.

Hace unas semanas nos hemos vuelto a encontrar en urgencias. Acep­tó nuevamente la propuesta de sus padres de acudir a un centro de deshabituación de tóxicos en el que permaneció 24 horas al cabo de las que les pidió que fuesen a recogerlo. Ya en urgencias: perplejo, alucinado, mutista. Es nuevamente ingresado en Toén. ¿Debe ser éste el lugar no sólo donde escuchar sino también donde estar? Es probable que así sea en este instante, aunque para él no exista el tiempo, en la medida que un marco de referencia como una institución le permi­te soportar la certeza por la cual es aludido.

Gracias por escucharme nuevamente.

Por Rubén Touriño

Fuente: SISO/SAÚDE, Nº 43 – Otoño 2006

2017-08-31T18:52:21+00:00 03/06/2006|Categorías: Artículos, Documentos Jornadas, Noticias|Etiquetas: , |