Luciano González Anido – Comentario al caso «C»

III Conversaciones Siso-Villacián
Mesa redonda II

Quiero agradecer a Rubén la organización y exposición del caso donde refleja los fenómenos de sujeto y la psicosis en lo que se mues­tra: en sus trastornos, pero antes de iniciar los comentarios sobre el mismo quiero exponer la reflexión que me suscitó.

En su introducción destaca su actitud de escucha como lo nuclear que posibilitó su acercamiento al paciente ubicándose en un más allá de la Psiquiatría convencional al abandonar el buscar algo que pen­saba encontrar sin que me hablara, tratando de eliminar el ruido psi­cótico que me molestaba para situarse en la «Otra Psiquiatría» como brújula que orienta la escucha.

Este comentario hizo que me preguntara si el paso de una Psiquiatría cercana a las humanidades a una Psiquiatría ganada por el discurso de la ciencia, con un borramiento de la primera sin el esfuerzo de aunar ambos saberes, fue o es promovido por lo que apunta Rubén: que el clínico se refugia en la ciencia para no confrontarse con la inseguridad de una relación transferencial donde el saber lo tiene el psicótico y el otro debe mantenerse en esa posición de falta que es la de testigo, la de quien no sabe y que está para recibir el testimonio del psicótico.

Este lugar de escucha como testigo marca nuestra posición en la transferencia ante el psicótico; podemos decir que si ante una estruc­tura no psicótica el analista ocupa el lugar del Otro, del sujeto al que se le supone un saber desde el que va a interpretar, ante el psicótico el analista es el sujeto del no saber, a riesgo de que el psicótico se ubi­que como objeto de goce del otro y lo convierta en su perseguidor. Al psicótico no le podemos interpretar, ya que la interpretación es soli­daria del mecanismo de la represión (de la que carece el psicótico) donde el síntoma en la estructura de la metáfora, puede ser descifra­do al poder sustituir un significante por otro significante. En la psi­cosis no hay represión. El síntoma no está a nivel de la metáfora, de lo simbólico, está en el orden del retorno de lo real como efecto de la forclusión, de un vacío radical en el campo de lo simbólico.

La psicosis y la neurosis se esbozan en el campo del lenguaje y en su relación con el significante. Pero además la neurosis y la psicosis no se diferencian ni por la intensidad ni por la cantidad de sus síntomas, sino que la diferencia es de estructura, y la estructura es efecto del lenguaje sobre lo que no es lenguaje, sobre el ser viviente. En el caso a discutir podemos apreciar la marca del goce en el cuerpo, revelan­do que no todo en la psicosis es delirio, ya que el delirio es siempre una tentativa parcial.

La Psiquiatría y el Psicoanálisis comparten el mismo objeto: la locu­ra, al poner Freud como destino de estudio del Psicoanálisis el mismo de la Psiquiatría, y como muestran las Conversaciones «Siso-Villacian», de lo que se trata es de ajustar nuestros métodos a nuestro obje­to.

En el Congreso Mundial de Psiquiatría de Madrid, en Agosto de 1996, uno de los ponentes dijo: «La Psiquiatría no la podemos con­vertir en una neurología para psiquiatras» que creo que Rubén, en la modificación de su disposición de escucha ante el paciente, es lo que nos está diciendo: la psiquiatría no es una neurología para psiquiatras. Hay un sujeto del lenguaje al que reconocer y al que darle la palabra para mantenerlo en su orden, aunque en el caso del psicótico sea un orden trastornado como «desabonado del inconsciente» que es.

Haré unas puntualizaciones sobre el caso desde su comprensión analíti­ca en relación a algunos fenómenos en los que muestra su estructu­ra, apuntando al orden desordenado de su psicosis y a su estabiliza­ción delirante, para iniciar la discusión y dar la palabra a la sala.

Fenómeno elemental

En el relato que nos expuso Rubén, en la escena infantil en la que cuenta que le colgaron de un árbol boca abajo y le llamaron el anti­cristo, se aprecia como el sinsentido de un fenómeno de la percep­ción o del pensamiento (no necesariamente hubo de ocurrir) adquie­re la certeza de una significación. Esto cobra pleno sentido fuera de la cadena significante adquiriendo así la categoría de fenómeno ele­mental.

Esta escena parece el encuentro con la forclusión (fálica), con algo que en adelante existirá para él en lo real, y esta repetición a lo largo de su historia, que no es una repetición significante sino una repeti­ción en lo real, orientará su vida.

Tal y como apunta Lacan en el Seminario 3, «Las Psicosis», lo impor­tante no es lo que fue vivido sino lo que no fue simbolizado.

Primer ingreso

En todos los ingresos se puede apreciar una constante: su agresividad hacia el padre, pero en uno, el primer ingreso en Toén, C se enfrenta a una situación enigmática: Un malentendido con mi padre.

Su padre le dice que vaya a ver a Daniel y él no sabe a qué Daniel ha de ir a ver: si a su primo o a un amigo… y como toda palabra es demanda, salvo la interpretación, C escucha en las palabras del padre una demanda. Sabe que algo le pide pero en él se abre un vacío enig­mático de significación. No puede responder a la demanda del otro porque el lugar de la significación está ocupado por un vacío. Tiene la certeza de que en la demanda del padre hay un saber, pero no sabe lo que es (eso es el enigma). Se encuentra en una ruptura del espacio semántico: no consigue pasar del significante al significado brotando el cuadro de agitación y agresión al padre en la equivalencia certeza – angustia.

La angustia hace surgir el significante enigmático del deseo del Otro: sabe que desea, pero desconoce que desea; de alguna manera la angustia es la certeza en esa significación de significación.

La certeza por tanto es relativa al vacío enigmático; es saber que el otro quiere algo sabiendo que no sabe que es lo que quiere. El vacío de significación viene a coagularse en la certeza de saber que ese vacío algo significa.

Enigma – perplejidad – angustia – acto – certeza

La perplejidad que siempre consta en todos sus ingresos hace serie con el enigma que le precede.

El nombre C: En la sustantivización del nombre, «es dios», concen­tra todos lo poderes del universo.

Igual hubo otro C en ESTORIL.

«C de Estoril gato negro de dos piernas»

Soy C de Estoril gato negro de dos piernas y vivo en un planeta que se llama Estoril.

Dos piernas que no dos patas; nunca perdió su humanidad… aunque con apariencia de persona, es gato.

«C de Estoril gato negro de dos piernas»: nominación desde lo real con la que concentra todos los poderes del universo. Es la metáfora delirante de su estabilización, es el pasaje entre lo simbólico y lo real lo que le da tregua, sin la intervención de la metáfora paterna.

Como apuntamos en la reflexión del principio, el delirio es siempre una tentativa parcial. La función de estabilización que el delirio logra se puede comprender de acuerdo con la dialéctica del no-todo que es la de la posición femenina. Esta estabilización está amparada bajo la estructura lógica del empuje a la mujer en el sentido de que un todo necesita un parcial para su funcionamiento.

El todo universo necesita un parcial. C, el gato, es lo que falta para que funcione el universo de su discurso: Estoril. Es la metáfora deli­rante pensada con la lógica del no-todo, en la que el sujeto se causa como el objeto que falta en el universo del discurso; es su manera de hacerse representar en el universo de su discurso. Mediante la inven­ción de un nuevo significante C trata de instalar, frente a la repetición de ese significante solo que se repite sin articulación, algo que aña­dido le sostenga como objeto.

Toda pulsión tiene algo de empuje, y este empuje-a-la-mujer es la nueva forma de pulsión que se desprende del funcionamiento de la psicosis.

Trastornos del lenguaje

En el «ganar tiempo», dicho por C en relación al consumo de dro­gas, se puede apreciar la estructura de la holofrase.

Este «ganar tiempo» de C, está fuera de discurso, tomado discurso en el sentido lacaniano de aquello que hace lazo social Aquí todo el peso del mensaje recae en el emisor. El sujeto y el significante holofrásico son uno, forman un «monolito», la solidificación de los dos significantes adquiere un sentido pleno, fuera de todo vínculo con un posible interlocutor.

El término holofrase en Lacan, se aleja del concepto de holofrase habitual como parte invariable en el origen de la lengua fundamental a modo de dispositivo con que expresar estados de ánimo, pensa­miento o intención (fuego, pan, auxilio) que acentúan la congruencia de la palabra con la cosa. Lo que Lacan destaca no es el característi­co carácter de condensación de la palabra-frase, sino que marca la presencia del sujeto de la enunciación en el seno de un enunciado donde no es nombrado. Lacan apunta a la solidificación de dos sig­nificantes (S1 _ S2) en la holofrase estructural del psicótico.

Lo que Lacan trata de aislar es un mecanismo propio del incons­ciente freudiano, no un fenómeno lingüístico universal, para abordar la estructura del sujeto psicótico.

Estoril, no se refiere a la ciudad portuguesa. Es un neologismo semántico al contener un sentido pleno y estar excluido todo sinsen­tido. La palabra por sí misma lo dice todo, conlleva una certeza al detener la significación, es una especie de «plomada en la red del dis­curso del sujeto» que sutura a modo de ley significante la cadena dis­gregada.

Las marcas en el cuerpo las podemos leer como formando parte de ese todo parcial de la metáfora delirante que lo estabiliza; como expresión del retorno de un real en la imposibilidad de la simboliza­ción. Es una significantización del goce, equivalente a una cadena significante inconsciente cuyo vocabulario estaría constituido por la pulsión escrita en el cuerpo. Es su deseo, como demanda inconscien­te, satisfecho en su marca de goce, su ser de goce: gato. Es un efecto de la forclusión fálica en el registro imaginario, en la imagen de su cuerpo.

La toxicomanía parece cumplir una función de estabilización, ya que C la homologa con un tiempo vivencial delirante que pone en la adolescencia. A los 18 años es lo que se espera que haga. La droga lo ubica y le permite hacer lazo social entre los pares. En el Hospital no necesita consumir, allí se encuentra ubicado y hace lazo social mediante la relación transferencial con su psiquiatra.

Su intento de suicidio tiene que ver más con un intento delirante de reencarnarse en su ser de goce que con una desinvestidura libidinal, al no observase ningún fenómeno de mortificación.

Su intento de suicido, su abandono de actividades, su tendencia a la tristeza y aislamiento, así como las marcas en el cuerpo, se pueden englobar como fenómenos pertenecientes a la forclusión fálica.

Finalmente su deseo de ir al ejército puede entenderse como la expresión de la necesidad de crear un Super-yo externo que de algu­na manera lo contenga.

Tras estas breves reseñas podemos iniciar la discusión del caso. La sala tiene la palabra.

NOTA

Se abrió una interesante y animada discusión sobre ambos casos expuestos que no figura impresa en este dossier por fallo en la gra­bación de la misma. Lamentamos el incidente pero agradecemos a todos los participantes su animada y esclarecedora intervención.

Por Luciano González Anido

Fuente: SISO/SAÚDE, Nº 43 – Otoño 2006

2017-08-31T19:03:15+00:00 03/06/2006|Categorías: Artículos, Documentos Jornadas, Noticias|Etiquetas: , |