V. M. Niño entrevista a Fernando Colina: «La falta de deseo lleva a la depresión y su exceso, a la megalomanía»

Fernando Colina analiza la relación del hombre con sus anhelos y su conexión con la enfermedad mental

Entre la satisfacción por lograr lo deseado y la frustración ante su negativa transcurre buena parte de la existencia humana. La manera de gestionar tanto la alegría de la primera como la tristeza de la segunda, la capacidad y la necesidad de convertir el ‘no’ en estímulo para buscar otro ‘sí’, el peso cultural sobre esa necesidad de saciar los anhelos propios y el juicio que eso merece, son algunos de los hitos del libro Deseo sobre deseo (Cuatro Ediciones), de Fernando Colina (Valladolid, 1947), colaborador semanal de El Norte de Castilla.


—«Seguramente el deseo no sea otra cosa que un síntoma de vida», afirma. ¿Vivir es desear, o no es?

—El deseo es un flujo psíquico que empuja todas las manifestaciones de la vida. Vivir es desear. Esto se sabe desde siempre, pero fue Spinoza el primero en elevarlo a esencia de la vida. También podemos identificarlo como síntoma de la vida por excelencia que engarza con todas las expresiones de la clínica, desde la depresión y la angustia hasta el delirio.

— Entonces, ¿un psiquiatra debe atenderlo preferentemente?

—La psiquiatría se divide entre una corriente somática, que atiende a la parte orgánica, y otra que reivindica como protagonistas la palabra y el deseo. Donde hay deseo hay lenguaje y donde hay lenguaje obligatoriamente hay deseo. Son inseparables.

—Entre la ambición y la falta de deseo, ¿qué lleva más pacientes a la consulta?

—Probablemente la falta de deseo, porque el ambicioso suele estar contento y feliz mientras permanece en su ansia, o se sostiene en el resentimiento. La soberbia y el resentimiento ahorran muchas consultas. Lo malo es cuando le fallan los objetivos. En ese caso también puede enfermar, desde luego, y cuando lo hace lo lleva a cabo de un modo más feo.

—¿Y cuál es el diagnóstico?

—En la falta de deseo, la depresión. Todas las depresiones son estrangulaciones del deseo. Y en la ambición, en cambio, se cae en la megalomanía, en la fatuidad y en todas las formas de narcisismo.

—¿Cómo se alimenta la insaciabilidad, cómo se evita el límite mortal de la satisfacción?

—Gracias a que somos insaciables mantenemos vivo el deseo. De no ser así nos deprimiríamos. Cuando el deseo se sacia puede interrumpirse y enfermamos. Que los deseos no sean satisfechos del todo sirven de estímulo a los siguientes. El duelo de un deseo es el alimento del que sigue.

—¿Qué añade el entorno cristiano al deseo frente al pagano clásico o al judío de Freud?

—El cristiano se lleva mal con el deseo, al menos con el sexual, no con el deseo de poder. Siempre lo ha revestido de culpa, de pecado, de propuesta de ascetismo. El cristianismo se siente muy incómodo ante él. No solo por los actos de placer sino también por su presencia en las intenciones, en los malos pensamientos. El cristiano no es un defensor del deseo precisamente. Aunque indirectamente lo consiga, pues la represión es un estupendo estímulo.

Doble vida

—¿Nos define el deseo, somos lo que queremos?

—Hay dos modos de entender la vida. Una, dejarse vivir pasivamente; y otra, tratar de guiarla activamente, intentando diseñarla y fabricarla. El deseo hay que construirlo. Si no fabricas una espera no hay deseo, y para conseguirlo hay que trazar un plan mezclando la lentitud y el diseño.

—¿Pueden elegir deseos distintos cabeza y cuerpo?

—No confío mucho en ese dualismo. Si hay deseo hay cabeza y a la vez cuerpo. Quizá excepcionalmente se puedan separar, más que nada como efecto del entendimiento, del intento de comprensión. Todos los deseos pasan por el cuerpo, hasta los más espirituales. La Iglesia intenta salvar el espíritu del cuerpo pero no hay manera de conseguirlo. Todo el ascetismo está lleno de tentaciones del cuerpo. La ambición, la gloria, los ideales también pasan por el cuerpo. El deseo es sentido y hablado. Es cuerpo y cabeza.

—¿En qué se diferencian los clásicos estoicos de los cristianos?

—Los griegos y los romanos eran grandes defensores del placer. Otra cosa es que desde el punto de vista ético propusieran una moderación del mismo, pero nunca llegan al extremo de la supresión. Amaban el placer de vida.

—Señala como respuestas subjetivas al deseo la histeria, la obsesión y la transgresión. ¿Podría ejemplificarlas en algún personaje?

—Son tres estrategias del deseo que, en distintos grados, están presentes en cada uno de nosotros. Sin embargo, hay formas muy intensificadas y prototípicas. El histérico está bien representando por Don Juan; de Hamlet se dice que es un obsesivo ejemplar; y como forma transgresora tenemos a Sade, que llega a un grado transgresor perverso y violento.

—¿No hay ninguna mujer ejemplar ni siquiera de la histeria?

—De la histeria siempre se ponen ejemplos femeninos pero eso no tiene razón de ser. Es más conveniente, para evitar los prejuicios, ponerlos masculinos, porque los hombres son tan histéricos como las mujeres. Otra cosa es que socialmente el término histérico se haya identificado a lo largo de la historia con las reacciones femeninas, pero parece más una consecuencia del desplazamiento social que de la naturaleza.

—¿El deseo de poder es el más social de los deseos?

—Desde el punto de vista de lo que se entiende convencionalmente por poder, sí, pero desde el punto de vista de lo que se defiende en el libro como poder, que son sencillamente las relaciones de poder, no puede defenderse como deseo social. Todas las relaciones personales, íntimas y privadas, están trenzadas de poder. Todas las parejas tienen que aceptar un pacto de poder, que incluye, por supuesto, la culpabilidad. La culpa es un refinado instrumento de poder. Todas las dependencias afectivas son tributarias de esta forma de deseo. Desde que se reúnen más de dos personas se establece inmediatamente una jerarquía. Cuando Primo Levi llega al campo de concentración se sorprende de que se establezcan jerarquías entre los presos, y que algunos se apunten enseguida a convertirse en verdugos de sus propios compañeros. El problema que suscita La Boétie sobre la servidumbre voluntaria también afecta tanto a lo público como a lo privado.

A toda velocidad

—¿Qué lleva más a la consulta?

—Hay dos formas generales de enfermar, una por fatiga y otra por conflicto. La primera sucede cuando no se puede más por estrés, cansancio, agotamiento o frustración. La segunda se da cuando el deseo es conflictivo, y no se aviene bien con los ideales y prohibiciones. La primera es más social, y la segunda más personal. Pero no hay que establecer fronteras rígidas. Además, los pacientes pueden elegir un escenario del conflicto para ocultar los problemas que tienen en el otro. Hay gente que se queja del trabajo por no hacerlo de la vida de amigos o de la pareja, y viceversa, quien desplaza a la esfera individual los conflictos propios de su vida social.

—El deseo responde a su tiempo ¿qué caracteriza el de hoy?

—La prisa, sin duda, la aceleración y la necesidad de placeres inmediatos. Las estrategias de la modernidad son desbordantes en este sentido. Todo está acelerado. Un deseo precisa del siguiente sin dejar un tiempo de latencia, de melancolía, de necesaria espera. El libro, precisamente, está dedicado a una palabra que es un grito de placer: ‘despacio’.

—¿Son inseparables placer y dolor?

—Creo que sí. Así me represento la condición humana. Otra cosa es que sean proporcionados. Pero el miedo al dolor no puede evitar la búsqueda del placer. Es una obligación moral sostener los deseos, no huirlos o evitarlos.

—Cinismo, delirios, deseos… ¿próxima parada en su análisis?

—De momento un estudio sobre los motivos que tienen los locos para escribir, que generalizando serían los motivos que empujan a escribir a todo el género humano: cuerdos y alienados. Los psicóticos piden a menudo lápiz y papel para escribir. La escritura siempre es una defensa, un refugio, un síntoma.

Por V. M. Niño

Fuente: El Norte de Castilla

2017-08-26T12:25:59+00:00 23/04/2006|Categorías: Entrevistas, Noticias, Reseñas y comentarios|Etiquetas: |