Fernando Colina: «Diez tesis sobre el saber delirante»

Tesis I

El delirante pide la palabra.

Pretendo estudiar la aventura de la razón delirante, esa que impresiona por su resistencia y por su acierto en la custodia. Una eficacia que no se limita al delirante consigo mismo, sino que vemos ejercer también su violento sigilo ante el intérprete. El delirio se resiste activamente a ser entendido, y esa reserva intrínseca a dejarse entender acaba rebotando o coincidiendo con un profundo remoloneo nuestro para conceder sentido y sistema a la razón delirante. El delirante pide la palabra, pero cual simple espantajo nadie le da la razón y nadie le habla.

El delirante elige sus armas en el arsenal donde todos se pertrechan, en las palabras, pero conduce su emancipadora rebelión al desastre psicótico: la palabra liberada del lenguaje. Palabra pues independiente, desligada o desgajada del otro, palabra solitaria y sin inconsciente desde el que hable. (La única posibilidad para el terapeuta es prestar su lenguaje a tan acuciante palabra). Suele decirse tajantemente, con ese contagioso absolutismo provocado por la psicosis, que allá no hay inconsciente, o que éste se encuentra a cielo abierto. Ambas posibilidades se asemejan de puro opuestas, y de ninguna puede saberse, a ciencia cierta, de lo que tratan. Lo más llamativo es el resultado: el delirante se queda a solas con la palabra. Pero conviene prescribir una huida de las despóticas exageraciones que etiquetan al psicótico. Todo lo que sigue es, en cierta medida, una descarada aversión contra ellas. No hay que confundir el límite de la razón con el delirio, el delirante no es un animal pues conserva un hombrecillo dentro de sus encastilladas palabras, encapsulado, crisálido, o como se quiera, pero humano. Hay esperanza. Sólo Dios y la bestia consiguen fundir consciente e inconsciente, en tanto que al delirante le resta divinizarse hasta donde sea capaz, y disolver el inconsciente hasta donde pueda llevar su animalesco distar del otro.

El delirante no busca las palabras, le salen al paso, sin ansia. El deseo yace estancado, arrodillado ante la necesidad y sus sedientos espejismos que ocultan a nadie y a nada. Son palabras escuálidas y férreas, sin lágrimas, inhumanas. Palabras que nunca se lleva el viento. Son palabras imaginarias, más perceptivas que nunca, plásticas y figurativas, palabra que se ve y se palpa más que palabra pensada. Palabras-cosa también llamadas, sólo aptas para apedrear o para ser robadas. Son una cueva para esconderse o un sonajero que bordonea en la ensordecida oreja delirante. Son, en fin, palabras maternas, mamá-palabras, inseparables, redondas, sin huella simbólica, sin patada paterna.


Tesis II

El delirio es un pensamiento instantáneo.

Toda la psicosis es una psicopatología del instante, aunque sólo fuese porque el instante es la temporalidad exquisita del narcisismo.

La atribución de cronicidad, que parece inseparable de la psicosis, es una máscara del instante, uno de sus avatares. Todo lo relevante del psicótico viene tocado de instantaneidad, y como categoría es un ingrediente del delirio. Escribe Kierkegaard: «El ser para todo es siempre una cosa instantánea… El instante para mí lo es todo, y en el instante la mujer alcanza su plenitud total». Lo que en Kierkegaard es una categoría «erótica» en el psicótico es categoría racional.

La razón delirante es un conocimiento entrecortado de instantes, el tartamudeo lógico de una ambiciosa intemporalidad. El delirio se nutre de instantes. Vive de inspiraciones, «momentos fecundos», revelaciones, giros subitáneos, inversiones fulgurantes. Desde el instante hay un intento de anular el continuo pulsátil del universo y adueñarse del presente para inmortalizarle como conato de lo único que existe estable e inalterable.

De todo el florilegio de instantes propios del delirante hay dos destacados y estructurantes, el de Disolución y el de Resolución. Es frecuente oír contraponer dos criterios de aproximación, uno que percibe el delirio como el producto desarbolado y fragmentado de un pensamiento destruido y otro que capta su esfuerzo reconstructivo, elaborador de una nueva realidad afín y necesaria a la persona psicotizada. Probablemente se den ambos fenómenos en el seno de la psicosis y denominamos delirante, algo confusamente, tanto el resultado de uno como de otro. Por ello resulta obligado trazar una clasificación primaria y previa a cualquier otra, separando dos momentos en el delirio: el de Disolución y el de Resolución. Ambos, lejos de extorsiones, normalmente se suceden o coexisten, aunque en todo caso parece imposible que pueda darse el segundo sin la previa disolución, pero ésta sí puede agotarse mientras se disuelve sin solución resolutiva: hay psicóticos que no aciertan a delirar.

La presentación del delirio es instantánea. Por muy insidioso o sordo que se anuncie siempre se instaura de un campanazo, e igualmente fulgurante es la intuición que abre el camino resolutivo. Hay un elemento «catastrófico» en la aparición del delirio. Entra a degüello, y de ahí su carácter furibundo y estrepitoso.

Como delirio de disolución hay que entender fenómenos ideosensoriales aislados y fragmentos del discurso. No son sino experiencias racionales teñidas siempre de angustia, que provienen del sujeto troceado y acompañan también, siempre, el descoyuntamiento de la identidad. Enumerar su fenomenología puede resultar tedioso, pero baste subrayar que quedan bien recogidos en esos epígrafes básicos de la psiquiatría fenomenológica que son los automatismos clerambaultinos y los síntomas primarios de esquizofrenia. Todos pueden abrigarse en un denominador común, la fractura del yo y su adscripción a una dialéctica de evasión-invasión. Al vaivén de esta función quedan sujetos todos los fenómenos mentales desde que el componente yoico se desfigura. Así, los robos, la dispersión del pensamiento o su imposición, las ideas de referencia, persecución o influencia y, en general, todas las reseñables, tanto de estirpe evasiva como intrusiva, que vienen a confirmar la disolución de las barreras identificatorias ante el otro. Lo que define estos síntomas es su carácter atomista y singular, así como la experimentación pasiva con que se sufren. Todos poseen un revestimiento de angustia, que actúa en caliente como calzador del delirio, y la virtud de que aún el delirio no se ejercita en sentido estricto, es decir, puesto al servicio de la razón y ésta a disposición del psicótico para iniciar la explicación y reconstrucción. Este trabajo distingue al delirio de Resolución, único delirio genuino en su sentido más fuerte.

Los conocidos como delirios afectivos son de índole disolutiva, aunque no presentan propiedades atomistas, sino una presencia fluente. Es un flujo emocional el que arrastra las actividades racionales, sin que éstas se repongan del desbordamiento y acierten a parapetar racionalmente semejante corriente. Falta la resolución explicativa que consiga elevar la razón a su función más propia.

Los instantes se alimentan de esa fuente de ambrosía que es la omnipotencia. No cabe delirio sin omnipotencia, y lo sorprendente es encontrarla liberada ya desde el momento disolutivo, el de mayor fragilidad e impotencia del psicótico. Resulta de una simultaneidad inaudita, sólo propia de un aspa psicótica, que justo cuando la identidad se disuelve en el más trágico de los cataclismos personales, surja ya al unísono un intento de compensación. La constatación de esta liberación de omnipotencia, contemporánea del derrumbamiento narcisista y del más despiadado de los terrores, es una fragancia de sublimidad, una liberación grandiosa que se instaura al borrarse los límites del yo, como si la identidad tras implosionar en el universo le dominara del modo más grato. Toda amenazante transparencia del psicotizado despierta instantáneamente la omnipotencia, quizá en forma de ilusión para una comunicación plena.

Ya antes de que la identidad se venga a pique, todo un cortejo sintomatológico anda coloreado de omnipotencia. El tema psicótico siempre aporta vivencias específicas de índole narcisista: La impresión de revelación, el giro anastrófico, el pálpito de una tarea por cumplir, un requiebro de heroicidad, el deseo salvífico, el impulso mesiánico, el tanteo de una clave o un secreto que descifrar. Todos acompañan a la angustia precrítica y anuncian el megalománico instante de resolución delirante. La resolución no es algo de lo que se echa mano ya en último lugar, sino que crece en el narcisismo según se consume éste, y parchea desde un principio la individualidad.

La omnipotencia se perfila como carril del delirio. No hay delirio sin omnipotencia, y hasta en el delirio depresivo se ha constatado permanentemente su participación. Igual que la primera palabra humana, la primera proposición delirante es omnipotente y jubilatoria. Es la plataforma desde la cual el delirante puede pensar lo que quiera, aunque nosotros constatemos después que todos los delirantes vienen a pensar más o menos lo mismo. El delirante, gracias a la omnipotencia, simula hacer innecesario el ajuste a la realidad o se aviene a transformar las palabras en realidad por sí y en sí mismas. El delirio «capaz de todo» es una fórmula hueca y los márgenes de posibilidad se angostan permanentemente. La ilusión inicial del descubrimiento delirante acaba en una monótona producción. El delirante organiza mucho estruendo, pero rompe una sola cosa, su identidad. El resto son gigantescas libertades racionales que han perdido toda libertad. El delirante no puede dejar de pensar, siendo ese freno un requisito del pensamiento. Dejar la mente en blanco es un logro en el desarrollo racional, pero también una amenazante pejiguera. Como recurso evita exponer las ideas a la rapiña de los demás, como pérdida testimonial del hurto o la evasión representacional. Toda la omnipotencia del delirante aboca a la impotencia del priapismo, incapaz de la detumescencia racional.

No hay límites nítidos entre disolución y resolución, y pese a ser dos instantes bien definidos continuamente se amontonan. El trabajo de resolución acompaña permanentemente a la disolución y sus preavisos. Pero como tal hay que entender esa función en cuyo seno el delirante se topa con la solución halagüeña y hace rendir la capacidad creativa del delirio. Con ello, todo adquiere otro aire para el psicótico. La psiquiatría clásica ya reconoció como «silogismo de Foville» la desviación del delirio de persecución hacia el delirio megalománico. La disolución busca continuamente sus fórmulas más tranquilizadoras para poner coto a la disolución y desactivar el terror. Pero esta labor continua tiene un comienzo cualitativo con valor de hallazgo. El delirante aprende a delirar repentinamente. Como Joselito dijera del toreo, sobre el delirio puede decirse que se aprende todo menos el delirio mismo. Surge de una profunda coincidencia del sujeto con lo real, haciendo saltar esa centella gnóstica que identifica cualquier manifestación artística.

También la desaparición del delirio está vinculada al instante. Quien tiene la fortuna, o la empuja, de tratar con psicóticos lúcidos que han vivido repetidas experiencias delirantes y han sido capaces de comentarlas en los períodos intercríticos, constatarían una curiosa tendencia a que la desaparición del delirio también sea repentina y aguda, como quien se acuesta monárquico y se levanta republicano, «como pasar tranquilamente de una pradera a otra», según expresión de una psicótica.

Aparece así el delirio como una razón que vive de fogonazos, siempre deslumbrada y deslumbrante hasta que una entorpecida monotonía sustituye habitualmente, salvo en los delirantes geniales y dotados, el relampagueo por una igualdad que también tiene algo de intemporal, esa repetición bárbara que hace invisible la edad del psicótico y enmascara su envejecimiento. El psicótico por su carácter atropellado y su celeridad, por esa instantaneidad que le define, puede que envejezca menos por relativizar el tiempo sobre una elevada velocidad. Lo sorprendente, aunque no para quien se ha preparado a esperar siempre algo extremo del psicótico, es que a veces, con otra mirada, nos parece calmudo y definitivamente anciano, cargado de una longevidad casi a priori que quizá se deba al valor concluso que como veremos también contiene el delirio.

Al borde del camino quedan esas psicosis que no son visitadas por el delirio, y cuyo desesperanzado destino es vérselas cara a cara con la muerte. La toxicomanía es en estos casos una buena inyección de ideas, un glotón acopio de representaciones. Entre la incapacidad para delirar y el delirio optimizado se despliega todo el saber delirante.


Tesis III

El delirio es un pensamiento identificador.

El imperativo radical del delirante es la identidad. Al igual que la primera palabra humana, la primera proposición delirante es individualizadora.

Es notorio que la psicosis es la enfermedad de la identidad y que el delirante es ese enfermo del no-ser que decide serlo.

El problema de la identidad es el primero del hombre y también su verdad más radical. Ante lo más importante siempre nos mostramos sorprendidos y algo incautos; Wittgenstein escribe a Russell: «La identidad es el diablo en persona y de una inmensa importancia; mucho más de lo que pensaba».

La verdad se confunde con la identidad, pero en la medida en que esta nunca se completa, la identidad resulta también el mejor escondite de la verdad. Y del delirio, en tanto que entablillador de la identidad, puede decirse en algún sentido, y más adelante lo precisaremos, que nada hay tan verdadero como él pese a lo radiante de su error. Y esto no es tanto una paradoja como el testimonio de nuestra tendenciosa incomprensión de la verdad.

El delirio tiene un cometido esencial, que es estructurar la identidad desordenada y llevarlo a cabo, estúpidamente, con la razón, precisamente el instrumento más afectado en el naufragio. Nadie ha expresado este hecho con más inequívoca precisión que Artaud: «Mi lúcida sinrazón no le teme al caos».

El delirio queda englobado en la imperiosa necesidad humana de dar sentido. Lo que no soporta la identidad es perder la barrera significacional. El acto de significar o de conceptualizar es una labor de acotar y controlar la realidad. La primera palabra es la ceremonia inaugural de la separación identificativa y cuando esta función se interrumpe como expresión de la pérdida de identidad, la estructura de las representaciones se desmorona irrumpiendo lo real en el seno del sujeto. Aquel que no «sabe» qué sea la realidad es invadido por ella. Este acto disoluto activa de modo inmediato respuestas resolutivas que aprovechan el propio impulso de la disolución. Una de las más valiosas mañas del psicótico y una de sus cualidades más definitorias, subordinable además a la omnipotencia, es su capacidad para sufrir por todo pero también de defenderse con todo. Así como mutaba la angustia de transparencia en diáfano poder, de la invasión persecutoria pronto puede hacer un garfio para mantener vinculado el tanto que lo que de éste emerge está torrente de sentido que aflora en el hundimiento puede construir un arrecife tras el que se resguarde. Pronto el psicótico hace suyos síntomas desbordantes como el mentismo, la ideorrea, la verbigeración o las prácticas iterativas, para protegerse con una alocada aceleración de significantes que no den tregua al empuje invasivo de lo real. Estamos ante un intento de recuperar el dominio sobre el sentido, una primera tentativa de resolución desde la disolución misma. Podría ser definido como un delirio sin contenido, en tanto que lo que de éste emerge está desarticulado y es casi gratuito. Hay que recordar como Schreber, en alguna fase de su psicosis, se atormentaba con un continuo decir al que le compelía tanto la disolución como la defensa, y cómo la obligación de hablar explicaba la naturaleza de los rayos divinos. La interpretación de este delirio se agota en su función misma, en su simple presencia y discurrir. El silencio, el mutismo, sería la otra cara, la opuesta, de este delirio sin delirio. El pensamiento, en definitiva, antes que expresar un contenido, o a la vez en todo caso, sirve para labrar un continente. El vacío significacional se convierte así en el testimonio de la angustia psicótica, y la compulsión de decir en el esbozo más rudimentario de la resolución. Son los primeros pasos de la creación delirante, que intenta llenar la cabeza perdida en una despoblada concavidad.

La decisión de ser, de serlo de nuevo tras el fracaso, es la matriz del delirante. La mejor definición del delirio será siempre esta: El pensamiento que nace cuando se arriesga la identidad. El delirio es una solución creativa, pero es lo único que se le ocurre al psicótico cuando intenta pensar algo propio.

Lo más caótico que puede sucederle al psicótico es no poder delirar. El psicótico que delira asume un riesgo haciendo suya la divisa de Horacio: «jAtrévete a servirte de la razón!». «Pensando llega a ser quien eres», es el sentencioso complemento del propio Horacio que parece dedicado al delirante antes que a nadie. El delirio es lo que permite al psicótico identificarse pues se reconoce en la medida en que delira; a través de la mediación del delirio se inventa a sí mismo. Pero el que no consigue o no puede arriesgarse a delirar, ese, es el que más sufre. Incapaz de resolver con el delirio su horizonte se nubla un sombrajo de depresión y suicidio.

La gallardía del psicótico estriba en defenderse con las armas de su derrota: la razón. El resultado habitual es la trivialidad. En principio cabría apostar por la posibilidad de que el delirante pensara lo que quisiera, pero de su repetición personal y de la gris coincidencia de todos los delirios, se puede deducir que los límites del delirio son tan estrechos como los de la libertad del psicótico. Pero, pese a todo, el delirante está decidido, aristotélicamente, a sostener que es mejor ser que no ser y a dar cuerda a la razón con la llave de esta seguridad. O de este placer, pues el delirio posee una relación directa entre el acto de entender y la satisfacción. Algo hay de gustoso en el delirio que obliga, a quien le prueba, hasta forzarle a repetir. El delirante es el epistemofílico por antonomasia. No hay dilación para la satisfacción, que se encarama directamente en el discurso más erotizado que nos es dado conocer. Sólo la poesía rivaliza en lascivia verbal, pero otras diferencias les separan.


Tesis IV

El delirio es el último pensamiento.

Todo pensamiento cuenta entre sus aspiraciones con ser el definitivo, pero sólo el delirio lo consigue. Ya la primera palabra humana, la más originaria, era un acto de fe que fija una raíz concluyente para el pensamiento.

En sus escarceos por salvar la temporalidad el delirio se convierte tanto en el pensamiento del instante como en el pensamiento final. Lo instantáneo y lo concluso son estrategias del delirante para salvar las dos asechanzas más temidas de lo temporal, ya sea la transformación que hace resbalar la realidad y que intenta petrificar en el instante, o bien el amenazante remoto, donde el psicótico intenta poner un punto final para evitar el aturdimiento de asomarse.

Todo el delirio tiene ese sabor de concluido, de cierre ante cualquier posible transformación. De este modo, el valor creativo del delirio queda siempre estancado, convirtiéndose en la «última creación» del psicótico. Este carácter último de lo delirante hace difícil toda labor secundaria, sólo al alcance de algunos psicóticos sabios y schreberianos, pero no constituye impedimento, en cambio, para que el delirante juegue, ironice o seduzca con su obra de arte.

Este modo con el que el pensamiento expira, extinguiéndose sobre lo mortífero, es una de las expresiones, en este caso sobre la psicosis, de la categoría de lo «ultimado», que recorre también toda la patología prepsicótica como descalabro patognomónica del eje narcisista. Terminar algo significativo se convierte en el estallido de la castración o la amputación. El síntoma se manifiesta en la obligatoriedad de ceder ante una tarea que siempre queda incompleta, como testimonio de lo no consumado. Esa terca incapacidad para despacharse hace de las neurosis de fracaso, o de la traumatofilia, buenos ejemplos de la incapacidad para renunciar y de su desplazamiento a un acto. El psicótico, por su parte, lo salda en el pésame del delirio, donde hace culminar su identidad, así como toda renuncia, toda castración, toda amputación.

El delirio adquiere la especificidad de ser un pensamiento «total». Nada le sobra ni le falta. Lo que se dice en el delirio no podría ser pensado de otra manera. Hay un exceso de lucidez en el delirio, como si intentara persuadirnos de que lo dice todo y nada oculta, ni miente, ni deforma.

Sobre el carácter terminal se fragua la convicción. La convicción delirante tiene más de intransigencia lógica que de apego a un contenido. La convicción no hace más que leer la palabra «fin» tras el valor postrero de todo pensamiento delirante. Además, el delirante no cree tanto en su delirio como parece desprenderse de su convicción.

El delirio hace detener la circulación representacional y así permite un dominio a la convicción. Esta colorea el delirio con un aire definitivo, como si el delirante pensara para siempre. Una vez pensado el delirio, la convicción es el correlato de la prohibición de pensar, el impedimento que cortocircuita la reflexividad, que ahoga la pregunta sobre el principio o la filiación y que corre el telón sobre la escena o el pecado originarios.

Por último, aquí entre lo último, cabe decir que el delirio, en cuanto que constituye un pensamiento ganado por la perennidad, es siempre un pensamiento crónico, independientemente de su duración. Posee en sí los elementos de la eternidad y los agota, aunque dure tan sólo unos extemporáneos minutos en la vida del sujeto. Hay que hacer ver cómo el delirante vive de instantes, pero al tiempo parece poseer la imposible capacidad de perpetuarles, como si se prestara a disolverles, tolerando que permanezcan como mausoleos acelerados. El delirio constituye, de este modo, un apéndice infinito que dibuja una muesca mortal e indeleble en el pensamiento del humano que le padece.


Tesis V

El delirio es un pensamiento pudendo.

El delirio es pudoroso, pese a ir armado de una irrebatible convicción. El delirante cree en el delirio con la misma intensidad con que cree en sí mismo. De ahílo absurdo de solicitarle que deje de creer o intentarlo por la fuerza. La duda del delirante queda taponada y sólo puede manifestarse como pudor. El delirante es púdico, y en él esta virtud sustituye a la duda. Pese a su rigidez, no hay convicción más vergonzosa que la del delirante.

El pudor es una razón más para que el delirante tienda a esconderse. Motivo añadible a su recelo ante la invasión o el vaciamiento, y a ese gusto heraclíteo del ser por ocultarse, que se incrementa cuando el ser, como en el psicótico, está comprometido. Por otra parte, el delirio, además de preservar a su modo la relación objetal, la dificulta y ese obstáculo también concurre en su ocultación.
El pudor del delirante se extiende a su temor de ser entendido. La comprensión del delirio resta originalidad a su pensamiento, y con e~lo pierde el valor creativo en el que sostiene su identificación.

Pero quizá el mayor temor del delirante a ser entendido sea por la pérdida de la univocidad que le ampara. Cualquier coincidencia con nuestra interpretación abre el sentido a la multivocidad, agente que desarma el delirio y le sitúa, en la relación con el otro, al mismo nivel que cualquier ser humano, es decir, en un terreno de dificultades y complicaciones para él insalvables. Multivocidad y relación objetal creciente son indiscernibles. El acceso al objeto se hace a través de la sobredeterminación. Lo unívoco separa y escinde, mientras que lo contradictorio, la ambigüedad en su más digna acepción, es lo antipsicótico.

Estamos, una vez más, ante un doble movimiento del psicótico por exhibir y a la vez ocultar su delirio. Y para ambas decisiones tiene sobrados motivos; independientemente de ese sobreañadido a la ocultación que apuntan quienes piensan que el psicótico se calla por experiencia, sabiendo la intolerancia que le aguarda si le toman por loco.

Hay que saber dialogar con la pudicia del psicótico porque forma parte de su delirio. El delirante viene a decimos con su delirio que si bien lo que dice es verdad, y de índole exclusiva, no debe entenderse solo así pero tampoco de otra manera. El destinatario del delirio no siempre es capaz de este esfuerzo, de donde resulta que la función del interlocutor se vuelve crucial en el delirio. La escucha que se presta al delirio le hace variar esencialmente y por ello peca de inconsistente el intento de entender al delirante sin prestar también oído al que le escucha, e interpelarle. A causa de su distinta recepción los delirios también van cambiando, no solo en la tensión o debilitamiento de un caso particular, sino en su fenomenología general. Así se aprecia una tendencia a la escasez de oferta en materia de delirios crónicos (no disociativos o paranoicos). Uno propende a encontrarse con los ya conocidos, algo decrépitos y carcomidos, como si la juventud psicótica buscara, también aquí, la solución por otros caminos.


Tesis VI

El pensamiento delirante es epitelial.

La primera palabra del ser humano se instaura en el roce de los cuerpos y el delirio es un pensamiento rutilante debido a la fricción superficial.

La actividad delirante hace de su razón una delgada capa epitelial. El delirio utiliza un pensamiento sin espesor, tan fino como pueda serlo una membrana significacional. Viene a parecer como si el ligero y repentino toque de una angustiosa plancha hubiera condensado con toda rigidez un sistema de significados. Esa condensación permite al delirante el uso unívoco del delirio y a la vez sume en la confusión al intérprete, pues mientras observa al delirante amarrado a una ansiada significación plena y única, el capta un equívoco torrente de significados subyacentes. Frente a la evidencia y simplicidad del delirante, que cree vivir sobre seguro, topa con una oscura maraña de profundas y variadas conexjones que tejen entre la piel del delirio.

Estamos ante uno de los agudos desconciertos que es capaz de provocar el delirio. Debido a la capa significacional de la que dispone, famélica y sin embargo invariable, se puede sostener que sólo el delirio consigue ese inconcebible subterfugio de nunca decir lo mismo pese a no variar el discurso. El delirio flota sobre ‘)n torbellino hermético, como una coraza de helada significación, de modo que aunque pretenda decir otra cosa el delirante acaba diciendo su delirio. Esta barrera semántica tras la que se resguarda del hombre, le serena tanto como le desazona. La frustración del intérprete es mayúscula. A la vez que advierte el carácter inagotable de su labor no encuentra ni vía de acceso ni colaboración, pues el delirante o se interrumpe o borra las pistas tras la primera asociación. Quizá ante el delirio sólo queda aprender a no paralizarse en la perplejidad y saber recibir el contenido delirante desde muchos puntos de vista, siempre contradictorios. Y tampoco debe bloquearse posteriormente, considerando que falta al rigor y se permite excesiva libertad. Nada autoriza a contrastar la comprensión del delirio. Sólo la recreación delirante por parte del intérprete se le aproxima, y esto, aparte de peligroso, no es siempre asequible, pues no todo el mundo sabe delirar aunque sea de mentira, ni es fácil. A la postre sólo cierta subjetiva seguridad de que uno se acopla al psicótico puede orientar como validación. Y con ocasión de esta definitiva inseguridad hay que recordar un tropiezo sobreañadido, pues reaparece la insistente posibilidad de que el psicótico no tenga ninguna gana de ser entendido, ni tampoco pueda soportarlo. El estudioso del delirio, el que escucha por lo tanto al delirante, siempre está en el malentendido y a la espera de algún psicótico privilegiado que quiera enseñarle. Afortunadamente esa didáctica del psicótico es frecuente si bien suele pasar desapercibida. Dejó dicho Freud que «los enfermos mentales saben más de la realidad psíquica interna y pueden descubrirnos cosas que de otro modo permanecerían inaccesibles para nosotros».

El delirante nos demuestra como su frígida univocidad impide toda circulación representacional, y cómo mientras el delirio hipodetermina él, a su vez, está sobredeterminado hasta el límite de la confusión. Interpretar el delirio tiene un primer momento desordenado en el que se debe apuntar hacia todos 105 lados, y suplir así la desconexión del psicótico entre su discurso de nieve y el caótico discurrir que subyace.

La intolerancia del psicótico a la sobredeterminación, su escozor ante la superposición de dos significados, se atisba bien en su vulnerabilidad ante las coincidencias. El delirio se encuentra aquí en un difícil compromiso. Mientras trota la calle a la caza de sentidos, sucede que su hambre significacional, el plato de signos del que se nutre, le torna propenso a captar relaciones allí donde no existen. En eso consiste su trabajo delirante, en escoger nuevos sentidos, sus sentidos, y estos se vuelven coincidentes en la estrechez de su prisma significacional. «Tua res agitum, es el lema que definía al delirante desde Serieux y Capgras. De la coincidencia el delirante extrae intencionalidad y esta es el preaviso de la amenazante intrusión. El desbordamiento significacional se le convierte al delirante en una catarata de coincidencias a las que sólo sabe responder con la apisonadora delirante, decretando la univocidad y transformando la amenaza en un único signo de justificadora explicación. La autofagia delirante de signos, expresión de una oralidad descomunal, casi mítica como la de Milon de Crotona, da cuenta del resto de los sentidos.

En la insistente e inquieta sinceridad de una delirante para que no entienda lo que dice «sólo de una manera», veo un ruego para que supla por ella la función que le está impedida, sobredeterminar. Que mantenga yo el vínculo ahí donde el delirio por su autoprisión monosémica lo impide. Delirar es pensar de una sola manera, y la contradictoria petición de la delirante es que sin dudar de lo que dice, sin interpretar, pues toda interpretación es una villanía, se lleve la vista hasta ella misma, más allá de su palabra insuficiente.

No hay que confundir el delirio con el delirante. El problema de la univocidad no es otro que la atirantada intención del delirante, que quiere decir muchas cosas y sólo puede decir una. Pretende significar con amplitud y sólo le sale una palabra con un único e intrínseco significado. Desde la sobredeterminación que le confunde, donde la columna paradigmática pesa como nunca, sólo construye una palabra de hierro, palabra monosémica que ha perdido la garantía del lenguaje, el continuo resbalar del significante sobre el significado. No es tanto que no encuentre otra palabra como que cada una sólo puede tener un significado en cada momento, y a la vez resulta que para darla otro significado, distinto pero único y de otro tiempo, le basta con repetir la misma. En cuatro palabras aloja su vida y la del mundo entero.

El carácter epitelial del delirio, al que responde su univocidad, hace de él un pensamiento de sorprendente intimidad con la realidad, además de palpable. El delirio se piensa desde el cuerpo, frotando las palabras sobre la piel y la realidad perceptiva más inmediata. Ese valor sensorial de la razón delirante vuelve indisociables la alucinación y el delirio. Sobre esta vocación tan aristotélica, pero doliente, hay que meditar.


Tesis VII

El pensamiento delirante escinde la razón.

La eficacia delirante sostiene la identidad estrangulando repetidamente al sujeto, pero a la vez posee en sí misma la escisión. El delirio es un pensamiento que no absorbe ni integra la contradicción, sino que oscila intermitentemente de un extremo a otro. La dialéctica delirante no es la tensión que sujeta las bridas de dos polos opuestos, sino el corretear desesperado de un cabo a otro. De ahí la mágica facilidad del delirante para sostener una opinión e inmediatamente la contraria, viviendo en una duplicidad que es ininteligible si no aceptamos que pensando lo contrario piensan lo mismo, pues reemplaza la síntesis o la integración por una alternancia desconsiderada con cierta índole de pereza más nuestra. Su vaivén atestigua de la escisión delirante, capaz de desarmar y desvitalizar la contradicción, pero sin salir de su seno, pues nadie resulta más contradictorio que el que intenta eliminar la contradicción. Esta ambición del delirio permite definirle como un pensamiento sin ambigüedad.

El delirante siempre formula su pensamiento de modo «declarativo», en proporciones verdaderas o falsas. Este binarismo atribuible a lo delirante hace de su lenguaje natural un logicismo funcional que ningún otro hombre alcanza, salvo en los terrenos desde siempre favorecidos, como la lógica o la matemática. Hay una cota de hipersensatez en el delirio que no se debe menospreciar. Tan cabal proceder responde a su origen narcisista. El binarismo, la ambivalencia, el maniqueísmo, son rodajas del narcisismo y a través de él también de la escisión. Quizá no sea excesivamente reductor sostener que nadie piensa mejor la lógica formal que una estructura narcisista, donde la escisión siempre está amartillada y el delirio acechante. Cuanto más acosada está la individualidad más enérgicamente se recurre al principio de no contradicción.

El delirante no puede dejar en suspenso lo que afirma o niega para volver contradictoriamente sobre ello. Cuando lo hace ya ha desaparecido aquello y simplemente ocupa su lugar. Hasta las palabras antitéticas se vuelven precisas y monosémicas en labios del delirante. Es este uno de los sentidos sobre los que puede sostenerse que el delirante siempre dice la verdad, dice una verdad lógica, verdad sin amor.

Otro de los sentidos donde cabe defender la permanente verdad del delirante es en su acepción orteguiana: la verdad como coincidencia consigo mismo. Lo pensado en el delirio está tan próximo a la identidad, que el psicótico es merced a lo que dice y sólo llega a decir lo que es: la verdad. La hipersubjetividad del delirio es tal, que ningún discurso va tan unido a la propia historia del individuo. Ahí es donde Freud veía la verdad del delirante.

Por otra parte, la verdad bífida, el sí o no del logicismo, impide el trato con la sencilla categoría de lo verosímil, y resulta que sólo a través de ésta se incorpora la verdad del otro. Una de las consecuencias de la aplastante verdad delirante, donde se emparentan el binarismo y la convicción, es la tajante individualidad que posee. Sirve para uno y nada más. Seguimos, por lo tanto, en el camino del narcisismo, de la «alternativa» kierkegaardiana, «o lo uno o lo otro», «non datur tertium».

El delirio sólo tiene cabida en la escisión. Si el delirio fuera global, agudizaría aún más la psicosis y despedazaría la individualidad, haciendo imposible el delirio mismo. El delirante, al menos el delirante en sentido estricto, el de Resolución, siempre mantiene un contacto con la realidad. Schreber reconoce que las personas que ve ante él no son hombres «hechos a la ligera», sino «verdaderos hombres». El delirio no es un fenómeno global, se localiza en la escisión y permite que una parte no delirante mantenga su principio de realidad. Si el delirante no pensara también adecuadamente, probablemente acabaríamos siendo menos intransigentes con él. Es la normalidad del delirante lo que mueve al rechazo. Freud se equivocó cuando sostiene en «El Fetichismo» que «en las psicosis debe faltar necesariamente una de las corrientes, la concorde con la realidad». No es la existencia o ausencia de la corriente que opera con la realidad lo que distingue fetichismo y delirio, pues en ambos perdura. Lo que les diferencia es el distinto modo con que vulneran la realidad. En la escisión pre-psicótica, en el fetichismo, la corriente que da la espalda a la realidad no niega (reniega) la inexistencia del pene en la madre, simplemente vive como si lo negara. El delirio, en cambio, llega hasta rechazar esa evidencia en la realidad misma. No se conforma con vivir como si el padre no hubiera muerto, «escotomizando» este hecho, sino que da pruebas reales y perceptivas sobre tan deseada supervivencia. Tampoco le basta una renegación aislada y bien circunscrita, sino que lleva a cabo una construcción explicativa. El papel de lo empírico-sensorial es principal para poder reconocer el delirio en sí, pudiendo sostenerse sin dificultad que el paranoico no delira por pensar que le persiguen, sino por dar pruebas materiales de ello. Puedo llegar a sostener mi presencia en Estocolmo precisamente en 1820 durante la subasta del cráneo de Descartes. pero el salto de la fantasía al delirio requiere que lo justifique alterando los hechos de la realidad perceptiva actual. A nivel definitorio y constitutivo del delirio la realidad que cuenta es la de los sentidos (lo imaginario). Hay una coincidencia plena entre el núcleo del yo y la percepción y a ello aludía Freud en el «Proyecto de una psicología para neurólogos». Puedo juzgar buena o mala la conducta de un tiránico dictador, y es lamentable esa diferencia, pero si digo blanco donde es negro el dictamen es mucho más severo: estoy tronado. La negación (denegación) es necesaria para el origen y permanencia del pensamiento, la renegación (negación de la realidad) es menos útil, aunque también hay que dejar de ver, pero es relativamente frecuente, tanto que no identifica al delirio. A este sólo se le reconoce por una renegación con justificación, con construcción. Independientemente de que nunca el contenido por sí mismo puede dar cuenta del delirio, sino que requiere un cambio trascendental en las condiciones del saber. Por esto es absurdo pretender reducir el delirio a un mecanismo puntual, sea la proyección, la intuición, la imaginación, la renegación o ahora la forclusión.

Aún hay más, porque la renegación delirante exige otra especificidad, la de atentar contra una realidad sobre la que descansa la conformidad universal. Hay un ámbito de realidad perceptiva y operativa de la que nadie puede dudar, ni se concibe que dude, como no se hace de la identificación de uno ante sí mismo. El delirio pasa por encima de las autoevidencias, que lo blanco es blanco, que yo soy yo, que dos más dos son cuatro. Sobre esto nadie puede diferir mientras que del resto cada cual puede pensar lo que quiera. Esas autoevidencias no admiten. demostración, son los axiomas de toda demostración. La impotencia para dar cuenta de ellas justifica la dificultad de saber qué sea lo real, sobre lo cual se gira o se glosa de modo continuo. Lo real es tan hermético como el núcleo de la identidad, si es que no son lo mismo y están solo separados por algún hálito vital. La forclusión podría ser el túnel de su comunicación y el delirio el transeúnte de ese túnel donde las cosas reales, las piedras, se confunden con la pulsión para originar un discurso lapidario. Parece oportuno recordar, en este momento, la idea que Schopenhauer considera central en su filosofía, la coincidencia entre la «voluntad» y la «cosa en sí», entre la fuerza que ahora me impulsa a escribir y lo que hay de intrínseco en la ruin mesa que me sostiene. El resto es inteligencia que intenta entender y sobre todo controlar.


Tesis VIII

El pensamiento delirante es ajeno a toda interpretación.

Pretender interpretar el delirio es un reto para el intérprete y un atentado contra el delirante. Ante el delirio resultan tan amplias las reglas generales como las excepciones, por lo que confiar en aquéllas puede resultar tan pretencioso, si no delirante, como cualquier reducción de la semántica que habita el lenguaje normal. La condición patológica no contribuye a la simplificación. La advertencia freudiana apelando al futuro como juez que decida si hay más verdad en el delirio que delirio en su interpretación, no es una advertencia cualquiera sino la cautela obligatoria y determinada de toda presión interpretativa sobre el delirio. Parece que nada muestra más irracional al ser humano que indagar racionalidad en el delirio.

Se ha pretendido entender el delirio como se traduce un texto o se interpreta directamente un discurso aislado. Pero el delirio al ser un pensamiento estrictamente personal, el conocimiento más individual que el hombre ha sido capaz de engendrar, sólo puede entenderse en el seno de unas condiciones vitales, embutido en la coartada privada de una vida. Por ello no es excesivamente erróneo intentar comprender el delirio ignorando el contenido. Pero obviamente es imposible desentenderse de éste y corresponde ahora vérselas con su valoración.

Ante el discurso del delirio es inevitable decidirse sobre el tipo de unidad que ha de analizarse. Es innegable que hacerlo sobre la totalidad de lo delirado es una elección segura y de referencia imprescindible, pero a la vez resulta insuficiente por su propio exceso y añade el impedimento de la movilidad del delirio, que emerge o se oculta, se fracciona o se desordena con excesiva frecuencia. De momento parece imposible fijar un criterio fiable para separar un «delirema». Lo experimentado es muy diverso y cada autor ha elegido arbitrariamente las unidades semánticas que analiza. A la postre las unidades significativas del delirio quedan demarcadas por el intérprete mismo sin más guía que su personal decisión. Y esto no habla tanto de nuestra ceguera para captar el delirema, como de su inexistencia específica, de forma que, come en el lenguaje ordinario, tan significativa puede ser una palabra por sí misma, como reveladora una frase o el conjunto de lo formulado.

Es obligado interesarse por la influencia que en el contenido del delirio, y su valoración, puede tener la referencia al conjunto de los delirios. Aquí puede defenderse, con la facilidad de la experiencia, que del delirio no se dan variantes, existiendo prácticamente un único’ delirio al que parecen recurrir todos los delirantes. El problema interpretativo se limita al estudio de los contenidos parciales que constituyen cada caso, de su sobredeterminación particular y de las diferencias de uso y juego que el delirante reserve para cada ocasión. Hay pues un único libro del que van copiando todos los delirantes, libro más bien breve pese a la aparente inventiva que pueda ostentar un psicótico. La unidad del libro demuestra el valor tautológico del delirio, recordándonos que viene a dar igual porque es lo mismo Mercedarias de Bérriz que Misioneros Combonianos.

Lo hasta ahora indicado obliga a unas reflexiones coadyuvantes. Primero que el carácter hiperpersonal del delirio le diferencia de fenómenos como el mito, que es de condición impersonal, de propiedad colectiva y está sometido a variaciones y variantes sin número. Pero por otra parte el delirio, peso a su personalismo, posee una apariencia anónima, en la medida en que todos los delirios se parecen y se inspiran en el libro común. En segundo lugar no hay que olvidar que la interpretación del delirio resulta tan personal como el delirio. Hay una imposibilidad irremisible para concertar una interpretación común. El delirio siempre es dicho para quien le interpreta, aunque el delirante no le vea, y esto reclama
sobre la mesa la transferencia tanto de uno como de otro. El delirio no puede interpretarse como un escrito más o menos cerrado, un mensaje o un texto que uno se mete en la cartera y lleva a su casa para ser decodificado. Salvo que tenga el sano hábito de transferir con los textos, como era el caso de FREUD ante el libro de SCHREBER. El delirio hay que entenderle contratransferencialmente, recreándole, de ahí el valor subjetivo y artístico de la interpretación.

Organizar la escucha del delirio exige la aplicación, más o menos mecánica, de dos modelos interpretativos, uno veritativo y otro vinculado a una estrategia de uso.

El primero busca las referencias del contenido según su simultáneo apuntar a los tres vértices del triángulo semántico constituido por el sujeto, la realidad extrasubjetiva y el relato o material del delirio. El triángulo orienta referencialmente con criterios de orden adecuativo o veritativo. Cada contenido, cada unidad deliremática, encañona polisémicamente a la tripleta significacional, aunque en cada caso y en cada circunstancia el acento o el acercamiento a uno de los ángulos predomine. Lo importante, dado que la interpretación exacta no existe, es recrear el delirio poniendo la zancadilla a la univocidad del delirante, abriendo el sentido que él cierra y enriqueciendo las conexiones. Este sería el talante más certero para eludir al máximo el contagio delirante, que sigue siendo la vulnerabilidad más propia del intérprete.

Desde el vértice del sujeto se intenta captar el interés del delirante por explicar vivencias internas, lograr la satisfacción pulsional y apoyar la integridad narcisista. Así, la rotunda afirmación de un delirante formulando un delirema como el siguiente, «soy más puta que Helena de Tiro», abre un cúmulo de interpretaciones:

— Satisfacción idealizadora que descansa sobre el «más» como triunfo comparativo.
— Compensación de algún apragmatismo sexual o neutralización de ciertos enfrentamientos pulsiona les perversos.
— Solución de identidad sexual por tratarse de un hombre-puta.
— Negación de la carencia de objetos merced a la promiscuidad meretriz, o modo de escapar de una relación unitaria y fusional haciendo rodar los objetos.
— En un orden ya algo fililí identificación con algún hereje simoniano, si el delirante conoce la importancia que éstos conceden a Helena de Tiro como Primer Pensamiento y Madre del Universo, o bien a su través posible identificación alegóricas con las imagos paternas personificadoras de omnipotencia. Si esto es una estampa del desdoblamiento de la interpretación sobre el sujeto, en el caso del vértice ocupado por la realidad extrasubjetiva las cosas son parecidas. Aquí se trata de elaborar una realidad explicativa que le permita justificar unos hechos y construir un ambiente, una ciudad, un ecosistema donde le sea más factible vivir. Hay que cambiar la identidad paterna, legitimar o ensombrecer una conducta propia o ajena, crear una connotación satisfactoria a la persecución sufrida, reparar un daño causado, subyugar con la originalidad, • provocar la irritación como signo de vitalidad, etc.

Desde el vértice del relato todo contenido delirante debe interpretarse como colaborador en el mantenimiento de la razón delirante, llegando algunos contenidos a ocuparse específicamente de ese cometido con una suerte de ganga productiva que sirve para mantener el delirio así como para el recreo del delirante en delirar. Incluso a veces trata de dar coherencia a un argumento delirante cuando éste llega a existir. El delirio está sometido a fuerzas tan antagónicas y exige tal compromiso por parte del delirante, que buena parte de su esfuerzo sólo sirve para autoalimentar el delirio.

Desde este modelo se puede buscar el sentido del sentido delirante. Su acceso sólo está abierto para nosotros, pues si el delirante pudiera acogerle supondría el desmoronamiento del delirio. Si el delirante puede captar y añadir otro sentido a su delirio, éste perdería su cualidad de tal. De ahí lo ajeno que permanece el delirante a la interpretación, y la cualidad algo irreverente que ésta posee. Es absurdo pretender hablar con el delirante sobre su delirio, tanto como interrogar al alucinado sobre las propiedades de la alucinación.

La interpretación del delirio no se agota interrogando el arco significacional sobre los vértices referenciales, su valor semántico es insuficiente sin estimar el uso que el delirante hace de su contenido. En este modelo se completa la orientación triangular de los deliremas atravesándoles con ejes funcionales o _positivos. Con ellos el delirante usa su delirio, alternativamente, para hacerle rendir en sus necesidades más básicas: alejar o aproximar los objetos, darse a entender o confundir, exhibir u ocultar, impermeabilizarse o transparentar, fijar o borrar los límites entre lo exterior e interior, etc.


Tesis IX

El delirio no es una razón democrática.

La primera opinión es la materna que es una opinión alienada pero común y participada. La primera realmente propia sucede tras la desilusión por el error materno y sólo es propiamente de uno cuando puede ocultarla y mentirla. A partir del derecho a la mentira el esfuerzo democrático es la aspiración a la convivencia común de las opiniones mientras se intenta pensar lo contrario. Conserva de alienante lo que posee de interés por el convencimiento y los juicios coincidentes, y de propia la oculta ilusión de pensar aparte, de modo original.

El delirio, como rebelión frente al bastión racional materno, sofoca el camino democrático de las ideas.

Lo que el mito conserva como concepción universal abierta a las interpretaciones particulares, desaparece en el delirio. La diferencia entre lo colectivo y
lo particular desautoriza todos los paralelismos entre mito y delirio, ya provengan de una argumentada semejanza mágica, primitiva o irracional.

El delirio es un pensamiento elitista. Tanto que perfecciona su soledad hasta reproducirse con palabras; y en secreto, criptogámicamente.

Todo psicótico puede acabar ‘fuera de la ciudad, de anacoreta hospitalario. Sólo le falta el ascetismo, impedido por su despiadada oralidad.

En definitiva, el delirante, que ha decidido ser sólo original antes que pensar como los demás, acaba pagando cara su inhóspita genialidad.


Tesis X

El pensamiento delirante demuestra que sólo piensa quien ama.

Imaginemos que la primera palabra sólo es el esqueje que planta en uno la voz amada.

La poesía es siempre amorosa porque hace resbalar la palabra, la ronda, la prende o la apaga. Lo contrario de la poesía no es la ciencia, ni la filosofía sino una subespecie de éstas, entre apócrifa y bastarda, que se llama delirio. El delirio es la palabra impermeable y opaca. El psicótico y el poeta sólo tienen en común el celo por la soledad. Un obsequio con el que les compensa la providente naturaleza.

El delirante cojea de amor. El delirante sufre del pensamiento, pero tiene un sufrimiento más originario y causal. Al psicótico, como fracasado en el amor, no le queda más recurso que «saber». Pero así como el que ama Ignora en plena sabiduría, el psicótico «sabe» naufragando en la ignorancia. Advertía Freud en su análisis de La Gradiva que «no debe menospreciarse el amor como poder curativo de los delirios». Hay una categoría racional propia del hombre bien amado y quien no la posee debe pasar de largo. «En cuanto a ti, loco, antes de partir te enseñaré esto: ¡Donde no puedas amar más debes pasar de largo! (Zaratustra)

Camino de Rioseco una delirante anciana pero inmarchitable y genial, me confirmó lo que yo dulcemente barruntaba: «Coli, debería haber tenido un cóli-co de mantecadas, pero le tengo de hambre de amor».

Detengo el estudio del delirio. Descubro que el delirio incita al futuro e intenta concedernos la oportunidad de una tesis undécima: el amorya no debe ser interpretado, «se trata de transformarlo».

Fernando Colina – Diciembre 1983

2017-08-08T22:00:15+00:00 30/12/1983|Categorías: Artículos, Noticias|Etiquetas: |